La última hija de Dunmore
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Prólogo
El lago
Eithne llevaba media noche esperando los caballos.
El estuche cosido bajo el corpiño le pesaba sobre el corazón como una segunda costilla.
Plomo y cera, del tamaño de la palma de su mano.
Lo palpaba cada poco con el dorso de los dedos, para asegurarse de que seguía ahí.
Dentro iban las cartas. El sello de la casa, las fechas, una letra que conocía mejor que la suya.
Todo lo que hacía falta para arruinar a un hombre y mandarlo al cadalso, aunque ese hombre fuera el señor de aquellas tierras y la hubiera sostenido en brazos el día que nació.
Lachlan tardaba. Habían dicho a la medianoche, en el vado, cuando la casa durmiera. La medianoche ya había pasado.
Se ciñó la capa y bajó dos pasos por el sendero. El agua del lago no se veía a esa hora; se oía, un lamido lento contra las piedras del fondo. A su espalda, en lo alto, la mole del castillo no enseñaba una sola luz. Olía a turba mojada y al humo frío de las chimeneas apagadas.
Llevaba en el vientre tres meses de un hijo que no sabía nadie, salvo Lachlan.
Por eso huían. Y por lo otro: por lo que aquel sello y aquellas fechas decían de los hombres del valle, de la noche en que los mandaron a un prado a esperar refuerzos que no llegaron nunca, y de quién cobró después sus tierras.
Lo había encontrado por casualidad, buscando otra cosa en el escritorio de su padre. Desde aquel día no dormía bien.
En cuanto Lachlan apareciera con las monturas, irían al sur, a buscar un barco. Lejos. A un sitio donde una carta lacrada valiera ante un juez y no ante un cuchillo.
Bajó hasta el vado para vigilar el camino.
Y allí estaba la mujer.
Pequeña, encogida sobre la orilla del arroyo, donde el agua del lago se escapaba hacia el valle.
Lavaba. Hundía un lienzo blanco en la corriente, lo sacaba, lo retorcía con las dos manos.
Lo volvía a hundir. A esa hora, con un frío que a Eithne le agarrotaba los dedos dentro de los guantes de cuero, una mujer arrodillada lavando.
Su aya se lo había contado de niña, para que no se acercara al agua después de oscurecer. La bean-nighe . La que lava. Si la veías escurrir un lienzo en un vado de noche, era la mortaja de alguien, y ese alguien todavía andaba vivo.
Eithne se quedó muy quieta. El lienzo que la mujer retorcía era largo. Largo como una persona tendida.
—¿De quién? —La voz le salió rota. No quería preguntarlo y lo preguntó igual.
La mujer no levantó la cabeza. Escurrió el lienzo una vez más, despacio, y el agua que cayó de la tela no fue clara. Cayó negra, y se la tragó la corriente.
Eithne dio media vuelta y subió el sendero casi a ciegas, con una mano en la pared de piedra para no caer. Cuentos de aya, se dijo. Agua sucia de turba. Nada más.
Detrás de ella, en el camino, sonaron pasos. Botas sobre la piedra.
El alivio le aflojó las rodillas. Lachlan. Se volvió con el nombre ya en la boca.
No era Lachlan.
La niebla subía del lago y le emborronaba la cara al que venía, pero no hizo falta verla. Le bastó la voz. Una voz que la había llamado por su nombre antes de que ella supiera decir el suyo.
—Tan lejos, para ser medianoche —dijo—. Y tan abrigada para no ir a ninguna parte.
Eithne retrocedió un paso. El estuche, sobre su corazón, le quemaba a través de la tela.
—Dame lo que cosiste ahí dentro. —La voz no se alzó ni una pizca—. Dámelo, y de esta noche no se hablará. Ni de él. Ni de eso que llevas en el vientre y que crees que no se nota.
Lo sabía todo. El barco, las cartas, el hijo. Alguien le había soltado la lengua a Lachlan, o se la había cerrado para siempre. Eithne no quiso pensar cuál de las dos cosas.
—No lo tengo —mintió.
—Eithne. —Solo su nombre. Lo dijo como se le habla a una niña que se ha portado mal, y eso fue lo peor de todo.
Echó a correr hacia el agua, porque hacia el agua era el único lado donde él no estaba.
La hierba de la orilla estaba helada y resbalaba.
Llegó hasta donde el suelo cedía y el lago empezaba, y una mano la cogió por el pelo y otra por el brazo, y no eran manos de extraño: sabían dónde agarrar, conocían su cuerpo desde que era de cuna.
La metieron en el lago como se mete a un cordero en el agua para lavarlo.
El frío le entró por todas partes a la vez.
Manoteó, buscó el fondo con los pies y no lo encontró.
El estuche de plomo tiraba de ella hacia abajo, hacia el lamido lento de las piedras, y por un instante a Eithne le pareció justo: que la prueba pesara, que pesara tanto, que la llevara con ella a donde nadie volviera a buscarla.
Abrió la boca para gritar y se le llenó de lago.
Lo último que vio, arriba, fue una forma oscura inclinada sobre la superficie, esperando a que dejara de moverse. Esperó poco.
* * *
A dos millas de allí, en el jardín amurallado que la madre de Eithne había mandado plantar y que ya nadie cuidaba, un rosal blanco abrió aquella noche una sola flor.
Era negra. Negra hasta el corazón, con los pétalos cerrados sobre sí mismos como un puño.
Para cuando amaneció, se había soltado del tallo y estaba en la tierra helada, bocabajo.
Dijeron que se había arrojado.
Las hijas de Dunmore siempre se arrojan.