La última hija de Dunmore Capítulo 20
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Capítulo 20

Faltaba una pieza, y a Eilidh no la dejaba dormir.

—Lo de Tormod lo explica todo menos lo principal —le dijo a Cailean a la noche siguiente, otra vez en el cuarto frío, con la confesión y los diarios desplegados bajo la luna llena que entraba blanca por la ventana ciega—.

Explica por qué mató a Eithne. Por qué hundió la prueba.

Por qué inventó que se había arrojado. Eso es un crimen y un encubrimiento; lo entiendo.

Pero un hombre que ahoga a una hija y miente una vez no hace una maldición.

—Puso la mano sobre la hilera de cuadernos—.

Esto son doscientos años. Siete mujeres ahogadas, una por generación, todas el mismo día del año.

Eso no lo hace un asesinato. Eso lo hace una máquina.

¿Por qué siguieron? Una vez se entiende. ¿Por qué siete veces?

La respuesta estaba en los cuadernos, y la leyeron juntos, y era la pieza más fría de todas.

* * *

La explicó el primer diario, el de la primera guardiana, la mujer a la que Tormod había obligado a jurar. Lo había entendido ella enseguida, con una lucidez espantosa, y lo había dejado escrito para las que vinieran:

Una sola muerta no protegía nada. Si Eithne era la única Dunmore que se ahogaba, antes o después alguien se preguntaría por aquella muerte rara, por aquel cuerpo que no apareció, por el estuche que se decía que la chica guardaba.

Una muerta sola da que pensar. Para que nadie pensara nunca, hacía falta que la muerte de Eithne no fuera rara.

Hacía falta que fuera lo normal. Hacía falta que en aquella casa ahogarse fuera lo que les pasaba a las hijas, sin más, desde siempre, una desgracia conocida que ya no extraña a nadie. Una maldición.

Y una maldición, para que la gente se la creyera, tenía que cumplirse.

Tenía que volver. Generación tras generación, la gente del valle tenía que ver con sus propios ojos que sí, que a los Dunmore se les morían las hijas en el agua, que no había nada que hacer, que era el sino de la casa.

Y para que lo vieran, alguien tenía que encargarse de que pasara.

De que cada generación, puntual, una hija de la casa fuera a parar al lago.

No porque la reclamara ningún hado. Porque si dejaba de pasar, la maldición se descubría como mentira, y si se descubría como mentira, alguien acabaría preguntándose de dónde venía, y tirando del hilo, y llegando a la primera, a Eithne, y a la prueba, y a la fosa del valle, y al nombre de Tormod Dunmore vendedor de sus propios hombres.

Eilidh dejó de leer un momento, con la boca seca.

—Matan a una niña cada generación —dijo, despacio, como si necesitara decirlo en voz alta para creérselo— para que la mentira siga en pie.

Para que nadie mire debajo. Eithne hay que taparla, y para tapar a Eithne hay que ahogar a otra, y a otra, y a otra, sin parar nunca, porque el día que paren, el día que una hija de Dunmore llegue a vieja, la gente se preguntará por qué esta sí y las otras no, y empezará a mirar.

—Le tembló la voz—. No las matan por una maldición, Cailean.

Las matan para que la maldición parezca de verdad.

La maldición no es la causa de las muertes.

Las muertes son lo que sostiene la maldición.

Es… es una mentira que se come una niña cada generación para seguir viva.

—Y cada guardiana se lo enseña a la siguiente —dijo Cailean, con la voz tomada, pasando un cuaderno tras otro—.

Mira las fechas. No se salta ni una generación.

La primera juró, crió a la que la siguió, le enseñó cómo se hacía, y se murió.

Y esa hizo lo mismo. Y así doscientos años.

Una rueda. Nadie la empezó por maldad propia: la heredaron.

Pero ninguna la paró. —Apretó la mandíbula—.

Es lo más cobarde y lo más monstruoso a la vez.

Siguen matando niñas hoy por tapar lo que hizo un hombre hace dos siglos.

Por no perder el nombre. Por no perder estas piedras y esas tierras manchadas.

Prefieren ahogar a una hija más que confesar que la casa entera está levantada sobre una traición.

* * *

Y entonces, leyendo, Eilidh dio con el renglón que llevaba toda la noche acercándose, y se le paró el corazón.

Era de uno de los diarios recientes. Describía, con aquella serenidad de inventario que ya conocía, cómo se preparaba a la niña que tocaba.

La guardiana la criaba ella misma, desde cría, para tenerla cerca y de su mano.

La sacaba de Dunmore si hacía falta, la guardaba lejos del valle hasta que llegara el momento, para que creciera sin oír los rumores del pueblo.

La traía al norte cuando ya era mujer. Le buscaba marido entre los Sinclair, el que tocara, para que la chica pariera un heredero a la casa antes del invierno.

Y, llegado el solsticio, la llevaba ella misma al lago, tranquila, de la mano, porque «las que confían no sufren, y a una le toca eso al menos: que no sufra».

Eilidh leyó aquello, y leyó su propia vida.

Criada lejos del valle, en el sur, por una mujer que la había tenido siempre de su mano. Guardada de todo, sin oír nunca de dónde venía. Traída al norte de mujer, hacía unas semanas, justo a tiempo. Casada nada más llegar con un Sinclair. Y el solsticio, a la vuelta de la esquina.

Era ella. Estaba descrito en aquel cuaderno, paso por paso, su vida entera, antes de que la viviera.

No era una víctima de una maldición de su sangre.

Era el siguiente sacrificio. La octava. La que el guardián de ahora llevaba toda su vida preparando, criándola con cariño, guardándola, trayéndola, casándola, para entregarla al lago dentro de catorce días, tranquila, de la mano, para que no sufriera.

—Soy yo —dijo, y apenas le salió la voz—.

Cailean, soy yo. No me trajeron al norte a casarme y a vivir.

Me trajeron a morir. Todo esto —se le quebró—, conocerte, casarme, lo del heredero que esperan, todo estaba en el plan desde antes de que yo naciera.

Soy la octava. Y hay alguien, ahora, vivo, en esta casa o cerca de esta casa, que lleva toda mi vida preparándome para el solsticio. Que me ha criado para el lago.

* * *

Y al decirlo, la pregunta que Eppie le había sembrado y que Eilidh había estado esquivando toda la noche se le puso delante, ya sin escapatoria, fría como el agua de luna nueva.

Si a cada hija la criaba la guardiana. Si a cada hija la guardaba, la traía, la casaba, la llevaba de la mano. Si era la guardiana, siempre, la persona más cercana, la de toda la vida, la que tenía la confianza entera de la niña…

¿Quién la había criado a ella?

¿Quién la había guardado de todo en el sur?

¿Quién la había traído al norte de su mano?

¿Quién le había puesto delante a Cailean?

¿Quién le ataba el cordón en la boda con las manos temblando, quién se quedaba mirando el lago demasiado tiempo, quién le decía que tuviera cuidado con unas palabras que se agrietaban a media frase?

La mente, otra vez, quiso cerrarse con el portazo de siempre.

No. Pero esta vez el portazo no llegó a cerrar del todo, porque la rendija dejaba pasar el frío, y por la rendija se colaba un nombre que Eilidh no se atrevía ni a pensar entero, y que apartó con todas sus fuerzas, diciéndose que no, que la quería, que la había cuidado en la fiebre, que era impensable, que tenía que ser otra, una criada, cualquiera, quien fuera menos…

No lo dejó terminar. No podía. Todavía no.

Pero se levantó, esa noche, temblando, y fue a por una cosa que llevaba semanas guardada en el fondo de su memoria sin haberla mirado nunca a la luz de lo que sabía ahora.

Repasó, una por una, helada, las palabras que aquella mujer le había dicho desde que salieron del sur.

Por la izquierda. Kilfinnan. Ten cuidado, niña.

El agua de este valle se lleva a quien quiere.

Sé suave con ella, está muy baja. Cosas de quien protege.

Cosas, también —ahora que las miraba con la verdad encima, ahora que sabía qué era una guardiana y qué hacía—, cosas de quien sabe exactamente lo que viene, porque lo viene preparando desde hace veintitrés años.

Y se quedó así, con aquellas palabras dándole vueltas en lo oscuro, sin atreverse a unir los dos cabos que tenía en las manos, sabiendo ya, sin querer saberlo todavía, que el día que los uniera se le iba a caer encima lo único que le quedaba en el mundo.