La última función Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

La palabra dirigir seguía siendo una trampa. Podía decir Adriana y convertirla en productora; decir nadie y fingir que la sesión carecía de estructura; decir yo y repetir el problema.

—No es una sesión dirigida como un ensayo —respondí—. Adriana puede detenerla. Yo contaré lo ocurrido dentro de los límites acordados.

Mauro pareció aceptar la precisión.

Atravesamos Santa Elvira sin utilizar el recorrido de las primeras semanas.

No había una entrada especial ni un pasillo que debiera prepararme emocionalmente.

Bajamos por la escalera principal, cruzamos junto al comedor y esperamos a que terminara una actividad antes de acceder a la sala.

Varias personas salieron con carpetas de colores.

Ninguna formaba parte de mi antiguo grupo.

Teresa fue la última.

Me vio junto a la puerta. Durante un instante pareció considerar si debía saludar. Después asintió y continuó caminando. No intenté detenerla. Su gesto no significaba perdón, reconocimiento ni deseo de hablar. Era un movimiento de cabeza en un corredor.

La sala quedó vacía.

Mauro abrió la puerta. No dijo nada sobre comenzar.

Entré.

Las cuarenta sillas negras estaban apiladas contra la pared.

La tarima permanecía al fondo, las mesas plegables descansaban junto a los biombos y el cristal de la sala de observación devolvía un reflejo tenue.

La luz general estaba encendida. No había olor a cloro, aunque mi memoria lo produjo durante un instante y después lo retiró.

—¿Dónde estamos? —preguntó Adriana.

—En la sala polivalente de Santa Elvira.

—¿Qué ocurrió aquí?

—Sesiones terapéuticas, actividades y varios incidentes durante mi reconstrucción.

—¿Es la habitación donde murió Nadia?

—No.

—¿Está Nadia aquí?

Miré el espacio vacío.

—No.

La respuesta no impidió que su imagen apareciera junto a la tarima, con el cabello húmedo y la camiseta negra. No era una alucinación completa. Sabía que la había llevado conmigo como memoria y que desaparecería si dejaba de sostenerla.

Mauro acercó cuatro sillas, como habíamos acordado. Las dejó apiladas y se apartó.

—Puedes colocarlas —dijo Adriana—. Recuerda que no son personas.

Cogí la primera silla.

La llevé hasta el centro de la sala, cerca de la marca azul donde Nora se había sentado durante el ejercicio de respiración.

La posición no era correcta. Nadia nunca había estado allí.

Podía colocarla junto al espacio imaginario del tanque, pero el tanque no existía en Santa Elvira y reproducir su ubicación convertiría la sala en una copia de la propiedad.

Dejé la silla en el centro.

—¿Quién es? —preguntó Adriana.

—Nadia.

—¿Qué significa eso?

—Que ocupará el lugar desde el que debo contar su decisión, no mi recuerdo de su cuerpo.

La formulación sonaba preparada. Aun así, era lo más preciso que podía ofrecer.

Tomé la segunda silla y la coloqué frente a la primera, a poco más de un metro.

—Víctor antes de la prueba —dije—. El hombre que mintió a Marina, preparó el tanque y presionó a Nadia para que se quedara.

—Tú —corrigió Mauro.

—Yo antes de la prueba.

La tercera silla quedó al lado de la segunda, orientada hacia Nadia.

—Yo durante los nueve segundos.

—¿Por qué otra silla? —preguntó Adriana.

—Porque mi conducta cambió después de la señal.

—¿Eras otra persona?

—No.

—Entonces la separación puede ayudarte a estudiar acciones, pero no a repartir la responsabilidad.

Giré la tercera silla hasta que tocó la segunda. No eran posiciones independientes. Las patas quedaron cruzadas, incómodas, como si una ocupara el espacio de la otra.

—La misma persona en dos momentos —dije.

Quedaba una silla.

La sostuve durante más tiempo del necesario.

Había imaginado colocarla en el fondo para representar a quien observa la historia después: médicos, familia, investigadores, lectores, cualquier persona que quisiera decidir si aquello había sido un accidente, una muerte provocada o algo más difícil de nombrar.

Sin embargo, la cuarta posición podía convertirse también en mi refugio.

El Víctor actual, sentado a distancia, capaz de juzgar al hombre de la grabación sin reconocerse por completo en él.

La coloqué detrás de las otras dos, con visión directa hacia la silla de Nadia.

—¿Quién ocupa esa? —preguntó Adriana.

—El observador.

—¿Tú?

—También.

—Entonces hay tres sillas para ti y una para Nadia.

La desproporción era evidente. Incluso al intentar devolverle el centro, había construido una estructura donde mis distintas versiones ocupaban casi todo el espacio.

Retiré la cuarta silla y la llevé hacia el fondo.

—Quien escucha después —dije.

—¿Necesita una silla?

—Toda historia produce una mirada.

—No estamos contando esto ante un público.

Miré la cámara instalada en la esquina, el cristal y las dos personas que me acompañaban.

—Alguien lo verá.

—El equipo revisará la sesión —respondió Adriana—. Eso no lo convierte en público.

—Lo convierte en testigo.

Mauro se acercó un paso.

—¿Qué necesitas de ese testigo?

La respuesta apareció demasiado rápido: que entendiera. Que distinguiera intención de responsabilidad. Que no me redujera a asesino ni me absolviera como víctima de una enfermedad posterior. Quería una mirada capaz de sostener todas las contradicciones sin simplificarme.

—Que no elija una versión fácil —dije.

—Eso sigue estando centrado en ti —señaló Adriana.

Tenía razón. La silla destinada al observador existía para proteger la complejidad de mi historia. Nadia no necesitaba un testigo que me comprendiera. Necesitaba que los hechos permanecieran.

Giré la cuarta silla hacia ella.

—Que escuche lo que pidió —corregí.

Adriana no dijo si la respuesta era mejor. Tomó asiento cerca de la puerta. Mauro permaneció de pie junto a una pared. No ocuparon ninguna de las sillas.

—Cuando estés preparado —dijo.

Miré la disposición.

Nadia en el centro. Frente a ella, dos sillas casi superpuestas: yo antes de la señal y yo durante la espera.

Al fondo, quien conocería la historia después.

La sala ofrecía múltiples puntos de vista.

Podía desplazarme entre ellos, observar cada posición y construir una explicación distinta.

Precisamente por eso el ejercicio resultaba peligroso.

Me situé junto a las dos sillas unidas.

—Mentí a Marina —comencé—. Le dije que el tanque tenía una fuga para que no acudiera. Sabía que Nadia la había pedido porque confiaba en ella y porque podía ayudarla a marcharse si decidía no continuar. Preparé la prueba sin el técnico de seguridad y sin autorización para realizarla a solas.

La voz resonó en la sala. No había público, pero la acústica devolvía cada palabra desde la tarima.

—Nadia llegó, descubrió la mentira y quiso irse.

No bloqueé la puerta ni le quité el teléfono.

Le dije que hablaría con otra mujer para sustituirla y que marcharse demostraría que ya no podía hacer aquello que el papel exigía.

Sabía que perderlo y que yo contara su salida como incapacidad eran dos de sus mayores temores.

Adriana no formulaba preguntas. La sesión no era una entrevista. Debía conservar la secuencia sin depender de su guía.

—Nadia se quedó. Tomó una decisión propia dentro de una presión que yo había creado deliberadamente.

Quiso realizar una última inmersión y marcharse después.

Estableció un máximo de cuarenta segundos y una señal de dos golpes.

Me explicó que la señal debía terminar la prueba aunque yo creyera que podía continuar, aunque estuviera viendo algo que me interesara y aunque no considerara que existía peligro. Prometí sacarla sin esperar.

Me acerqué a la silla de Nadia. El impulso de cambiar su ángulo apareció. Desde donde estaba, la silla no miraba de frente a las otras dos; había quedado desviada algunos grados. Extendí una mano y la retiré antes de tocarla.

—¿Qué ocurre? —preguntó Mauro.

—Está mal orientada.

—¿Para quién?

No respondí de inmediato.

—Para mí.

—Entonces déjala.

La silla permaneció torcida. Nadia no necesitaba estar colocada en el ángulo que mejor permitiera contar mi historia.

—Entró en el agua —continué—. A los treinta y dos segundos golpeó dos veces.

Vi la señal y comprendí qué significaba.

No la saqué. Miré el cronómetro porque consideraba que todavía quedaban ocho segundos hasta el límite que yo había fijado como válido, aunque ella ya había terminado.

Me incliné para observarla, comprobé que seguía consciente y le dije «un poco más».

La frase produjo el sonido del agua en mi memoria. Apoyé los pies con fuerza sobre el suelo.

—Nadia volvió a mover la mano. Perdió precisión. Yo miré otra vez el tiempo. Esperé a que su cuerpo mostrara un peligro que ella había dicho que no necesitaba demostrar. Cuando perdió estabilidad, introduje los brazos en el segundo cuarenta y uno. Tardé dos segundos más en sacarla por completo.

La silla de Nadia seguía vacía. No contenía un cuerpo mojado ni una mujer esperando mi respuesta. Era una silla negra sobre un suelo de madera.

—No respiraba. Intenté reanimarla. Llamé a emergencias y quise que viviera.

Durante la llamada dije que la había sacado enseguida.

No era cierto. Después dije que no había comprendido la señal, que me quedé paralizado y que quizá los golpes formaban parte de aquello que hacíamos.

Tampoco era cierto. Comprendí la señal, me moví, hablé, miré el tiempo y decidí esperar.

La palabra decidí quedó suspendida entre las sillas.

—No preparé la prueba para matar a Nadia.

No quería que muriera. La muerte no fue el resultado que buscaba.

Buscaba observar una reacción física que ella había decidido no darme y utilicé la confianza que había depositado en la señal para prolongar la inmersión.

Después intenté salvarla. Las dos cosas son ciertas y la segunda no borra la primera.

Miré la cuarta silla, la del testigo.