La última función Capítulo 18 #3
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Capítulo 18 #3

—La enfermedad que apareció después no estaba decidiendo por mí aquella noche.

Explica por qué convertí este hospital en un teatro, por qué llamé actores a otros pacientes y por qué necesité repetir la situación hasta encontrar una versión donde pudiera seguir siendo director. No explica los nueve segundos.

Adriana continuaba sentada cerca de la puerta. Mauro no había cambiado de posición.

—Nadia participó durante años en nuestra forma de trabajar.

La defendió, obtuvo reconocimiento y volvió muchas veces después de decir que quería marcharse.

También retiró su consentimiento para determinadas pruebas, pidió supervisión, escribió que quería terminar la relación profesional y estableció una señal porque no confiaba en mí.

Nada de lo anterior anulaba su derecho a decidir aquella noche.

Respiré.

La parte factual estaba completa. Podía terminar allí, devolver las sillas y salir. Sin embargo, la necesidad que me había llevado hasta la sala no se había agotado. Seguía buscando una posición desde la que todo adquiriera una forma soportable.

Me acerqué a las dos sillas unidas. Separé la tercera unos centímetros.

—¿Qué haces? —preguntó Adriana.

—Necesito distinguir el momento anterior de la espera.

—Ya lo has distinguido con palabras.

—La disposición no es clara.

—No tiene que serlo.

La respuesta me irritó. Una disposición confusa produce una lectura confusa.

Si las sillas se tocaban, parecía que no había transición entre preparar la prueba y decidir prolongarla; si estaban demasiado separadas, la responsabilidad podía dividirse.

La distancia correcta debía mostrar continuidad y cambio al mismo tiempo.

Moví la silla otro centímetro.

Mauro se apartó de la pared.

—Víctor.

—No estoy asignando funciones a nadie.

—Estás corrigiendo la imagen.

—Porque la imagen dice algo.

—No hemos venido a buscar una imagen —recordó Adriana.

—No pueden colocar cuatro sillas en una sala y fingir que no producen una.

—Tú pediste las sillas.

—Y ustedes aceptaron.

La negociación empezaba a adquirir el ritmo conocido. Yo señalaba una decisión compartida para repartir la responsabilidad de aquello que ocurría después.

Solté el respaldo.

—Tienes razón —dije.

No devolví la silla a su lugar. La dejé donde estaba, ligeramente separada de la otra.

—¿Quieres terminar? —preguntó Adriana.

La pregunta podía referirse a la sesión, a la reconstrucción o a la necesidad de mover objetos. No pedí que precisara.

—Todavía no.

—¿Qué falta?

Miré las cuatro sillas.

Nadia. Yo antes de la señal. Yo durante los nueve segundos. Quien escucha después.

Faltaba el Víctor que había pasado más de quince meses reconstruyendo el hospital para no permanecer en ninguna de las otras posiciones.

Podía ocupar la cuarta silla, pero entonces retiraría al testigo.

También podía quedarme de pie, moviéndome alrededor de todas, conservando el privilegio de quien organiza la escena sin quedar incluido dentro de ella.

—Yo —dije.

—Ya estás representado dos veces —respondió Mauro.

—No el que está aquí.

—Es la misma persona.

—No por completo.

Adriana se levantó.

—La diferencia clínica importa. No eres ahora exactamente igual que la noche de Nadia ni estás en el mismo estado que durante los episodios más graves.

Pero si necesitas otra silla para demostrar que el Víctor actual solo observa a los anteriores, estamos repitiendo la separación que queríamos evitar.

—Entonces ¿dónde me coloco?

—No tienes que colocarte.

La imposibilidad de tener una posición me produjo un malestar casi físico. Permanecer fuera de la disposición me convertía en director; ocupar una de las sillas borraba las diferencias temporales; añadir otra devolvía el centro a mis múltiples versiones.

—Puedo sentarme en la del testigo —dije.

—¿Para hacer qué?

—Escuchar.

—Ya has escuchado la grabación, los mensajes y tu propio relato.

—No desde allí.

Mauro miró a Adriana. Ella tardó unos segundos y después asintió.

Me senté en la cuarta silla.

Desde el fondo, la disposición cambió. La silla de Nadia ocupaba el centro, aunque las dos que representaban mis acciones bloqueaban parcialmente la visión.

Para verla necesitaba inclinarme hacia un lado.

El problema no estaba en el ángulo accidental.

Había colocado mis explicaciones entre Nadia y quien intentara observarla.

Me levanté.

Cogí las dos sillas unidas y las aparté hacia la derecha. La de Nadia quedó completamente visible.

—Eso también es dirección —dijo Mauro.

—Sí.

—¿Qué intentas conseguir?

—Que no desaparezca detrás de mí.

—No puedes corregir todo ese tiempo moviendo una silla.

—Lo sé.

Aun así, dejé la disposición nueva. Quizá la conciencia no eliminaba la necesidad de ordenar, solo permitía nombrarla mientras ocurría.

Volví a la silla del testigo. Desde allí podía ver a Nadia y, en un lateral, las posiciones que había ocupado yo.

La imagen resultaba moralmente más clara.

Demasiado clara, quizá. Había construido una composición donde la víctima quedaba iluminada por la luz general y el responsable permanecía desplazado.

El orden podía ser comprensión o una nueva forma de presentarme como alguien capaz de organizar incluso su culpa con elegancia.

—¿Qué ves? —preguntó Adriana.

—Una mujer que pidió salir.

—No hay una mujer en la silla.

—Lo sé.

—¿Qué más?

—Dos versiones de mí que no son versiones distintas, sino acciones de la misma persona.

—¿Y en tu silla?

La palabra tuya me hizo mirar el asiento.

—Alguien que conoce la historia después.

—¿Inocente?

—No.

—¿Responsable?

—Sí, porque sigue siendo la misma persona.

—¿Puede cambiar lo ocurrido?

—No.

—¿Puede comprenderlo?

—A veces.

—¿Eso le concede perdón?

—No.

—¿Alta?

—No necesariamente.

—¿Autoridad para contar la historia de Nadia?

La pregunta era más difícil.

—Solo los hechos en los que participé —respondí—. No quién era por completo ni qué habría hecho después.

Adriana asintió.

—Entonces la sesión puede terminar.

Miré el reloj de pared. Habían transcurrido treinta y siete minutos. Quedaban ocho hasta el límite acordado. La cifra produjo una asociación inmediata con el tanque.

—Faltan ocho minutos.

—El máximo no es un objetivo —dijo Mauro.

La frase pertenecía a todo lo que había aprendido. Cuarenta y cinco minutos eran un límite de seguridad, no una duración que debiera completar para demostrar algo.

—Quiero usar uno —dije.

—¿Para qué?

—Para recoger las sillas.

Me levanté. Mauro podría haberlo hecho, pero necesitaba devolver el espacio sin convertir la disposición en una instalación permanente. Cogí primero la silla del testigo y la llevé hacia la pared. Después las dos que me representaban. Cuando intenté levantar la de Nadia, me detuve.

No era Nadia, sino una silla, y aun así retirarla parecía una nueva desaparición, como cerrar la caja con sus mensajes o devolver el cuaderno a la familia.

Había pasado años creyendo que conservar su lugar era una forma de amor, cuando en realidad necesitaba mantenerlo disponible para seguir trabajando sobre ella. La levanté.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó Mauro.

—No.

La coloqué junto a las demás. No la distinguí mediante una marca ni dejé espacio alrededor. Quedó dentro de la pila, idéntica a las otras.

La sala recuperó su aspecto habitual. Tarima, mesas, biombos, cristal. Ninguna disposición indicaba lo que acababa de ocurrir. Al día siguiente podría utilizarse para una actividad física o una reunión. La reconstrucción no tenía derecho a ocuparla indefinidamente.

Adriana apagó la grabadora.

—Hemos terminado —dijo.

La frase no produjo alivio. Tampoco una caída. Permaneció como un hecho limitado: la sesión había terminado.

Mauro abrió más la puerta.

—Vamos.

Caminé hacia la salida, pero me detuve cerca del interruptor. La luz general seguía encendida. Bastaba bajar una llave para que la sala adquiriera profundidad, para que las sombras separaran la tarima de las sillas y el cristal devolviera un reflejo más limpio.

No toqué el interruptor.

—Víctor —dijo Adriana.

—Lo sé.

Sin embargo, antes de salir miré otra vez las sillas apiladas.

Una de ellas había sido Nadia durante unos minutos.

Dos habían contenido mis decisiones. Otra había representado a quien observa después y cree que mirar desde fuera permite juzgar sin participar.

Ahora ninguna conservaba su función, pero yo todavía podía reconstruir cada posición con exactitud.

La última función no había tenido actores, público ni estreno.

Nadie había aplaudido. No terminaba con mi curación, mi condena ni una forma de perdón que Nadia no podía conceder.

Yo seguía dentro de Santa Elvira, capaz de reconocer el hospital y también de ver una sala donde quizá sería posible empezar otra obra si alguien me permitiera mover de nuevo las sillas.

Mauro esperaba en el corredor como enfermero.

Adriana sostenía la grabadora apagada.

Yo permanecía en el umbral, observando el espacio vacío y preguntándome si acababa de contar la verdad o de encontrar la forma más precisa de representarla.

Entonces miré las sillas una última vez.

¿Quién interpreta a la víctima?