La última función Capítulo 18
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Capítulo 18

La última función

Las últimas funciones rara vez saben que lo son.

Se anuncian como una noche más, con los mismos pasillos, la misma voz que ordena abrir las puertas y ese olor a tela, polvo y electricidad caliente que ningún teatro consigue eliminar por completo.

El público ocupa su lugar convencido de que al día siguiente habrá otra representación, los actores repiten gestos que han realizado tantas veces que ya no necesitan pensarlos y alguien comprueba, por costumbre, una luz que ha funcionado durante semanas.

Solo después, cuando la sala queda vacía y nadie vuelve a convocarlos, ciertos detalles adquieren el peso de una despedida: una pausa sostenida más de lo habitual, una mirada que no pertenecía al personaje o una frase pronunciada con la claridad de quien quizá sabía que no tendría otra oportunidad de decirla.

En Santa Elvira no hubo anuncios.

La vida continuó mediante acciones pequeñas que habrían resultado inútiles en cualquier relato interesado únicamente en mi transformación.

Desayunaba a la misma hora, tomaba la medicación, caminaba por el patio cuando el tiempo lo permitía y acudía a entrevistas donde no siempre hablábamos de Nadia.

Algunas mañanas conseguía distinguir el día antes de mirar la hoja de orientación; otras necesitaba leer la fecha dos veces.

Hubo noches en las que escuché agua detrás de la pared y una en que me levanté convencido de que alguien había golpeado la puerta.

Abrí inmediatamente. El corredor estaba vacío.

No utilicé la ausencia para construir una explicación.

Mauro continuaba siendo mi enfermero de referencia.

A veces, cuando aparecía con las llaves sujetas a la cintura y la carpeta bajo el brazo, la palabra regidor surgía antes de que pudiera impedirlo.

No siempre la pronunciaba. Cuando lo hacía, él no convertía el error en una crisis, pero preguntaba qué función creía que podía asignarle después de llamarlo así.

La respuesta variaba. Algunas veces solo había reconocido una semejanza entre sus tareas y las de un teatro.

Otras esperaba que controlara una sesión, protegiera mi ritmo o interviniera en el momento que yo considerara adecuado.

En esos casos, Mauro se marchaba o pedía que estuviera presente otra persona.

Habíamos dejado de tratar cada recaída como el derrumbe completo de la realidad, aunque tampoco fingíamos que una palabra carecía de consecuencias.

Adriana seguía siendo mi psiquiatra. Pronunciar su nombre no había eliminado la tentación de verla como la mujer que administraba recursos, elegía materiales y decidía cuándo podía avanzar la reconstrucción.

La diferencia consistía en que ahora esa semejanza no me autorizaba a imaginar que trabajaba para mí.

Tenía otros pacientes, una familia, reuniones a las que yo no asistía y decisiones que el equipo tomaba sin convertirlas en partes de mi historia.

A veces me enfurecía. Otras comprendía que esa independencia era precisamente aquello que había negado a Nadia, a Nora y a todos los que había colocado dentro de una función cuyo centro seguía siendo yo.

La frase firmada permanecía guardada en una funda dentro de mi habitación.

Nadia murió durante una prueba que yo había organizado, después de que decidiera prolongarla contra la señal que habíamos acordado.

No la leía cada día. Durante la primera semana intenté hacerlo por la mañana y antes de dormir, hasta que Mauro retiró la copia después de encontrarme despierto a las cuatro, repitiendo cada palabra como si la culpa pudiera adquirir valor mediante el agotamiento.

Me la devolvió dos días más tarde con una condición: debía utilizarla para mantener los hechos, no para convertirme en el hombre que más sufría por ellos.

La distinción resultaba difícil. El dolor también podía ser una forma de apropiación.

Si mi remordimiento ocupaba toda la sala, Nadia volvía a desaparecer detrás de aquello que su muerte había producido en mí.

No recibí noticias de Nora.

Adriana confirmó únicamente que se encontraba fuera de Santa Elvira y que su reclamación seguía un proceso independiente del mío.

No pregunté dónde vivía, con quién trabajaba ni si había vuelto a actuar.

Durante varios días sentí el impulso de escribir una carta que no enviaría, solo para ordenar lo que había comprendido.

No lo hice. Incluso una carta guardada podía convertirse en la representación privada de una disculpa, una escena donde Nora estuviera obligada a escucharme dentro de mi cabeza. Su salida no necesitaba mi versión.

Los materiales de Nadia tampoco regresaron a la habitación.

El cuaderno había vuelto a su familia, los audios permanecían en los archivos autorizados y la nota de los dos golpes ya no estaba dentro de mi cajón.

Podía recordar las palabras sin conservarlas como objetos.

Algunas tardes aparecía su voz diciendo que el final debía ser ella negándose, aunque el director y el público creyeran que eso estropeaba todo.

No sabía si recordaba la frase exacta o la había reorganizado después de escucharla.

La diferencia ya no modificaba lo esencial: Nadia había intentado escribir una salida que yo no acepté.

Tres semanas después de la sesión sobre la víctima, Adriana preguntó qué faltaba para terminar la reconstrucción.

Estábamos en su despacho. Mauro permanecía junto a la ventana, revisando un registro.

La pregunta no contenía una promesa de alta, perdón ni cierre definitivo.

El tratamiento continuaría. Mi memoria podía volver a reorganizarse y nadie consideraba que una serie de respuestas correctas eliminara el riesgo.

—Decirlo en la sala —respondí.

Adriana no necesitó preguntar cuál.

—¿Por qué?

—Porque allí empezó la versión que utilicé para evitarlo.

—La versión empezó antes.

—Pero allí adquirió espacio, personas y reglas.

—También fue donde repetiste la conducta con Nora.

—Lo sé.

—¿Quieres volver para reparar eso?

—No puedo repararlo.

—Entonces ¿para qué?

La respuesta que había preparado hablaba de integrar la memoria, enfrentar el lugar y terminar el recorrido. Todas eran formulaciones aceptables, quizá aprendidas después de meses de tratamiento. Ninguna explicaba por completo la necesidad física de entrar una vez más.

—Quiero comprobar si puedo estar allí sin necesitar un reparto —dije.

Mauro cerró el registro.

—Eso ya es una prueba —advirtió.

—Sí.

—¿Y quién decide si la superas?

La pregunta eliminaba la posibilidad de que yo dirigiera también el criterio.

—No lo sé.

—Entonces quizá no debamos hacerlo —dijo Adriana.

—También puede ser una sesión, con condiciones, supervisión y un objetivo limitado.

—Has vuelto a negociar.

—Sí.

No intenté presentar la insistencia como una necesidad clínica que ellos debieran reconocer. Quería entrar. El deseo podía ser legítimo y seguir sin crear una obligación para los demás.

Adriana pidió tiempo para discutirlo con el equipo.

Durante cuatro días no mencionó el tema.

Yo tampoco. La espera no funcionaba como una estrategia para demostrar estabilidad; al menos no por completo.

Había aprendido que insistir cada mañana convertiría cualquier autorización posterior en el resultado de mi presión.

La respuesta llegó un martes.

Podía entrar en la sala polivalente durante cuarenta y cinco minutos.

Adriana y Mauro estarían presentes. La puerta permanecería abierta.

No habría participantes, textos de Nadia, proyección de imágenes ni objetos relacionados con el tanque.

No podía asignar funciones a las personas presentes.

Si pedía detener la sesión, se detendría.

Si Adriana o Mauro consideraban que la estructura empezaba a transformarse en una nueva obra, también.

—¿Puedo utilizar sillas? —pregunté.

Adriana me observó durante varios segundos.

—¿Para qué?

—Para representar posiciones.

—Has utilizado representar.

—No encuentro una palabra mejor.

—¿Quieres colocar personas imaginarias?

—No. Quiero separar funciones que coexistían en mí.

Mauro apoyó los brazos sobre la mesa.

—¿Cuáles?

—El hombre que preparó la prueba, el que observó después de la señal y el que intenta contarla ahora.

—Son la misma persona —dijo.

—Sí. Por eso necesito no convertirlas en tres responsables distintos.

La propuesta podía ayudar precisamente si evitaba que cada silla absorbiera una parte de la culpa. También podía construir un nuevo reparto donde el Víctor actual apareciera como testigo inocente de los otros dos.

—¿Y Nadia? —preguntó Adriana.

—Una silla vacía.

—Nadie la ocupará.

—No.

—No hablarás con ella como si pudiera responder.

—De acuerdo.

—No corregirás la posición de Mauro ni la mía.

—No.

—No habrá cambios de luz.

La condición produjo una decepción demasiado inmediata.

Adriana la vio.

—¿Por qué te importa la luz?

—Porque modifica lo que se ve.

—Eso es exactamente lo que me preocupa.

—La luz general aplana las posiciones.

—No estamos buscando una imagen.

—Todo espacio produce una.

—No necesitas controlarla.

La discusión podía haber continuado hasta convertir la autorización en otra amenaza de cancelación. Me detuve.

—Luz general —acepté.

La sesión se fijó para el viernes a las diez.

Aquella mañana, Mauro llegó antes de lo habitual. Comprobó la medicación, el desayuno y mi orientación. Llevaba el uniforme azul claro, las llaves y una carpeta, pero no el libro que utilizaba cuando debía permanecer conmigo durante horas. La pulsera de Santa Elvira seguía alrededor de mi muñeca.

—¿Qué ocurrirá si llamas teatro a la sala? —preguntó.

—Comprobaremos qué reglas creo aplicables después.

—¿Y si me llamas regidor?

—Me corregirás. Si continúo asignándote esa función, saldrás.

—¿Quién dirige la sesión?

Miré hacia el corredor, donde Adriana esperaba.

—Ella establece las condiciones clínicas.

—No te he preguntado eso.