Capítulo 17 #4
Podía convertirse en una fórmula repetida hasta perder significado.
Tendría que recordar que cada palabra contenía una acción.
Organizado: mentí a Marina, preparé el tanque y retiré la supervisión.
Decidiera: miré el tiempo, me acerqué y pedí un poco más.
Prolongarla: mantuve a Nadia bajo el agua cuando ya había terminado para ella.
Señal: dos golpes que entendí. Acordado: una promesa pronunciada ante una cámara porque ella no confiaba en mí.
—¿Qué significa víctima para ti? —preguntó Adriana.
La palabra no había aparecido durante el ejercicio. Estaba en el título que mi mente había dado a aquel día sin que nadie lo supiera.
—Alguien a quien le ocurre algo que no eligió.
—¿Nadia eligió entrar en el agua?
—Sí.
—¿Entonces?
—No eligió permanecer después de la señal.
—¿Eso basta para llamarla víctima?
—Sí.
—¿La palabra elimina que fuera ambiciosa, contradictoria o que aceptara otros ejercicios?
—No.
—¿Elimina que te quisiera o admirara?
—No.
—¿Elimina que participara en la construcción de vuestra forma de trabajo?
—No.
—¿Qué describe?
—Lo que le hice cuando su decisión dejó de importarme.
Adriana asintió.
—¿Y tú eres una víctima?
La pregunta podía referirse a mi enfermedad, a la prensa, a la pérdida de la carrera o al tratamiento. Había sufrido. También había utilizado ese sufrimiento para desplazar el centro de Nadia.
—De algunas cosas, quizá —respondí—. No de los nueve segundos.
—¿De su muerte?
La formulación era más difícil. Perder a Nadia me había destruido, pero llamarme víctima de su muerte podía convertirla otra vez en alguien que me había hecho algo al morir.
—Sufrí su muerte —dije—. No soy su víctima.
Mauro se sentó de nuevo. Adriana guardó la hoja firmada dentro de una funda y me entregó una copia.
—¿Qué vas a hacer con ella? —preguntó.
—Leerla mañana.
—¿Por qué no hoy?
—Porque ahora la utilizaría para seguir dentro de esta habitación.
La respuesta pareció satisfacerla, aunque no lo dijo.
Regresamos a la planta poco antes del almuerzo.
El comedor estaba lleno. Teresa ocupaba una mesa al fondo, pero no miró hacia mí.
Samuel hablaba con otro paciente cerca de la ventana.
No me acerqué a ninguno. Mauro dejó que eligiera un lugar apartado y se sentó a otra mesa, suficientemente cerca para observar sin convertir la comida en otra entrevista.
Comí despacio. El sabor de la comida resultaba apagado después de la sesión, pero terminé suficiente para tomar la medicación.
Nadie esperaba una confesión pública ni sabía qué había ocurrido en el despacho.
Santa Elvira continuaba con sus horarios, sus bandejas y sus puertas.
La vida institucional no se detenía porque yo hubiera pronunciado por fin una frase correcta.
Por la tarde caminé por el patio acompañado por una auxiliar.
Hacía más frío que los días anteriores. El cielo estaba despejado, pero el viento recorría los árboles y entraba por el cuello de la camisa.
Pensé en Nadia llegando a la propiedad con el cabello húmedo, en la temperatura del agua y en las toallas azules preparadas sobre la mesa.
La grabación mostraba un termómetro. Yo había comprobado el agua varias veces para evitar una reacción brusca al frío.
No recordaba la cifra exacta, pero estaba dentro del rango que considerábamos seguro.
Aun así, cuando Nadia salió del tanque, su piel parecía pálida y la camiseta mojada se adhería al cuerpo.
Durante la reanimación, uno de los sanitarios pidió mantas.
Yo había colocado dos toallas cerca y no las utilicé hasta que él lo indicó, porque estaba concentrado en las compresiones.
La auxiliar me preguntó si quería volver dentro. Negué. El frío no era peligroso. Podía permanecer unos minutos más.
—¿En qué piensas? —preguntó.
No conocía toda la historia y no necesitaba escucharla.
—En Nadia.
La mujer asintió sin pedir detalles.
El viento volvió a cruzar el patio. Durante meses había recordado el agua como una imagen visual, una superficie que distorsionaba el rostro y permitía observar el instante en que el cuerpo perdía control.
Había pensado en el tiempo, el oxígeno, la señal y el cronómetro.
No había pensado en una sensación elemental.
Nadia había entrado con miedo. Había soltado aire, golpeado el lateral y esperado que la sacara. Después la apoyé sobre un suelo de baldosas, mojada, mientras la ropa perdía temperatura y yo intentaba que respirara. Los sanitarios cubrieron su cuerpo porque ya no podía decir qué sentía.
Aquella comprensión no explicaba nada. Tampoco reparaba. Era pequeña, concreta y humana, demasiado simple para convertirse en método.
—Quiero volver —dije.
La auxiliar me acompañó hacia la puerta. Al entrar, el aire templado del edificio golpeó mi rostro. Mauro estaba en el vestíbulo, terminando de hablar con otra enfermera. Me vio y se acercó.
—¿Estás bien?
Podía decir que sí, que la sesión había sido útil o que había comprendido algo nuevo. Ninguna respuesta parecía adecuada.
—Nadia tuvo frío —dije.