La última función Capítulo 17 #3
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Capítulo 17 #3

—¿Qué hiciste con esa dependencia?

—La utilicé para prolongar la prueba.

La frase resultaba más dura que «ignoré la señal». No me limité a no actuar. La imposibilidad de Nadia para salir de forma inmediata mientras permanecía arrodillada, sumergida y esperando mi intervención permitió obtener los segundos que quería.

Mauro apoyó los antebrazos sobre las piernas. Su respiración cambió. Adriana lo observó, quizá valorando si debía interrumpir.

—Estoy bien —dijo él.

La respuesta iba dirigida a ella, no a mí. No me correspondía utilizar su reacción como medida de la calidad de mi reconocimiento.

—¿Por qué estás aquí, Mauro? —pregunté.

Adriana levantó una mano antes de que él respondiera.

—No conviertas la sesión en una petición de testimonio.

—No pretendía—

—Sí. Has visto que algo le afecta y quieres que explique qué significa para ti.

El mecanismo seguía activo. Incluso mientras relataba la muerte de Nadia, la emoción de Mauro podía convertirse en una respuesta sobre mi evolución, mi culpa o la posibilidad de perdón.

—Tienes razón —dije.

Mauro permaneció en silencio. No necesitaba absolverme por haberlo reconocido a tiempo.

Adriana colocó la primera hoja frente a mí.

—Escribe cinco hechos sin explicaciones.

Tomé el bolígrafo.

Mentí a Marina para trabajar a solas con Nadia.

Amenacé a Nadia con sustituirla para que no se marchara.

Prometí sacarla cuando golpeara dos veces.

Vi la señal y esperé nueve segundos.

Intenté salvarla después.

Adriana leyó.

—El cuarto hecho contiene dos acciones. Sepáralas.

Añadí una línea:

Vi la señal y comprendí su significado.

Decidí no sacarla todavía.

Intenté salvarla después.

—¿Qué cambia entre «esperé» y «decidí no sacarla todavía»? —preguntó.

—Esperé puede parecer que nada ocurrió. Decidí no sacarla reconoce que existía una acción concreta que podía realizar y que elegí aplazarla.

—¿Por qué «todavía»?

—Porque pensaba hacerlo más adelante.

—¿Cuándo?

—Cuando llegara a cuarenta o cuando viera peligro.

—¿Quién había autorizado esos criterios?

—Nadie.

—¿Nadia?

—No.

—Entonces escribe también eso.

Añadí:

Sustituí el límite de Nadia por el mío.

La frase seguía utilizando una abstracción, pero describía con claridad la relación entre ambos criterios.

Adriana colocó la segunda hoja.

—Ahora escribe qué no ocurrió.

Nadia no entró para morir.

Nadia no retiró la señal.

Nadia no me pidió que comprobara si estaba realmente en peligro.

Yo no confundí los golpes.

Yo no estuve inmóvil ni incapaz de actuar.

La muerte no fue mi objetivo.

Mis intentos de reanimación no borraron la demora.

Al llegar a la última línea, tuve que detenerme. La había conocido durante días, pero escribirla eliminaba la posibilidad de utilizar mi desesperación posterior como prueba de que todo lo anterior había sido involuntario.

—¿Algo más? —preguntó Adriana.

Mi enfermedad actual no decidió por mí aquella noche.

La frase separaba responsabilidad y diagnóstico. No negaba que hubiese rasgos, obsesiones o una relación deformada con el poder. Establecía que la psicosis posterior no había estado dentro de la sala del tanque.

Adriana colocó la tercera hoja.

—Escribe una frase que contenga la responsabilidad sin convertirla en asesinato ni accidente.

La tarea parecía imposible porque ambas palabras habían ocupado los extremos de todas mis versiones. Asesinato implicaba intención de matar; accidente sugería un resultado sin decisión moral relevante. La verdad permanecía entre ambos.

Escribí:

Nadia murió durante una prueba que yo había organizado, después de que decidiera prolongarla contra la señal que habíamos acordado.

Adriana leyó.

—¿Falta algo?

—Que intenté salvarla.

—La frase debe contener la responsabilidad, no toda la historia.

—Entonces está completa.

—¿Puedes leerla en voz alta?

Lo hice. Mi voz se mantuvo estable hasta la palabra acordado.

Mauro continuaba junto a la puerta. No había cambiado de posición, aunque algo en su expresión indicaba que la frase le resultaba familiar.

—¿Ya la había escrito antes? —pregunté.

—Versiones parecidas —respondió Adriana.

—¿Y después las negué?

—Las reorganizaste. Algunas veces añadías que la señal formaba parte de una prueba psicológica. Otras sustituías «decidí prolongarla» por «no conseguí reaccionar». También afirmaste que la frase había sido dictada por el equipo.

Miré la hoja. La posibilidad de olvidar no desaparecía porque aquel día me sintiera lúcido.

—Quiero firmarla.

—No es necesario.

—Precisamente.

Firmé y anoté la fecha.

—Quiero que se guarde con la grabación.

—Se incorporará al expediente.

—¿Puedo conservar una copia?

Adriana pensó unos segundos.

—Sí, si aceptas que Mauro la retire cuando empieces a utilizarla de manera compulsiva o para castigarte.

—¿Cómo se distingue castigo de responsabilidad?

—No siempre es fácil. Si la lees para mantener los hechos, puede ayudarte. Si la utilizas para impedirte dormir, comer, tomar medicación o para afirmar que no mereces salir nunca de Santa Elvira, se habrá convertido en otra forma de evitar el trabajo.

La culpa también podía funcionar como escenario. Un hombre destruido por su responsabilidad seguía ocupando el centro, convertido ahora en la víctima más visible de su propio acto.

—No quiero que me protejan de sentirme mal —dije.

—No lo haremos. Tampoco permitiremos que el sufrimiento se convierta en una representación que sustituya lo que debes hacer después.

—¿Qué debo hacer después?

—Aprender a reconocer límites antes de que necesiten convertirse en una señal extrema. Aceptar que entender a alguien no te concede autoridad sobre su decisión. Vivir con una responsabilidad que no puedes corregir mediante otra versión.

—Eso no repara a Nadia.

—No.

La respuesta no ofrecía redención. Algunas consecuencias podían asumirse sin que nada quedara reparado.

—¿Y Nora? —pregunté.

—No forma parte de esta sesión.

—Lo sé.

—Entonces no la utilices para demostrar que has entendido a Nadia.

La advertencia era necesaria. Podía convertir el respeto futuro a Nora en una prueba de crecimiento, apropiándome otra vez de su salida. No contactar con ella, no reclamar un cierre y no seguir su vida desde Santa Elvira debían existir sin producir una recompensa para mí.

—No quiero escribirle —dije.

—Bien.

Mauro me miró, pero no pronunció la palabra como evaluación. Adriana continuó.

—Ahora quiero que describas qué hiciste con el miedo de Nadia.

La pregunta regresaba al vocabulario que había utilizado durante años.

—Lo interpreté como una reacción útil.

—Útil para quién.

—Para mí y para lo que quería obtener.

—¿Qué significaba para ella?

—Que quería terminar.

—¿Lo sabías?

—Sí.

—Entonces no confundiste su miedo. Elegiste tratarlo de otra manera.

—Sí.

La distinción era incómoda. Durante meses había dicho que confundí actuación y peligro. La señal impedía esa confusión. Sabía que Nadia quería salir. Lo que hice fue considerar que ese deseo podía subordinarse unos segundos a mi interés.

—¿Qué convertiste en material? —preguntó Adriana.

—Su miedo.

—Más.

—Su confianza en que obedecería. La necesidad de aire. El momento en que dejó de controlar el cuerpo. Incluso la señal, porque la observé como parte de lo que estaba ocurriendo en lugar de responder.

—¿Y a Nora?

—Su resistencia, su necesidad de aprobación, sus crisis y su deseo de demostrar que podía estar conmigo sin perder el control.

—¿Qué patrón comparten?

—Trataba las reacciones de los demás como algo que podía utilizar antes de preguntarme si tenía derecho.

—¿Y cuando decían que no?

—Convertía la negativa en otra reacción que debía comprender, superar o incorporar.

—¿Qué palabra faltaba?

—Obedecer.

Adriana no había pedido que obedeciera siempre a los demás.

Se refería a los límites expresados dentro de acuerdos claros.

Yo había creído que comprender una negativa me otorgaba la posibilidad de corregirla.

A veces lo hacía en nombre de la persona, como si viera una verdad que ella todavía no podía asumir.

Otras, en nombre del trabajo. En ambos casos, el resultado era el mismo: su palabra nunca bastaba.

—¿Qué debería haber ocurrido cuando Nadia golpeó? —preguntó.

—Debía sacarla.

—¿Aunque todavía estuviera consciente?

—Sí.

—¿Aunque creyera que podía continuar?

—Sí.

—¿Aunque el resultado se perdiera?

Estuve a punto de utilizar la palabra prohibida para responder. La corregí.

—Sí. Aunque nunca volviera a ver la reacción que buscaba.

—¿Y después?

—Podíamos hablar, cancelar la prueba, cambiarla o terminar la relación profesional. Nada de eso era más importante que sacarla.

La respuesta parecía evidente con diecisiete meses de distancia. Aquella noche no lo había sido porque yo había construido una jerarquía donde el instante irrepetible ocupaba un lugar superior a la decisión de Nadia.

—¿Qué te daba derecho a decidir? —preguntó.

—Nada.

La palabra llegó sin una explicación posterior.

Adriana apagó la grabadora.

—La parte formal ha terminado.

La sesión no terminó emocionalmente. El cuerpo seguía sentado frente a las hojas, con la camisa adherida a la espalda y la mandíbula tensa. Mauro se levantó para traer agua. Cuando dejó el vaso, le di las gracias sin buscar una reacción.

—¿Quieres descansar aquí o volver a la habitación? —preguntó.

—Aquí un momento.

Adriana recogió dos de las hojas y dejó la tercera, la frase firmada, delante de mí. No intentó suavizarla.

Nadia murió durante una prueba que yo había organizado, después de que decidiera prolongarla contra la señal que habíamos acordado.