Capítulo 17 #2
—Sí.
—¿Qué debías hacer?
—Introducir las manos y sacarla.
—¿Lo hiciste?
—No.
La negativa no se perdió dentro de una explicación. Permaneció unos segundos antes de que Adriana continuara.
—¿Qué hiciste en su lugar?
—Miré el cronómetro.
—¿Por qué?
—Porque quería saber cuánto tiempo llevaba sumergida.
—¿Qué viste?
—Algo más de treinta y dos segundos.
—¿Qué pensaste?
El ejercicio no prohibía la palabra pensamiento, pero exigía separar lo que recordaba de lo que infería ahora.
—No recuerdo una frase completa. Sé que consideré que treinta y dos segundos no eran peligrosos y que aún quedaba tiempo hasta el límite de cuarenta.
—¿Eso modificó la obligación de sacarla?
—No.
—¿Pero modificó tu conducta?
—Sí.
—¿Qué hiciste después?
—Me incliné hacia el tanque y observé su rostro.
—¿Por qué?
—Para comprobar si seguía consciente y qué estaba ocurriendo.
—¿Había pedido que comprobaras eso?
—No.
—¿Qué había pedido?
—Que la sacara.
—¿Qué viste?
—Tenía los ojos abiertos. Movía el cuerpo. No había perdido el conocimiento.
—¿Y qué decidiste?
La palabra había llegado. No «qué ocurrió», «qué sentiste» o «qué creíste». Qué decidiste.
—Continuar unos segundos más.
—¿Se lo dijiste?
—Sí.
—¿Qué dijiste?
—«Un poco más».
Mauro bajó la mirada. No intervino.
—¿A quién se lo dijiste? —preguntó Adriana.
—A Nadia.
—¿Qué le estabas pidiendo?
—Que permaneciera bajo el agua.
—¿Después de que hubiera pedido salir?
—Sí.
—¿Por qué?
No podía utilizar resultado, verdad ni método. Tenía que describir aquello que buscaba mediante el cuerpo de Nadia.
—Porque quería ver el momento en que dejara de controlar los movimientos y el cuerpo reaccionara de manera involuntaria a la falta de aire.
—¿Para qué querías verlo?
—Para utilizarlo después en el montaje.
Montaje no figuraba en la lista, aunque pertenecía al mismo campo. Adriana lo permitió porque describía una producción real, pero pidió más precisión.
—¿Cómo pensabas utilizarlo?
—Quería que Nadia recordara esa sensación y pudiera reproducir en escena la pérdida de control de su personaje.
Había empleado personaje, una palabra prohibida.
—Otra vez —dijo Adriana.
—Quería que recordara esa sensación para repetirla después delante del público.
Público también estaba prohibido.
—No puedes salir del vocabulario —observó.
La dificultad no era accidental. Cada vez que intentaba explicar para qué había prolongado la prueba, necesitaba devolver el cuerpo de Nadia al teatro. Sin esas palabras, la motivación quedaba desnuda: quería observar una reacción real para aprovecharla más tarde.
—Quería ver una reacción involuntaria y conservarla para mi trabajo —dije.
Adriana asintió.
—¿Nadia había aceptado permanecer después de la señal para que pudieras verla?
—No.
—Había aceptado lo contrario.
—Sí.
—¿Qué ocurrió después de que le pidieras un poco más?
—Contrajo el torso, perdió precisión en los movimientos y volvió a desplazar una mano hacia la pared. No golpeó con claridad. Yo miré la mano y después el cronómetro otra vez.
—¿Por qué volviste a mirar el tiempo?
—Porque quería comprobar cuánto faltaba para los cuarenta segundos.
—¿Qué importancia tenían los cuarenta después de la señal?
—Ninguna para Nadia.
—¿Y para ti?
—Seguían siendo el límite que yo consideraba válido.
—¿Por encima de qué?
—De su decisión.
La respuesta resultó más simple que todas las categorías que había utilizado durante años.
—¿Qué viste en el segundo treinta y nueve? —preguntó Adriana.
—Que perdió estabilidad. El hombro derecho descendió y el cuerpo empezó a girar.
—¿Qué comprendiste?
—Que podía estar perdiendo el conocimiento.
—¿Qué hiciste?
—Me incorporé e introduje los brazos en el agua al comenzar el segundo cuarenta y uno.
—¿Por qué entonces?
—Porque el peligro físico se volvió evidente.
—¿Qué había sido evidente nueve segundos antes?
—Que quería salir.
—¿Por qué no bastó?
—Porque consideré que yo podía decidir si todavía era seguro continuar.
—¿Habías prometido no hacerlo?
—Sí.
—¿Y aun así lo hiciste?
—Sí.
Adriana dejó pasar un intervalo largo. La jarra estaba cerca, pero no sentía sed. Mauro permanecía inmóvil, vigilando que la conversación no se transformara en una representación de sufrimiento destinada a obtener su compasión.
—Continúa —dijo ella.
—Introduje los brazos, pero tardé dos segundos en sacar a Nadia por completo.
Su ropa pesaba, el cuerpo no colaboraba y golpeé uno de sus brazos contra el borde.
La apoyé sobre el suelo. No respiraba. La llamé, comprobé mal el pulso y fui a buscar el teléfono.
No recordaba la dirección de la propiedad y tuve que acercarme a la puerta para verla.
Llamé a emergencias y seguí las instrucciones para reanimarla.
—¿Intentaste salvarla?
—Sí.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿Sentías miedo?
—Sí.
—¿Querías que viviera?
—Sí.
La serie de respuestas no disminuía la responsabilidad anterior. Adriana permitía que permanecieran porque negarlas habría creado otra falsedad.
—¿Qué dijiste a la operadora sobre la señal?
—Que la había sacado enseguida.
—¿Era cierto?
—No.
—¿Sabías que no era cierto cuando lo dijiste?
—Sí.
—¿Por qué mentiste?
—Porque comprendí que la demora era importante y que podía hacerme responsable.
—¿También estabas confuso y asustado?
—Sí.
—¿Las dos cosas pueden ser ciertas?
—Sí.
La estructura habitual regresó, pero esta vez no funcionaba para borrar ninguna parte. Podía estar aterrado y protegerme. Podía intentar salvar a Nadia y empezar a modificar el relato al mismo tiempo.
—¿Qué dijiste a los sanitarios? —preguntó.
—Que la saqué cuando dejó de responder.
—¿Era cierto?
—Sí.
—¿Qué ocultaba?
—Que había pedido salir antes.
—¿Qué dijiste a Marina?
—Que no estaba seguro de que los golpes fueran la señal.
—¿Era cierto?
—No.
—¿Y al día siguiente?
—Que me había quedado paralizado.
—¿Era cierto?
—No de la forma en que lo conté. Me moví, miré, hablé y evalué. No perdí la capacidad de decidir. Evité la decisión que había prometido tomar.
La última frase parecía más precisa que «no estaba paralizado». Podía haber sentido bloqueo, miedo o sorpresa. Ninguno anulaba las acciones conscientes que llenaron el intervalo.
Adriana apoyó las manos sobre la mesa.
—Ahora quiero que cuentes lo ocurrido de principio a fin sin referirte a tus intenciones artísticas ni al vínculo profesional. Imagina que se lo explicas a alguien que no sabe quién eras, quién era Nadia ni qué trabajo realizabais.
La petición retiraba el prestigio, los años compartidos y la singularidad de nuestro método. Quedaban dos personas y una decisión.
—Un hombre preparó una prueba con agua que no estaba autorizada en esas condiciones —empecé—.
Engañó a la persona que debía supervisarla para que no acudiera.
La mujer que participaría llegó, descubrió la mentira y quiso marcharse.
Él le dijo que podía perder una oportunidad profesional importante y que sería sustituida si no continuaba.
Ella decidió quedarse, pero estableció un límite de cuarenta segundos y una señal de dos golpes que debía ser obedecida inmediatamente.
No hablaba de mí en primera persona. Adriana levantó una mano.
—No uses la distancia gramatical.
La tercera persona había aparecido sin que lo advirtiera. Convertía el relato en un caso que podía observar desde fuera.
—Preparé una prueba con agua que no estaba autorizada en esas condiciones —corregí—.
Engañé a Marina para que no acudiera. Nadia descubrió la mentira y quiso marcharse.
Le dije que podía perder el papel y que buscaría a otra mujer para sustituirla.
Ella se quedó y aceptó entrar en el agua, pero estableció un límite de cuarenta segundos y una señal de dos golpes que debía obedecer inmediatamente.
Respiré antes de continuar.
—Nadia dio la señal en el segundo treinta y dos.
Yo la vi, comprendí qué significaba y no la saqué.
Miré el tiempo, observé su rostro y le pedí que continuara un poco más.
Esperé hasta que sus movimientos mostraron que estaba perdiendo el control.
Empecé a sacarla en el segundo cuarenta y uno.
Cuando la puse en el suelo no respiraba.
Intenté reanimarla, llamé a emergencias y quise salvarla.
Durante la llamada mentí sobre el tiempo que había esperado.
Después cambié varias veces la explicación de esos segundos.
Adriana no añadió nada. La grabadora continuaba encendida.
—¿Qué falta? —preguntó finalmente.
La pregunta podía referirse a hechos técnicos: la cámara, el mensaje a Marina, la ambulancia, el hospital. Sin embargo, el relato ya contenía la secuencia básica.
—Que Nadia murió —dije.
—Inclúyelo.
—Nadia murió después de la inmersión. No puedo afirmar que los nueve segundos fueran la única causa ni que sacarla inmediatamente garantizara que viviría. Sí sé que prolongué el tiempo bajo el agua después de que pidiera salir y que una extracción más temprana habría aumentado sus posibilidades.
—¿Qué otra cosa falta?
Miré a Mauro. Su rostro no ofrecía ninguna indicación.
—Que no quería matarla.
—Inclúyelo, pero no como conclusión.
—No quería matar a Nadia. No planeé su muerte y, cuando comprendí el peligro, intenté salvarla. También decidí ignorar su señal durante nueve segundos porque quería ver una reacción que ella había decidido no darme.
Las dos partes podían permanecer juntas sin neutralizarse. No era un asesino que hubiese preparado el tanque para matarla. Tampoco una persona inocente sorprendida por un accidente completamente ajeno a sus decisiones.
—¿Qué palabra utilizarías para describir a Nadia durante esos nueve segundos? —preguntó Adriana.
Actriz estaba prohibida. Mujer parecía demasiado general. Persona que pedía ayuda podía ser preciso, aunque los golpes no indicaban necesariamente una emergencia física; indicaban una decisión.
—Una mujer que había pedido salir y dependía de mí para hacerlo.
—¿Dependía de ti físicamente?
—Podía haber intentado impulsarse hacia la superficie, pero había entregado el control mediante la señal y yo estaba en la posición acordada para ayudarla.