Capítulo 17
La víctima
Las palabras no solo describen una conducta. También deciden cuánto de ella estamos dispuestos a ver.
Durante años había llamado entrega a la obediencia, resistencia al miedo, búsqueda a la presión y verdad al instante en que una persona dejaba de protegerse.
Ninguna de esas palabras era falsa en todos los contextos.
Precisamente por eso resultaban tan útiles.
Podía pronunciarlas sin mentir y, al mismo tiempo, desplazar el centro de aquello que ocurría.
Una actriz que pedía detenerse dejaba de ser una mujer que había alcanzado un límite y se convertía en alguien a punto de atravesar una resistencia.
Un cuerpo asustado podía transformarse en material.
Una demora podía llamarse observación. Una decisión podía esconderse dentro de un método.
Adriana me recibió al día siguiente en el despacho donde habíamos mantenido las primeras entrevistas.
Había retirado la bandeja con objetos, las fotografías y cualquier documento relacionado con Nadia.
Sobre la mesa solo estaban una grabadora, una jarra de agua y tres hojas en blanco.
Mauro ocupaba la silla cercana a la puerta. No llevaba ninguna carpeta a la vista.
—Hoy no veremos materiales —dijo Adriana—. Tampoco repasaremos la grabación.
—Entonces ¿qué queda?
—Tu relato.
—Ya lo he contado.
—Lo has contado utilizando un lenguaje que organiza la responsabilidad antes de llegar a los hechos.
—Todo lenguaje lo hace.
—Sí. Hoy utilizaremos uno más limitado.
Señaló las hojas.
—Quiero que describas lo ocurrido sin emplear vocabulario teatral.
La condición parecía sencilla hasta que intenté comprender su alcance.
—¿Qué considera vocabulario teatral?
—No podrás utilizar obra, escena, ensayo, actriz, director, personaje, método, interpretación, público, resultado, entrega, material, verdad escénica ni función. Tampoco podrás decir que Nadia estaba trabajando si no describes exactamente qué estaba haciendo.
—Eso deja fuera casi todo el contexto.
—Deja fuera las palabras con las que sueles convertir el contexto en una justificación.
—¿Puedo hablar de una prueba?
—Sí, porque fue una prueba física concreta. Tendrás que explicar en qué consistía y quién la había autorizado.
—No estaba autorizada en esa forma.
—Exacto.
La restricción no eliminaba la complejidad. Me obligaba a construirla mediante hechos en lugar de categorías. Una prueba acuática. Una mujer. Un hombre. Un tanque. Una promesa.
—¿Desde dónde empiezo? —pregunté.
—Desde el momento en que decidiste que Marina no estaría presente.
Miré a Mauro. Él permanecía atento, pero no parecía dispuesto a intervenir salvo que utilizara su presencia para repartir la responsabilidad. Volví hacia Adriana.
—Había previsto que Marina asistiera porque Nadia lo había pedido y porque la producción exigía supervisión.
Adriana levantó una mano.
—Has utilizado producción.
—No está en la lista.
—Tienes razón. Puedes utilizarla como entidad real, pero explica qué función cumplía.
La corrección no pretendía atraparme. El ejercicio necesitaba precisión incluso respecto a sus propias reglas.
—La empresa responsable del montaje había exigido que cualquier actividad con agua contara con Marina, un técnico de seguridad y una evaluación previa del dispositivo —continué—.
Yo quería probar la secuencia sin ellos porque consideraba que interrumpían demasiado y porque Nadia escuchaba sus advertencias más que mis indicaciones.
—¿Qué hiciste?
—Escribí a Marina y le dije que el tanque tenía una fuga y que la prueba se aplazaba.
—¿Era cierto?
—No.
—¿Qué querías conseguir con la mentira?
La respuesta podía contener todavía una palabra prohibida. Quería trabajar a solas, recuperar la confianza, comprobar si Nadia seguía siendo capaz de entregarse. Tuve que traducir cada idea.
—Quería que Nadia y yo estuviéramos solos para que nadie pudiera detener lo que yo había preparado ni ayudarla a marcharse antes de que lo realizara.
La frase sonó más calculada de lo que había sentido la decisión.
No había pensado «nadie podrá ayudarla a marcharse».
Había pensado que Marina contaminaba el vínculo, que su presencia convertía cada duda en una alarma y que Nadia necesitaba escucharme sin interferencias.
Sin embargo, el efecto buscado era el mismo.
—¿Sabías que Nadia confiaba en Marina? —preguntó Adriana.
—Sí.
—¿Sabías que la había pedido expresamente?
—Sí.
—¿Y aun así la apartaste?
—Sí.
Adriana no escribió. La grabadora recogía cada respuesta. Las hojas en blanco no estaban destinadas a notas; quizá servían para recordar que ningún documento externo iba a hablar por mí.
—Continúa —dijo.
—Llegué antes a la propiedad, llené el tanque, preparé las luces, las cámaras, las toallas y el cronómetro. Cuando Nadia llegó, preguntó por Marina. Le dije que no vendría. Ella había hablado con Marina y sabía que yo le había dicho que la prueba se aplazaba.
—¿Qué hizo?
—Se enfadó. Dijo que no quería continuar a solas.
—¿Intentó irse?
—Sí. Dos veces.
La primera imagen apareció con el abrigo sobre el brazo. La segunda, con la mano en el picaporte.
—¿Le impediste físicamente salir?
—No.
—¿La puerta estaba libre?
—Sí.
—¿Tenía teléfono?
—Sí.
—¿Entonces podía marcharse?
—Físicamente, sí.
La palabra era importante. Podía. No la había encerrado, amenazado con violencia ni retirado el teléfono. Sin embargo, la libertad física no describía todo aquello que había colocado alrededor de la puerta.
—¿Qué hiciste cuando intentó marcharse? —preguntó Adriana.
—Le dije que hablaría con otra actriz.
Mauro se movió apenas al escuchar la palabra. Adriana no me corrigió.
—Actriz está prohibido —recordó.
—Con otra mujer para sustituirla en el papel.
—¿Era una posibilidad real?
—Había hablado con Lucía una vez, pero no estaba preparada para asumirlo. Exageré su disponibilidad.
—¿Por qué?
—Porque sabía que Nadia temía perder el papel y que no quería que su salida pudiera explicarse como incapacidad.
—¿Qué más le dijiste?
—Que si se marchaba en ese momento estaría abandonando aquello que habíamos construido y que no podría volver al día siguiente para recuperarlo.
—¿Era cierto?
—Lo habría decidido yo.
—Entonces no era una consecuencia automática.
—No.
—Era una amenaza.
La palabra me produjo resistencia. Amenaza parecía pertenecer a la violencia explícita, a una frase pronunciada para causar miedo. Sin embargo, había utilizado una pérdida posible para modificar su conducta.
—Sí —dije—. Era una amenaza profesional.
Adriana mantuvo el silencio durante unos segundos.
—¿Qué consiguió?
—Que Nadia se quedara.
—¿Por qué crees que se quedó?
Podía decir orgullo, ambición, deseo de completar la prueba, necesidad de demostrar que no se marchaba por miedo. Todas eran razones suyas, no una sola causa impuesta por mí.
—Porque quería conservar el control sobre la forma en que terminaba nuestra relación profesional, porque no quería perder el papel como consecuencia de una negativa y porque necesitaba demostrarse que podía realizar la prueba y marcharse después.
—¿También porque la presionaste?
—Sí.
—¿Puedes saber cuánto pesó cada motivo?
—No.
La incapacidad de medir no anulaba ninguno.
—Continúa.
—Nadia se cambió, comprobó el agua y estableció varias condiciones. Dijo que permanecería como máximo cuarenta segundos, que yo no debía hablarle mientras estuviera sumergida, que no debía tocar el tanque y que dos golpes significaban que tenía que sacarla inmediatamente.
—¿Por qué necesitaba una señal tan precisa?
—Porque no confiaba en que yo aceptara su miedo como motivo suficiente para terminar.
—No has utilizado una palabra prohibida, pero estás cerca de transformar la respuesta en una cualidad abstracta. Describe qué temía que hicieras.
—Temía que la viera asustada y decidiera que debía continuar porque aquello podía producir algo que me interesara.
—¿Se lo dijo?
—Sí. Ante la cámara.
—¿Qué prometiste?
—Que si golpeaba dos veces la sacaría, aunque yo creyera que podía continuar, y que no esperaría.
—¿Comprendías la promesa?
—Sí.
—¿Tenías alguna duda sobre la señal?
—No.
La respuesta ya no podía alterarse. No había agua todavía, ni presión temporal ni un movimiento ambiguo. Nadia había descrito el peligro que temía y yo lo había entendido.
—¿Por qué entró? —preguntó Adriana.
—Porque aceptó realizar una última inmersión bajo esas condiciones.
—¿La obligaste?
—No físicamente.
—No te he preguntado solo eso.
La palabra obligar resultaba demasiado absoluta. Nadia conservó capacidad de elección y la utilizó. También había tomado la decisión dentro de una presión que yo había creado de manera deliberada.
—La presioné para que eligiera entrar —respondí—. No eliminé su capacidad de negarse, pero hice que negarse tuviera consecuencias que sabía que le costaría aceptar.
Adriana asintió.
—Continúa desde la inmersión.
—Nadia entró en el tanque, se arrodilló y respiró hasta sentirse preparada. Me preguntó si, si se negaba en ese momento, yo llamaría a Lucía. No le respondí directamente. Le dije que decidiera.
—¿Por qué no respondiste?
—Porque la respuesta era sí y sabía que decirlo de forma directa podía hacer que se marchara.
La frase produjo una pausa. No recordaba haber formulado aquella intención entonces, pero la grabación demostraba que había evitado responder una pregunta clara para mantener la presión sin repetir la amenaza.
—Después tomó aire y se sumergió —continué—.
Activé el cronómetro. Durante los primeros segundos permaneció quieta.
A los doce abrió los ojos y me miró. Yo asentí.
A los veintisiete levantó una mano, pero habíamos acordado que ese gesto no significaba que quisiera salir. A los treinta empezó a moverse más.
—No describas todavía qué significaban los movimientos —dijo Adriana—. Solo qué viste.
—Expulsó aire, contrajo el abdomen, cambió la posición de las piernas y giró el rostro hacia el lateral. En el segundo treinta y dos buscó la pared con la mano y golpeó dos veces.
—¿Qué hiciste?
—Levanté la cabeza y miré su mano.
—¿Comprendiste la señal?