Capítulo 16 #5
—Y Nadia tampoco era solo la mujer que murió bajo el agua.
Adriana cerró la caja.
—¿Quién era?
La pregunta no podía responderse mediante una lista completa. No conocía todos sus pensamientos ni tenía derecho a terminar su biografía con una definición que me protegiera. Podía decir únicamente lo que los materiales demostraban y lo que yo había eliminado.
—Una mujer que participó en el método, lo defendió, obtuvo algo de él y después quiso dejarlo.
Una actriz que había empezado a escribir otra versión de la obra.
Alguien que no confiaba en mí y aun así necesitaba demostrar que podía salir sin que yo decidiera por qué.
También una persona contradictoria, ambiciosa y asustada que estableció una señal porque sabía exactamente qué podía hacer yo con su miedo.
—¿Víctima? —preguntó Adriana.
La palabra llevaba tiempo esperando en algún lugar al que todavía no había querido llegar. Podía aplicarse a Nadia sin borrar todo lo demás, pero una parte de mí continuaba resistiéndose porque temía reducirla al resultado.
—Sí —respondí—. Pero no solo.
—Nadie es solo aquello que le hicieron.
La frase no pretendía aliviarme. Devolvía a Nadia una vida fuera de mi conducta.
Adriana me preguntó si quería escuchar otra vez el último audio.
Negué. Repetirlo podía convertir la voz de Nadia en una herramienta para consolidar mi comprensión, exactamente aquello que ella había intentado impedir.
El contenido permanecía: había ido para hacer una última prueba, salir cuando decidiera y terminar la relación si yo ignoraba la señal.
—¿Qué hacemos con el cuaderno? —pregunté.
—Volverá a la familia.
—¿Y los correos?
—Permanecerán en el archivo judicial y en las copias autorizadas.
—No quiero copias en mi habitación.
—No estaba previsto que las conservaras.
La decisión resultó más fácil de lo esperado. Durante meses había reclamado cada frase de Nadia porque creía que entenderla dependía de poseerla. Ahora podía reconocer que algunos documentos debían existir fuera de mi alcance.
Mauro recogió los vasos. Adriana cerró la caja y comprobó el inventario antes de colocar la tapa.
—La sesión termina aquí —dijo.
—Quiero añadir algo al registro.
Abrió la grabadora.
—Dilo.
Miré la caja cerrada. No contenía una absolución, una denuncia perfecta ni la prueba de que Nadia hubiese dejado de quererme o de valorar el trabajo. Contenía una decisión que yo había transformado en resistencia porque reconocerla habría significado perder el control de la escena.
—La prueba del agua no era una demostración de confianza —dije—.
Nadia la realizó porque quería conservar el control de su salida.
Yo la había amenazado con sustituirla, había apartado a Marina y había convertido marcharse en una prueba de incapacidad.
Ella aceptó entrar, pero estableció una señal precisamente porque no confiaba en que yo obedeciera cuando el miedo apareciera.
La vio como el límite que debía permitirle terminar.
Yo la vi como un obstáculo entre el ejercicio y el resultado.
Adriana no escribió mientras hablaba.
—Nadia no retiró la señal, no cambió de opinión y no necesitaba repetirla. Tampoco me pidió que evaluara si existía peligro. Yo sabía todo eso. Esperé porque quería comprobar qué ocurría después y porque aceptar los golpes habría significado reconocer que la escena ya no me pertenecía.
La palabra pertenecía seguía siendo problemática. Ninguna escena había pertenecido por completo a una sola persona, pero yo la había tratado de esa manera.
—¿Algo más? —preguntó Adriana.
Pensé en la frase escrita por Nadia: el final debería ser ella diciendo que no, aunque el director y el público creyeran que eso estropeaba todo.
Quizá esa había sido su verdadera última intervención en la obra.
No la inmersión, los movimientos bajo el agua ni el resultado corporal que yo había buscado, sino los golpes.
Había escrito su salida con los nudillos.
Yo la había corregido.
—Sí —dije—. Nadia no fue la actriz que no consiguió terminar mi escena. Fue la persona que intentó terminarla y a la que yo obligué a permanecer dentro nueve segundos más.
Adriana apagó la grabadora.
Mauro abrió la puerta. La caja salió con ellos y la habitación quedó sin las frases, los audios ni la letra de Nadia. No sentí que me la arrebataran. Por primera vez, su ausencia no parecía un vacío que yo tuviera que llenar con otra mujer, otra sesión o una nueva representación.
Me quedé solo, aunque la puerta permanecía abierta y Mauro ocupó su lugar habitual en el corredor. Sobre la mesa no había notas de Nadia ni de Nora, solo el vaso de agua, la medicación y la copia del acuerdo de Santa Elvira. Podía recordar a ambas sin obligarlas a compartir un rostro.
Nora había intentado salir de mi mirada.
Nadia había intentado salir de mi método.
Yo había convertido cada salida en una escena incompleta porque no soportaba que otro escribiera el final. Ahora comprendía que, aquella noche, la única persona de la sala que estaba intentando detener la escena era Nadia.