La última función Capítulo 16 #4
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Capítulo 16 #4

Pronuncié su nombre despacio, no para llamarla ni para acercarla a la mujer del tanque. Era una forma de mantenerla separada.

—Nora no quería que su salida se convirtiera en mi aprendizaje.

—Eso ha escrito —respondió Adriana.

—Y me lo estáis mostrando dentro de mi tratamiento.

—Sí.

La contradicción existía. Incluso una reclamación contra ser utilizada podía convertirse en material terapéutico. La diferencia dependía del consentimiento que ella había dado y de que yo no reclamara después una relación, un perdón o un derecho a responder.

—No voy a escribirle —dije.

—Bien.

Mauro se inclinó hacia delante.

—No lo conviertas en una promesa para que pensemos que has cambiado. Simplemente no lo hagas.

Asentí.

—¿Puedo pedir algo relacionado con ella?

Adriana esperó.

—Que retiren de mi habitación cualquier texto suyo que no haya autorizado que conserve. La nota de los dos golpes, la hoja de la escena y las frases que escribió al margen.

—La nota de la señal forma parte de tu tratamiento y Nora autorizó que se utilizara —explicó—. Los demás textos pueden retirarse.

—Quiero que también se retire la nota.

—¿Por qué?

—Porque la señal no necesita seguir siendo un objeto mío. Ya sé qué significaba.

Adriana miró a Mauro. Él asintió.

—La retiraremos.

La decisión no reparaba el daño ni devolvía a Nora algo que le hubiese robado físicamente. Solo impedía que su letra continuara ocupando mi mesa como parte de una obra privada.

La sesión se detuvo durante veinte minutos. Mauro salió a buscar café y Adriana guardó los documentos. Yo permanecí junto a la ventana, intentando ordenar a Nadia fuera del tanque.

Aparecía en los mensajes riendo después de un estreno, ambiciosa, orgullosa y fascinada por el trabajo.

Después cansada, contradictoria, incapaz de marcharse algunas veces y decidida a hacerlo en otras.

No era una mujer que hubiese permanecido siempre sometida ni una mártir que comprendiera desde el principio el peligro que yo representaba.

Había contribuido al método, disfrutado de sus resultados y defendido decisiones que después empezó a considerar dañinas.

Esa historia no debilitaba los límites finales.

Los volvía más humanos. Nadia no necesitaba ser perfecta para tener derecho a terminar.

Cuando Mauro regresó, colocó el café sobre la mesa y recogió la nota de Nora del cajón. No la abrió. La introdujo en una carpeta y escribió algo en la portada.

—¿Volverá a su expediente? —pregunté.

—Sí.

—Bien.

La palabra no funcionó como una evaluación. Solo nombraba el lugar adecuado.

Adriana sacó un último audio de Nadia. Estaba fechado cuarenta minutos antes de que llegara a la propiedad.

No se lo había enviado a nadie. Permanecía guardado entre los borradores del teléfono, quizá como una nota para sí misma.

La familia había autorizado su reproducción porque hablaba directamente de la prueba.

Nadia tardaba unos segundos en empezar. Se oía el motor del coche y la lluvia.

—Voy porque necesito comprobar que puedo decirle que no después de hacerlo —decía—.

Sé que suena absurdo. Si no entro, convertirá mi salida en miedo.

Si entro y salgo cuando yo decida, no podrá hacerlo.

He puesto cuarenta segundos y dos golpes porque no confío en que me saque cuando me vea mal.

Él cree que eso es lo que buscamos. Yo ya no.

Si intenta seguir después de la señal, se termina todo. Esta vez de verdad.

El audio acababa sin despedida.

Si intenta seguir después de la señal, se termina todo.

Nadia había previsto exactamente el conflicto. Los golpes no eran solo una medida de seguridad física. Eran la última prueba de si yo podía aceptar que su decisión tuviera más autoridad que mi lectura. Al esperar, no solo prolongué la inmersión. Confirmé la razón por la que quería marcharse.

—No tuvo oportunidad de decírmelo después —dije.

—No —respondió Adriana.

—Pero ya lo había decidido.

—Sí.

La prueba no buscaba restaurar la confianza.

Nadia esperaba comprobar si podía marcharse conservando el control de la historia.

Yo interpreté su entrada en el agua como una confirmación de que el método seguía gobernando la relación y, cuando golpeó, mantuve esa autoridad durante nueve segundos más.

—¿Por qué no me enseñaron este audio antes? —pregunté.

—Lo escuchaste en dos ocasiones —dijo Mauro.

—No lo recuerdo.

—La primera afirmaste que alguien había imitado su voz. La segunda dijiste que demostrar que esperaba una posible demora convertía la señal en parte de la prueba.

Incluso la desconfianza de Nadia había sido utilizada para justificar aquello que temía.

Si había previsto que yo pudiera esperar, la espera parecía incorporada al ejercicio.

No existía una prueba capaz de obligarme a aceptar una interpretación mientras conservara el derecho a decidir su significado.

—¿Qué dije después de escucharlo? —pregunté.

Adriana consultó una nota.

—Que Nadia seguía necesitando que fueras tú quien validara su salida, y que por eso la relación no había terminado.

La frase contenía una parte de verdad. Nadia quería demostrarme algo. Sin embargo, yo había utilizado esa necesidad para afirmar que todavía me pertenecía.

—Quería salir de mi mirada —dije—, pero necesitaba que yo no pudiera contar que había huido.

—Sí.

—Y eso seguía dándome poder.

—Sí.

—Pero no convertía su decisión en mía.

—No.

La diferencia parecía obvia ahora. La dependencia de Nadia no eliminaba su autoría. Podía necesitar que yo reconociera su decisión y seguir siendo ella quien la tomaba.

Adriana guardó el teléfono.

—¿Qué cambia saber que planeaba marcharse? —preguntó.

—La prueba deja de ser una búsqueda compartida.

—¿Qué era?

—Una última disputa por el control.

—¿Quién la ganó?

La palabra resultaba obscena junto a la muerte.

—Yo durante nueve segundos —respondí—. Después nadie.

Mauro bajó la mirada.

—¿Qué intentaba hacer Nadia con la señal? —continuó Adriana.

—Evitar que interpretara su miedo, su capacidad o su deseo. Quería que una acción clara terminara la prueba.

—¿Y qué hiciste?

—La convertí en otra cosa que debía evaluar.

—¿Por qué?

—Porque aceptar la señal significaba aceptar que ella decidía cuándo terminaba, aunque el resultado todavía me interesara.

Adriana no necesitó preguntar qué había pesado más.

—¿Era Nadia tu actriz aquella noche? —dijo.

—Sí.

—¿Solo eso?

—No.

La palabra actriz había absorbido todas las demás funciones: mujer, compañera, persona que desconfiaba, profesional que quería marcharse y autora de una lectura distinta.

Verla únicamente como actriz permitió que su cuerpo continuara perteneciendo al ejercicio incluso después de que ella lo terminara.

—¿Qué era para ti en el segundo treinta y dos? —preguntó.

Pensé en el vídeo. Nadia bajo el agua, mirándome después de golpear. Yo no veía entonces a una mujer que había decidido salir. Veía a la actriz en el punto previo al resultado.

—Material —dije.

La palabra que al principio de la sesión me había parecido peligrosa apareció con su sentido más preciso.

—¿Y después, cuando perdió la estabilidad?

—Nadia.

La transición había ocurrido demasiado tarde. Mientras controlaba el cuerpo, podía seguir siendo parte del método. Cuando dejó de hacerlo y apareció la posibilidad de perderla, recuperó su nombre.

Mauro se levantó y caminó hasta la ventana. No necesitaba ocultar la reacción, pero tampoco quería convertirla en una respuesta que yo pudiera utilizar.

—Eso mismo ocurrió con Nora —dije.

Él se volvió.

—Mientras respondía, se resistía y producía algo que me interesaba, era una actriz aunque negara serlo. Cuando tuvo una crisis, se convirtió en una paciente a la que otros debían cuidar. Después, cuando volvió a buscarme, la convertí otra vez en material.

—Sí —dijo Mauro.

—Nora no era Nadia.

—No.