Capítulo 15 #4
Otra concesión que no me protegía. La incertidumbre médica podía impedir una equivalencia simple entre esperar y matar, pero no convertía la espera en una conducta aceptable.
—No la asesiné —dije.
—No —respondió Adriana.
—No quería que muriera.
—No.
—Intenté salvarla.
—Sí.
—Y aun así soy responsable.
Adriana no contestó de inmediato.
—Sí.
La palabra podía incluir distintos niveles: responsabilidad moral, civil, profesional y causal. No necesitábamos resolverlos todos en aquella sala. El núcleo permanecía más sencillo. Nadia me había entregado una decisión y yo la sustituí por la mía.
Mauro se levantó.
—Vamos a la planta.
Caminamos por el corredor administrativo.
No me sujetaba, aunque permanecía lo bastante cerca para intervenir si perdía la orientación.
El edificio parecía más silencioso de lo habitual.
Pasamos junto a la sala polivalente, donde varias personas preparaban mesas para un taller. Nadie miró hacia nosotros.
Al llegar al vestíbulo, vi las puertas de cristal que daban al exterior.
Una ambulancia estaba estacionada junto a la entrada.
Dos sanitarios bajaban una camilla vacía.
Durante un instante, la imagen se superpuso a la grabación: el cuerpo de Nadia, las ruedas atravesando la puerta de la propiedad y mi voz intentando explicar cuánto tiempo había estado bajo el agua.
Me detuve.
—Es otra ambulancia —dijo Mauro.
—Lo sé.
—¿Dónde estamos?
—Santa Elvira.
—¿Qué día es?
Respondí. La fecha no se había perdido. La ambulancia permaneció en el presente y siguió su recorrido hacia otra parte del hospital.
En mi habitación, Mauro guardó la copia del acuerdo y retiró cualquier objeto con el que pudiera repetir la señal durante la noche. No me quitó el teléfono, pero desactivó el cronómetro con mi consentimiento. Adriana se sentó junto a la mesa y abrió la grabadora.
—Quiero que cuentes la secuencia sin mirar documentos —dijo—. Desde la señal hasta la llamada.
Podía negarme. La sesión formal había terminado, pero la reconstrucción necesitaba comprobar qué permanecía después de abandonar el monitor.
—Nadia golpeó dos veces en el segundo treinta y dos —empecé—.
Vi su mano y entendí que quería terminar.
Miré el cronómetro. Llevaba algo más de treinta y dos segundos y pensé que todavía podía continuar.
Me incliné para observarla. Le dije «un poco más».
Ella perdió precisión en los movimientos, volvió a llevar la mano hacia el lateral, y yo miré otra vez el tiempo.
Cuando perdió estabilidad, me incorporé y empecé a sacarla en el segundo cuarenta y uno.
Tardé dos segundos más en extraerla por completo.
Adriana no interrumpió.
—No respiraba. Intenté comprobar el pulso y fui a buscar el teléfono.
Llamé a emergencias, no recordé la dirección y tuve que salir a verla.
Empecé la reanimación siguiendo las instrucciones.
Cuando la operadora preguntó por la señal, dije que la había sacado enseguida.
No era cierto. Después dije a los sanitarios que intervine cuando dejó de responder.
Eso sí era cierto, pero ocultaba que había pedido terminar antes.
—¿Qué hiciste con la cámara?
—Nada. La dejé grabando y entregué el material.
—¿Por qué?
—Porque creía que demostraría que no quería matarla y que intenté salvarla.
—¿Lo demuestra?
—Sí.
Adriana esperó.
—También demuestra otra cosa —añadí—. Que comprendí la señal y decidí no obedecerla todavía.
—¿Qué palabra utilizaste con Nadia?
—«Un poco más».
—¿Qué significaba?
—Que quería que continuara.
—¿Por qué?
La respuesta no necesitaba ya hablar de parálisis, confusión ni sonido ambiguo.
—Porque todavía no había visto lo que buscaba.
Mauro permanecía en la puerta. No había abierto la carpeta ni anotado nada, pero su atención era completa.
—¿Qué buscabas? —preguntó Adriana.
—El momento en que el cuerpo venciera a la interpretación.
—¿Y qué ocurrió cuando llegó?
—La saqué.
—¿Qué demuestra eso sobre los nueve segundos?
Podía decir que cometí un error, que calculé mal o que no comprendí el peligro. Todas seguían siendo verdaderas en parte. Ninguna alcanzaba el centro.
—Que no fueron una demora vacía —respondí—. Los utilicé.
Adriana dejó el bolígrafo.
—¿Para qué?
—Para prolongar la prueba hasta obtener el resultado que Nadia había decidido no darme.
La formulación no podía deshacerse mediante una décima, un informe forense o el intento posterior de salvarla. La muerte no había sido mi objetivo. El resultado artístico sí había ocupado durante aquellos segundos el lugar que correspondía a su señal.
—Quiero parar —dije.
Adriana apagó la grabadora antes de preguntar nada.
Mauro se acercó, pero no me tocó.
—¿Necesitas que nos quedemos? —preguntó.
—No lo sé.
—Podemos quedarnos hasta que lo decidas.
La frase no convirtió mi duda en una obligación de estar acompañado. Me ofrecía tiempo sin interpretarlo.
—Quédate tú —dije.
Adriana salió. Mauro ocupó la silla junto a la puerta y abrió el libro pequeño que había aparecido en algunos de mis primeros recuerdos de Santa Elvira. No me preguntó si quería hablar. Permaneció allí mientras la luz de la tarde cambiaba sobre la pared.
Intenté reconstruir la grabación sin el monitor.
No volvió como una película completa, sino mediante gestos: Nadia dejando el abrigo, la mano sobre el picaporte, la pregunta sobre Lucía, la promesa ante la cámara y los nudillos contra la pared transparente.
Después mi mirada hacia el cronómetro, la inclinación, la frase y el segundo movimiento de su mano.
La parte más difícil no era verla bajo el agua.
Era verme fuera.
No había un hombre paralizado ni alguien incapaz de comprender.
Había un director que seguía trabajando después de que la actriz hubiese terminado el ejercicio, un hombre que consideraba que todavía conservaba autoridad sobre el cuerpo de otra persona porque el resultado no había llegado.
Después apareció el pánico, la reanimación, la llamada y el deseo desesperado de que Nadia viviera.
Todo eso era real. No corregía lo anterior.
Mauro pasó una página.
—¿Qué lees? —pregunté.
Me mostró la portada. Era una novela que no conocía.
—Nada relacionado contigo.
—Eso parece saludable.
—Lo es.
Volvió al libro. La normalidad del gesto impedía que la habitación se convirtiera en un escenario para mi reconocimiento. No esperaba una frase final, una confesión ni una transformación visible. Simplemente cumplía la petición de quedarse.
Al anochecer, una auxiliar trajo la cena. Mauro salió para hablar con ella y regresó con la bandeja. Comí poco, pero lo suficiente para tomar la medicación. Después le pedí la transcripción. Negó con la cabeza.
—Hoy no.
—No quiero discutirla.
—Precisamente por eso puede esperar hasta mañana.
Acepté. El documento no iba a cambiar durante la noche.
Antes de marcharse, Mauro preguntó si quería la puerta abierta. Respondí que sí. Colocó la silla fuera, en el corredor, no junto a mi cama. La diferencia importaba. Podía vigilar sin apropiarse de la habitación.
Me tumbé y cerré los ojos.
El vídeo regresó una vez más. Nadia golpeó.
Yo miré el cronómetro. Me incliné. Dije «un poco más».
Esperé a que el cuerpo mostrara aquello que había prometido no exigirle.
Cuando apareció, intervine. Después intenté salvarla, dije la verdad a medias y entregué una grabación convencido de que mi desesperación posterior explicaría la espera anterior.
No la explicaba.
Durante diecisiete meses había buscado una palabra que permitiera mantener juntas dos versiones incompatibles: el hombre que quiso salvar a Nadia y el director que no la sacó cuando ella se lo pidió.
No eran incompatibles. Habían existido uno después del otro, separados por nueve segundos y por el momento exacto en que el resultado dejó de interesarme porque comprendí que podía perderla.
Entonces la salvación se volvió urgente.
Antes no.
La enfermedad había reconstruido Santa Elvira como un teatro y había llenado los huecos con actores, productores y regidores.
Podía explicar las figuras, los olvidos y la necesidad de repetir.
No había creado la frase que se oía en la grabación ni movido mi mirada hacia el cronómetro.
Aquel hombre no estaba desorientado. Conocía la regla, entendía la señal y sabía quién dependía de su respuesta.
No había elegido la muerte de Nadia.
Había elegido algo más pequeño, más breve y suficiente: nueve segundos en los que mi deseo de ver pesó más que su decisión de salir.
Y esa elección había sido mía.