La última función Capítulo 15 #3
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Capítulo 15 #3

No había sido preparada por abogados, médicos ni por el miedo a perder la carrera.

Surgió en el suelo, mientras intentaba reanimar a Nadia.

Podía haber estado confundido, aterrorizado y concentrado en las instrucciones.

Aun así, comprendí qué necesitaba cambiar: la distancia entre la señal y la extracción.

Enseguida.

La palabra cubrió los nueve segundos.

Los sanitarios llegaron once minutos después de la llamada. La puerta permanecía abierta porque la había dejado así al salir a buscar el número. Entraron tres personas con material, apartaron mis manos y continuaron la reanimación. Uno preguntó cuánto tiempo había permanecido sumergida.

—No lo sé —respondí.

—¿Más de un minuto?

—No. Cuarenta segundos. Habíamos puesto un límite.

—¿Perdió el conocimiento dentro?

—Creo que sí.

—¿Cuándo la sacó?

—Cuando vi que no respondía.

Otra versión.

Ya no afirmaba haber obedecido la señal. Situaba la intervención en la pérdida de respuesta, exactamente el criterio que había utilizado durante la espera.

Uno de los sanitarios vio la cámara.

—¿Está grabando?

Miré hacia el trípode.

La luz roja seguía encendida.

Durante un instante, la grabación mostró mi rostro comprendiendo que todo había quedado registrado. No me acerqué para apagarla. Tampoco intenté retirar la tarjeta. Señalé la cámara y dije:

—Sí. Está todo ahí.

Había entregado la prueba desde el principio porque todavía creía que demostraría la naturaleza accidental de la muerte.

El vídeo mostraría el acuerdo, la señal, mi demora y los intentos de reanimación.

Yo confiaba en que la totalidad produjera una conclusión favorable: no quería matarla, la saqué antes del límite máximo, pedí ayuda y luché por salvarla.

Todas esas cosas eran ciertas.

También lo era la espera.

Adriana detuvo el vídeo cuando los sanitarios trasladaron a Nadia fuera de la sala. No habíamos visto la declaración policial posterior ni la entrega de las cámaras. La secuencia esencial había terminado.

El monitor quedó negro.

En el reflejo aparecimos los tres. Yo estaba inclinado hacia delante, las manos cerradas entre las rodillas. Mauro mantenía la espalda recta. Adriana no tocó las carpetas ni empezó a formular preguntas.

—Continúa —dije.

—La grabación de la prueba termina aquí.

—Quiero ver mi declaración.

—Otro día.

—Ya estoy dentro.

—Precisamente.

—No he perdido el presente.

Adriana me observó.

—¿Dónde estamos?

—En Santa Elvira.

—¿Quién era la mujer del vídeo?

La pregunta me pareció ofensiva.

—Nadia.

—¿Está aquí?

Miré la tercera silla vacía. Durante un segundo, su camiseta mojada apareció sobre el respaldo. No vi su cuerpo ni escuché su voz. Solo una asociación producida por la imagen.

—No.

—¿Qué ocurrió con ella?

—Murió después de una prueba que realicé a solas.

—¿Qué señal había acordado?

—Dos golpes.

—¿La utilizó?

—Sí.

—¿La reconociste?

—Sí.

—¿Qué hiciste?

La grabación ofrecía una respuesta más concreta que cualquier formulación anterior.

—Miré el cronómetro.

—Después.

—Me acerqué para observarla.

—Después.

—Le dije «un poco más».

Pronunciar la frase fuera del vídeo produjo un rechazo físico. Cerré las manos con mayor fuerza.

—Después —continué—, vi que intentaba moverse, miré otra vez el tiempo y esperé hasta que perdió la estabilidad. Empecé a sacarla en el segundo cuarenta y uno.

—¿Intentaste salvarla?

—Sí.

—¿Llamaste a emergencias?

—Sí.

—¿Eso modifica lo que hiciste antes?

La pregunta podía parecer diseñada para obligarme a negar el valor de la reanimación. No era así. Adriana había aceptado desde el principio que mi intento de salvarla fue real. El problema estaba en utilizarlo para eliminar la decisión anterior.

—No.

Mauro bajó la vista. No supe si la respuesta le producía alivio o solo el cansancio de haberla escuchado otras veces.

—¿Qué dijiste a la operadora sobre la señal? —preguntó Adriana.

—Que la saqué enseguida.

—¿Era cierto?

—No.

—¿Por qué lo dijiste?

—No lo sé.

—Inténtalo.

Podía hablar de confusión, pánico o percepción alterada del tiempo.

Todas tenían alguna base. La llamada ocurrió mientras intentaba reanimar a Nadia; mi mente no estaba construyendo una declaración jurídica.

Sin embargo, la mentira afectaba precisamente al intervalo que podía convertirme en responsable.

—Porque ya sabía que había esperado —dije.

—¿En ese momento?

—Sí.

La certeza no procedía de una reflexión posterior. Al decir enseguida, sabía que la palabra no describía lo ocurrido. Podía no haber contado los segundos, pero había mirado el cronómetro dos veces. La espera no había pasado desapercibida para mí.

—¿Qué pensabas que mostraba la grabación? —preguntó Adriana.

—Que fue un accidente.

—¿Y los golpes?

—Que Nadia quiso terminar.

—¿Y tu demora?

—Que evalué mal el riesgo.

—¿Es falsa esa explicación?

—No por completo.

Había evaluado mal el riesgo físico. Creí que podía soportar unos segundos más y que el límite de cuarenta continuaba siendo seguro. El error de cálculo existía. El vídeo demostraba también que no estaba autorizado a realizarlo.

—¿Qué falta? —preguntó Adriana.

—Que había prometido no evaluar.

—¿Y por qué lo hiciste?

Miré el monitor apagado. La frase «un poco más» seguía presente, pronunciada con una voz baja que no expresaba pánico. No estaba buscando tiempo para prepararme ni intentando tranquilizarla mientras la sacaba. Le pedía que continuara.

—Porque quería llegar a cuarenta.

—¿Solo por la cifra?

—No.

La imagen del cuerpo de Nadia contrayéndose bajo el agua apareció con una claridad desagradable.

El ejercicio buscaba el punto donde la habitación imaginada se deshacía y el organismo imponía su verdad.

Los golpes llegaron antes. Yo necesitaba creer que la escena todavía podía ofrecer aquello para lo que la había diseñado.

—Quería ver el momento en que dejaba de controlar el cuerpo —dije.

—¿Lo viste?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Después de la señal. Cuando flexionó el torso, perdió precisión y el hombro descendió.

—¿Eso era lo que buscaba el ejercicio?

—Sí.

La palabra no convertía la muerte en un resultado artístico. El ejercicio había terminado antes, pero yo mantuve su lógica activa hasta obtener el signo que me interesaba.

—¿Qué hiciste cuando lo viste? —preguntó Adriana.

—La saqué.

—Entonces tu intervención no respondió a la señal.

—No.

—¿A qué respondió?

—A la evidencia de que ya no podía continuar.

—¿Quién necesitaba esa evidencia?

—Yo.

Adriana dejó la pregunta siguiente en silencio. No hacía falta formularla: Nadia no había aceptado demostrar que estaba al límite. Había establecido una señal para que su decisión bastara.

—Quiero ver otra vez los nueve segundos —dije.

Mauro levantó la cabeza.

—No —respondió.

No lo llamé regidor ni discutí que la repetición pudiera producir algo útil. Habíamos acordado que podía detener la sesión si consideraba que el riesgo aumentaba.

—¿Por qué? —pregunté.

—Porque no quieres comprobar un hecho. Quieres mirar tu cara hasta encontrar una expresión que te permita decir que estabas asustado antes de moverte.

La precisión de su respuesta me molestó porque ya había empezado a hacer exactamente eso.

Recordaba el cambio de mi rostro en el segundo treinta y nueve y quería encontrarlo antes, quizá en el treinta y cuatro o en el treinta y seis, para demostrar que la preocupación había coexistido con la curiosidad.

—Las dos cosas podían coexistir —dije.

—Sí —respondió Mauro—. Y aun así esperaste.

No necesitaba negar mi miedo. Podía haber sentido preocupación, tensión e incluso el impulso de intervenir. La decisión se medía por la conducta que prevaleció.

Adriana cerró el ordenador.

—Vamos a descansar.

—Quiero terminar la sesión.

—La hemos terminado.

—No he dado la señal.

—No necesitas darla para que yo establezca un límite.

La frase habría provocado una discusión días antes. Ahora reconocí que el documento no me había otorgado la dirección. Podía pedir detenerme, no exigir continuar.

Nos quedamos unos minutos en la habitación sin hablar. Adriana abrió la puerta para que entrara más luz. Mauro me ofreció agua. Bebí despacio. La tercera silla seguía vacía. No representaba a Nadia, aunque mi atención regresaba a ella.

—¿Sabéis cuándo murió? —pregunté.

Adriana asintió.

—La reanimación se mantuvo durante el traslado y en el hospital. La muerte se certificó cuarenta y nueve minutos después de la llamada.

—Entonces no murió en la sala.

—No se certificó allí.

—Podía estar viva cuando salió.

—Sí.

La información abrió una defensa nueva: si Nadia conservaba alguna posibilidad durante la reanimación, los nueve segundos no habían producido una muerte inmediata e inevitable.

El desenlace dependía también del tiempo de respuesta de la ambulancia, del agua aspirada, de su fisiología y de los procedimientos posteriores.

—No sabemos si sacarla al segundo treinta y tres la habría salvado —dije.

—No con certeza absoluta —respondió Adriana.

—Podía haber ocurrido lo mismo.

—Podía.

Su aceptación eliminó el alivio que esperaba.

—Entonces no puede afirmarse que murió por los nueve segundos.

—Puede afirmarse que demoraste la extracción después de una señal acordada y que esa demora aumentó el tiempo de inmersión durante una situación que terminó con su muerte.

La causalidad médica se analiza con grados de probabilidad.

La responsabilidad por incumplir el acuerdo no depende de demostrar que cada segundo cambió por sí solo el desenlace.

—Si el resultado hubiera sido el mismo—

—El límite seguiría habiendo sido ignorado —dijo Mauro.

La muerte había dado a la decisión su consecuencia más grave, pero la decisión no necesitaba la muerte para existir. Con Nora no hubo daño físico permanente y, aun así, los tres segundos mostraron el mismo patrón.

—¿Qué dijo el informe forense? —pregunté.

—Ahogamiento con lesión cerebral hipóxica —respondió Adriana—. No pudo establecer en qué segundo exacto se volvió irreversible el daño. Sí consideró que una extracción más temprana habría mejorado las posibilidades.

—Mejorado no significa garantizado.

—No.