La última función Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

—Si levantas una mano, no intervengo. Si golpeas dos veces, te saco. A los cuarenta segundos termina en cualquier caso.

—¿Aunque estés viendo algo que te interese?

La pregunta no aparecía en la transcripción que había leído.

Yo sonreía.

—Especialmente entonces.

Mauro respiró a mi lado. No lo miré.

La frase eliminaba cualquier posibilidad de que el conflicto posterior me hubiera sorprendido. Nadia había nombrado de manera explícita el interés artístico y yo había prometido que la señal pesaría más.

La grabación continuó. Nadia entró en el tanque, se sentó en el borde y reguló la respiración. Yo explicaba la secuencia mental. Ella me pidió que no hablara mientras estuviera sumergida. Acepté. Después introdujo el cuerpo, se arrodilló y colocó las manos sobre el fondo.

—¿Preparada? —preguntaba yo.

Nadia negó con la cabeza.

Mi versión grabada sonrió.

—Tómate tu tiempo.

La paciencia parecía cuidadosa. Podría haber sido el gesto de un director preocupado por no precipitarla. Sin embargo, toda la presión anterior permanecía alrededor de aquella espera. Nadia podía tomarse el tiempo que necesitara siempre que el resultado final fuera entrar.

Pasaron casi dos minutos. Ella respiraba, se ajustaba el cabello y miraba el cronómetro. En un momento levantó la vista hacia mí.

—Si digo que no ahora, ¿llamas a Lucía?

Mi respuesta tardó un segundo.

—Mañana hablaré con producción.

—No te he preguntado eso.

—No voy a amenazarte mientras estás dentro del tanque.

—Ya lo has hecho fuera.

Podría haber detenido la prueba. La conversación ofrecía otra oportunidad clara. En lugar de hacerlo, me agachaba junto al borde.

—Nadia, no voy a obligarte a sumergirte.

—No hace falta.

—Entonces decide.

La palabra decidir aparecía bajo una estructura que yo había construido. Ella podía entrar o asumir que el papel, la relación profesional y años de trabajo se deshacían por su falta de confianza.

Nadia cerró los ojos. Inspiró una vez, abrió la boca para decir algo y finalmente negó con la cabeza, como si hubiera decidido no gastar aire en otra discusión.

—Pon el cronómetro donde pueda verlo al salir —pidió.

Lo hice.

Después tomó aire y se sumergió.

La cámara principal mostraba el rostro y el torso bajo el agua. La cámara de seguridad mantenía mi cuerpo completo junto al tanque. Adriana había colocado ambas imágenes en pantalla: Nadia a la izquierda, yo a la derecha. No necesitaba imaginar qué hacía mientras observaba sus movimientos.

El cronómetro se activó.

Los primeros diez segundos coincidían con mi recuerdo. Nadia permanecía estable, con los ojos cerrados y las manos apoyadas sobre el fondo. Yo alternaba la mirada entre su rostro, el cronómetro y la pantalla de la cámara. No hablaba.

A los doce segundos, ella abría los ojos.

Me miraba.

Yo asentía.

El gesto no estaba acordado. Podía significar que todo iba bien, que continuara o simplemente que la veía. Para Nadia, bajo el agua, quizá funcionaba como una indicación. Había pedido que no hablara ni golpeara el tanque, pero no había prohibido una señal visual.

A los diecisiete segundos, expulsaba una burbuja. Yo me inclinaba ligeramente, aunque todavía no existía ningún peligro visible.

A los veinte, movía los dedos de la mano derecha. Mi atención se volvía más intensa. No miraba ya la pantalla de la cámara, sino el cuerpo dentro del tanque.

A los veinticuatro, Nadia elevaba un poco la cabeza. La superficie quedaba cerca, al alcance de un impulso.

A los veintisiete, levantaba la mano izquierda.

Yo no me movía. Habíamos acordado que ese gesto no significaba nada. La precisión podía utilizarse para justificar mi inmovilidad hasta los golpes, pero no después.

La mano descendía.

Treinta segundos.

La respiración había dejado de existir, aunque el cuerpo mostraba su necesidad. Nadia soltaba aire, contraía el abdomen y modificaba la posición de las piernas. Yo miraba el cronómetro.

Treinta y uno.

Su rostro giraba hacia la pared transparente.

Treinta y dos.

La mano derecha buscaba el lateral.

El primer golpe sonó.

Mi cabeza se levantó. No hubo sorpresa prolongada. El movimiento fue inmediato, dirigido hacia los nudillos.

El segundo golpe llegó siete décimas después.

Nadia mantuvo la mano contra la pared y me miró.

La grabación continuó.

No existía una pausa entre el reconocimiento y mis acciones posteriores. Miré el cronómetro. La cifra mostraba treinta y dos segundos. Mi rostro no revelaba pánico. Tampoco duda. Había una concentración semejante a la que había visto en las sesiones con Nora.

Nadia desplazó la mano hacia el borde.

Yo me incliné.

El acercamiento parecía, durante una fracción de segundo, el comienzo de la intervención. Mis hombros avanzaban y la mano derecha se elevaba. Sin embargo, se detenía sobre el borde exterior.

—No —murmuré en la sala de observación.

La grabación no se detuvo.

En el vídeo, acercaba el rostro a la pared transparente. Miraba los ojos de Nadia.

Ella todavía estaba consciente.

Mi boca se movió.

El audio principal era deficiente por la reverberación, pero la cámara de seguridad había registrado una señal más limpia. Adriana no aumentó el volumen ni repitió. La frase se oyó una vez, como había ocurrido.

—Un poco más.

No «aguanta» ni «espera». No una indicación dirigida a mí mismo. Un poco más.

La voz era baja, casi íntima. Podía haberla pronunciado para tranquilizarla, aunque las palabras no prometían que iba a sacarla. Le pedían continuar.

Nadia flexionó el torso. Su mano se deslizó sobre el lateral.

Yo permanecí inclinado, con una mano apoyada en el borde.

Segundo treinta y seis.

La vi intentar recuperar la posición. Sus movimientos habían perdido la precisión anterior. El cuerpo ya no sostenía la imagen que buscábamos; empezaba a reaccionar de una manera involuntaria.

No introduje las manos.

Segundo treinta y siete.

Nadia volvió a mover el brazo derecho. No golpeó. Los nudillos rozaron la pared y descendieron.

Yo miré su mano.

Después, el cronómetro.

Treinta y ocho.

Ese segundo destruyó cualquier defensa basada en una preparación lenta para rescatarla. Había visto el deterioro, escuchado la señal, pedido un poco más y aun así consultaba el tiempo. El límite de cuarenta segundos seguía dirigiendo la escena.

Nadia perdió la posición. El hombro derecho descendió y el cuerpo giró ligeramente.

Treinta y nueve.

Mi rostro cambió.

La curiosidad desapareció. No fue sustituida de inmediato por horror, sino por el reconocimiento de que algo había salido del terreno que yo creía controlar.

Me incorporé.

Cuarenta.

Las manos avanzaron hacia el agua.

Cuarenta y uno.

Introduje ambos brazos.

La extracción no fue limpia. Nadia pesaba más de lo que esperaba porque la ropa, el agua y la pérdida de colaboración volvían difícil levantarla desde aquel ángulo.

Tiré primero de los hombros, golpeé uno de sus brazos contra el borde y tuve que cambiar la posición de las manos.

El cronómetro cayó al suelo. El tanque se agitó con una violencia que no aparecía en mis recuerdos.

La saqué en el segundo cuarenta y tres.

La cifra «segundo cuarenta y uno» se refería al comienzo de la intervención, no al momento en que el rostro de Nadia salió del agua. Durante dos segundos más, su cuerpo permaneció parcialmente sumergido mientras yo intentaba levantarlo.

Cuando conseguí apoyarla sobre el suelo, la cámara principal perdió el encuadre. La de seguridad mostró la escena completa.

Nadia no respiraba.

Me arrodillé, le retiré el cabello del rostro y la llamé por su nombre. Primero una vez. Después varias. No había dirección en mi voz, solo una incredulidad creciente.

—Nadia.

Le di dos palmadas en la mejilla.

—Nadia, mírame.

Comprobé la respiración de manera incorrecta, acercando la mano a la boca y después el oído. Coloqué los dedos en el cuello, pero no encontré el pulso o no supe distinguirlo. La cámara mostraba que miraba alrededor buscando a alguien.

No había nadie.

Me levanté para alcanzar el teléfono. Tardé seis segundos en encontrarlo porque lo había dejado boca abajo entre las toallas. Llamé a emergencias. La operadora respondió. Mi voz resultaba irreconocible, aguda, entrecortada.

—No respira —dije—. Estábamos haciendo una prueba y no respira.

La mujer pidió la dirección. No conseguí recordarla.

Fui hasta la puerta, miré el número colocado en el exterior y regresé. Después describí el tanque, la inmersión y la extracción. Cuando preguntó cuánto tiempo había estado bajo el agua, respondí:

—Cuarenta segundos. Menos. Cuarenta y uno.

No mencioné los dos golpes.

La omisión apareció desde el principio.

La operadora me indicó que iniciara reanimación. Coloqué el teléfono en el suelo con el altavoz activado y seguí sus instrucciones. Mis manos estaban mal situadas al principio. Ella corrigió. Empecé las compresiones. Contaba en voz alta, perdía el ritmo y volvía a empezar.

No parecía un hombre indiferente.

Tampoco alguien interesado en conservar una obra.

Durante los minutos siguientes intenté salvarla con una desesperación que no era fingida. Le hablé, le pedí que volviera, repetí que lo sentía y que ya había terminado. En un momento dije:

—No tenías que aguantar tanto.

La frase trasladaba la duración hacia Nadia, como si ella hubiese elegido permanecer más allá de su límite y yo hubiese descubierto demasiado tarde lo ocurrido. Acababa de verla golpear. Le había pedido un poco más. Aun así, mientras comprimía su pecho, mi relato empezaba a reorganizarse.

—Me dio una señal —dije después.

La operadora preguntó qué señal.

No respondí inmediatamente.

—Golpeó el tanque.

—¿Y la sacó entonces?

Seguí contando las compresiones. Diecisiete, dieciocho, diecinueve. La mujer repitió la pregunta.

—Sí —respondí—. Enseguida.

La primera mentira completa apareció antes de que llegara la ambulancia.