La última función Capítulo 15
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Capítulo 15

El segundo cuarenta y uno

La grabación no empezaba con el agua.

Empezaba conmigo.

Esa fue la primera diferencia respecto a todos los recuerdos que había reconstruido durante los meses anteriores.

Cuando pensaba en aquella noche, la escena se organizaba alrededor del tanque, la mano de Nadia, el cronómetro y la señal.

Yo aparecía después, ya colocado junto al borde, como si alguien me hubiese introducido en una situación que existía antes de mi llegada.

La cámara de seguridad eliminaba esa comodidad.

Mostraba la sala vacía a las siete y cuarenta y ocho, el agua todavía agitada por la bomba y las luces apagadas.

Un minuto después, la puerta se abría y yo entraba solo, cargando una bolsa de material, dos toallas y el cronómetro.

No había producción, técnico ni propietario acompañándome.

Tampoco una figura oscura junto a la pared.

La sombra que mi memoria había convertido en otra persona surgía cuando pasaba frente al tanque y mi reflejo se desplazaba sobre la superficie transparente.

Adriana había colocado tres sillas frente al monitor.

Mauro ocupaba la más cercana a la puerta, como habíamos acordado.

Yo estaba en el centro. La tercera permanecía vacía.

No pregunté para quién era. Podía servir a otro profesional si la sesión se complicaba o recordar que la ausencia de Nadia no me autorizaba a ocupar también su lugar.

Antes de reproducir el vídeo, Adriana leyó las condiciones del documento firmado el día anterior.

Veríamos la grabación de la cámara principal y, cuando fuera necesario, la imagen de seguridad desde el ángulo superior.

La secuencia no se detendría para discutir cada gesto, salvo que yo lo pidiera o que ella considerara que estaba perdiendo el presente.

Los dos golpes seguían siendo una señal válida, aunque podía hablar.

Si detenía la reproducción, se interrumpiría antes de preguntarme por qué.

Mauro podía terminar la sesión si dejaba de reconocer dónde estábamos, intentaba acercarme al monitor o convertía su presencia en una responsabilidad compartida sobre la muerte de Nadia.

—¿Entiendes las condiciones? —preguntó Adriana.

—Sí.

—¿Dónde estamos?

—En Santa Elvira, en la sala de observación.

—¿Quién soy?

—Adriana, mi psiquiatra.

—¿Quién es Mauro?

—Mi enfermero de referencia.

—¿Qué vamos a ver?

—La grabación de una prueba privada que realicé con Nadia diecisiete meses atrás.

—¿Quiénes estaban presentes?

—Nadia y yo.

No miré a Mauro al responder. La figura del supuesto técnico ya no podía sostenerse, pero una parte de mí continuaba esperando encontrar en el vídeo un ruido, una puerta que se moviera o una sombra que demostrara que la soledad de la sala era menos completa de lo que afirmaban los registros.

Adriana inició la reproducción.

La cámara de seguridad mostraba mi preparación durante casi media hora.

Revisaba el agua, cambiaba la posición de las luces, comprobaba el encuadre y caminaba varias veces hasta la puerta principal.

En un momento sacaba el teléfono y escribía un mensaje.

La imagen no permitía leerlo, pero el registro incorporado al expediente demostraba que era la mentira enviada a Marina sobre la fuga del tanque.

—No hace falta que veamos todo esto —dije.

Adriana no detuvo el vídeo.

—Acordamos empezar por el principio.

—El principio de los cuarenta y un segundos.

—El acuerdo anterior también forma parte.

No discutí. En la pantalla, dejaba el teléfono sobre la mesa, observaba la sala y retiraba una silla que había colocado cerca de la cámara.

La llevaba hasta una esquina, fuera del espacio donde pudiera sentarse otra persona.

El gesto no tenía importancia técnica. Nadie más iba a utilizar aquella silla porque yo ya había decidido que nadie más entraría.

A las ocho y diecisiete, Nadia abrió la puerta.

La imagen de seguridad registró el momento desde arriba. Llevaba el abrigo claro, el bolso grande y el cabello húmedo por la lluvia. Se detuvo al ver el tanque preparado. Yo avancé para besarla en la mejilla; ella giró el rostro y el gesto quedó suspendido. Después preguntó por Marina.

La grabación tenía sonido. No perfecto, pero suficiente.

Escuché otra vez la discusión que había escrito en el cuaderno.

Nadia descubría que yo había mentido, señalaba la cámara, preguntaba por qué todo estaba preparado si la prueba oficial se había aplazado.

Mi voz respondía con una calma irritante.

No gritaba ni amenazaba de manera abierta.

Utilizaba frases razonables, una detrás de otra, hasta que su decisión de marcharse empezaba a parecer una reacción desproporcionada.

—Podemos limitarlo a una aproximación —decía mi versión de la pantalla—. No hace falta completar los cuarenta segundos.

—No quiero hacer una aproximación a solas.

—No estás sola.

Nadia me miraba.

—Eso es exactamente lo que me preocupa.

La frase había regresado en el cuaderno, pero escucharla con su voz modificaba el recuerdo.

No era una provocación ingeniosa. Estaba cansada.

Había llegado esperando encontrar una estructura de seguridad y descubría que yo había retirado a la única persona en quien confiaba dentro de aquella producción.

La discusión duró veintitrés minutos. No necesitaba observarlos completos para comprender la secuencia, pero Adriana no adelantó.

Nadia intentaba marcharse dos veces. En la primera cogía el abrigo, y yo no le bloqueaba el paso.

Me colocaba junto al tanque y decía que llamaría a la otra actriz al día siguiente. Nadia se detenía.

No recordaba el nombre que pronunciaba.

—Lucía conoce la secuencia —decía yo—. No tiene tu experiencia, pero al menos no lleva semanas utilizando cada duda para frenar el montaje.

Nadia dejaba el abrigo sobre la silla.

La sustitución no era una posibilidad abstracta. Había otra actriz. Quizá no preparada para asumir el papel inmediatamente, pero suficientemente real para que la amenaza adquiriera peso.

—No puedes reemplazarme por negarme a una prueba que producción no ha autorizado —respondía Nadia.

—No te reemplazaría por una prueba. Te reemplazaría porque ya no confías en el trabajo.

—No confío en ti.

El silencio posterior duraba poco más de un segundo. Yo apartaba la mirada y caminaba hacia la cámara.

—Es lo mismo.

La respuesta condensaba todo aquello que había ocurrido entre nosotros.

Para mí, desconfiar del director significaba abandonar el método y, por tanto, dejar de ser la actriz capaz de sostener el papel.

Nadia intentaba separar la obra de mi autoridad.

Yo insistía en que ambas cosas eran inseparables.

Durante la segunda tentativa de marcharse, Nadia llegaba hasta la puerta. Ponía una mano sobre el picaporte y permanecía allí, de espaldas a mí. Yo no me acercaba.

—Si sales ahora, no vuelvas mañana pidiendo que reconstruyamos lo que has decidido romper —decía.

—No estoy rompiendo nada.

—Estás dejando la escena en el único momento en que puede decirnos algo.

—La escena no existe todavía.

—Precisamente.

Nadia cerraba los ojos. Después soltaba el picaporte y regresaba hacia el tanque.

No hubo una coacción física. La puerta estaba libre y su teléfono permanecía sobre la mesa. Podía marcharse. La grabación demostraba también que yo conocía exactamente qué palabras utilizar para convertir esa libertad en una pérdida que no estaba preparada para aceptar.

—Detén —dije.

Adriana pausó la imagen antes de formular ninguna pregunta.

Nadia permanecía de pie junto al tanque. Yo aparecía a varios metros, observándola.

—Necesito un minuto —expliqué.

—De acuerdo.

Nadie preguntó qué sentía. La sala de Santa Elvira permanecía visible en el reflejo del monitor: paredes claras, una mesa, la puerta abierta.

No había agua a nuestro alrededor. Apoyé los pies sobre el suelo y miré mi pulsera.

Santa Elvira. Unidad de hospitalización.

Hoy era viernes. Mauro estaba a mi derecha. Adriana, a la izquierda.

—Podemos continuar —dije.

Adriana reanudó.

Nadia fue al baño para cambiarse. Durante su ausencia, yo caminaba por la sala y comprobaba dos veces la cámara.

También miraba el teléfono. Marina había respondido al mensaje o quizá Nadia le había escrito ya; la grabación no permitía saberlo.

En lugar de llamar y pedirle que acudiera, apagaba la pantalla y colocaba el dispositivo boca abajo.

Cuando Nadia regresaba con la camiseta negra y los pantalones cortos, el desacuerdo no había terminado. Ella enviaba la ubicación a Marina y dejaba el teléfono visible. Después se acercaba al agua, comprobaba la temperatura y formulaba las condiciones.

Cuarenta segundos.

Dos golpes.

No hablar.

No tocar el tanque.

No interpretar la señal.

Yo aceptaba cada una.

La cámara principal ofrecía un plano más cercano.

Adriana cambió a esa imagen sin detener la reproducción.

El rostro de Nadia ocupó el lado izquierdo del monitor.

Parecía más joven de lo que recordaba, quizá porque mi memoria había incorporado a su última noche todo el peso de lo ocurrido después.

Tenía el cabello recogido, gotas de lluvia todavía visibles cerca de la nuca y una pequeña marca roja donde el bolso había presionado el hombro.

Miraba al objetivo.

—Dos golpes significa que termina la prueba —decía—. No que tengo miedo, no que estoy cerca, no que necesito una indicación. Termina.

Yo permanecía junto a ella, parcialmente fuera de cuadro.

—Dos golpes y te saco del agua.

—Aunque creas que puedo seguir.

—Aunque crea que puedes seguir.

—Sin esperar.

—Sin esperar.

Nadia no apartaba la mirada de la cámara.

—Y si levanto una mano, no significa nada. Solo los golpes.

—De acuerdo.

—Repítelo.

Mi rostro entraba en el encuadre. Mostraba irritación. No una furia abierta, sino la molestia de quien considera innecesario repetir una norma que ya ha entendido.