La última función Capítulo 14 #4
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Capítulo 14 #4

La ausencia de una explicación definitiva ya no convirtió el olor en una prueba de conspiración. Algunas percepciones podían permanecer sin resolver sin que toda la realidad dependiera de ellas.

Nos acercamos a la cabina. Mauro abrió y me permitió entrar.

El cristal devolvía la sala desde el mismo ángulo del día anterior.

Sobre una mesa había controles de grabación, un intercomunicador, un pulsador de alarma y monitores.

No había una mesa de luces teatral, aunque algunos interruptores regulaban la iluminación general.

—¿Alguna vez dirigí desde aquí? —pregunté.

—Intentaste dar indicaciones mediante el intercomunicador —respondió Mauro—. La mayoría de las veces lo desconectábamos.

—Entonces llegué a utilizarla como cabina.

—Sí.

—Sin que fuera su función.

—Sí.

La distinción podía sostenerse sin eliminar el hecho. Había dirigido desde una sala de observación, pero eso no me convertía en director autorizado ni transformaba a los pacientes en actores.

Sobre una balda había carpetas etiquetadas con fechas y códigos de sesión. Una llevaba mi nombre. No intenté cogerla.

—¿Es la reconstrucción?

—Parte —dijo Adriana—. Informes de las actividades, consentimientos, incidencias y objetivos.

—Los llamé partes de producción.

—Sí.

—¿Y qué eran?

—Registros clínicos.

Miré la carpeta sin tocarla. Su existencia había servido a ambas estructuras. Un informe podía parecer una nota de ensayo si uno ignoraba que contenía medicación, síntomas y medidas de seguridad.

—¿Nora firmó un consentimiento? —pregunté.

—Sí.

—¿Incluía que podía llamarla Nadia?

—No.

—¿Que utilizaríais frases privadas?

—No con la claridad necesaria.

—Entonces el consentimiento no cubría todo.

—No.

Adriana no apartó la mirada.

—¿Y el mío? —pregunté—. ¿Consentí el programa?

—Durante un periodo de mayor estabilidad, sí.

También retiraste el consentimiento varias veces y después pediste reiniciarlo.

El equipo consideró que algunas actividades podían continuar dentro del plan de tratamiento, pero las intervenciones grupales exigían una aceptación más clara de la que a veces mantuviste.

—¿Entonces también me utilizaron cuando no comprendía por completo?

—En algunos momentos, la ambigüedad fue mayor de lo que debimos aceptar.

La institución no salía intacta del recorrido.

Santa Elvira podía ser el lugar que intentó ayudarme y, al mismo tiempo, el espacio donde profesionales convencidos de acercarse a una verdad utilizaron una estructura peligrosa durante demasiado tiempo.

Reconocerlo no necesitaba convertirlos en villanos ni devolverme la dirección.

Salimos de la cabina. Adriana pidió que me sentara en una de las sillas del centro. Mauro colocó otras dos frente a mí. La disposición se parecía a una escena final, pero nadie subió a la tarima.

—Quiero explicarte cómo continuará el tratamiento —dijo ella—.

Hasta ahora trabajamos dentro de una metáfora que tú aceptabas: una producción, un reparto, una última oportunidad para terminar una obra.

La utilizamos porque permitía acercarnos al recuerdo y porque los intentos directos provocaban una ruptura inmediata.

—Ahora la retiráis.

—Sí.

—¿Por completo?

—No puedo impedir que veas teatro en los espacios ni que utilices lenguaje escénico para pensar. Tampoco sería útil. Lo que cambia es que no construiremos actividades donde esa metáfora determine las funciones de otras personas o te permita dirigirlas.

—Sin grupo.

—Sin pacientes utilizados como personajes, sin improvisaciones y sin acceso autónomo a la sala.

—¿Trabajaremos con la grabación?

—Sí. Con documentos, objetos, mensajes y entrevistas. El objetivo será reconstruir los cuarenta y un segundos y las decisiones anteriores sin convertirlas en una obra.

—Todo relato tiene una forma.

—Tendrá una forma. No una función que te otorgue autoridad sobre los demás.

Mauro abrió la carpeta fina. Dentro había un documento de dos páginas.

La primera resumía lo que habíamos fijado: Santa Elvira era un hospital; Adriana, psiquiatra; Mauro, enfermero; la sala, espacio polivalente; los participantes, pacientes voluntarios de un programa suspendido; Nora no era actriz ni sustituta de Nadia; la reconstrucción utilizaba material real dentro de un tratamiento.

La segunda página establecía el nuevo objetivo.

Reconstruir de manera factual, cronológica y completa los últimos cuarenta y un segundos de la prueba realizada con Nadia, incluyendo:

—el acuerdo previo;

—la señal;

—la percepción de Víctor;

—las acciones realizadas entre los segundos treinta y dos y cuarenta y uno;

—la extracción;

—la reanimación;

—la llamada a emergencias;

—las modificaciones posteriores del relato;

—la relación entre la decisión de esperar y el método de trabajo;

—la diferenciación entre responsabilidad, intención y enfermedad actual.

No aparecían palabras como obra, ensayo, personaje, estreno o función. Tampoco víctima.

—¿Por qué cuarenta y un segundos y no la noche completa? —pregunté.

—Porque ese es el núcleo que has interrumpido repetidamente —respondió Adriana—. Después ampliaremos la cronología anterior y posterior.

—Ya he llegado a los nueve.

—Has llegado más lejos que otras veces. No significa que la comprensión sea estable ni que hayas reconstruido lo que ocurrió después de sacar a Nadia.

—Intenté salvarla.

—Sí. También necesitamos ver cómo ese intento se relaciona con la decisión anterior y cómo lo utilizaste después para absolverte por completo.

—No pienso negar que intenté reanimarla.

—No te pedimos que lo niegues. Te pedimos que no lo conviertas en una prueba de que los nueve segundos dejaron de existir.

Leí de nuevo el documento.

En la parte inferior había tres espacios para firmas: la de Adriana, la de Mauro y la mía.

Ellos ya habían firmado. La presencia de Mauro como enfermero de referencia no lo convertía en responsable artístico ni en testigo de la noche de Nadia.

Firmaba las condiciones del tratamiento y su obligación de detenerlo si aparecía riesgo.

—¿Qué ocurre si no firmo? —pregunté.

—Continuaremos con tratamiento general, pero no accederás a la grabación ni a la reconstrucción estructurada —respondió Adriana.

—¿Y el alta?

—No depende de una firma, pero sí de tu capacidad para reconocer y manejar el riesgo que ha producido este patrón.

—Entonces existe presión.

—Sí. No voy a fingir que todas las opciones tienen las mismas consecuencias.

La honestidad impedía presentar el consentimiento como una elección completamente libre.

Yo estaba ingresado, quería acceder a la grabación y sabía que negarme prolongaría una evaluación sobre mi capacidad para continuar fuera.

Aun así, comprendía el contenido de la hoja y podía discutir sus condiciones.

—Quiero añadir algo —dije.

—¿Qué?

—Que Santa Elvira reconoce los daños producidos por el programa grupal y que la reconstrucción no volverá a utilizar a otros pacientes sin un consentimiento específico, completo y revisable.

Adriana miró a Mauro. Él asintió.

—De acuerdo.

Ella escribió el añadido a mano y firmó junto a la modificación. Mauro hizo lo mismo.

—Otra cosa —continué—. Si pido detener la grabación, se detiene antes de discutir por qué.

—Ya está incluido en el protocolo de seguridad —dijo Adriana.

—Quiero que figure aquí.

Lo añadió.

—Y si intento convertir a Mauro en regidor o a ti en productora, no se cancela automáticamente. Se señala y se comprueba si la palabra está cambiando las reglas que creo aplicables.

Adriana tardó un momento en responder.

—Eso es razonable.

La frase se incorporó al documento.

Mauro me entregó el bolígrafo.

La hoja no era un contrato de producción ni una autorización para regresar al trabajo.

Firmarla no me devolvía un escenario, un reparto ni la posibilidad de concluir una obra delante de un público.

Tampoco constituía una confesión legal ni una absolución médica.

Era un acuerdo limitado dentro de un hospital: aceptaba dónde estaba, quiénes eran las personas que me acompañaban y qué parte del pasado íbamos a mirar.

Leí por última vez la línea principal.

Reconstruir de manera factual, cronológica y completa los últimos cuarenta y un segundos.

Firmé.

Adriana recogió una copia y me entregó otra.

Mauro guardó la suya en la carpeta. Nadie anunció que había superado una prueba.

No hubo alivio, aplausos ni una frase destinada a cerrar el capítulo de forma perfecta.

La sala continuaba vacía, las sillas seguían apiladas y la tarima no había dejado de parecer un escenario solo porque yo reconociera su función real.

Antes de salir, miré la cabina, la puerta y el cristal. Podía imaginar las luces encendiéndose, a Nora entrando desde el corredor y a Mauro esperando junto a la mesa. La imagen no desapareció. Formaba parte de lo que había ocurrido allí.

Pero ya no era un ensayo pendiente.

Era un incidente dentro de un tratamiento que había terminado.

Guardé la copia del acuerdo bajo el brazo y acompañé a Adriana y Mauro hasta la puerta. En el umbral me detuve.

—¿Cuándo veremos la grabación completa?

—Mañana empezaremos por el segundo cero —respondió Adriana—. Si puedes mantener la continuidad, llegaremos al cuarenta y uno.

—¿Y si no?

—Nos detendremos y volveremos otro día.

—Sin interpretar la detención.

—La interpretaremos después.

Asentí.

Por primera vez, la promesa no necesitaba dos golpes para ser clara.