La última función Capítulo 14 #3
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Capítulo 14 #3

Lo había interpretado como oficina de producción porque las carpetas, horarios y condiciones parecían pertenecer a una persona encargada de sostener el proyecto.

Ahora vi títulos médicos en la pared, manuales de psiquiatría, un ordenador conectado al sistema del hospital y fotografías familiares colocadas en un estante.

Había una vida fuera de Santa Elvira que yo nunca había intentado imaginar.

—¿Tienes hijos? —pregunté.

La pregunta la sorprendió.

—Sí.

—¿Cuántos?

—Dos.

—No sabía nada de ti.

—Sabías algunas cosas. Después dejabas de recordarlas o decías que eran una biografía preparada para que pareciera psiquiatra.

El mecanismo había eliminado cualquier dato que contradijera su función dentro de mi obra. Una productora podía existir solo cuando negociaba conmigo. Una mujer con hijos, horarios, cansancio y una vida fuera del edificio resultaba más difícil de reducir.

—¿Cuánto tiempo llevas tratando casos como el mío?

—Más de quince años.

—¿Habías utilizado teatro antes?

—Psicodrama, dramatización y exposición narrativa, sí. No una estructura tan extensa ni con este grado de ambigüedad.

—Entonces también quisiste ver qué ocurría después.

Adriana sostuvo mi mirada.

—Sí.

No se defendió.

—¿Y valió la pena?

—No puedo responder sin incluir a quienes resultaron dañados. El programa permitió que recordaras hechos importantes, pero también reforzó partes de tu delirio, expuso a pacientes vulnerables y repitió una relación de poder que debíamos ayudarte a reconocer, no ofrecerte de nuevo.

—Un resultado y un daño.

—Sí.

—¿Cómo decides cuál pesa más?

—No lo decido sola. Se revisa, se informa, se escucha a quienes participaron y se modifica o detiene la intervención.

—Pero la decisión original fue tuya.

—En parte.

—¿Y te consideras responsable?

—Sí.

La palabra no produjo una equivalencia perfecta con Nadia, porque Adriana no había esperado a que alguien perdiera el conocimiento para intervenir, pero mostraba una diferencia esencial entre nuestras conductas presentes.

Ella podía reconocer responsabilidad sin convertirla de inmediato en una excepción que mantuviera el método intacto.

—¿Por qué no me dijiste antes que te habías equivocado? —pregunté.

—Lo hice. Tú respondías que todo productor duda antes del estreno y que mi culpa demostraba que la obra empezaba a funcionar.

La ficción absorbía incluso las críticas dirigidas contra ella. Todo se convertía en evidencia a favor de la misma estructura.

Adriana abrió un cajón y sacó varios documentos. No me los entregó. Los colocó sobre la mesa en orden.

—Estos son los informes de revisión del programa, las reclamaciones de dos participantes, una declaración de Nora y las respuestas del equipo. No los veremos hoy. Quiero que sepas que existen y que el tratamiento no elimina nuestra obligación de responder.

—¿Nora presentó una reclamación?

—Sí.

—¿Contra mí?

—Contra el programa y contra algunas decisiones del equipo. También describe conductas tuyas.

—¿Puedo leerla?

—Solo las partes que ella autorice.

Asentí. Antes habría afirmado que cualquier documento donde apareciera mi nombre me pertenecía. Ahora la presencia de mi conducta dentro de la historia de Nora no eliminaba que la historia siguiera siendo suya.

Continuamos hacia la zona médica. El despacho donde me habían entrevistado varias veces mostraba un tensiómetro, material de exploración, un armario de medicación y una camilla plegable.

La jarra, los pañuelos y las fotografías habían hecho que yo lo percibiera como oficina de negociación, pero todos los objetos clínicos estaban allí desde el principio.

—¿Las pastillas para las migrañas? —pregunté.

Mauro abrió la carpeta.

—Nunca se pautaron por migraña. Una es antipsicótica, otra estabilizadora, otra para el sueño y la cuarta se utiliza cuando aumenta la ansiedad o la desorganización.

—Adriana me lo dijo el primer día.

—Muchas veces antes —respondió ella.

—¿Tengo migrañas?

—Has tenido algunas. No son la razón principal de la medicación.

La palabra antipsicótica produjo una resistencia antigua.

Durante meses la había interpretado como una herramienta para reducir mi claridad, impedir el trabajo o hacer que aceptara la versión institucional.

También había experimentado efectos reales: somnolencia, lentitud, sabor metálico, dificultades para ordenar algunas horas.

El tratamiento podía ayudar y alterar al mismo tiempo.

—¿La medicación empeora mi memoria? —pregunté.

—Algunos fármacos pueden afectar atención, velocidad y consolidación de recuerdos —explicó Adriana—. También el insomnio, la ansiedad intensa, los episodios disociativos y la propia psicosis. No atribuimos todo a una sola causa.

—¿Podría haber olvidado sesiones por las pastillas?

—En parte. También las reorganizabas después y, durante algunos periodos, presentabas lagunas relacionadas con el estado mental.

—Entonces no todo lo que no recuerdo demuestra que lo rechazara.

—No.

La concesión importaba. Mi memoria no era una mentira voluntaria ni cada hueco una maniobra moral. Sin embargo, las explicaciones clínicas tampoco anulaban aquello que hacía cuando comprendía.

—¿La enfermedad explica los nueve segundos? —pregunté.

—No hay evidencia de que estuvieras psicótico aquella noche —respondió Adriana—.

No estabas desorientado, no describiste alucinaciones y la grabación muestra una conducta organizada.

Tu estado actual influye en cómo reconstruyes y evitas el recuerdo.

No convierte la decisión de entonces en un síntoma.

La separación era necesaria. Santa Elvira podía explicar por qué había transformado el hospital en teatro, no por qué ignoré la señal de Nadia.

—¿Y la obsesión por el método?

—No es un diagnóstico.

—¿Narcisismo?

—No vamos a reducirlo a una palabra. Hay rasgos, conductas, defensas y una relación con el poder que trabajaremos. Ninguna etiqueta sustituye la secuencia.

La respuesta evitaba una absolución psiquiátrica tan cómoda como una condena total. No era un monstruo clínicamente distinto de los demás ni un enfermo sin responsabilidad. Era alguien que había tomado una decisión y después había construido una forma de no permanecer junto a ella.

Salimos del despacho y nos dirigimos a la sala polivalente.

La puerta estaba abierta. Dentro, varias personas retiraban mesas después de un taller.

No nos permitieron entrar hasta que terminaron, una precaución para evitar que mi recorrido interfiriera con otros pacientes.

Esperamos en el corredor. Vi salir a Teresa acompañada por una terapeuta.

Me reconoció, dudó y después levantó una mano en un saludo breve. No me acerqué. Ella continuó caminando.

Cuando la sala quedó vacía, Mauro permitió que entráramos.

La tarima seguía en el fondo. Las cuarenta sillas negras estaban apiladas contra la pared, como en la primera imagen de mi regreso.

Las mesas plegables, los biombos, la cabina y la franja de luz componían la misma escenografía.

Nada había desaparecido. Podía comprender por qué, al entrar meses atrás, necesitaba convertirla en teatro.

El espacio ofrecía la forma antes de que yo aportara el significado.

Caminé hasta el centro.

—¿Aquí empezó todo? —pregunté.

—No —respondió Adriana—. La primera conversación sobre reconstruir a Nadia ocurrió en tu habitación. Después trabajamos en un despacho y más tarde utilizamos la sala.

—Me refiero a la obra.

—La obra empezó en tu necesidad de seguir siendo director dentro del ingreso.

Mauro dejó la carpeta sobre una mesa. Sacó fotografías de distintas actividades realizadas allí: una clase de movimiento, un grupo sentado en círculo, una reunión de familiares, un taller de pintura, una celebración de fin de año.

En otra aparecía yo colocando una silla en el centro mientras varias personas observaban.

—La misma sala —dijo—. Funciones distintas.

—¿La tarima se construyó para mí?

—No. Ya estaba.

—¿Los focos?

—También.

—¿La cabina?

—Es la sala de observación.

—¿Y las cámaras?

—Se instalaron antes del programa para registrar algunas actividades con consentimiento y supervisar situaciones de riesgo.

Todos los elementos que habían sostenido la ficción existían por razones verificables. No había necesitado inventarlos, solo reorganizarlos alrededor de mi identidad.

Subí a la tarima. Adriana no me impidió hacerlo, aunque Mauro permaneció cerca. Desde allí la sala ofrecía la perspectiva que yo había utilizado para observar a Nora, Julia y los demás. Las sillas vacías parecían esperar un reparto.

—¿Cuántas personas dañé aquí? —pregunté.

Adriana no aceptó la formulación total.

—No podemos medirlo con una cifra simple. Hubo participantes que abandonaron actividades, dos reclamaciones formales, varias crisis y vínculos que el programa no protegió como debía. También hubo personas que consideraron útil parte del trabajo. Una cosa no borra la otra.

—¿Nora mejoró en algo?

—No voy a utilizar su posible mejoría para disminuir lo que ocurrió.

La respuesta imitaba la regla que yo no había aplicado con Nadia. Un resultado posterior no podía convertir retrospectivamente una violación del límite en una decisión correcta.

Bajé de la tarima.

—¿Por qué se llama Santa Elvira? —pregunté.

Mauro sonrió apenas. Era la primera pregunta sobre el edificio que no buscaba una salida oculta.

—El terreno perteneció a una congregación que administraba un sanatorio —respondió Adriana—. El nombre se conservó después de varias reformas y cambios de gestión.

—¿Hubo hidroterapia?

—Sí, en un pabellón antiguo. Se demolió hace más de treinta años.

—Entonces el olor a cloro podía proceder de una memoria asociada al lugar.

—Podía —dijo Adriana—. También de productos de limpieza, de una percepción olfativa sin estímulo externo o de la asociación con Nadia después de hablar del agua. No podemos saberlo con certeza.