Capítulo 14 #2
—No siempre lo permitíamos —respondió Adriana—.
Cuando retirábamos los horarios, asegurabas que intentábamos cancelar la función.
Durante periodos más estables, eras capaz de mantener ambas denominaciones y asistir a las actividades reales.
El problema aparecía cuando la palabra teatral cambiaba también las reglas que creías aplicables.
Continuamos hasta el comedor. Las mesas, bandejas y recipientes de mantequilla seguían teniendo el mismo aspecto.
No había una zona reservada para actores ni una cocina de producción.
Un cartel indicaba normas alimentarias, alergias y horarios.
En una esquina, un trabajador comprobaba que varias personas terminaran el desayuno antes de tomar la medicación.
—Aquí conocí al grupo —dije.
—Aquí ya conocías a la mayoría —corrigió Mauro—. El supuesto primer desayuno ocurrió después de meses compartiendo espacios.
—¿Nora se sentaba siempre junto a la ventana?
—A menudo.
—¿Y Teresa escribía?
—Era una tarea de su tratamiento. Registraba pensamientos automáticos y situaciones que le generaban ansiedad.
Yo había convertido la libreta en un cuaderno de actriz. Cada observación terapéutica podía leerse como una preparación de personaje, pero el sentido pertenecía a Teresa, no a mi necesidad de organizarla.
—¿Samuel sigue aquí? —pregunté.
—Sí —respondió Adriana—. Ha pedido no coincidir contigo durante un tiempo.
—¿Lo de los nueve segundos lo oyó en una sesión anterior?
—Sí. Se habló delante del grupo cuando tú mismo introdujiste la cifra.
No había existido una filtración misteriosa. Samuel la conocía porque yo la había pronunciado y después olvidado.
—¿Y Darío?
—Ha pasado a un programa externo durante el día.
—¿Julia?
—Continúa en otra unidad.
Adriana respondió solo a información general autorizada. No mencionó diagnósticos ni episodios privados. Después del archivo, entendía mejor por qué cada respuesta necesitaba esos límites.
Salimos del comedor y bajamos por la escalera principal. En el rellano había una placa grande con el nombre completo del centro:
HOSPITAL SANTA ELVIRA
UNIDAD DE PSIQUIATRÍA Y REHABILITACIÓN PSICOSOCIAL
La había visto muchas veces. En mi recuerdo, una franja de papel cubría parte del texto durante la primera visita. Ahora comprendía que quizá yo mismo la había colocado.
—¿Quién tapó «hospital»? —pregunté.
Mauro abrió otra sección de la carpeta. Mostró una fotografía donde aparecía yo pegando una tira blanca sobre la placa mientras él observaba desde varios metros.
—Tú —dijo—. La primera vez utilizaste cinta médica. Después papel. Cuando la retirábamos, volvías a colocar algo.
—¿Por qué no me detuviste?
—Lo hice muchas veces. La última, Adriana decidió dejarla unos días porque estabas dispuesto a salir de la habitación si no veías la palabra hospital.
—Adaptasteis el edificio a la ficción.
—Adaptamos un estímulo —respondió Adriana—. No cambiamos los registros, la medicación, las puertas ni la información ofrecida cuando preguntabas directamente. Aceptamos que llamaras centro de creación a Santa Elvira durante algunas fases porque esa metáfora te permitía participar.
—No era solo una metáfora para mí.
—Lo sé. Esa fue nuestra equivocación. Creímos que podríamos utilizar tu lenguaje sin reforzar la estructura completa.
La admisión no convertía el programa en una conspiración. Mostraba algo más incómodo: habían tomado una decisión clínica, observado resultados parciales y tardado demasiado en reconocer que la ambigüedad también me permitía conservar la autoridad del director.
—¿Quién supervisó el programa? —pregunté.
—Un equipo externo revisó varias etapas —dijo Adriana—. También hubo consultas legales y con el comité de ética después de los primeros incidentes.
—¿Aprobaron que utilizaran pacientes?
—Aprobaron una intervención grupal voluntaria con dramatización y supervisión. No aprobaron que el vínculo con Nora alcanzara el nivel que alcanzó ni que se repitieran ciertas sesiones después de las primeras señales de daño.
—Entonces se desviaron.
—Sí.
—Como yo me desvié del ensayo autorizado con Nadia.
Adriana no rechazó la comparación.
—Existe una semejanza —respondió—. También diferencias importantes.
—Protocolos, equipo, capacidad de detenerse.
—Y la obligación de revisar el daño aunque el resultado pareciera útil.
—Lo revisaron tarde.
—Sí.
La igualdad perfecta que podía haber utilizado para absolverme se rompía en los matices, pero la semejanza permanecía como una responsabilidad que Santa Elvira tendría que asumir sin utilizar mi conducta para disminuir la suya.
Llegamos al vestíbulo principal.
Yo había atravesado aquel espacio muchas veces, aunque en mi memoria apenas existía.
Había columnas de piedra, un mostrador de recepción, sofás de vinilo, una máquina de café y dos puertas de cristal que daban al exterior.
Desde dentro podía verse la calle, los árboles y una parada de autobús.
No había una salida de artistas, un acceso técnico ni carteles anunciando una producción.
Las personas entraban con documentación, bolsas de ropa, flores o paquetes.
Algunas preguntaban por pacientes. Otras esperaban a médicos o trabajadores sociales.
Me acerqué a las puertas. Se abrían mediante un pulsador controlado desde recepción. Una mujer mostró una tarjeta, el personal comprobó su autorización y la dejó salir.
—¿Puedo atravesarlas? —pregunté.
—Con permiso y acompañamiento, sí —respondió Adriana—. Has realizado varias salidas.
—No las recuerdo.
—Algunas sí. Fuiste a una cafetería, a una librería y a una revisión médica externa. Durante una salida intentaste marcharte solo porque creías que debías reunirte con la compañía en otro teatro.
—¿Me detuvo Mauro?
—Yo no estaba —dijo él—. Te acompañaban otros dos profesionales.
—¿Qué ocurrió?
—Entraste en un taxi —respondió Adriana—. El conductor llamó a la policía porque no sabías dar una dirección y llevabas la pulsera del centro. Regresaste esa misma tarde.
La imagen apareció: el asiento trasero, una ciudad que parecía desconocida y el taxista preguntando varias veces adónde debía llevarme. Yo insistía en que el teatro estaba en el centro, sin recordar el nombre ni la calle. La pulsera que después arranqué había permitido identificarme.
—¿Mi familia vino a buscarme?
—Tu hermano llegó mientras regresabas —dijo Mauro—. No quisiste verlo.
El vestíbulo contenía otras escenas perdidas.
Mi madre esperando junto a una columna, abogados entregando documentos, un médico explicando una prórroga del ingreso, llamadas a la familia de Nadia rechazadas por sus representantes.
No habían ocurrido en hoteles, oficinas de producción ni juzgados secretos.
Habían pasado allí, bajo la placa de Santa Elvira.
Adriana nos condujo a una sala de visitas cercana. Había mesas redondas, sillas de plástico y dibujos colocados en una pared. No era el despacho de inversores que yo recordaba.
—Aquí hablaste con tu abogado después de que se cerrara la investigación penal —explicó.
—¿Se cerró?
—Sí.
—¿Por qué?
—No se consideró que hubiera pruebas suficientes para sostener una acusación penal por la muerte de Nadia. Hubo responsabilidad civil, reclamaciones y acuerdos posteriores, pero no una condena.
La información no era completamente nueva. Debía de haberla conocido y transformado muchas veces. Una parte de mí intentó utilizarla de inmediato: si no había delito probado, la muerte podía seguir llamándose accidente y los nueve segundos no tenían una consecuencia jurídica definitiva.
—Eso no significa que no hiciera nada —dije antes de que Adriana pudiera intervenir.
Ella asintió.
—No.
—¿La familia aceptó un acuerdo?
—Sí.
—¿Firmé?
—Tu representación legal y tú, durante un periodo en que comprendías el contenido.
—¿Qué reconocía?
—Responsabilidad civil por realizar una actividad no autorizada, incumplir las medidas de seguridad y demorar la intervención después de la señal.
La palabra demorar figuraba también fuera del tratamiento. No era una construcción clínica ni una interpretación moral posterior.
—¿Conserváis el documento?
—Sí. Lo veremos cuando corresponda.
—¿Por qué no ahora?
—Porque hoy estamos trabajando el lugar, no la responsabilidad legal.
La distinción evitaba que cada recorrido se convirtiera en una inundación de pruebas. Antes la habría interpretado como control dramatúrgico. Ahora podía reconocer también una forma de no mezclar demasiadas capas a la vez.
—¿Y las llamadas? —pregunté—. ¿Llamé a la familia de Nadia?
—Muchas veces —respondió Mauro—. Algunas desde teléfonos del centro. Otras pediste que las hicieran tus abogados.
—¿Contestaron?
—Una hermana habló contigo una vez.
La memoria ofreció una voz femenina, una conversación breve y una frase que yo había atribuido a una actriz rechazada: «No quiero que conviertas su muerte en lo último que diriges». Quizá la hermana de Nadia había dicho exactamente eso.
—¿Qué respondí?
Adriana consultó la carpeta.
—Dijiste que nadie podía prohibirte terminar una obra que Nadia había iniciado contigo.
La frase resultaba coherente con la ficción de Santa Elvira. Había convertido incluso el duelo de su familia en una disputa de derechos artísticos.
—¿Volví a llamarla?
—Sí. Después bloqueó el contacto.
No existía una respuesta que corrigiera esas llamadas. Podía alegar que no comprendía mi estado o que buscaba explicar lo ocurrido, pero la familia de Nadia había tenido que protegerse de mi necesidad de continuar hablando.
Salimos de la sala de visitas y atravesamos el vestíbulo hasta la zona administrativa. Pasamos junto al archivo donde había leído los expedientes. La puerta estaba cerrada. No sentí el impulso de entrar, aunque miré la tarjeta de Mauro por reflejo.
—¿Qué hay en el despacho sin rótulo? —pregunté.
—Trabajo social —respondió Adriana—. Allí se coordinan las altas, residencias, ayudas y contacto con las familias.
—¿Nora estuvo allí antes de marcharse?
—Sí.
No pregunté más. La información ya no me pertenecía.
La siguiente parada fue el despacho de Adriana.