La última función Capítulo 14
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Capítulo 14

Santa Elvira

Un edificio no cambia cuando uno aprende su nombre.

Las paredes permanecen donde estaban, las puertas conservan el mismo peso y la luz continúa entrando por ventanas que no necesitan saber cómo las llamamos.

Lo que cambia es la clase de conducta que cada espacio permite.

Una habitación puede parecer un camerino mientras nadie exige que se reconozca la cama fijada al suelo, el espejo irrompible y la ausencia de cerradura interior; una cabina puede confundirse con un puesto de control técnico hasta que se observa el pulsador de alarma y el archivador donde se registran crisis, medicación y salidas; una sala con tarima puede convertirse en escenario porque alguien coloca una silla bajo un foco, aunque la misma tarima sirva al día siguiente para un taller de movilidad, una reunión familiar o una actividad donde nadie interpreta nada.

El error no estaba en haber visto teatro dentro de Santa Elvira.

El error consistía en utilizar esa semejanza para negar todo lo que el edificio intentaba decirme.

Adriana llegó después del desayuno acompañada por Mauro.

No traían carpetas ni el ordenador portátil.

Ella vestía una chaqueta gris sobre una camisa sencilla y llevaba una tarjeta con su nombre, fotografía y especialidad.

Mauro había cambiado el uniforme azul oscuro por otro más claro, quizá porque su turno pertenecía a una sección diferente o porque yo empezaba a observar detalles que antes quedaban ocultos bajo la función que le asignaba.

Ambos permanecieron en el umbral hasta que terminé la medicación.

—Hoy no veremos grabaciones —dijo Adriana—. Quiero recorrer contigo Santa Elvira.

—Ya la conozco.

—Conoces una versión.

—Todas lo son.

—Entonces veremos qué versión puedes sostener hoy sin utilizarla para borrar las demás.

Mauro llevaba una carpeta fina bajo el brazo. No era la de medicación ni la que contenía los registros de las sesiones. En la portada figuraban mi nombre y una frase impresa: Programa de orientación y reconstrucción contextual.

—¿Otra evaluación? —pregunté.

—No exactamente —respondió Adriana—. El recorrido forma parte del tratamiento, pero no necesitas demostrar que recuerdas cada lugar. Puedes detenerte, discutir una denominación y reconocer una asociación. Lo que no haremos es permitir que una asociación sustituya la función real.

—¿Y quién decide cuál es real?

—La que puede verificarse fuera de tu experiencia individual.

La respuesta no negaba mi percepción, pero establecía un criterio que no dependía solo de mí. Me puse la chaqueta. Mauro comprobó que la pulsera estuviera cerrada y abrió la puerta.

La primera parada fue mi habitación.

Adriana permaneció en el corredor mientras yo entraba con Mauro. No había ningún cambio físico respecto a la mañana anterior. La cama estrecha, la mesa fijada a la pared, el armario, la ventana limitada a diez centímetros y el espejo de material pulido seguían allí.

—¿Cómo la llamaste al principio? —preguntó ella.

—Residencia para artistas.

—Después, camerino —añadió Mauro.

—Nunca dije que fuera un camerino convencional.

—Dijiste que el teatro había adaptado habitaciones para alojar al equipo —respondió Adriana—. ¿Qué ves ahora?

La pregunta parecía infantil, pero no pedía que enumerara objetos. Exigía que aceptara la relación entre ellos.

—Una habitación de hospital.

—¿Qué lo demuestra?

—La cama, la ventana, la puerta, la pulsera, los horarios y que alguien comprueba si tomo la medicación.

—¿También podría utilizarse como alojamiento para una residencia artística?

—Sí.

Mauro me miró, quizá esperando que la coexistencia se convirtiera otra vez en una defensa.

—Pero no lo es —añadí—. No aquí.

Adriana anotó algo en la carpeta.

—¿Qué significa «no aquí»?

—Que la posibilidad abstracta no modifica la función comprobable. Estoy ingresado. La habitación forma parte de una unidad de hospitalización.

Pronunciarlo dentro del espacio produjo una sensación distinta de leerlo en la pulsera.

La palabra ingresado no pertenecía ya a un documento.

Explicaba por qué no podía abandonar el edificio cuando quisiera, por qué la puerta carecía de cerradura y por qué los objetos habían sido elegidos para impedir que alguien pudiera dañarse durante una crisis.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —preguntó Adriana.

—Quince meses y algo.

—Quince meses y tres semanas —precisó Mauro.

La cifra seguía pareciendo imposible. Miré el armario.

La ropa de distintas estaciones ocupaba los estantes: jerséis, camisetas, un abrigo, pantalones ligeros.

Había interpretado aquellas prendas como parte de maletas llevadas durante visitas sucesivas.

En realidad, demostraban que había atravesado un invierno, una primavera, un verano y otro invierno dentro de Santa Elvira.

—¿Quién trajo la ropa? —pregunté.

—Tu madre y tu hermano, al principio —respondió Mauro—. Después algunas cosas se compraron con ellos o durante salidas acompañadas.

La imagen de una mujer guardando prendas dentro de una maleta regresó.

No era una ayudante de vestuario ni una empleada de la producción.

Mi madre había doblado la camisa que Mauro llevó a la entrevista formal.

Recordé sus manos alisando el cuello, el intento de no llorar y una frase que yo había interpretado como una crítica al montaje: «No conviertas esto en otra cosa». Probablemente hablaba del ingreso.

—¿Cuándo vinieron por última vez?

Adriana intercambió una mirada con Mauro.

—Tu hermano, hace dos semanas. Tu madre, hace un mes.

—No los vi.

—Sí —dijo Mauro—. Estuvisteis en la sala de visitas. Después afirmaste que eran inversores enviados para comprobar si seguías en condiciones de estrenar.

La memoria ofreció una mesa redonda, una mujer mayor frente a mí y un hombre de pie junto a la ventana.

Mi madre preguntaba si sabía quién era; yo respondía que no necesitaba repetir el reparto familiar dentro de una reunión de producción.

Mi hermano intentaba hablar de la casa, de facturas y de los abogados.

Yo había interpretado todo como una negociación sobre derechos.

—¿Qué ocurrió? —pregunté.

—Tu madre tuvo que salir —respondió Adriana—. Tu hermano permaneció unos minutos más. Le dijiste que, si quería un papel, debía dejar de fingir que era familia.

La frase se parecía a mí y, al mismo tiempo, a un hombre que ya no sabía quién tenía delante.

No sentí una culpa limpia. Apareció primero la necesidad de explicar que no los reconocía, que no había pretendido herirlos y que mi respuesta nacía de una estructura delirante.

Después comprendí que la explicación no modificaba el efecto.

—¿Volverán?

—Cuando estés preparado y ellos quieran —dijo Adriana.

No prometió una reunión próxima ni convirtió el reconocimiento en una recompensa. Salimos de la habitación.

Recorrimos el pasillo de la planta. Las puertas que yo había considerado alojamientos de actores mostraban pequeñas placas con números, dispositivos de observación y, en algunos casos, nombres retirables colocados por dentro.

Una mujer pasó junto a nosotros acompañada por una auxiliar.

La había visto caminar alrededor de una columna durante los primeros días y pensé que ensayaba una secuencia física.

Ahora llevaba una pelota blanda entre las manos y la auxiliar le indicaba cómo presionarla cuando aparecía el temblor.

—La mujer de la columna —dije.

—Celia —respondió Mauro—. Tiene permiso para que conozcas su nombre porque habéis compartido actividades.

—Pensé que trabajaba movimiento.

—Participaba en un ejercicio de regulación sensorial.

La acción era la misma. Cambiaba el propósito. Celia podía haber producido una imagen teatral sin que eso la convirtiera en actriz ni me autorizara a incorporarla a una obra.

En la sala común, el televisor estaba encendido sin sonido.

Dos hombres jugaban a las cartas; una mujer leía cerca de la ventana.

La disposición se parecía a una espera entre ensayos porque toda espera colectiva puede adquirir esa forma cuando alguien observa desde fuera.

Adriana me pidió que nombrara el espacio.

—Sala común de la unidad.

—¿Qué función tiene?

—Comer fuera del horario del comedor, ver televisión, leer, recibir algunas actividades y estar con otras personas.

—¿Escenario?

—Puede ocurrir algo que parezca una escena.

—No te he preguntado eso.

—No. No es un escenario.

La respuesta no destruyó la posibilidad estética. Solo limitó la autoridad que podía derivar de ella.

Nos detuvimos junto a la pared donde varios horarios estaban fijados bajo una cubierta de plástico.

Había talleres, entrevistas médicas, visitas, actividades físicas, grupos terapéuticos y salidas acompañadas.

Durante meses había interpretado aquellas hojas como planes de ensayo y calendarios de producción.

Mi nombre figuraba en varias casillas. Orientación, psicoterapia individual, reconstrucción audiovisual, seguimiento farmacológico, grupo suspendido. En la parte inferior aparecía una anotación: Sin acceso autónomo a sala polivalente ni archivo.

—Antes decía «ensayo con elenco» —afirmé.

Mauro abrió la carpeta y mostró una fotografía de un horario anterior. Las palabras impresas eran las mismas que ahora. Al lado, escritas con mi letra, aparecían correcciones: «ensayo», «reparto», «reunión de producción», «prueba técnica».

—No cambiábamos el horario —dijo—. Lo cambiabas tú.

Recordé haber añadido palabras sobre las hojas, convencido de que alguien utilizaba terminología clínica para ocultar el verdadero trabajo. En algunas ocasiones debieron de retirar el documento y colocar otro. Yo interpretaba esa sustitución como censura.

—¿Por qué permitieron que siguiera escribiendo?