La última función Capítulo 13 #4
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Capítulo 13 #4

No intenté imaginar el agua. Conté sin pronunciar los números, procurando que cada segundo ocupara su duración real.

Antes de llegar al tercero, sentí el impulso de abrir los ojos.

En el quinto, el silencio ya exigía una explicación.

Cuando Adriana dijo «fin», había tenido tiempo de pensar en Nadia, en Nora, en Mauro y en la trabajadora que había aparecido en mi puerta durante la noche.

Nueve segundos podían contener una duda.

También podían contener su corrección, sobre todo cuando la acción necesaria había sido establecida de antemano.

Abrí los ojos.

—Otra vez —dije.

—No es necesario.

—Para mí sí.

Adriana aceptó. Esta vez miré las nueve hojas mientras transcurría el intervalo.

La señal permanecía en la primera. En el segundo fotograma yo ya había consultado el tiempo.

En el tercero me acercaba. En el cuarto hablaba.

No había esperado nueve segundos antes de empezar a reaccionar; había reaccionado durante los nueve segundos de una manera que prolongaba el ejercicio.

Cuando Adriana indicó el final, apoyé las manos sobre las piernas.

—No me quedé quieto —dije.

—No.

—Tampoco perdí la capacidad de decidir.

—No.

—Decidí varias cosas.

—Sí.

—Mirar el tiempo. Comprobar su estado. Esperar otro gesto.

—Sí.

—Y no decidí sacarla hasta que vi que perdía el control.

—Sí.

La secuencia no necesitaba una palabra más grave. Decisión bastaba.

—¿Qué ocurre ahora? —pregunté.

—Descansamos.

—No.

Mauro levantó la cabeza.

—Has acordado que ella dirige la sesión.

—No estoy negándome. Quiero terminar la respuesta.

Adriana esperó.

—Durante meses preguntasteis por qué esperé —continué—. Creo que la pregunta estaba mal formulada.

—¿Cómo debería formularse?

—No esperé una sola cosa. Esperé varias confirmaciones. Que repitiera la señal, que intentara salir, que el cuerpo mostrara peligro, que el cronómetro llegara al límite. Cada confirmación sustituyó a la anterior porque ninguna me parecía suficiente mientras el ejercicio todavía podía ofrecer algo.

Adriana no escribió. La grabadora recogía la frase, pero ella permanecía presente, sin convertir el momento en una nota antes de que terminara.

—¿Qué podía ofrecer? —preguntó.

—El instante en que dejaba de actuar.

—¿Y la señal no demostraba ya que había dejado de hacerlo?

—Demostraba que quería terminar.

—¿No era suficiente?

—Debía haberlo sido.

—No te pregunto qué debía ocurrir. Te pregunto por qué no lo fue.

La respuesta estaba en la curiosidad, aunque la palabra parecía demasiado inocente.

También había ambición, necesidad de control y el deseo de demostrar que mi método alcanzaba una verdad que la prudencia de Nadia, Marina y la producción intentaba impedir.

Sin embargo, ninguna de esas motivaciones exigía que quisiera hacerle daño.

Bastaba con que, durante nueve segundos, su seguridad ocupara un lugar inferior a la necesidad de comprobar qué ocurriría si continuábamos.

—Porque quería verlo —dije.

—¿Qué?

—Lo que venía después del miedo. El momento en que el cuerpo dejaba de sostener la escena y aparecía algo que no podía fingirse.

—¿Aunque Nadia había pedido salir antes?

—Sí.

La palabra resultó más difícil que todas las anteriores. No contenía una intención de muerte, pero reconocía la elección que la había hecho posible.

Adriana recogió las hojas una por una, manteniéndolas en el mismo orden.

—Terminamos por hoy.

Esta vez no discutí. Mauro guardó la transcripción en la funda y me preguntó si podía caminar. Asentí. Las piernas estaban firmes, aunque el cuerpo parecía haber permanecido mucho más tiempo dentro de la habitación.

Al salir, miré la sala al otro lado del cristal.

No había agua, actores ni una cámara preparada para registrar un experimento.

Solo sillas apiladas y la tarima vacía. Durante meses había necesitado que aquel espacio reprodujera el pasado porque creía que la repetición podía ofrecer una respuesta distinta.

Ahora comprendía que la conducta se había repetido precisamente porque yo seguía buscando una diferencia que me permitiera esperar un poco más.

Regresamos a la planta. Mauro caminó a mi lado, sin sujetarme. Cuando llegamos a la habitación, dejó la funda dentro del cajón y cerró con una llave pequeña.

—Creía que podía conservarla —dije.

—Hoy no.

—No voy a discutirlo.

Mauro mantuvo la mano sobre la llave.

—¿Qué necesitas?

—Dormir.

—¿Quieres medicación adicional?

—No.

—De acuerdo.

Se dirigió hacia la puerta. Antes de que saliera, pregunté:

—¿Tú creías que estaba intentando encontrar una forma de salvarme?

Mauro se volvió.

—Sí.

—¿Y ahora?

—Creo que estabas intentando encontrar una forma de que las dos cosas fueran ciertas: que respetabas la señal y que podías esperar. No pueden serlo.

—No.

—¿Vas a recordar eso mañana?

La pregunta no era cruel. Nuestra historia justificaba la duda.

—No lo sé.

—Entonces lo hemos grabado.

—Una grabación no obliga a nadie a aceptar lo que dijo.

—No. Pero puede impedir que asegures que nunca lo dijiste.

Mauro salió y dejó la puerta abierta.

No dormí de inmediato. Me tumbé, observando la pulsera alrededor de la muñeca y escuchando los pasos del corredor.

La sesión regresó varias veces, pero ya no como una secuencia fragmentada.

La señal no había abierto un vacío. Había iniciado una evaluación.

Miré el tiempo, observé a Nadia, esperé otra confirmación y mantuve el ejercicio en marcha hasta que el cuerpo produjo una evidencia más fuerte que su decisión.

No había esperado porque no comprendiera.

No había esperado porque estuviera paralizado.

Tampoco porque creyera que los golpes no significaban nada.

Había entendido lo que Nadia pedía y, durante nueve segundos, consideré que todavía podía decidir algo distinto.

No esperé porque no supiera qué estaba pasando. Esperé para ver qué ocurría después.