La última función Capítulo 13
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Capítulo 13

Nueve segundos

Durante la noche, la transcripción permaneció dentro de la funda transparente sobre mi mesa.

Mauro había autorizado que la conservara con la condición de que no la leyera durante más de veinte minutos seguidos y de que avisara si empezaba a escuchar agua, percibir olor a cloro o sentir que la habitación se transformaba en la sala de la prueba.

Las condiciones parecían absurdas hasta que comprendí que describían episodios anteriores, respuestas que mi cuerpo había reproducido tantas veces que el equipo podía anticiparlas con la precisión de una puesta en escena.

Dejé la funda debajo del libro, bebí el agua de la medicación y me acosté.

Cinco minutos después volví a levantarme.

No leí toda la página. Me limité a mirar las cifras.

El segundo treinta y dos contenía la señal.

El cuarenta y uno, la entrada de mis brazos en el agua.

Entre ambos aparecían ocho coma seis segundos, redondeados a nueve por la misma clase de simplificación con que se llama una hora a cincuenta y ocho minutos o una muerte instantánea a un proceso que ha ocupado varios instantes.

La precisión debía importar. Un tribunal, un investigador o un médico no confundirían ocho segundos con nueve si la diferencia alterara una dosis, una velocidad o una responsabilidad.

Sin embargo, cuanto más observaba el decimal, más evidente resultaba que no intentaba mejorar la medida, sino reducir su significado.

Ocho coma seis parecía pertenecer a un aparato; nueve, a una persona que esperaba bajo el agua.

Activé el cronómetro de mi teléfono y lo dejé sobre la mesa. Cuando la pantalla marcó cero, golpeé dos veces con los nudillos y esperé hasta que alcanzó ocho segundos y seis décimas.

El intervalo fue más largo de lo que la cifra prometía.

Tuve tiempo de bajar la mano, mirar la pantalla, pensar que aquella reproducción no demostraba nada, escuchar el paso de una trabajadora por el corredor y preguntarme si Mauro habría dejado instrucciones para que comprobara la luz bajo mi puerta.

También tuve tiempo de recordar que Nadia no veía el cronómetro.

Ella solo sabía que había dado la señal y que yo estaba al otro lado.

Durante ocho segundos y seis décimas, el acuerdo debió de seguir existiendo para ella como una acción pendiente.

No sabía que yo observaba el tiempo, que interpretaba su movimiento o que quizá estaba intentando decidir si necesitaba intervenir.

Había entregado la decisión mediante los golpes y esperaba que el mundo respondiera de la forma pactada.

Repetí el intervalo.

Esta vez intenté no pensar. Quería comprobar si nueve segundos podían transcurrir como una vacilación sin contenido, un espacio mental comparable al instante en que alguien tarda en comprender una palabra inesperada.

No funcionó. La atención llenaba cada fracción.

Al tercer segundo ya era consciente de que seguía sin moverme; al quinto, la demora se había convertido en una conducta; al séptimo, cualquier explicación basada en la sorpresa empezaba a resultar insuficiente.

Cuando la pantalla alcanzó ocho coma seis, no había atravesado un vacío.

Había permanecido voluntariamente junto a una decisión que sabía que debía tomar.

Golpeé una tercera vez.

La trabajadora apareció en la puerta antes de que el cronómetro llegara al final.

—¿Qué estás haciendo?

—Midiendo.

Miró el teléfono, la funda transparente y mis nudillos sobre la mesa. Se acercó sin entrar del todo.

—Mauro dijo que no trabajaras solo con la transcripción.

—No estoy reconstruyendo la escena.

—Estás utilizando la señal.

—Es un sonido.

—Para ti no.

La mujer no intentó quitarme el teléfono.

Me pidió que dejara la funda en el cajón y regresara a la cama.

Obedecí, aunque su presencia había demostrado otra diferencia: después de mis dos golpes, alguien había aparecido en menos tiempo del que yo tardé en sacar a Nadia.

La trabajadora no necesitó saber si existía un peligro real.

Reconoció un sonido asociado a una petición y comprobó qué ocurría. La explicación vino después.

—¿Cuánto has tardado? —pregunté.

—¿En qué?

—Desde los golpes hasta llegar a la puerta.

—No lo sé.

—Menos de nueve segundos.

—Probablemente.

—¿Y si hubiese estado midiendo sin necesitar ayuda?

—Lo habríamos aclarado.

La respuesta no contenía ninguna humillación.

Ella podía haber interrumpido un experimento inútil y marcharse al descubrir que yo no estaba en peligro.

Para mí, detener el ejercicio de Nadia había parecido una pérdida irreversible, como si sacarla del agua antes de alcanzar el límite impidiera recuperar algo que solo aparecería una vez.

La trabajadora no había considerado que mi cronómetro mereciera más protección que la posibilidad de que necesitara ayuda.

Guardé la hoja y me acosté. La mujer permaneció en el umbral hasta que apagué la lámpara. No dormí, pero dejé de medir.

A la mañana siguiente, Mauro encontró el teléfono sobre la mesa con el cronómetro detenido en ocho segundos y sesenta centésimas.

No preguntó cómo había llegado hasta allí; la trabajadora ya se lo habría contado.

Colocó el desayuno, comprobó mi pulsera y abrió el cajón para asegurarse de que la transcripción continuara dentro.

—No estaba intentando hacerme daño —dije.

—No he dicho eso.

—Solo quería sentir cuánto duraba.

—No puedes sentir lo que duró para Nadia mirando una pantalla.

—Eso mismo pensé.

Mauro dejó los comprimidos junto al café.

—¿Y qué sentiste?

—Que era largo.

—Sí.

—También que, en una situación intensa, la percepción podía funcionar de otra manera.

—Ya has empezado.

—¿Qué?

—A construir la excepción. Primero reconoces que fue largo y después introduces la intensidad para explicar por qué quizá no lo pareció entonces.

—Ambas cosas pueden ser ciertas.

—Siempre pueden. La cuestión es cuál utilizas para no llegar a la siguiente.

Tomé la medicación. Mauro esperó a que bebiera y después guardó el vaso.

—Adriana quiere trabajar segundo por segundo —dijo.

—Eso es exactamente lo que he estado haciendo.

—No. Tú estás utilizando el cronómetro para discutir la medida. Ella quiere que describas qué hiciste en cada momento y qué explicación das ahora.

—¿Con el vídeo?

—Con fotogramas y transcripción. No la reproducción continua.

La distinción me decepcionó. Una secuencia detenida puede convertir un movimiento en una serie de decisiones independientes, mientras que el vídeo muestra cómo una acción arrastra a la siguiente.

Adriana sabía que los fotogramas podían obligarme a responsabilizarme de cada gesto, pero también eliminarían la continuidad que quizá explicaba la demora.

—Quiero ver el movimiento completo —dije.

—No hoy.

—Un fotograma no demuestra que tuviera tiempo de pensar entre una posición y otra.

—Tampoco vamos a afirmar que formularas un razonamiento completo en cada segundo.

—Entonces ¿qué buscan?

Mauro se sentó frente a mí. No llevaba la carpeta, pero su presencia indicaba que había preparado la respuesta con Adriana.

—Que dejes de utilizar explicaciones incompatibles como si todas pudieran protegerte a la vez.

—No son incompatibles necesariamente.

—Dijiste que no reconociste la señal, que te quedaste paralizado, que creíste que Nadia estaba actuando, que pensaste que aún podía seguir, que empezaste a prepararte para sacarla y que no comprendiste que estaba en peligro hasta el segundo cuarenta.

Cada versión exige que estuvieras haciendo algo distinto.

—Una persona puede experimentar varias cosas.

—Sí, pero no puede no reconocer una señal y al mismo tiempo decidir que quien la da todavía puede continuar.

La frase establecía una contradicción que yo había evitado durante meses. Si no comprendí los golpes, no podía haber evaluado si obedecerlos. Si los comprendí y pensé que Nadia podía seguir, la demora ya no pertenecía a la confusión.

—Pude reconocer el sonido sin procesar su significado completo —respondí.

—Lo repetiste ante la cámara diez minutos antes.

—La comprensión no es automática bajo presión.

—Entonces trabajaremos esa posibilidad.

Mauro se levantó.

—La sesión es a las diez.

—¿Detendrás si consideras que estoy utilizando una defensa?

—No. Adriana puede señalarla. Yo detendré si empiezas a perder el presente o si pides parar.

—¿Y si creo que la sesión está a punto de producir algo?

—No eres quien la dirige.

La respuesta ya no necesitaba ser discutida. Era una condición real del espacio.

A las diez, entramos en la misma habitación detrás del cristal.

La sala polivalente permanecía vacía al otro lado, pero las luces estaban apagadas y el cristal devolvía con mayor claridad nuestros reflejos.

Adriana había colocado tres sillas frente al monitor.

En la mesa había nueve hojas boca abajo, una por cada segundo del intervalo, aunque las marcas reales no coincidían de forma perfecta con unidades enteras.

La organización resultaba teatral: nueve páginas, nueve etapas, una revelación reservada para el final.

Decidí no señalarlo. Que la estructura se pareciera a una escena no convertía automáticamente a quienes estaban dentro en personajes bajo mi autoridad.

—Antes de empezar —dijo Adriana—, quiero que repitas lo que fijamos ayer.

—Vi la señal y comprendí su significado en ese momento.

—¿Qué significaba?

—Que debía sacar a Nadia del agua sin preguntar, esperar ni decidir si podía continuar.

—¿Mantienes esa afirmación?

La memoria de los golpes seguía clara. Podía intentar reducirla a una certeza construida durante el tratamiento, pero la imagen no procedía únicamente de la transcripción. Veía mi cabeza levantándose después del primer sonido y la mano de Nadia produciendo el segundo.

—Sí.