Capítulo 12 #4
Miré el cronómetro en el segundo treinta y tres. Me incliné en el treinta y cuatro. Hablé en el treinta y cinco. Apoyé una mano en el borde durante el treinta y seis. Volví a mirar el tiempo en el treinta y ocho. Me incorporé en el cuarenta. La extracción empezó en el cuarenta y uno.
Cada acción podía presentarse como preparación para ayudar. También podía ser la conducta de quien observa y evalúa si todavía debe hacerlo. La diferencia no estaba en un gesto aislado, sino en que ninguno cumplía la promesa inmediata.
—Quiero ver el vídeo —dije.
—Hoy no —respondió Adriana.
—Acabo de leerlo.
—Y estás intentando reducir el intervalo mediante décimas, atribuir un significado protector a cada movimiento y utilizar una frase inaudible para construir una intención.
—Eso es analizar.
—Sí. Y necesitamos que puedas analizar sin borrar la secuencia básica.
—La secuencia básica no explica por qué.
—No todavía.
—Entonces la transcripción no sirve.
—Sirve para que no conviertas la mirada de Nadia en algo que solo tú puedes interpretar.
La frase me hizo levantar la cabeza.
—La mirada importa.
—Sí.
—Ella podía estar consciente, controlar la situación y esperar que yo respetara el límite máximo.
—Había dado la señal.
—Una señal puede nacer del miedo antes de que exista peligro físico.
—No necesitaba existir peligro físico.
—Eso es lo que todos repiten.
—Porque era el acuerdo.
La claridad volvía siempre al mismo punto. Yo intentaba reconstruir el estado interno de Nadia para decidir si los golpes respondían a un riesgo auténtico. Ella había diseñado la señal para impedir que su estado interno necesitara ser evaluado.
—¿Qué ocurrió después del segundo cuarenta y uno? —pregunté.
Adriana colocó una mano sobre las páginas siguientes.
—No hoy.
—Sé que intenté reanimarla.
—Sí.
—Sé que llamé a emergencias.
—Sí.
—Entonces la cronología completa incluye que reaccioné.
—Nunca hemos negado eso.
—Podría haber querido observar sin comprender que estaba inconsciente.
—Eso pertenece a los próximos capítulos de la reconstrucción.
La palabra capítulos apareció de manera natural en mi pensamiento, aunque Adriana había dicho etapas o sesiones.
Noté la facilidad con que todo volvía a organizarse como una obra: el cristal, los vídeos, la transcripción y la revelación final cuidadosamente aplazada.
No necesitaba negar esa tendencia; bastaba con no permitir que determinara qué podía hacer con quienes participaban.
—¿Por qué no enseñarme el vídeo ahora? —pregunté.
—Porque cuando ves a Nadia tiendes a dejar de reconocer el presente. La última vez intentaste atravesar el cristal, afirmaste que podíamos intervenir si reproducíamos la secuencia desde otro ángulo y pasaste horas hablando con ella en la sala vacía.
—Eso fue antes de recordar que vi la señal.
—Precisamente. Ahora necesitamos comprobar que la certeza permanece sin obligarte a vivir la escena completa de una vez.
—Otra selección por mi bien.
—Sí.
Adriana no intentó ocultarlo.
—¿Y si me niego a continuar gradualmente?
—No veremos el vídeo hoy.
—Entonces no es una elección.
—Puedes elegir participar o no. No puedes elegir todas las condiciones de acceso a un material que ha precipitado crisis graves.
—Es mi grabación.
—También muestra la muerte de Nadia.
La frase retiró mi reclamación de propiedad. La cámara había sido mía, el mando había estado en mi mano y yo entregué la tarjeta a la investigación, pero la imagen contenía el cuerpo y los últimos instantes de otra persona. No podía tratarla como material personal.
—¿Su familia autorizó que la viera? —pregunté.
—Sí, dentro del tratamiento y con condiciones.
—¿Por qué?
—Porque querían que dejaras de afirmar que Nadia seguía viva, que otra persona había manipulado la prueba o que el vídeo pertenecía a una escena inconclusa.
—¿Hablaron contigo?
—Varias veces.
—¿Y conmigo?
—Tu madre y tu hermano sí. La familia de Nadia no quiere contacto directo.
—No recuerdo haberlo pedido.
—Lo pediste muchas veces.
—¿Qué les escribí?
—No vamos a entrar ahí ahora.
Otra puerta cerrada. Esta vez no insistí. Las páginas de la transcripción seguían delante de mí.
Volví al segundo treinta y dos. El primer golpe había ocurrido en el 35.
7 del reloj absoluto; el segundo, siete décimas después.
La extracción comenzaba en el 44.9. Ocho segundos y medio largos, redondeados a nueve porque el cuerpo no vive en decimales.
Durante ellos, Nadia había pasado de una señal consciente a la pérdida de estabilidad.
Yo había permanecido suficientemente cerca para verlo.
—¿Cuánto dura la grabación de la señal a la extracción cuando se reproduce a velocidad normal? —pregunté.
—Lo mismo —respondió Mauro—. Ocho coma seis segundos.
—No me refiero a la cifra. Me refiero a cómo se siente.
Mauro miró el monitor apagado.
—Largo.
Adriana retiró las hojas restantes y dejó solo la página con las marcas del treinta y dos al cuarenta y uno.
—Quiero que te lleves una copia de esta parte —dijo.
—Creía que no podía acceder a material sin supervisión.
—Será una copia controlada, sin imágenes ni información de otros pacientes. Mauro la guardará en tu habitación y podrás leerla durante periodos breves.
—¿Para memorizar una versión?
—Para que no necesites reconstruir las marcas cada vez.
La hoja se convertiría en otro objeto dentro de la habitación, como la pulsera y la frase de orientación. Podía interpretarla como una imposición o como un anclaje. Ambas funciones coexistían.
—Quiero añadir una frase —dije.
—¿Cuál?
—«Víctor vio la señal».
Adriana me observó.
—Ya está implícito en la descripción.
—No. Quiero que figure.
—¿Por qué?
—Porque mañana podría decir que miré la mano sin comprender.
Mauro no se movió. Adriana cogió un bolígrafo y escribió debajo de la línea del segundo golpe:
Víctor orienta la mirada hacia la señal y posteriormente reconoce haber comprendido su significado.
—No «posteriormente» —dije—. La comprendí entonces.
Ella levantó la vista.
—¿Estás seguro?
El sonido de los golpes regresó. Primer impacto. Mi cabeza elevándose. Segundo impacto. La promesa pronunciada ante la cámara minutos antes.
—Sí.
Adriana tachó la palabra y reescribió:
Víctor orienta la mirada hacia la señal y reconoce su significado en ese momento.
La frase no explicaba por qué esperé. Solo eliminaba una defensa.
—Firma —dijo.
—¿Es necesario?
—No. Pero has pedido que quede fijado.
Firmé junto a la anotación. La caligrafía se parecía a la del ingreso: el apellido perdía firmeza al final, aunque la mano no tembló.
Adriana guardó el resto del material. Mauro introdujo la copia en una funda transparente.
—La sesión ha terminado —dijo ella.
Miré la mesa. No había golpeado, pedido una pausa ni perdido la continuidad. Aun así, sentía el cansancio físico de haber permanecido horas dentro de la sala del tanque.
—Quiero quedarme un minuto —dije.
—¿Solo?
—Con Mauro.
Adriana lo miró. Él asintió. Ella salió y dejó la puerta abierta.
Durante unos segundos observamos la sala al otro lado del cristal.
Vacía, real y disponible para otras personas.
Desde allí no parecía un teatro ni una unidad clínica, sino un espacio que podía sostener ambas funciones dependiendo de aquello que ocurriera dentro.
La diferencia ya no estaba en los objetos.
—¿Qué viste la primera vez que miraste la grabación? —pregunté.
Mauro mantuvo la vista sobre la sala.
—A ti.
—No es una respuesta.
—Durante meses había escuchado tus versiones. Un técnico, una cámara defectuosa, una señal ambigua, una parálisis. Cuando vi la secuencia completa, entendí que todas intentaban cubrir lo mismo.
—¿Qué?
—Que estabas allí.
La frase parecía demasiado elemental. Sin embargo, ese había sido el trabajo de las figuras invisibles, los productores y los técnicos que mi memoria introducía: impedir que la escena contuviera solo a Nadia y a mí.
—¿Y qué viste en mi cara? —pregunté.
—Que reconociste los golpes.
—Después.
—Curiosidad.
La palabra no necesitó aislamiento. Permaneció dentro de su respuesta, vinculada a la mirada, al cronómetro y a los segundos posteriores.
—¿Maldad?
—No.
—¿Indiferencia?
—No exactamente.
—Entonces ¿qué?
Mauro tardó en responder.
—La convicción de que todavía estabas autorizado a decidir.
Miré la sala vacía. En ella había hecho lo mismo con Nora, Teresa, Julia y todos los que habían entrado creyendo que una actividad podía detenerse mediante una palabra.
Los hechos eran reales. Las personas también.
La ficción había consistido en asignarme una autoridad que la situación no me concedía.
Mauro se levantó.
—Tenemos que volver.
Cogí la funda con la transcripción. Antes de salir, volví a leer las marcas.
Segundo treinta y dos: dos golpes.
Segundo treinta y tres: miré el cronómetro.
Segundo treinta y cuatro: me incliné.
Segundo treinta y cinco: pronuncié algo.
Segundo treinta y seis: apoyé una mano sobre el borde.
Segundo treinta y ocho: volví a mirar el tiempo.
Segundo cuarenta: empecé a incorporarme.
Segundo cuarenta y uno: introduje los brazos.
Había pasado meses hablando de nueve segundos como si fueran una habitación oscura donde nada podía conocerse. La transcripción demostraba lo contrario. La espera estaba llena de acciones.
Y todas eran mías.