La última función Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

—Una interpretación funcional.

—Exacto.

La expresión resultaba más precisa que delirio.

Mi error no consistía en ver una luz inexistente o hablar con un hombre que nadie más podía percibir, aunque también hubiera tenido episodios de esa clase.

En Santa Elvira había construido una red de funciones alternativas sobre elementos reales.

La sala era escenario porque necesitaba dirigir.

Adriana era productora porque podía negociar con ella sin aceptar que estaba en tratamiento.

Mauro era regidor porque obedecer a un enfermero me convertía en paciente, mientras discutir con un regidor conservaba mi autoridad.

Los participantes eran actores porque admitir que trabajaba con personas vulnerables dentro de un hospital habría exigido reconocer de inmediato la repetición.

—¿Cuándo empezó la versión de mi regreso? —pregunté.

—Después de la entrevista en que recordaste por primera vez el segundo treinta y dos —respondió Adriana—.

Estuviste varios días desorganizado. Cuando volviste a entrar en la sala, dijiste que la producción había aceptado devolverte el proyecto y que todo lo anterior habían sido pruebas preliminares.

—¿Y vosotros seguisteis?

—Intentamos corregirte. Te negaste a entrar, dejaste de tomar la medicación y pasaste dos días hablando con Nadia en la habitación. El equipo decidió permitir una nueva estructura controlada, con normas más estrictas y sin mostrarte de inmediato que ya habías trabajado con el grupo.

—Me hicieron creer que era la primera vez.

—No te dijimos que lo fuera.

—Tampoco lo negaron con claridad.

—No.

Adriana aceptó la responsabilidad sin intentar convertirla en una omisión benévola.

—¿Y la frase de Nora en la oscuridad? —pregunté.

—Sabíamos que la conocía de una lectura anterior. No le pedimos que la utilizara. La pronunció cuando la miraste y ella sintió que estabas empezando a asignarle otra vez el lugar de Nadia.

—Entonces no fue una trampa preparada.

—No.

—Pero sabíais lo que podía producir.

—Sí.

El programa entero había dependido de una esperanza semejante a la mía: que una situación intensa permitiera acceder a algo verdadero antes de causar demasiado daño.

Ellos habían colocado límites, supervisión y protocolos, pero seguían utilizando personas reales para provocar recuerdos.

La diferencia existía, aunque no era absoluta.

—¿Qué esperabais que ocurriera? —pregunté.

—Que reconocieras a Nora, recordaras las sesiones anteriores y pudieras continuar sin convertirla en sustituta.

—¿Y cuando no ocurrió?

—Deberíamos haber detenido el programa antes.

Mauro miró a Adriana. Habían discutido esa admisión fuera de mi presencia.

—¿Por qué no lo hicisteis? —pregunté.

—Porque empezaste a recordar la señal de Nadia —respondió ella—. Creí que estábamos cerca de un punto al que no habías llegado de forma estable.

—El resultado justificaba el riesgo.

Adriana tardó unos segundos.

—Eso pensamos.

La repetición de mi lógica dentro de Santa Elvira no me absolvía, pero impedía que ellos utilizaran una superioridad moral completa.

La diferencia estaba en qué habían hecho al reconocer el daño.

Habían suspendido el grupo, aunque después de varias sesiones y de permitir que Nora regresara a una estructura que ya conocían.

—¿Nora sabe que admites el error? —pregunté.

—Sí.

—¿Y le sirve?

—No lo suficiente.

La respuesta era honesta. Una admisión no deshacía la experiencia ni obligaba a quien había sido utilizado a encontrar alivio en ella.

Adriana apagó el monitor. La sala real permaneció visible al otro lado del cristal. Seguía vacía, iluminada y disponible para actividades que no me incluían.

—¿Quieres descansar? —preguntó.

—No.

—Lo siguiente es distinto.

—La transcripción.

—Sí.

—Quiero el vídeo.

—Hoy veremos primero la secuencia escrita.

—Una transcripción elimina precisamente lo importante.

—¿Qué?

—La respiración, la mirada, el intervalo entre el gesto y su significado, la forma en que Nadia movía el cuerpo. Convierte cuarenta y un segundos en líneas que parecen equivalentes.

—Las marcas temporales no son equivalentes.

—Pero el lenguaje las aplana.

—Por eso no pretendemos sustituir la grabación. Queremos fijar la cronología antes de que la imagen vuelva a absorberla.

—La imagen es el hecho.

—No. También es algo que interpretas.

—Una transcripción también.

—Sí.

Adriana no intentó presentar el documento como neutral. Abrió una carpeta física y extrajo varias hojas. Cada línea llevaba una marca temporal, una descripción de la imagen y, cuando existía, el diálogo. No me las entregó de inmediato.

—Puedes detenerte en cualquier momento —dijo.

—Ya lo sé.

—Quiero que lo digas.

La exigencia me molestó, aunque comprendía su propósito.

—Puedo detenerme hablando o mediante dos golpes. Si lo hago, paramos antes de discutir el motivo.

Adriana dejó las hojas frente a mí.

La primera página comenzaba varios minutos antes del ejercicio. Aparecíamos Nadia y yo frente a la cámara. La transcripción reproducía el acuerdo con una exactitud casi insoportable:

20:41:08 — NADIA: Dos golpes significa que termina la prueba. No que tengo miedo, no que estoy cerca, no que necesito una indicación. Termina.

20:41:17 — VÍCTOR: Dos golpes y te saco del agua.

20:41:22 — NADIA: Aunque creas que puedo seguir.

20:41:25 — VÍCTOR: Aunque crea que puedes seguir.

20:41:28 — NADIA: Sin esperar.

20:41:31 — VÍCTOR: Sin esperar.

Las palabras ocupaban líneas separadas, pero yo recordaba la respiración entre ellas, la forma en que Nadia había sostenido mi mirada y la irritación que sentí al tener que repetir una promesa ante la cámara.

El documento no mostraba el tono, aunque una observación lateral describía que Nadia miraba al objetivo y que yo desviaba la vista hacia el tanque antes de terminar.

—¿Quién redactó esto? —pregunté.

—Dos profesionales independientes revisaron las grabaciones —respondió Adriana—. Después se compararon las transcripciones.

—¿Profesionales de qué?

—Análisis forense audiovisual.

—Entonces la selección ya estaba dirigida hacia una responsabilidad.

—La investigación necesitaba establecer la secuencia.

—No la intención.

—No.

Pasé la página. El ejercicio empezaba a las 20:47:03. Las marcas mostraban la activación del cronómetro, la inmersión y cada movimiento relevante. A los doce segundos, Nadia abría los ojos. A los veintisiete, levantaba una mano. A los treinta, su cuerpo empezaba a cambiar de posición.

Llegué al segundo treinta y dos.

20:47:35.1 — Nadia extiende la mano derecha hacia el lateral transparente.

20:47:35.7 — Primer golpe claramente audible. Víctor levanta la cabeza y dirige la mirada hacia la mano.

20:47:36.4 — Segundo golpe claramente audible. Víctor mantiene la mirada sobre la mano de Nadia.

Debajo había una línea sombreada:

INICIO DE LA SEÑAL ACORDADA: SEGUNDO 32.

La página siguiente no describía una ausencia. Estaba llena de acciones pequeñas.

Segundo 33: Víctor dirige la mirada al cronómetro.

Segundo 34: Nadia mueve la mano hacia el borde superior. Víctor se inclina aproximadamente doce centímetros hacia el tanque.

Segundo 35: Víctor pronuncia una frase no completamente inteligible. El análisis de audio propone «aguanta» o «un poco».

Segundo 36: Nadia flexiona el torso. Víctor mantiene una mano sobre el borde exterior sin introducirla en el agua.

Segundo 37: Nadia mueve de nuevo la mano derecha, sin producir un golpe claro.

Segundo 38: Víctor mira el cronómetro.

Segundo 39: Nadia pierde estabilidad y el hombro derecho desciende.

Segundo 40: Víctor se incorpora y desplaza la mano hacia el agua.

Segundo 41: Víctor introduce ambos brazos y extrae a Nadia.

No había inmovilidad completa. La transcripción mostraba una secuencia de observación, evaluación y aproximación. Yo miraba el cronómetro dos veces. Me inclinaba. Quizá pronunciaba una indicación. Solo en el segundo cuarenta iniciaba la intervención.

—La frase no es inteligible —dije.

—No.

—Entonces no puede afirmarse que dijera «aguanta».

—No se afirma.

—La incluyen para dirigir la lectura.

—Se incluyen las dos hipótesis propuestas por el análisis.

—«Un poco» también puede pertenecer a cualquier frase.

—Sí.

—Podía estar diciendo «espera un poco» mientras me preparaba para sacarla.

Mauro habló desde su silla.

—¿Por qué le pedirías que esperara si ya había dado la señal?

—Podía hablarme a mí mismo.

—La frase no es el centro —intervino Adriana—. La cronología no depende de ella.

Volví a las marcas temporales. La señal terminaba en el segundo treinta y dos. La intervención comenzaba en el cuarenta y uno. Entre ambas no había un vacío psicológico que pudiera llenarse con la palabra parálisis. Había miradas, movimientos y decisiones parciales.

—El primer golpe ocurre al final del treinta y dos —dije—. Si empiezo a sacarla al principio del cuarenta y uno, no son nueve segundos completos.

Adriana no reaccionó.

—La diferencia exacta entre el segundo impacto y el inicio de la extracción es de ocho coma seis segundos —explicó—. En el tratamiento y en los informes se redondea a nueve.

—Entonces nueve no es exacto.

—Ocho coma seis tampoco cambia la secuencia.

Mi mente había encontrado una fisura inferior a medio segundo y se aferraba a ella con la misma rapidez con que había utilizado los cuarenta segundos como límite máximo. Las cifras no mentían, pero yo elegía cuál debía convertirse en centro.

—¿Por qué hablan del segundo cuarenta y uno si la intervención comienza antes de que termine? —pregunté.

—Porque el fotograma en que tus brazos atraviesan la superficie corresponde a esa marca.

—Podía haber decidido moverme en el cuarenta.

—La decisión no está registrada. El movimiento sí.

—Entonces no pueden saber cuánto esperé antes de decidir.

—No estamos diciendo que tomaras una única decisión en el segundo cuarenta y uno. Estamos observando todo lo que hiciste desde que reconociste la señal.

Leí otra vez.