Capítulo 12 #2
Volví a mirar el monitor. Mi cuerpo grabado permanecía inclinado hacia Nora.
Las demás personas habían dejado de existir para mí.
Teresa observaba con ansiedad, Esteban había cruzado los brazos y Mauro se preparaba para acercarse.
La estructura se había formado en menos de un minuto: Adriana, la productora que intentaba limitar el trabajo; Mauro, el regidor dispuesto a interrumpir; los participantes, un reparto todavía sin asignación; Nora, la actriz central.
—Reconocí la frase —dije.
—¿Reconociste a Nora?
—No la recordaba.
—La habías visto durante dos meses.
—Eso no aparece en el fragmento.
Adriana reanudó la grabación.
Yo pedía a Nora que se levantara. Ella miraba primero a Adriana, quien le preguntaba si quería hacerlo. Nora asentía. Se colocaba frente al escenario y leía otra vez la frase. Entonces yo me levantaba también, caminaba alrededor de ella y corregía la posición de sus hombros sin tocarla.
—No te escondas en la camiseta —decía.
—Estoy cómoda así.
—No he hablado de comodidad.
Mauro intervenía desde la puerta:
—No corrijas su cuerpo.
—Estoy describiendo una postura.
—La estás acercando a una imagen.
—Toda dirección acerca un cuerpo a una imagen.
Adriana volvió a pausar.
—¿Sabías qué imagen? —preguntó.
—Nadia.
—Sí.
La aceptación ya no requería una defensa inmediata.
—¿Nora se parecía a ella en esa grabación? —continuó.
Observé el cuerpo detenido en la pantalla. Nora llevaba el cabello corto, una camiseta amplia y pantalones deportivos. Su rostro, altura y forma de moverse no coincidían con los de Nadia. Solo la postura había empezado a acercarse porque yo la estaba corrigiendo.
—No físicamente.
—Entonces el parecido no precedió a la dirección.
—Reconocí una resistencia.
—Y la convertiste en una semejanza.
La frase era precisa. Yo había afirmado desde el supuesto primer día que no se parecían, pero que compartían una forma de oponerse a mi mirada. A partir de ese reconocimiento, empecé a modificar a Nora hasta que cada gesto pudiera sostener la asociación.
—Continúa —dije.
La sesión grabada avanzó. Yo repartía funciones sin nombrarlas de manera explícita.
A Teresa le pedía que observara a Nora y detectara en qué momento intentaba agradar; a Samuel, que interrumpiera cuando considerara que yo estaba imponiendo una lectura; a Esteban, que permaneciera cerca sin ofrecer ayuda.
Cada indicación coincidía con los objetivos terapéuticos que había leído en el archivo, pero yo los convertía en papeles dentro de una escena.
—¿Quién te dio esa información? —pregunté.
—Parte había aparecido durante el grupo —respondió Adriana—. Otra la observaste. No accediste a los diagnósticos.
—Entonces el reparto no era una invención completa.
—Nadie ha dicho que lo fuera. Veías conductas reales. Lo que hacías era organizarlas para que todos ocuparan una función respecto a ti y a Nadia.
La pantalla mostraba a Samuel negándose a participar. Yo sonreía.
—Perfecto —decía—. Necesitábamos a alguien que creyera que puede permanecer fuera.
Samuel respondía que no necesitábamos nada de él.
—Eso es exactamente lo que diría tu personaje.
La frase anulaba cualquier salida. Si aceptaba, confirmaba la función; si se negaba, también. Recordé haber utilizado la misma estructura con Nora, Julia y Mauro.
—No les permitía no actuar —dije.
—No.
Adriana no celebró el reconocimiento. Dejó que continuara mirando.
La siguiente secuencia pertenecía a otra fecha.
Habían pasado tres semanas. La sala estaba dispuesta como un escenario frontal.
Yo permanecía sobre la tarima, mientras Nora leía un mensaje de Nadia.
Mauro estaba junto a ella, no a la puerta.
En el margen de la imagen aparecía un carro con agua, material médico y el pulsioxímetro que yo había considerado utilería técnica.
—¿Qué sesión era? —pregunté.
—La cuarta con Nora.
—La de los dos golpes.
—La señal se introdujo al final.
En la grabación, Nora leyó: «No conviertas mi miedo en una prueba de que estamos cerca». La frase pertenecía a Nadia, aunque no recordaba haberla visto antes del archivo. Mi rostro volvió a cambiar.
—No es miedo —dije desde la tarima—. Es la anticipación de una ruptura.
—Solo estoy leyendo —respondió Nora.
—Nadie solo lee.
—Es una frase de otra persona.
—Ahora está en tu cuerpo.
Nora dejó la hoja.
—No quiero seguir.
Yo no respondí inmediatamente. La demora fue breve, quizá un segundo, pero visible.
Adriana se inclinó hacia ella y preguntó si quería salir. Nora dijo que sí. Antes de que se levantara, mi voz entró otra vez:
—¿Quieres salir de la sala o de la frase?
Nora me miró.
—De las dos.
—No es lo mismo.
Mauro se colocó entre nosotros.
—Ha dicho que quiere salir.
—Y estoy intentando comprender de qué.
—Eso viene después.
La estructura de los nueve segundos ya existía incluso en una conversación sin agua. Una persona establecía un límite y yo reclamaba el derecho a definirlo antes de obedecer.
—Detén —dije.
Adriana pausó la imagen.
—¿Necesitas parar la sesión? —preguntó.
—No. El vídeo.
Ella obedeció. El monitor quedó congelado con Mauro de espaldas a la cámara y Nora parcialmente oculta detrás de él.
—¿Qué ocurre? —preguntó Mauro desde su silla.
—Nada.
—Has pedido detenerlo.
—Porque ya he entendido esta parte.
Adriana me observó.
—Dilo.
—No creía que la negativa fuese suficiente mientras existiera una distinción que ella no hubiera formulado.
—¿Y ahora?
—Ahora veo que la distinción era mía.
Mauro no respondió. Había escuchado versiones parecidas antes y sabía que la duración del reconocimiento importaba más que su elegancia.
—¿Quieres continuar? —preguntó Adriana.
—Sí.
El siguiente fragmento pertenecía a la sesión que había terminado con una demora de cinco segundos.
Nora estaba sentada en el suelo, con las manos apoyadas sobre las piernas.
No había oscuridad ni puerta bloqueada. La luz general estaba encendida y la sala contenía a todo el grupo.
Yo me encontraba frente a ella, a menos de un metro.
Mauro permanecía a un lado, preparado para intervenir.
Nora golpeó dos veces.
Los sonidos atravesaron los altavoces con una claridad que no había esperado. En la pantalla, mi cabeza se inclinó ligeramente. La señal había sido vista y oída. El cronómetro de la grabación permitió medir la espera sin necesidad de interpretación.
Primer segundo. Yo miraba la mano.
Segundo. Nora levantó la vista.
Tercero. Mis labios se separaron, aunque no pronuncié nada.
Cuarto. Mauro empezó a moverse.
Quinto. Yo levanté una mano, quizá para indicarle que esperara o para responder a Nora.
Mauro llegó antes.
Adriana detuvo la grabación.
Nadie habló durante unos segundos. La imagen mostraba mi rostro de perfil. No parecía confundido. Tampoco asustado. Había una concentración limpia, casi profesional, la misma expresión que utilizaba al observar el instante en que un actor abandonaba una conducta ensayada.
—Curiosidad —dije.
Nora había utilizado la palabra después de la sesión clandestina. Verla en mi cara resultaba distinto de escucharla como acusación.
—Sí —respondió Adriana.
—¿Eso escribisteis en el informe?
—Escribimos que la demora parecía vinculada a la observación de su respuesta posterior a la señal.
—Una formulación clínica para curiosidad.
—Una formulación que separa lo visible de la intención.
—La intención también se ve a veces.
Mauro se inclinó hacia delante.
—¿Qué ves tú?
Observé el rostro detenido.
—Que estaba esperando que ocurriera algo.
—¿Qué?
—Que repitiera la señal. Que intentara levantarse. Que el miedo cambiara al comprender que había recuperado el control.
—Eso mismo dijiste entonces —respondió Mauro.
—¿Y qué dije después?
—Que el ejercicio consistía en comprobar si obedecerías y que Nora podía haber utilizado los golpes como parte de la prueba.
La defensa había aparecido más tarde. Durante los cinco segundos, no necesitaba una explicación completa. Bastaba el impulso de observar un poco más.
Adriana cerró el vídeo y abrió otra carpeta en el ordenador.
—Ahora quiero enseñarte cómo cambiaste la función de las personas cuando revisamos esa sesión.
Apareció una entrevista grabada al día siguiente. Yo estaba sentado en el mismo espacio donde ahora nos encontrábamos, aunque llevaba ropa de hospital y la pulsera resultaba visible. Mauro permanecía a mi lado. Adriana aparecía reflejada parcialmente en el cristal.
En la grabación, yo afirmaba que Nora era actriz y que los dos golpes formaban parte de una prueba diseñada para observar mi reacción.
Adriana recordaba que el programa era terapéutico.
Yo respondía que todo programa basado en dramatización necesitaba un director y que ella había producido las condiciones.
Cuando Mauro decía que era enfermero, yo lo acusaba de abandonar su responsabilidad técnica después de intervenir tarde.
—No llegué tarde —respondía él.
—Cinco segundos.
—Estaba junto a la puerta. Tú estabas delante de ella.
—La distancia no elimina que esperaste.
La misma defensa había aparecido durante nuestra conversación reciente.
—¿Qué ocurrió después de esa entrevista? —pregunté.
Adriana cambió el archivo.
La siguiente imagen mostraba la sala vacía.
Yo entraba acompañado por Mauro, observaba las sillas apiladas y preguntaba cuándo llegaría el reparto.
Él respondía que el programa grupal se había suspendido.
Yo caminaba hasta el centro y afirmaba que una suspensión era una estrategia de producción para obligarme a aceptar cambios.
—¿No recordabas la sesión anterior? —pregunté.
—Recordabas fragmentos —dijo Adriana—. Pero habías reorganizado las funciones. Nora se convirtió en una actriz contratada por el centro, Mauro en el regidor que había intervenido fuera de tiempo y yo en una productora que utilizaba un supuesto protocolo para controlar el montaje.
—Los hechos seguían allí.
—Sí. Esa es la parte importante. No imaginabas una sala que no existía ni personas que nunca habían entrado. Cambiabas la razón por la que estaban allí.