La última función Capítulo 12
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Capítulo 12

Detrás del cristal

El cristal no vuelve objetiva una mirada.

Solo permite que quien observa se convenza de que su presencia no modifica aquello que sucede al otro lado.

Durante años había utilizado cabinas, monitores y cámaras para estudiar ensayos sin interrumpirlos, y nunca creí que la distancia me convirtiera en un testigo neutral.

Elegir dónde se coloca el objetivo, qué parte del cuerpo queda dentro del encuadre y cuánto tiempo se sostiene una imagen ya constituye una forma de dirección.

Incluso el espectador que permanece inmóvil interviene mediante la posibilidad de su juicio.

Lo único que ofrece el cristal es una coartada: uno puede mirar sin que lo miren y llamar después verdad a lo que ha conseguido ver.

Mauro llegó a mi habitación a las nueve y cuarto.

Llevaba el uniforme azul oscuro, la tarjeta de identificación y el manojo de llaves que ya no conseguía interpretar por completo como utilería, aunque su sonido continuaba produciendo en mí la sensación de que algo estaba a punto de comenzar.

No mencionó nuestra conversación de la tarde anterior ni la disculpa que había dejado sin resolver.

Comprobó la pulsera, me entregó la medicación y esperó a que desayunara antes de preguntarme si recordaba las condiciones.

—No te llamaré regidor —dije—. No afirmaré que formas parte de la escena y, si detienes la sesión, discutiremos después.

—Falta una.

—No utilizaré tu presencia para contradecir lo que vea.

Mauro asintió.

—Y tú puedes detenerte cuando quieras.

—Con dos golpes.

—También hablando.

La precisión no era innecesaria. Los dos golpes habían empezado a adquirir una autoridad superior a las palabras, cuando su propósito original era precisamente impedir que una palabra clara pudiera discutirse.

Podía decir basta, necesito parar o no quiero continuar.

La señal solo debía existir para los momentos en que hablar resultara imposible.

Salimos de la planta por un recorrido distinto del utilizado durante las entrevistas.

Atravesamos el comedor, bajamos una escalera y entramos en la zona administrativa mediante una tarjeta.

El pasillo terminaba en una puerta sin rótulo.

Detrás había una habitación estrecha, con dos sillas orientadas hacia un cristal oscuro y un monitor colocado sobre una mesa lateral.

Desde allí se veía la sala polivalente completa: la tarima, las sillas apiladas, las marcas de cinta y la mesa donde Mauro había colocado tantas veces el medidor de pulso.

No había nadie dentro. La luz general estaba encendida y la puerta principal permanecía abierta.

—¿Esta es la cabina? —pregunté.

—La sala de observación.

—Es lo mismo con otra función.

Mauro dejó una carpeta sobre la mesa.

—Recuerda lo que acordamos.

—He descrito un objeto.

—Has empezado a discutir el nombre.

—La habitación tiene un cristal unidireccional y permite observar la sala sin ser visto. Llamarla cabina no modifica eso.

—Tampoco la convierte en un espacio técnico desde el que dirigías una producción.

La diferencia ya no parecía una disputa terminológica.

Podía aceptar que dos descripciones coexistieran sin que una autorizara todo lo que yo había deducido de ella.

La habitación se parecía a una cabina teatral, pero había sido construida para supervisar actividades clínicas y garantizar la seguridad.

El cristal no era falso. Mi interpretación de su función sí podía serlo.

—¿Cuántas veces he estado aquí? —pregunté.

—Muchas.

—No lo recuerdo.

—A veces la llamabas sala de montaje. Otras decías que era el lugar desde donde la productora espiaba los ensayos.

Miré mi reflejo sobre el cristal. La iluminación de nuestra habitación era baja, de modo que apenas podía distinguirse el rostro. Al otro lado, la sala aparecía limpia, casi plana, como un decorado fotografiado antes de que entraran los actores.

—¿La doctora vendrá?

—Sí.

—¿Y qué veremos?

—Sesiones recientes y anteriores. Primero, material del programa. Después, si puedes continuar, parte del registro de Nadia.

La palabra parte establecía ya una selección.

—Quiero ver la grabación completa.

—Hoy no.

—Entonces seguirán decidiendo qué significa mediante el montaje.

—No hemos editado las sesiones.

—Elegir un fragmento es editar.

—Por eso la doctora explicará qué se ha seleccionado y qué queda fuera.

—La transparencia de una selección no elimina su efecto.

Mauro ocupó la silla más cercana a la puerta.

—No. Pero permite que sepas que existe.

La doctora entró poco después con un ordenador portátil y varias carpetas.

No llevaba bata, chaqueta ni ningún objeto que pudiera confundirse con la función de una productora.

Se presentó con su nombre completo y añadió «psiquiatra responsable de tu tratamiento», como si necesitara fijar la denominación antes de empezar.

Yo conocía el nombre, aunque llevaba semanas evitándolo porque «la doctora» y «la productora» permitían mantenerla dentro de funciones, no como una persona independiente de ellas.

—Adriana —dije.

Ella dejó el portátil sobre la mesa.

—Sí.

Pronunciar su nombre produjo un cambio menor y, precisamente por eso, significativo. Adriana ya no era solo la mujer que controlaba recursos, escenas y permisos. Tenía una identidad que continuaba fuera de mi reconstrucción, del mismo modo que Mauro podía abandonar la planta y existir sin llaves.

—Hoy no intentaremos recordar la noche del agua —explicó—. Quiero que observes cómo se construyó la versión de Santa Elvira que has estado utilizando.

—¿La llamará delirio?

—Podemos utilizar esa palabra si nos ayuda, pero no quiero que se convierta en una etiqueta que borre la parte real.

La sala existe. Los participantes existen.

Las conversaciones ocurrieron. Tú no inventaste a Mauro ni me imaginaste a mí.

El problema está en las funciones que asignaste y en lo que esas funciones te permitieron hacer.

—Eso ya lo sé.

—Lo sabes como formulación. Quiero que lo veas.

Encendió el monitor. Apareció la sala desde un ángulo elevado, registrada por la cámara de la cabina.

La fecha se encontraba en la esquina inferior.

Era de seis meses atrás, mucho antes de la supuesta llegada con la que había empezado mi regreso.

Había ocho personas sentadas en círculo.

Reconocí a Teresa, Esteban y Nora, aunque esta llevaba el cabello más corto.

También estaban dos mujeres y un hombre a quienes no recordaba haber visto durante las últimas sesiones.

Mauro permanecía junto a la puerta. Adriana estaba dentro del círculo, con una carpeta sobre las piernas.

Yo ocupaba una silla frente al escenario.

La imagen resultaba familiar de una manera que ninguna memoria concreta conseguía explicar.

No experimenté el rechazo que Mauro había descrito, la sensación de estar viendo a otro hombre, pero sí una distancia incómoda.

Mi cuerpo se movía con una seguridad que no recordaba haber poseído durante aquellos meses.

Llevaba una camisa blanca, pantalón oscuro y la pulsera de Santa Elvira.

La identificación no estaba oculta. Cuando levantaba la mano, el plástico aparecía en el centro del encuadre.

Adriana activó el sonido.

En la grabación, ella explicaba que la actividad consistiría en leer fragmentos y registrar qué imágenes aparecían.

Utilizaba palabras sencillas, sin referencias a personajes ni puesta en escena.

Los participantes podían detenerse, pedir una pausa o limitarse a observar.

Yo escuchaba con aparente atención, aunque la postura revelaba que esperaba mi turno para corregirla.

—Eso no basta —dije en la pantalla.

Mi propia voz produjo una extrañeza mayor que la imagen. Sonaba más grave y cansada, con una lentitud que la medicación reciente no explicaba por completo.

Adriana preguntó qué faltaba.

—Una necesidad —respondió mi versión grabada—. Leer una frase sin decidir quién necesita pronunciarla es gimnasia administrativa.

—No estamos buscando una interpretación —dijo ella.

—Entonces no deberíamos utilizar palabras de una actriz.

Nora levantó la vista. En la grabación sostenía una hoja con ambas manos.

—¿Quieres dejar el texto? —le preguntó Adriana.

—No —respondió Nora.

Yo sonreí, satisfecho antes de que hubiera leído una sola línea.

—No la rescates antes de que ocurra nada —dije.

Mauro se movió cerca de la puerta.

—Nadie está rescatando a nadie.

—Ya habéis empezado a construir una salida.

La escena se parecía a las conversaciones recientes, aunque la fecha demostraba que habíamos repetido las mismas posiciones durante meses. Adriana dejó continuar. Nora leyó la frase que yo había reconocido en el supuesto primer encuentro: «No me mires como si ya supieras cómo voy a terminar».

No apareció como una intuición espontánea en la oscuridad. Estaba escrita en una hoja, presentada por la psiquiatra y leída dentro de una actividad que todos conocían.

Mi rostro cambió.

La transformación era pequeña, pero la cámara la registraba con claridad. Me incliné hacia delante, dejé de mirar al grupo y fijé la atención únicamente en Nora.

—Otra vez —dije.

—El ejercicio no consiste en corregir —intervino Adriana.

—No la he corregido. He pedido que repita.

Nora leyó de nuevo.

—No. Así estás pidiendo que no te juzguen. Ella no pedía eso.

—¿Quién? —preguntó Nora.

La grabación mostró un silencio de tres segundos. Yo la miraba como si la respuesta fuera evidente.

—Tú —dije.

Nora bajó los ojos hacia el texto.

—No lo he escrito yo.

—No importa quién lo escribió. Importa quién puede decirlo.

Adriana detuvo la imagen.

—¿Qué ves? —preguntó desde la habitación de observación.

—Una actividad mal diseñada.

—No evalúes el programa. Obsérvate.