La última función Capítulo 11 #5
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Capítulo 11 #5

—¿Pero he visto el momento en que la saco?

—Sí.

—¿Y los nueve segundos?

—En fragmentos, varias veces.

—Entonces conozco la verdad.

—Conoces imágenes.

—¿Qué falta?

—Aceptar qué estabas haciendo durante la espera.

—Observar.

—Sí.

La palabra apareció sin resistencia, pero todavía podía contener muchas intenciones.

—Eso no significa que quisiera que muriera.

—Nadie ha dicho que lo quisieras.

—Ni que comprendiera el peligro.

—Comprendiste la señal.

—No es lo mismo.

—Para Nadia sí.

La respuesta compartida volvió a cerrar la salida.

—Mauro cree que soy peligroso —dije.

—Lo eres en determinadas condiciones.

—¿Usted también?

—Sí.

—¿Y aun así me entregaron un grupo?

La doctora recibió la acusación sin apartarse.

—Fue una decisión equivocada.

—Eso no basta.

—No. Tendremos que responder ante quienes participaron, revisar el programa y asumir que utilizamos a personas vulnerables dentro de una estructura que no controlábamos tanto como creíamos.

—¿Incluida Nora?

—Especialmente Nora.

—Entonces el equipo también creyó que el resultado justificaba el riesgo.

La mujer tardó en contestar.

—Sí.

La semejanza no eliminaba la diferencia, pero por primera vez ella la admitía sin ocultarla detrás del término clínico.

—¿Por qué su decisión es un error y la mía algo más? —pregunté.

—Porque cuando vimos el daño detuvimos el programa.

—Después de repetirlo varias veces.

—Sí.

—Yo saqué a Nadia del agua.

—Después de nueve segundos.

La medida seguía separando las dos responsabilidades. Santa Elvira había tardado demasiado en reconocer el peligro de su programa, pero al hacerlo no había esperado que alguien repitiera una señal dentro de la misma sesión para comprobar qué ocurría.

—¿Qué pasará con Mauro? —pregunté.

—Nada que necesites dirigir.

—Participó en las decisiones.

—Y las revisará con el equipo.

—¿Seguirá siendo mi enfermero?

—Si ambos podéis continuar trabajando juntos.

—Él ya ha dicho que no confía en mí.

—Un enfermero no necesita confiar en que nunca harás algo peligroso. Necesita poder reconocer el riesgo, establecer límites y saber que el equipo los sostendrá.

—¿Y yo?

—Tú necesitas dejar de convertir su cuidado en lealtad personal.

La doctora se levantó y tomó la pulsera de la mesa.

—Quiero que vuelvas a ponértela.

—No.

—Puedes negarte, pero la alternativa será permanecer acompañado fuera de la habitación y limitar el acceso a varias zonas. La pulsera permite identificarte si te desorientas.

—También anuncia a todos que soy un paciente.

—Lo eres.

—No es toda mi identidad.

—No. Pero es relevante dentro de un hospital.

Me ofreció la pulsera sin acercarse demasiado. La sostuve. El plástico era ligero, incapaz de contener físicamente a nadie, y sin embargo había necesitado romperlo para sentir que conservaba alguna decisión sobre mi cuerpo.

—¿Puedo quitármela cuando salga? —pregunté.

—Sí.

—¿Quién decide cuándo salgo?

—El equipo, contigo, cuando el riesgo pueda manejarse fuera.

—Entonces no depende realmente de mí.

—Depende también de ti, que no es lo mismo.

Cerré la pulsera alrededor de la muñeca. La doctora comprobó que no quedara demasiado ajustada, pero no escribió nada hasta que terminé de hacerlo.

—¿Esto es progreso? —pregunté.

—Es una pulsera.

La respuesta evitaba convertir cada gesto en una victoria terapéutica, aunque los dos sabíamos que aparecería en el informe.

—¿Qué ocurrirá hoy? —pregunté.

—Descansarás. No habrá entrevistas formales ni acceso a la sala. Esta tarde podrás caminar por el patio con acompañamiento.

—¿Y la reconstrucción?

—Mañana decidiremos si continúas con material audiovisual.

—Quiero que Mauro esté presente.

—Hablaré con él.

—No como regidor.

—Como enfermero.

La palabra ya no destruyó la escena. Permaneció junto a los objetos y las acciones que le correspondían.

La doctora salió. Durante el resto de la mañana no vi a Mauro.

Otros trabajadores trajeron la comida, comprobaron la medicación y me acompañaron hasta el patio.

La ausencia no parecía un castigo, pero la interpreté así varias veces antes de reconocer que él había trabajado durante la noche y tenía derecho a dormir sin que su descanso formara parte de mi tratamiento.

Regresó al anochecer. No entró de inmediato. Permaneció en el umbral, vestido con ropa de calle y sin la tarjeta de identificación.

—La doctora dice que quieres que esté mañana —dijo.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque conoces la grabación.

—Ella también.

—Porque has visto todas mis versiones.

—Eso no garantiza que no me conviertas en otra.

—No puedo garantizarlo.

Mauro observó la pulsera nueva.

—Te la has puesto.

—No significa que acepte todo lo que representa.

—No hace falta.

—La doctora dijo que era una pulsera.

—A veces acierta.

Se apoyó en el marco, pero no entró.

—Estaré mañana —añadió—. Si empiezas a llamarme regidor, a decir que formo parte de la escena o a utilizarme para discutir lo que muestra la grabación, terminaré la sesión.

—¿Aunque yo quiera continuar?

—Sí.

—¿Aunque esté a punto de recordar algo?

—Sí.

—¿Y si considero que te equivocas?

—Lo discutiremos después.

Las palabras reproducían las condiciones que yo había prometido aceptar antes de la sesión clandestina con Nora. Ahora Mauro las formulaba para protegerse él mismo.

—De acuerdo —dije.

Esperó, quizá anticipando una excepción.

—De acuerdo —repetí—. Sin condiciones añadidas.

Mauro asintió.

—La sesión será a las diez.

—¿En la sala?

—No. Detrás del cristal.

El nombre del siguiente espacio apareció sin metáfora. Comprendí que se refería a la habitación de observación donde me mostrarían las grabaciones, no a una cabina técnica desde la que evaluar el trabajo de otros.

—Mauro —dije antes de que se marchara.

Se volvió.

—Siento haberte tratado como si solo existieras cuando te necesitaba.

La disculpa podía convertirse con facilidad en una escena construida para obtener perdón. Mauro pareció advertirlo. No se acercó, no agradeció ni alivió el peso de la frase.

—No sé si lo sientes o si acabas de comprender que deberías sentirlo —respondió—. Mañana veremos cuánto dura.

La falta de absolución era justa. Se marchó por el corredor con ropa de calle, sin llaves visibles ni una carpeta bajo el brazo. Durante unos segundos resultó difícil reconocerlo sin los objetos que yo había utilizado para definirlo.

Antes de doblar la esquina, se detuvo.

—Esta noche no habrá ninguna función —dijo.

Después continuó caminando, y por primera vez comprendí que la frase no pretendía cancelar algo que debía haber ocurrido.

Solo nombraba la realidad.