La última función Capítulo 11 #4
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Capítulo 11 #4

Otra vez la diferencia entre capacidad y deseo. Yo siempre había considerado que descubrir una capacidad creaba una responsabilidad hacia ella, como si renunciar a un talento fuese una forma de cobardía que el director debía corregir.

—¿La tenía? —pregunté.

Mauro suspiró.

—No importa.

—Para ti.

—Para ella.

—¿Era buena?

—Sí.

La respuesta produjo una satisfacción inmediata, seguida por la conciencia de que acababa de demostrar la precisión del temor de Nora.

—¿Ves? —dijo Mauro.

—¿Qué?

—Has olvidado todo lo demás. Solo querías saber si habías elegido bien.

No podía negarlo. El talento de Nora parecía justificar retrospectivamente mi interés, aunque no modificaba el daño ni su deseo de no actuar.

—¿Qué ocurrió después? —pregunté.

—La convertiste en el centro. Durante algunas sesiones parecía ayudarte.

Recordaste frases, describiste el tanque y aceptaste por primera vez que Nadia había dado una señal.

Después empezaste a llamarla por su nombre, corregir su postura y pedir que leyera mensajes que no formaban parte del material autorizado.

Cuando Nora se negó, dijiste que su resistencia demostraba que estaba cerca de comprender el personaje.

—El mismo patrón.

—Sí.

—¿Y nunca pensaste que la repetición podía formar parte de la reconstrucción?

—Claro que sí. El problema era que ella no era una representación.

La frase permaneció entre nosotros. Una reconstrucción puede necesitar repetir condiciones, pero las personas utilizadas para hacerlo continúan sufriendo las consecuencias fuera de la escena.

—¿Qué papel te di a ti? —pregunté.

—El de quien interrumpe.

—Eso no es un personaje.

—Para ti sí. Me convertiste en el hombre sin sensibilidad artística que destruye cada momento verdadero antes de que llegue a completarse.

Si intervenía, demostraba que no entendía el método.

Si esperaba, compartía la responsabilidad de lo que ocurriera.

No había una forma correcta de estar dentro de tu obra.

La estructura era la misma que Nora había descrito: todas las puertas conducían al lugar que yo ya había decidido.

—Podías marcharte —dije.

Mauro soltó una risa breve.

—Era mi trabajo.

—Podías pedir un traslado.

—Lo hice una vez.

—¿Por qué no te fuiste?

—Porque la semana anterior habías conseguido recordar el rostro de Nadia después de los golpes. Dijiste que necesitabas que yo estuviera cuando volvieras a intentarlo, porque era la única persona capaz de detenerte si confundías la reconstrucción con un ensayo.

No recordaba haber formulado esa petición, pero la frase contenía una lucidez que quería reconocer como propia.

—Entonces confiaba en ti.

—Algunas veces.

—¿Y ahora?

Mauro miró la marca de mi muñeca.

—Ahora no.

La respuesta no pretendía castigarme. Describía un hecho. Había bloqueado una puerta, accedido a expedientes, ignorado la señal de Nora y organizado una sesión clandestina mientras aseguraba que podía respetar sus límites.

—¿Qué tendría que hacer para que volvieras a confiar? —pregunté.

—No soy yo quien tiene que decidir tu alta.

—No he preguntado eso.

Mauro guardó la hoja de medicación dentro de la carpeta.

—Tendrías que dejar de utilizar cada admisión para preparar una defensa nueva. Reconocer algo sin convertir el reconocimiento en otro resultado. Aceptar que Nadia pidió salir y que tú esperaste porque querías ver qué ocurría después.

—Eso no está demostrado.

—Lo acabas de describir con Nora.

—No era la misma situación.

—No. Cuando ocurrió lo de Nora, llevabas más de quince meses de tratamiento, dos grabaciones anteriores, una señal escrita y a varias personas golpeando la puerta. Aun así, esperaste.

La diferencia hacía la repetición más grave, no menos. En la noche de Nadia podía alegar que nunca había enfrentado una consecuencia semejante. Con Nora ya sabía qué conducta intentaban corregir.

—¿Crees que soy peligroso? —pregunté.

Mauro no respondió de inmediato.

—Sí.

La palabra no necesitó un párrafo aislado para golpear. Quedó dentro de la conversación, sostenida por todo lo anterior.

—¿Para quién?

—Para las personas que necesitan que tu mirada las convierta en alguien especial. Para quienes confunden que las comprendas con que tengas derecho a decidir por ellas. Y para ti cuando dejas de saber dónde termina una reconstrucción y empieza el presente.

—No he intentado hacerme daño.

—Arrancaste una pulsera hasta cortarte, golpeaste una puerta con una silla en otro episodio y pasaste noches enteras siguiendo una voz por los pasillos.

—Eso no es querer morir.

—No he dicho que lo sea.

—Entonces el riesgo para mí es otra forma de justificar el ingreso.

—El riesgo no necesita que quieras morir. Basta con que dejes de reconocer qué puede dañarte.

Mauro se levantó y recogió la bandeja. La entrevista con la doctora empezaría pronto, aunque ya habíamos atravesado más verdad en aquella habitación que durante muchas sesiones formales.

—No he terminado —dije.

—Yo sí, por ahora.

—No puedes decidirlo después de pedirme que acepte que no eres regidor.

Mauro se detuvo.

—Precisamente porque no lo soy, puedo terminar una conversación cuando deja de ser segura o útil.

—¿Para quién?

—Para los dos.

—No estoy alterado.

—Todavía no. Pero llevas una hora utilizando mis respuestas para intentar devolverme una función dentro de tu relato. Primero testigo, después responsable compartido y ahora hombre cuya confianza debes recuperar. No quiero ser otro papel.

La frase de Nora volvió con una forma distinta: no quiero marcharme dentro de una frase suya.

—¿Qué quieres ser? —pregunté.

—Mauro.

La respuesta habría resultado sentimental si hubiese sido pronunciada con solemnidad. Él la dijo mientras recogía una cucharilla de la bandeja, cansado de cualquier definición que no fuera su nombre.

—Eso no basta para establecer una relación.

—Basta para que dejes de decidirla tú solo.

Se dirigió hacia la puerta. Antes de cruzarla, miró la pulsera nueva sobre la mesa.

—La doctora pedirá que te la pongas.

—No lo haré.

—Entonces lo discutiremos.

—¿La necesitas para saber quién soy?

Mauro apoyó una mano en el marco.

—No. La necesitamos para que cualquier persona que te encuentre desorientado sepa dónde acompañarte.

La explicación no convertía el objeto en símbolo de encierro, aunque tampoco eliminaba esa función. La pulsera podía proteger y clasificar al mismo tiempo. Ambas cosas eran ciertas.

—¿Me acompañarías fuera si me dieran el alta? —pregunté.

Mauro pareció sorprendido.

—No soy parte de tu vida fuera.

—Has sido parte de ella durante más de quince meses.

—De tu ingreso.

—La diferencia vuelve a depender del nombre.

—No. Depende de que yo pueda marcharme al terminar el turno y tú tengas que aprender a vivir sin convertir a quien te cuida en alguien que debe quedarse.

Cerró la puerta sin bloquearla.

La doctora llegó a las diez, pero me negué a acudir al despacho.

No estaba alterado, desorientado ni incapaz de responder.

Simplemente no quería participar en otra entrevista antes de ordenar lo que Mauro había dicho.

Ella aceptó hablar en la habitación, acompañada por una enfermera distinta, porque él había terminado la parte principal de su turno y debía descansar.

La ausencia confirmó que Mauro no existía únicamente cuando yo necesitaba algo.

—¿Qué habéis hablado? —preguntó la doctora.

—Pregúnteselo a él.

—Quiero saber qué conservas tú.

—Que nunca fue mi regidor.

—Eso lo sabías.

—Lo sabía como información. No como estructura.

La doctora ocupó la silla que Mauro había dejado.

—¿Qué cambia?

—Las llaves, la medicación, las puertas, los informes. Todo tenía una función distinta.

—¿Y las sesiones?

—Ocurrieron.

—Sí.

—Las personas actuaron.

—A veces.

—Yo dirigí.

—Intentaste dirigir.

—No puede retirarme cada verbo.

—No intento retirarlo. Quiero que distingas una acción de una identidad. Pudiste dirigir partes de una actividad sin estar aquí como director, igual que Nora pudo actuar sin convertirse en tu actriz.

La formulación permitía conservar los hechos sin que estos demostraran el mundo completo que yo había construido.

—¿Y usted? —pregunté—. ¿Nunca fue productora?

—No.

—Produjo el dispositivo, eligió participantes, administró recursos y decidió cuándo podía continuar.

—Eso no me convierte en productora teatral.

—Pero explica por qué la vi así.

—Sí.

La concesión resultaba distinta de la corrección constante de los primeros días. No me exigía admitir que todo había sido absurdo, sino reconocer cómo elementos reales se habían organizado dentro de otra estructura.

—¿Por qué permitió que la llamara así? —pregunté.

—Porque cuando te decía que era psiquiatra, pensabas que intentaba incapacitarte para robarte la obra.

Cuando aceptaba que me hablaras como a una productora, podíamos discutir reglas, revisar escenas y acercarnos a Nadia.

Creí que, si manteníamos suficientes anclajes, llegarías a reconocer el lugar sin que la estructura se derrumbara de golpe.

—¿Y ocurrió?

—Durante periodos breves.

—¿Cuánto duró el más largo?

—Tres semanas.

—¿Sabía que estaba ingresado?

—Sí.

—¿Y recordaba a Nadia?

—Sabías que había muerto y que estabas trabajando sobre la noche del agua. También aceptabas que Mauro era enfermero y que yo era tu psiquiatra. Seguías llamando ensayos a las sesiones, pero la palabra ya no alteraba lo que creías poder hacer.

—¿Qué pasó?

—Encontramos el punto de los nueve segundos.

La habitación pareció perder temperatura.

—¿Y después?

—Viste la grabación hasta el segundo treinta y seis.

Pediste detenerla. Durante la noche tuviste una crisis, intentaste entrar en el archivo de audiovisuales y al día siguiente dijiste que preparábamos un montaje para culparte.

La sala volvió a convertirse en teatro, yo en productora y Mauro en regidor.

—¿Nora estaba entonces?

—No. La incorporamos meses después.

La ficción no se había originado para convertirla en Nadia. Ya existía y buscaba cuerpos donde sostenerse.

—¿He visto la grabación completa? —pregunté.

La doctora dudó.

—No de principio a fin en una sola sesión.