Capítulo 11 #3
—¿Qué dijo Nadia sobre ti? —preguntó Mauro.
—No te conoció.
—Entonces no podía decir nada.
—Exacto.
—Y aun así llevas semanas colocándome dentro de aquella noche. Un técnico, otro Mauro, alguien detrás de la cámara. Necesitas que yo estuviera allí porque, si cumplo la función de regidor, entonces también comparto la responsabilidad de no haber detenido el ejercicio.
La observación me obligó a recordar la figura oscura junto al tanque. Mi reflejo había adoptado su rostro porque Mauro era la persona que, en Santa Elvira, detenía aquello que yo no sabía detener.
—No lo hice conscientemente.
—No importa.
—Para ti siempre importa la intención.
—No cuando el resultado es que utilizas mi cara para no verte solo.
Mauro señaló el desayuno.
—Come. La medicación te sentará mal con el estómago vacío.
—No cambies de tema.
—No lo cambio. La conversación seguirá cuando hayas comido.
—¿Eso es una orden?
—Sí.
No una indicación técnica, una sugerencia ni una norma atribuida al equipo.
Una orden de enfermero dirigida a un paciente.
La claridad resultaba humillante, pero también extrañamente estable.
Comí parte de la tostada mientras Mauro permanecía sentado.
No me observaba como un regidor que espera el comienzo del siguiente acto, sino como un hombre que llevaba más de un año comprobando que yo no convirtiera el hambre, el insomnio o la medicación en otra forma de desaparecer.
—¿Cuántas veces me has encontrado hablando con Nadia? —pregunté después.
—No sabría contarlas.
—¿La veía?
—A veces decías que sí. Otras asegurabas que estaba detrás de una puerta, en la cabina o en la habitación contigua. También hablabas con ella sin afirmar que pudieras verla.
—¿Respondía?
—Tú respondías por ambos.
La frase produjo un recuerdo. Yo estaba de pie en la sala vacía, de espaldas a Mauro, y mantenía una conversación con Nadia sobre la posición de una silla.
Ella quería colocarla cerca del escenario; yo sostenía que la distancia debía permitir al público juzgar.
Alternaba ambas voces sin cambiar el tono, aunque creía escuchar sus respuestas desde el fondo.
Mauro permanecía junto a la puerta y esperaba a que terminara.
—¿Por qué no intervenías? —pregunté.
—Al principio lo hacía. Te enfadabas, lanzabas cosas o dejabas de tomar la medicación. Después aprendí a esperar hasta que pudieras escucharme sin sentir que intentaba expulsarla.
Otra espera. La palabra empezaba a cubrirlo todo, pero no todas las demoras eran iguales. Mauro esperaba para acercarse sin aumentar el riesgo. Yo había esperado mientras alguien necesitaba que actuara.
—¿Alguna vez te pidió ayuda? —pregunté.
Mauro comprendió que no hablaba de Nadia.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Muchas veces. A veces decías que querías salir, dormir o dejar de oírla. Otras utilizabas los dos golpes.
—¿Yo?
—La señal se introdujo primero para ti.
La información contradecía el orden que había aceptado.
—La eligió Nadia.
—Con ella, sí. Aquí la doctora la recuperó porque era una acción que recordabas incluso cuando no podías explicar su origen. Durante las primeras semanas golpeabas las paredes dos veces cuando te sentías atrapado.
—¿Y respondíais?
—Siempre.
—¿Inmediatamente?
—En cuanto lo oíamos.
—Entonces los golpes de la habitación contigua podían ser de otro paciente.
—No había nadie allí.
—Podían proceder de otra pared.
—Podían. También podías estar recordando la señal.
La diferencia respecto a sus respuestas anteriores era pequeña, pero importante. Ya no intentaba imponer una causa única. Admitía una posibilidad sin convertirla en certeza.
—¿Por qué me negaste abrir el almacén? —pregunté.
—Porque habíamos pasado una semana abriendo puertas cada vez que oías a Nadia detrás. El resultado era que encontrabas otra explicación: había salido antes, existía un pasadizo o alguien la escondía. Abrir no detenía la idea. La desplazaba.
—Pero finalmente lo hiciste.
—Porque la doctora pensó que, esta vez, podrías mantener lo que vieras.
—Y estaba vacío.
—Sí.
—Eso no demuestra que no oliera a cloro.
—No.
Mauro había dejado de discutir mis percepciones como si negarlas pudiera devolverme a una realidad común. La madurez de la respuesta me enfureció menos que su paciencia anterior.
—¿Hay una piscina en Santa Elvira? —pregunté.
—No.
—¿Hubo una zona de hidroterapia?
—Hace décadas, antes de que el edificio tuviera esta función. El ala se demolió durante una reforma.
La información existía. Mauro la había negado o dicho que no sabía.
—Me mentiste.
—No conocía la historia exacta. Lo pregunté después de que insistieras.
—Y no me lo dijiste.
—Porque encontraste cloro en un lugar donde no hay agua y empezabas a creer que la prueba de Nadia había ocurrido aquí.
—Podía haber sido importante.
—Lo importante era que separaras ambas salas.
—Eso lo decidiste tú.
—Sí.
La conversación había dejado de buscar una inocencia perfecta para Mauro. Admitía decisiones, errores y omisiones sin permitir que se confundieran con aquello que yo había hecho.
—¿Qué más me habéis ocultado? —pregunté.
—Muchas cosas.
La respuesta fue tan directa que dejé la taza.
—¿Qué?
—Información de otros pacientes, partes de la grabación para las que no estabas preparado, mensajes que utilizabas para construir acusaciones nuevas, fechas que te desorganizaban y objetos que intentabas incorporar a las sesiones.
—Eso es manipulación.
—Sí.
Mauro no se defendió.
—Un tratamiento también manipula condiciones: la luz, el acceso, el lenguaje, la información, la medicación. La cuestión es para qué y con qué límites.
—Exactamente mi argumento sobre el teatro.
—Con una diferencia.
—Siempre una diferencia.
—Nosotros respondemos ante un equipo, protocolos, familias, jueces y los propios pacientes. Tú respondías ante la obra.
—La producción también tenía reglas.
—Mentiste a Marina para trabajar sin ellas.
La frase cerró la equivalencia. Yo había retirado los controles porque consideraba que interferían con el resultado; Santa Elvira podía fallar, ocultar o manipular, pero sus decisiones permanecían expuestas a otras miradas. Al menos en teoría.
—¿Por qué no me dijiste desde el principio que llevábamos meses trabajando? —pregunté.
—Lo hice.
—¿El primer día que recuerdo?
—La mañana anterior a entrar en la sala. Dijiste que ya conocías el centro, que aquella vez era distinta porque por fin te habían devuelto un teatro y que no tolerarías que confundiera el proceso con los intentos anteriores.
Mi regreso no había empezado con una llegada, sino con una decisión de olvidar todo lo que la precedía. Mauro abrió la puerta de la sala porque yo había exigido comenzar desde cero. Él no fingió conocerme por primera vez; yo interpreté su familiaridad como competencia profesional.
—¿La doctora dijo que era mi última oportunidad? —pregunté.
—Sí.
—¿Qué significaba?
—Que no repetiríamos otro programa grupal si volvías a poner en peligro a alguien.
—Yo pensé que hablaba de mi carrera.
—Lo sé.
—¿Me corregiste?
—Ella lo intentó. Dijiste que toda productora amenaza con cancelar antes de comprometer dinero.
Recordaba aquella frase o una parecida. La conversación había ocurrido, pero sus términos pertenecían a mundos distintos. La doctora hablaba de tratamiento y yo de una producción. Cada respuesta podía funcionar dentro de ambos mientras nadie exigiera una definición absoluta.
—¿Por qué aceptó continuar sabiendo que interpretaba otra cosa? —pregunté.
—Porque eras capaz de cumplir algunas normas dentro de esa interpretación y porque los intentos directos habían fracasado.
—¿Y tú estabas de acuerdo?
Mauro negó con la cabeza.
—No del todo.
—Pero participaste.
—Sí.
—Entonces también utilizaste la ambigüedad.
—Sí.
La sucesión de admisiones empezaba a resultar insoportable.
No había una autoridad pura contra la que pudiera defenderme ni una conspiración impecable que desmantelar.
Había personas que habían tomado decisiones discutibles mientras intentaban impedir que yo repitiera una conducta que, pese a todas sus precauciones, volví a repetir.
—¿Le dijiste que no debía traer a Nora? —pregunté.
—Sí.
—¿Por qué no te escuchó?
—Porque Nora quería volver y la doctora pensó que negárselo reforzaría la idea de que no podía enfrentar lo ocurrido. También creyó que tu acceso reciente al recuerdo de los golpes podía modificar la respuesta.
—Y se equivocó.
—Sí.
—¿Tú no?
—Yo acepté estar presente. También me equivoqué.
Mauro bebió parte del agua que quedaba en la jarra. Era la primera vez que tomaba algo durante una conversación conmigo, un gesto pequeño que lo devolvía a un cuerpo fuera de su función.
—¿Qué ocurrió después de la primera sesión con Nora? —pregunté.
—¿Cuál consideras la primera?
—La verdadera.
—No hay una.
—La primera vez que entró en la sala conmigo.
Mauro buscó la fecha en la carpeta.
—Fue nueve meses después de tu ingreso. La actividad incluía lectura de textos.
Nora participaba en un taller de exposición narrativa y aceptó leer un fragmento de Nadia.
Tú la corregiste, dijiste que la frase no debía pronunciarse con miedo, sino con la rabia de alguien que sabe que el director ya ha decidido su final. Después le pediste que repitiera.
—¿Y ella?
—Lo hizo.
—¿Por qué?
—Porque en aquel momento te admiraba.
—¿Me conocía?
—Había estudiado interpretación durante un año antes de su crisis. Había visto obras tuyas.
La información explicaba su fascinación inicial y su resistencia a llamarse actriz. Nora no carecía por completo de experiencia; había abandonado ese camino y quizá consideraba que reconocerlo permitiría que yo lo utilizara.
—¿Por qué lo ocultasteis? —pregunté.
—Ella no quería que lo supieras.
—¿Por qué?
—Porque temía que convirtieras ese año en una prueba de que su verdadero lugar estaba en el escenario.
—Podía haber tenido talento.
—Eso no significaba que quisiera volver.