La última función Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—Habías empezado a negarte a salir de la habitación. La doctora buscaba actividades que pudieras tolerar sin sentir que estabas abandonando a Nadia. Durante una conversación mencionaste que necesitabas una sala para terminar el trabajo.

—¿Y me la disteis?

—Te enseñamos el espacio polivalente.

—Con escenario.

—Una tarima.

—Focos.

—Se utiliza para talleres.

—Cabina.

—Observación.

Cada palabra retiraba una capa sin modificar el objeto.

La tarima seguía siendo un escenario si alguien actuaba sobre ella.

Los focos podían iluminar una representación aunque hubiesen sido instalados para otras actividades.

La diferencia no estaba en el espacio, sino en aquello que yo había necesitado creer al entrar.

—¿Cuándo te llamé regidor?

Mauro pensó unos segundos.

—La primera vez que accediste a trabajar con la doctora dentro de la sala. Yo tenía las llaves y controlaba el tiempo. Dijiste que cualquier hombre que dominara ambas cosas era un regidor, aunque no lo supiera.

La frase parecía mía. Incluso recordaba la satisfacción con que la había pronunciado.

—¿Me corregiste?

—Sí.

—¿Cuántas veces?

—Muchas.

—¿Y después dejaste de hacerlo?

—Durante un tiempo.

—¿Por qué?

—Porque cuando te decía que era enfermero, dejabas de hablar conmigo, intentabas salir o asegurabas que la producción había enviado a alguien para vigilarte. Cuando aceptaba la palabra regidor, tomabas la medicación, entrabas en la sala y permitías que interrumpiera algunas actividades.

—Algunas.

—Sí.

—No todas.

Mauro sostuvo mi mirada.

—No.

El reconocimiento de su fracaso aparecía otra vez sin defensa. No intentaba presentar el programa como un sistema impecable ni atribuir cada daño a mi resistencia.

—¿La doctora te pidió que interpretaras ese papel? —pregunté.

—No exactamente.

—No vuelvas a utilizar esa respuesta.

—Me pidió que no discutiera una denominación si hacerlo aumentaba el riesgo y que mantuviera claras mis funciones reales. Yo debía controlar la seguridad, la medicación, los tiempos y las salidas. Tú llamabas a eso regiduría.

—Porque lo es.

—No.

La negativa llegó sin cansancio. Era la primera vez que Mauro parecía decidido a no permitir una zona intermedia.

—Un regidor protege una función —continuó—. Yo te protegía a ti y a las personas que entraban contigo.

—¿Incluso cuando eso destruía el trabajo?

—No existía un trabajo que valiera más que ellos.

—Esa es una valoración.

—Sí.

La respuesta impedía esconder la diferencia dentro del vocabulario. Mauro no afirmaba una neutralidad superior. Había elegido qué debía proteger y aceptaba que aquella elección chocara con la mía.

—¿Cuántas veces organizamos sesiones? —pregunté.

—No lo sé con exactitud.

—Tienes registros.

—Muchas no llegaron a registrarse como sesiones porque empezabas a dirigir durante una actividad común, en el comedor o incluso en el pasillo. Las estructuradas fueron más de veinte.

—¿Con grupos distintos?

—Sí.

—¿Y Nora?

—Participó en siete antes de esta última etapa.

—Ya lo leí.

—Entonces no necesitabas preguntarlo.

—Necesitaba oírtelo decir.

Mauro se inclinó hacia atrás. Su expresión mostraba una paciencia menos profesional, como si empezara a comprender que yo no buscaba solo información, sino la posibilidad de detectar una diferencia entre lo escrito y su voz.

—¿Por qué permitió la doctora que Nora regresara? —pregunté.

—Porque ella lo pidió y porque pensamos que, con límites más claros, ambos podíais cerrar algo.

—Pensamos.

—Sí. Yo estuve de acuerdo.

—¿Aunque ya había esperado cinco segundos después de su señal?

Mauro miró la carpeta.

—Creí que aquella vez lo habías entendido.

—¿Por qué?

—Porque después de la sesión te quedaste conmigo durante horas. No intentaste justificarlo al principio. Dijiste que la habías visto y que algo en su cara te había recordado a Nadia. También dijiste que no querías volver a hacerlo.

—¿Y después?

—Al día siguiente empezaste a afirmar que Nora había golpeado para comprobarte, que cinco segundos no podían considerarse una demora real y que la doctora había exagerado el incidente para apartarte del grupo.

La progresión coincidía con lo ocurrido ahora. Primero aparecía una certeza, después el descanso y, finalmente, una estructura que permitía discutirla.

—¿Por qué no me recordaste aquella promesa antes de las nuevas sesiones?

—Lo hice.

—No lo recuerdo.

—Precisamente.

—Podías haberme mostrado la grabación.

—La viste.

La respuesta me detuvo.

—¿La sesión con Nora está grabada?

—Sí.

—¿La he visto?

—Tres veces.

—¿Y qué dije?

—La primera, que no reconocías al hombre de la pantalla. La segunda, que el ángulo hacía parecer más larga la espera. La tercera, que observar después de la señal podía formar parte del ejercicio porque Nora quería comprobar tu reacción.

—Entonces la grabación no cambió nada.

—Cambió algo durante unas horas.

—Eso no es suficiente.

—No.

Mauro miró el café. No había desayunado conmigo, aunque parecía necesitar una pausa antes de continuar.

—¿Qué esperabais conseguir al repetirlo? —pregunté.

—No queríamos repetir la conducta. Queríamos repetir el contexto con más protección para que pudieras responder de otra manera.

—Una representación correctiva.

—Llámalo como quieras.

—Ya no te importa.

—Me importa menos que antes.

—¿Por qué?

Mauro levantó la vista.

—Porque ayer entraste en el archivo, viste tu fotografía, leíste que llevas más de un año aquí y aun así sigues intentando demostrar que, si la estructura se parece a una obra, entonces quizá también seas director. No puedo seguir discutiendo todos los nombres como si el nombre fuese el problema.

—Lo es.

—No. El problema es lo que te autorizas a hacer después de pronunciarlo.

La frase pertenecía a la doctora, pero en Mauro no sonaba aprendida. Había llegado a ella por desgaste.

—¿Qué me autoricé a hacer contigo? —pregunté.

Él tardó en responder.

—A tratarme como si existiera únicamente para mantener tu función en marcha.

—Ese era el papel que aceptaste.

—No.

—Dejaste de corregirme.

—Dejé de discutir una palabra. No acepté que pudieras humillarme, ignorar mis indicaciones o utilizarme para presionar a otros pacientes.

—Nunca te he humillado.

Mauro sonrió, no por humor, sino por incredulidad.

—Me llamaste portero con aspiraciones el primer día que recuerdas. Antes me llamaste carcelero, tramoyista, criado y perro de la productora. Una vez dijiste que mi única virtud era saber cuándo una persona necesitaba ir al baño.

No recordaba aquellas frases. Podía reconocer la crueldad en su estructura, la manera de detectar una inseguridad y convertirla en observación elegante.

En mi voz, quizá habían parecido ingeniosas.

Repetidas por Mauro, solo mostraban el trabajo de degradar a alguien hasta que su autoridad pudiera ignorarse.

—No sabía quién eras —dije.

—Lo sabías algunas veces.

—¿Y aun así?

—Sí.

La ausencia de absolución me obligó a mirar la bandeja. El café se enfriaba. Mauro no pretendía que la falta de memoria eliminara lo que había sufrido durante los momentos de lucidez.

—¿Por qué seguiste? —pregunté.

—Era mi trabajo.

—Esa respuesta no basta.

—Lo sé.

Mauro cruzó los brazos, no para cerrarse, sino para impedir que las manos empezaran a expresar algo que no quería mostrar.

—Al principio seguí porque eras un paciente grave y porque creía que podíamos ayudarte.

Después, cuando empezaste a utilizar la sala, vi que había momentos en que dejabas de hablar con Nadia y hablabas de ella.

Parecía una diferencia pequeña, pero no lo era.

Empezabas a reconocer que había muerto, que existía una grabación y que tú estabas allí.

Después volvías a perderlo. Supongo que me quedé esperando que alguna vez la diferencia durara.

—¿También estabas interesado?

La palabra de Nora entró en la conversación.

—Sí.

Mauro no intentó protegerse.

—¿Curioso?

—A veces.

—Entonces no somos tan distintos.

—Claro que lo somos.

—Observabas para ver qué ocurriría después.

—Y te detenía cuando alguien pedía ayuda.

La distinción fue inmediata. La curiosidad no era el problema por sí sola, sino aquello que una persona estaba dispuesta a sacrificar para satisfacerla.

—No siempre me detuviste —dije.

—No.

—Nora dio la señal y esperaste cinco segundos.

—Tardé cinco segundos en llegar desde la puerta. Tú estabas a menos de un metro.

La cifra adquirió otra forma. En mis reconstrucciones, Mauro y yo compartíamos la demora. Él también había observado, también había permitido que el ejercicio continuara. Sin embargo, la distancia física y la necesidad de cruzar la sala explicaban su tiempo. El mío no contenía movimiento.

—¿Y Nadia? —pregunté—. ¿La conocías antes de mi ingreso?

—No.

—Has visto sus mensajes, las grabaciones y los informes.

—Sí.

—Entonces la conoces a través de una selección.

—Como todo el mundo que no fue tú.

—Yo tampoco la conocía completa.

—No.

La respuesta carecía de acusación. Nadia había conservado una parte fuera de mi mirada, y durante los últimos meses esa parte aparecía en mensajes dirigidos a Marina, notas privadas y decisiones que yo había interpretado como resistencias pasajeras.

—¿Qué opinas de ella? —pregunté.

Mauro miró la puerta abierta, quizá para comprobar que nadie necesitara intervenir.

—No me corresponde opinar.

—Eso nunca os impide hacerlo en los informes.

—Los informes describen lo que afecta al tratamiento.

—Te he preguntado a ti.

Mauro pensó unos segundos.

—Creo que durante mucho tiempo fue capaz de enfrentarse a ti y que eso te hizo respetarla. Después necesitó marcharse, y tú convertiste esa necesidad en una prueba de que había dejado de ser la actriz que admirabas.

—No sabes por qué quería marcharse.

—Lo dejó escrito.

—Una persona puede escribir desde el cansancio.

—Y también puede cansarse porque lleva años intentando que alguien acepte una frase sin corregirla.

La idea regresaba a Nora, a la doctora y a todos los que habían terminado utilizando el mismo lenguaje frente a mí. Quizá no lo habían aprendido unos de otros. Quizá yo les había enseñado la necesidad de formularse así.