Capítulo 11
Mauro
Una función puede soportar que falle un actor, que una luz se apague antes de tiempo e incluso que una parte del decorado se derrumbe delante del público.
Lo que no puede permitirse es que alguien abandone la función que le ha sido asignada y continúe ocupando el mismo espacio con otro nombre.
El error técnico se corrige; la deserción de un papel modifica retrospectivamente todo lo que ha ocurrido.
Si el hombre que controlaba las puertas no era el regidor, entonces las puertas nunca habían pertenecido a un teatro.
Si la persona que distribuía los comprimidos no cumplía una rutina provisional para mantenerme en condiciones de trabajar, la medicación no era una concesión entre ensayos.
Y si Mauro llevaba meses entrando en mi habitación, acompañándome por los pasillos y deteniendo las sesiones, su presencia debía de haber empezado mucho antes de aquella mañana en que fingió abrir por primera vez la sala vacía.
No dormí después de regresar del archivo.
La muñeca continuaba marcada por la pulsera, y el corte superficial producía un escozor que aumentaba cada vez que doblaba la mano.
Mauro había limpiado la herida en silencio, utilizando una gasa y un líquido transparente que guardaba en el carro de la planta, mientras yo observaba la destreza con que retiraba la sangre sin hacer preguntas.
No era la forma en que un regidor trata un accidente menor.
Tampoco era la primera vez que me curaba.
Reconocí el orden de los objetos, la presión exacta de sus dedos y la manera de advertirme que el antiséptico estaría frío antes de tocar la piel.
El cuerpo recordó la rutina antes que yo.
Después dejó una pulsera nueva sobre la mesa.
—No voy a ponérmela —dije.
—Lo sé.
—Entonces retírala.
—Tiene que permanecer aquí.
—¿Como amenaza?
—Como opción.
—No necesito una opción para volver a llevar algo que me he quitado.
Mauro cerró el envase de las gasas y guardó el material.
No insistió, aunque escribió la hora en una hoja sujeta a la carpeta.
Había dejado de ocultar que cada encuentro terminaba convertido en un registro.
Durante los primeros días, o durante la versión de esos días que yo recordaba, tomaba notas como si controlara tiempos, entradas y reacciones de los participantes.
Ahora veía que había anotado el estado de la herida, la medicación, mi orientación y cualquier conducta que pudiera modificar el plan de la noche.
—La doctora quiere que descanses —dijo.
—La doctora quiere que deje de preguntar hasta que sus respuestas vuelvan a parecer revelaciones.
—Has entrado en un archivo restringido, leído información privada y te has hecho daño al arrancarte una identificación.
—La identificación no me hizo daño hasta que intentó impedir que la retirara.
—Eso no cambia lo ocurrido.
—Nunca cambia nada cuando la frase anterior les sirve.
Mauro colocó el estuche blanco junto al vaso. Había cuatro comprimidos, uno más que en las noches anteriores.
—No pienso tomar el azul.
—La pauta ha cambiado.
—La pauta cambia cada vez que recuerdo algo que no podéis controlar.
—La pauta cambia cuando llevas dos noches sin dormir, oyes golpes que nadie más oye y organizas una fuga aprovechando una emergencia de otro paciente.
—No fue una fuga. Fui al archivo y regresé acompañado.
—Porque te encontramos.
—No estaba intentando salir del edificio.
—No todas las fugas conducen fuera.
La frase podía pertenecer a la doctora. Mauro la pronunció con demasiada precisión para que surgiera en aquel momento, aunque quizá llevaba meses escuchando las mismas explicaciones y había terminado por construir un vocabulario propio. Cogí el comprimido azul y lo dejé aparte.
—Los otros tres —dije.
—No voy a negociar la medicación.
—Lo haces cada vez que esperas a que la tome.
—Eso no es una negociación.
—Podrías obligarme.
Mauro permaneció inmóvil. La posibilidad no era abstracta; Santa Elvira disponía de medios para administrar medicación contra la voluntad de una persona si consideraba que existía un riesgo.
Yo no recordaba que lo hubieran hecho, aunque la rapidez con que apareció una imagen —varias manos, una inyección, el techo desplazándose mientras me llevaban por un corredor— sugería que quizá ya había ocurrido.
—No quiero obligarte —respondió.
—Pero puedes.
—Sí.
La honestidad eliminó el desafío que yo había preparado. Tomé los cuatro comprimidos y bebí el agua. Mauro no observó mi garganta. Esperó a que dejara el vaso y recogió el estuche.
—La puerta permanecerá abierta —dijo—. Habrá alguien en el corredor.
—Para protegerme.
—Sí.
—¿De qué?
—Ahora mismo, de ti.
No había crueldad en la respuesta, solo una fatiga que volvía inútil cualquier provocación. Mauro salió. La pulsera nueva quedó sobre la mesa, cerrada sobre sí misma como un pequeño aro blanco. No la toqué.
La medicación no consiguió dormirme de inmediato.
Me tumbé vestido, observando la franja de luz del corredor, mientras los ruidos de la planta se organizaban alrededor de la vigilancia.
Cada cierto tiempo pasaba una trabajadora, se detenía lo suficiente para comprobar que continuara en la cama y seguía caminando.
No fingía que la ronda obedeciera a otra cosa.
El edificio había abandonado su interpretación y empezaba a mostrarme el mecanismo desnudo.
Intenté reconstruir a Mauro fuera de la función que le había atribuido.
La primera imagen no era la puerta de la sala, sino una habitación distinta, quizá aquella misma antes de que yo decidiera llamarla camerino.
Él estaba sentado junto a la cama, leyendo un libro pequeño mientras yo hablaba con alguien situado cerca de la ventana.
No veía a esa persona, pero recordaba haber exigido a Mauro que saliera porque Nadia no quería hablar delante de extraños.
Él respondió que no había nadie junto a la ventana.
La discusión terminó cuando lancé un vaso contra la pared.
Otra escena apareció después. Mauro me acompañaba al comedor y yo insistía en que debíamos llegar antes que los actores para observar cómo entraban.
Él me explicaba que no habría ensayo, que era domingo y que la sala estaba cerrada.
Debí de interpretar su negativa como una disputa de horarios.
Durante semanas, quizá meses, había convertido cada límite hospitalario en un problema de producción porque esa era la única estructura dentro de la que aceptaba obedecerlo.
La siguiente imagen resultó más antigua.
Mauro sujetaba una bolsa con mi ropa en el vestíbulo de Santa Elvira.
Yo llevaba el abrigo abierto y preguntaba dónde estaba la salida de artistas.
Había dos hombres detrás, uno de ellos quizá un familiar, aunque el rostro no permaneció.
Mauro se presentó con su nombre y dijo que sería uno de los enfermeros de referencia durante el ingreso.
Recordaba haberle preguntado si tenía experiencia en teatro. Él respondió que no.
No era la primera vez que me lo decía.
La memoria avanzaba sin orden, ofreciendo escenas cuya fecha no podía establecer.
En una, Mauro retiraba unas sábanas mojadas porque yo había derramado una jarra sobre la cama y después permanecido observando el agua mientras repetía el nombre de Nadia.
En otra, me encontraba en la sala polivalente, rodeado por sillas vacías, y lo llamaba regidor por primera vez.
Mauro intentó corregirme. Yo le expliqué que alguien debía controlar las entradas y que su incapacidad para comprender su función no eliminaba la necesidad de desempeñarla.
La doctora, situada cerca de la cabina, le pidió que no discutiera el término mientras yo aceptara continuar.
Habían cedido una palabra y yo había construido un mundo alrededor de ella.
Me levanté. La trabajadora del corredor se acercó de inmediato.
—¿Necesitas algo?
—Hablar con Mauro.
—Ha terminado su turno.
—Acaba de estar aquí.
—Se marchó hace veinte minutos.
El tiempo se había comprimido. Creía que apenas habían transcurrido unos segundos desde que cerró el estuche.
—¿Cuándo vuelve?
—Mañana.
—Quiero verlo ahora.
—Puedo avisar a la enfermera de guardia.
—No es lo mismo.
La mujer observó la habitación, la pulsera sobre la mesa y la ventana cerrada.
—¿Te encuentras mal?
—No.
—Entonces intenta dormir.
—No necesito que cada pregunta se convierta en un síntoma.
—No he dicho eso.
—Lo has pensado.
La frase salió con una facilidad desagradable. Era exactamente lo que Nora me había reprochado: decidir el pensamiento de otro antes de que pudiera expresarlo. La trabajadora no respondió. Esperó hasta que regresé a la cama y se sentó otra vez al fondo del corredor.
Dormí poco antes del amanecer. Cuando abrí los ojos, Mauro estaba dentro, colocando una bandeja sobre la mesa.
Llevaba una camisa azul oscura, pantalón sanitario y una tarjeta donde su nombre aparecía seguido por la palabra enfermero.
No había intentado vestirse de manera distinta los días anteriores. Yo había ignorado lo que tenía delante.
—Quiero hablar contigo —dije.
—Primero desayuna.
—Ahora.
Mauro miró la bandeja. Había café, tostadas, fruta y la medicación de la mañana.
—La doctora te verá a las diez.
—No quiero hablar con ella.
—Aun así, te verá.
—No voy a entrar en otra entrevista donde cada respuesta termina archivada.
—Esta conversación también quedará registrada.
La claridad me irritó.
—Entonces siéntate y toma notas.
Mauro acercó una silla. No sacó la carpeta, aunque la dejó sobre la mesa, visible. Se sentó frente a mí.
—¿Qué quieres saber?
—Cuándo nos conocimos.
—El día de tu ingreso.
—Fecha.
La dijo. Coincidía con el expediente: siete semanas después de la muerte de Nadia.
—¿Me presentaste la sala ese día?
—No. La viste unas dos semanas después.
—¿Por qué?