La última función Capítulo 10 #5
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Capítulo 10 #5

—Retiren esa parte.

—No ahora.

—Siempre después.

Mauro se acercó.

—Tenemos que volver a la planta.

—No.

Los dos trabajadores modificaron la postura. No avanzaron, pero la posibilidad de que lo hicieran se volvió visible.

—No pienso resistirme —dije—. Quiero una respuesta.

—La tendrás con la doctora —contestó Mauro.

—Tú también sabías que el grupo ya había trabajado conmigo.

—Sí.

—Y te presentaste como si fuera la primera vez.

—No me presenté. Tú dijiste que era tu regidor.

—Podías haberme corregido.

—Lo hicimos.

—No al principio.

—Porque la primera vez que intentamos corregirte, abandonaste la sala y no volviste durante semanas.

Nora observaba la conversación, aunque la mochila indicaba que ya estaba fuera de ella. Mauro continuó:

—La doctora decidió trabajar dentro de la estructura que aceptabas. Yo debía mantenerte seguro y detener las sesiones cuando cruzaras un límite.

—No lo conseguiste.

La acusación le dolió. Apareció en la forma en que apretó las manos, no en su rostro.

—No —respondió—. No siempre.

—Entonces el programa fracasó.

—Tú no eres un espectáculo que deba terminar bien.

—Todo proceso necesita un criterio de resultado.

—El resultado era que recordaras.

—He recordado.

—Una parte.

—La esencial.

La doctora negó con la cabeza.

—Has recordado que viste la señal. Todavía no has aceptado qué hiciste después.

—Esperé.

—Sabes la duración. No la decisión.

—No puede separar ambas cosas.

—Llevas diecisiete meses haciéndolo.

La conversación había llegado otra vez a los nueve segundos. El archivo, el grupo y las frases prestadas podían ofrecer una conspiración suficientemente compleja para distraerme, pero ellos no permitirían que sustituyera el núcleo.

Nora se colocó la mochila.

—Tengo que irme.

La doctora asintió y pidió a uno de los trabajadores que la acompañara. Ella negó con la cabeza.

—Puedo salir sola.

—No después de esto.

—No ha pasado nada.

—Víctor ha accedido a tu expediente.

—Eso ya ha pasado. Que alguien camine conmigo no lo cambia.

Nora se dirigió hacia la puerta. Al pasar junto a mí, no se detuvo.

—No eres ella —dije.

La frase salió demasiado tarde y sonó menos como un reconocimiento que como una concesión final.

Nora giró la cabeza.

—Eso ya lo sabía.

—Yo también.

—No.

La respuesta no fue cruel. Simplemente rechazaba que pudiera apropiarme incluso del momento en que por fin la separaba de Nadia.

—¿Qué necesitas que diga? —pregunté.

—Nada.

—Quiero que te marches sabiendo que comprendo—

—No quiero marcharme dentro de una frase suya.

Nora cruzó la puerta acompañada por el trabajador. La vi alejarse por el pasillo acristalado hasta que la mochila y la chaqueta oscura desaparecieron detrás de una esquina. No volvió la cabeza.

La doctora pidió a los demás que nos dejaran unos minutos. Mauro se negó al principio, pero ella insistió. Los dos trabajadores salieron; él permaneció junto a la puerta abierta.

—No debiste leer los expedientes —dijo la mujer.

—No debieron esconder que llevábamos meses trabajando.

—No lo escondimos. No podías mantener la información sin reorganizarla.

—Ese argumento permite decidir cualquier cosa por mí.

—El ingreso permite limitar el acceso a información clínica cuando puede aumentar el riesgo.

—Mi propia historia.

—También la de los demás.

Miré mi carpeta sobre la mesa. La fotografía del ingreso seguía visible en la primera página. El hombre de la imagen parecía un actor al que hubieran pedido interpretar mi derrumbe sin explicarle cómo sostener la dignidad.

—¿Quién decidió que la producción era un delirio? —pregunté.

—No existe una producción.

—Existe el programa.

—No como tú lo describes.

—Me dieron una sala, un grupo, textos y una cámara.

—Porque era la única estructura dentro de la que aceptabas reconstruir la muerte de Nadia.

—Entonces construyeron una obra para demostrar que la obra no existía.

—Construimos un dispositivo terapéutico.

—Otra palabra.

La doctora cerró mi expediente, pero antes de hacerlo vi una hoja donde se repetía la misma frase varias veces: «Paciente insiste en que Santa Elvira es un centro de creación y que el alta dependerá del estreno».

No recordaba haber hablado de un estreno.

Quizá pertenecía a una fase anterior, cuando la ficción estaba más completa y la sala todavía tenía público imaginado.

—¿Cuántas versiones hubo? —pregunté.

—¿De qué?

—De la obra.

La mujer comprendió.

—Muchas.

—¿Siempre Nadia era el centro?

—Sí.

—¿Siempre había un reparto?

—No. Al principio hablabas de una actriz que debía encontrar. Después empezaste a asignar papeles a otros pacientes.

—¿Nora fue la primera?

—No.

La respuesta abrió una zona nueva.

—¿Quién?

—No vamos a hablar de otras personas ahora.

—¿También las llamé Nadia?

—A algunas.

—¿Y qué ocurrió?

—La mayoría dejó el programa. Una tuvo que ser trasladada después de una sesión.

Mauro bajó la vista. Había más heridas en la historia de Santa Elvira que las relacionadas con Nora.

—¿Por qué continuaron? —pregunté.

—Porque durante los periodos en que trabajabas dentro de una estructura escénica conseguías acceder a recuerdos que negabas en entrevistas convencionales.

—Entonces funcionaba.

—Y hacía daño.

—Ambas cosas pueden ser ciertas.

—Sí.

La concesión me sorprendió porque era la frase que yo había utilizado con Nora para justificar el ejercicio respiratorio. La doctora no negó la eficacia. Negaba que un resultado pudiera justificar cualquier método.

—¿Y ahora qué? —pregunté.

—Ahora trabajaremos sin grupo y sin improvisaciones. Verás registros, leerás mensajes y reconstruirás la cronología con Mauro y conmigo.

—Una producción con menos actores.

—No.

—¿Cuándo dejará de importarle cómo lo llamo?

—Cuando el nombre no determine qué crees que puedes hacer con las personas.

Mauro se acercó.

—Tenemos que irnos.

Cogí mi expediente. Él extendió la mano.

—Déjalo.

—Es mío.

—No puedes sacarlo.

—Quiero la fotografía.

—No.

La palabra provocó una reacción desproporcionada. Sujeté la carpeta con más fuerza. Mauro no tiró; esperó, sabiendo que los trabajadores podían regresar si la discusión se convertía en forcejeo.

—No voy a huir con un expediente —dije.

—No se trata de eso.

—Quiero ver quién era cuando llegué.

—Lo veremos juntos.

—No necesito supervisión para mirar mi propia cara.

—Ahora sí.

La doctora se acercó y retiró la fotografía de la funda. La sostuvo frente a mí unos segundos. El hombre llevaba una pulsera blanca con letras negras. Acerqué la imagen. En la pulsera aparecía el nombre completo de Santa Elvira y un número.

Miré mi muñeca.

La pulsera seguía allí.

La había visto cada día, pero la llamaba acreditación. Había aceptado su presencia como parte del programa, del acceso a las salas y de las normas de seguridad. Nunca me había detenido a leer toda la inscripción porque la parte interior quedaba girada contra la piel.

La roté.

SANTA ELVIRA — UNIDAD DE HOSPITALIZACIÓN.

Debajo aparecían mi nombre y el mismo número del expediente.

Durante unos segundos, el archivo perdió profundidad.

No era una revelación completa. Nora ya me había mostrado la placa, la doctora había hablado de ingreso y Mauro se había definido como enfermero.

Sin embargo, la pulsera había acompañado cada versión sin cambiar.

No era un cartel que pudiera cubrirse, una función que otro corrigiera ni un documento guardado en un armario.

Estaba unida a mi cuerpo desde antes de la primera sala, la primera reunión y el supuesto regreso al trabajo.

Introduje un dedo bajo el plástico.

—No —dijo Mauro.

Tiré.

La pulsera resistió. Estaba diseñada para no romperse con facilidad. Mauro intentó acercarse, pero levanté la mano y él se detuvo. Volví a tirar hasta que el borde cortó la piel y el cierre cedió con un sonido seco.

La dejé sobre la fotografía.

Una línea roja rodeaba mi muñeca. No era profunda, aunque la doctora pidió a Mauro que la revisara. Aparté el brazo.

—No la necesito —dije.

—No cambia dónde estás —respondió ella.

—Cambia lo que acepto llevar.

—La pulsera no creó el ingreso.

—Tampoco lo demuestra.

La doctora miró el plástico roto sobre la mesa.

—No. Lo demuestra todo lo demás.

Mauro me acompañó fuera del archivo. Esta vez no discutí la dirección.

Atravesamos el pasillo acristalado, el patio y las puertas que separaban cada zona.

Los trabajadores nos observaban al pasar, ya alertados por la alarma del comedor y por mi acceso al archivo.

Nadie parecía parte de una compañía. No había técnicos, asistentes, actores ni productores desplazándose entre ensayos.

Había enfermeros, auxiliares, médicos y pacientes que conocían sus recorridos dentro de una institución.

Aun así, cuando llegamos a la sala cerrada, vi a través del cristal las sillas apiladas, el escenario y la cabina. El espacio existía. Las frases se habían pronunciado. Nora había subido, leído, respirado, golpeado y esperado mi reacción. Ningún diagnóstico podía borrar lo que habíamos hecho allí.

Mauro siguió caminando, pero yo permanecí frente a la puerta.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

—El reparto se ha marchado.

—Nunca hubo un reparto.

Miré las sillas vacías.

—Eso no significa que no les dierais papeles.

Mauro no respondió. Esperó a que reanudara la marcha y me acompañó hasta la habitación. Cuando cerró la puerta, la muñeca empezó a escocer donde la pulsera había cortado la piel.

Por primera vez desde que había llegado —o desde que creía haber llegado—, no llevaba ninguna palabra que explicara quién era dentro de Santa Elvira.

La ausencia pesaba más que el plástico.