La última función Capítulo 10 #4
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Capítulo 10 #4

Teresa ofrecería aprobación y luego aprendería a retirarla.

Samuel actuaría como resistencia. Esteban mostraría una vulnerabilidad madura que yo no pudiera confundir con fragilidad.

Julia permitiría observar mi respuesta ante una persona dependiente.

Nora era la figura central, elegida por la similitud de la dinámica, no por un parecido físico.

Habían diseñado una obra mientras insistían en que no existía.

Escuché un ruido en el corredor. Cerré el archivador y guardé las carpetas, aunque dejé la mía sobre la mesa. La puerta se abrió.

Nora entró.

Llevaba ropa de calle, una mochila colgada de un hombro y la tarjeta de identificación en la mano. Se detuvo al verme junto a los armarios. No pareció sorprendida de encontrarme allí; parecía cansada de que cualquier intento de alejarse terminara colocándonos otra vez dentro del mismo espacio.

—¿Qué está haciendo? —preguntó.

—Buscando mis notas.

Miró la carpeta abierta sobre la mesa, después el armario donde acababa de guardar la suya.

—Ha leído mi expediente.

No era una pregunta.

—La parte del programa.

—Es mi expediente.

—Necesitaba saber por qué te eligieron.

—No me eligieron para usted.

—Eso dicen los informes.

Nora dejó la mochila en el suelo. Su presencia en el archivo podía significar que se marchaba de Santa Elvira o que había acudido a recoger documentación antes de un traslado. La ropa, la mochila y la ausencia de acompañante sugerían una salida próxima.

—¿Te vas? —pregunté.

—No le importa.

—Sí.

—No de la manera que cree.

—¿Qué manera?

—La de un director al que le retiran una actriz antes de terminar.

La precisión de la frase indicaba que había hablado con la doctora o que ya conocía demasiado bien la estructura de mis preguntas.

—No eres actriz —dije.

Nora soltó una risa breve.

—Ha tardado.

—Nunca lo fuiste dentro del programa.

—Tampoco fuera.

—Has actuado.

—Todos actuamos, según usted. Eso no me convierte en parte de una obra.

—Te dieron textos, escenas y objetivos.

—Eran actividades.

—Te seleccionaron por la relación que podían construir entre nosotros.

—Me preguntaron si quería participar.

—Sin explicarte todo.

—Eso lo sé ahora.

La respuesta contenía una herida que no había visto en la sala. Nora también se sentía utilizada por el equipo, pero se negaba a convertir esa traición compartida en una alianza conmigo.

—La frase del primer día estaba en los materiales —dije.

—Sí.

—Sabías lo que produciría.

—No.

—Sabías que era de Nadia.

—Sabía que la había dicho en una audición. No sabía que usted iba a mirarme como si acabara de aparecer un fantasma.

Nora recogió la mochila y caminó hacia la mesa. Cerró mi carpeta.

—No tienes derecho a tocar eso.

—Usted tampoco tenía derecho a leer lo mío.

—Es mi expediente.

—Y esa es mi vida.

La distinción era justa. Un documento podía llevar mi nombre y contener, aun así, las observaciones, temores y decisiones de otras personas.

Yo había reclamado durante meses que las notas de Nadia me pertenecían porque estaban dirigidas a mí, sin reconocer que precisamente por eso podían necesitar protección.

—¿Te explicaron que ya habíamos trabajado juntos? —pregunté.

—Sí.

—¿Y aceptaste volver a fingir que era la primera vez?

—No fingí.

—No me dijiste nada.

—Se lo dije varias veces. Usted respondía que me habían obligado a repetir una versión.

—Podías haber insistido.

Nora me miró con incredulidad.

—¿Más?

La pregunta detuvo la defensa antes de que pudiera formularla. Nora había insistido. En el corredor, en la sala, durante la lectura y después de la crisis. Cada vez que explicó que aquello ya había ocurrido, yo convertí su recuerdo en una prueba de manipulación.

—¿Por qué volviste? —pregunté.

—Porque la doctora pensó que podía ayudarme a terminar algo.

—¿Y tú?

—Pensé que esta vez iba a reconocerme.

—Te reconocí.

—No. Reconoció lo que necesitaba ver.

Nora abrió el cajón de la mesa y sacó un sobre grande con su nombre. Debía de haber acudido al archivo para recoger copias de informes, una autorización de salida o documentos de traslado.

—¿Te marchas hoy? —insistí.

—Me trasladan a una residencia supervisada.

—¿Fuera de Santa Elvira?

—Sí.

—¿Por lo ocurrido en la sala?

—No. Estaba previsto desde antes.

—No me lo dijiste.

—No tenía que hacerlo.

La posibilidad de que Nora desapareciera del edificio resultaba más definitiva que la prohibición de verla.

Hasta entonces había interpretado su ausencia como una medida temporal, una separación dentro de un espacio donde todo terminaba regresando.

Fuera de Santa Elvira, ya no habría corredor, taller ni sesión donde nuestras trayectorias pudieran cruzarse.

—Quiero hablar contigo antes de que te vayas —dije.

—Estamos hablando.

—No aquí.

—Aquí hay cámaras.

Miré hacia la esquina. Una pequeña luz verde parpadeaba bajo el dispositivo. Había estado encendida. El equipo sabía que yo estaba dentro desde que abrí la puerta, o al menos podía verlo ahora. Quizá esperaban a que Mauro llegara. Quizá la presencia de Nora no era casual.

—¿Te han enviado? —pregunté.

Su rostro se endureció.

—He venido a recoger mis documentos.

—Sabían que estaba aquí.

—Yo no.

—La cámara—

—No todo gira alrededor de usted.

La frase resonó con la voz de la doctora. Nora guardó el sobre en la mochila.

—He leído que te utilizaron —dije.

—También he leído lo que hizo usted.

—No es lo mismo.

—Claro.

—Ellos diseñaron las sesiones sabiendo qué podía ocurrir.

—Usted también.

—Yo no conocía tu diagnóstico.

—No necesitaba conocerlo. Le bastó verme.

La capacidad que había considerado una virtud se convertía otra vez en acusación. Leer a alguien con rapidez no permitía comprenderlo; permitía encontrar el lugar desde donde podía ser movido.

—¿Qué querías que ocurriera cuando volviste al programa? —pregunté.

Nora tardó en responder.

—Que me mirara y supiera que ya habíamos estado allí.

—Lo intenté.

—No. Me preguntó mi nombre.

—No lo recordaba.

—Después lo convirtió en una audición.

—¿Qué debía hacer?

—Decir que no se acordaba.

La respuesta parecía sencilla, pero admitirse incapaz de reconocerla habría destruido la autoridad necesaria para dirigir el grupo. Comprendí al pensarlo que esa era precisamente la razón por la que no lo hice.

—¿Y después? —pregunté.

—Después quería que no me llamara Nadia.

—No lo hice durante las últimas sesiones.

—Lo hizo cuando creyó que nadie lo oía. En la sala, en su habitación, en el corredor.

—No lo recuerdo.

—Ya lo sé.

Nora pronunció la frase sin compasión. No me reprochaba la falta de memoria, sino aquello que hacía con ella: convertirla en permiso para repetir.

—Los textos me confundieron —dije.

—Los textos no me cambiaron la cara.

—No he dicho eso.

—Cuando leía una frase de Nadia, usted dejaba de verme. No importaba cómo la dijera. Corregía mi postura, mi respiración y hasta la forma de colocar las manos porque buscaba algo que ya había decidido que estaba allí.

—No quería convertirte en ella.

—Quería que una parte se pareciera lo suficiente para recordar.

—Eso era el objetivo del programa.

—Entonces no diga que solo ellos me utilizaron.

La puerta del archivo se abrió. Mauro entró acompañado por la doctora y dos trabajadores. No había prisa en sus movimientos; la cámara les había permitido observar que ninguno estaba en peligro inmediato. Mauro miró la tarjeta sobre la mesa, los armarios y mi carpeta abierta.

—Apártate de Nora —dijo.

Estábamos separados por más de un metro.

—No la estoy tocando.

—He dicho que te apartes.

Retrocedí. Nora no necesitaba que él interviniera, pero tampoco protestó. Había elegido terminar la conversación con testigos.

La doctora se acercó a la mesa.

—¿Qué has leído?

—Mi expediente y los apartados del programa.

—¿También historiales personales?

—No.

Nora la miró.

—Leyó el mío.

—La parte relacionada con las sesiones —aclaré.

—Sigue siendo mío.

La doctora cerró su carpeta y la guardó en el armario. No intentó justificar la selección del grupo.

—Vamos a salir —dijo.

—No hasta que me devuelvan mis notas.

—Las revisarás en sesión.

—Ahora sé cuántas veces hemos empezado. Sé que Nora conocía los textos, que todos habían participado antes y que diseñaron un reparto alrededor de sus diagnósticos.

—No era un reparto.

—Cada uno tenía una función prevista.

—Un objetivo terapéutico.

—La diferencia depende del nombre.

—No. Depende de para quién existía la actividad.

—Para ustedes, para mí, para ellos. Nada existe para una sola persona dentro de una sala.

La doctora mantuvo la voz baja.

—Teresa no estaba allí para interpretar a una mujer que necesitaba agradar.

Estaba allí para aprender a reconocer esa conducta.

Samuel no era tu antagonista. Estaba trabajando su relación con la autoridad.

Nora no era una sustituta de Nadia. Estaba intentando defender sus límites frente a alguien que ya había demostrado no respetarlos.

—Y todos esos objetivos producían exactamente la dinámica que necesitaban observar en mí.

—Sí.

La admisión dejó un silencio incómodo.

—Entonces me tendieron una trampa.

—Construimos una situación controlada para que pudieras reconocer un patrón.

—Utilizando personas reales.

—Con su consentimiento.

Nora soltó una risa sin humor.

—No con todo —dijo.

La doctora la miró. Durante unos segundos, la alianza clínica se quebró.

—Tienes razón —respondió—. Hubo información que no compartimos y decisiones que revisaremos contigo.

—Después de que me vaya.

—También fuera de Santa Elvira.

Nora no parecía convencida.

—¿Sabías que algunas frases eran privadas? —pregunté a la doctora.

—Sabía que procedían de materiales entregados por la familia.

—No le pregunté eso.

La mujer no respondió. Habían utilizado palabras de Nadia sin explicar a Nora el contexto, del mismo modo que yo había utilizado sus reacciones sin conocer la historia que las producía.

La diferencia moral que todos intentaban trazar empezaba a volverse menos limpia, aunque eso no eliminaba lo que había hecho.

—Quiero la carpeta de la reconstrucción —dije.

—No.

—Contiene textos míos.

—También información de otros pacientes.