Capítulo 10 #3
No avancé hacia el ala norte de inmediato.
Hacerlo habría permitido que cualquiera me localizara antes de cruzar la primera puerta.
Bajé por la escalera que conducía a la sala, atravesé el pasillo de talleres y utilicé una salida de emergencia que había visto abrir durante una actividad.
No estaba bloqueada desde dentro. El recorrido me llevó al patio pequeño, desde donde podía entrar en el pasillo acristalado si alguien abría desde el otro lado.
Esperé junto a una columna. El aire exterior estaba frío y empezaba a oscurecer.
A través del cristal vi pasar a dos trabajadores; ninguno miró hacia el patio.
Unos minutos después, la doctora salió del ala norte con una carpeta roja y mantuvo la puerta abierta para una auxiliar que empujaba un carro. Antes de que se cerrara, entré detrás.
La auxiliar se volvió.
—¿Qué haces aquí?
—La doctora me ha pedido que la espere.
La mentira funcionó porque ella acababa de verla. Miró hacia el extremo del corredor, donde la mujer ya desaparecía detrás de otra puerta.
—No puedes estar solo en esta zona.
—No estoy solo.
Continué caminando antes de que decidiera comprobarlo.
Había cuatro puertas: administración, archivo, sala de reuniones y un despacho sin rótulo.
La palabra archivo aparecía impresa sobre una placa pequeña, tan directa que por un momento sospeché que se trataba de material administrativo sin relación con los historiales.
Probé el picaporte. Cerrado.
La tarjeta seguía siendo necesaria, pero la auxiliar había dejado el carro junto a una pared. De uno de los cajones colgaba un cordón con varias llaves y una tarjeta blanca. La mujer estaba al fondo, hablando con alguien. Cogí la tarjeta y la acerqué al lector. La luz cambió de rojo a verde.
Entré.
El archivo no se parecía a la habitación que había imaginado.
No había estanterías interminables ni cajas cubiertas de polvo, sino armarios metálicos, dos mesas, un ordenador y archivadores móviles sobre raíles.
El aire estaba más frío que en el corredor.
Una cámara ocupaba una esquina, pero la luz indicadora permanecía apagada o era demasiado pequeña para verla.
Cerré sin bloquear. La tarjeta podía abrir desde fuera, de modo que cualquier trabajador entraría sin aviso. Tenía poco tiempo.
Los armarios estaban organizados por códigos, no por nombres.
Sobre una mesa había varias carpetas devueltas aquella tarde.
Una llevaba una etiqueta con mis iniciales: V.A.M. Debajo aparecía el número de ingreso y una fecha.
Reconocí los dígitos antes de comprenderlos.
Algo más de quince meses atrás. Siete semanas después de la muerte de Nadia.
Abrí.
La primera página mostraba una fotografía tomada al ingresar.
Mi rostro parecía más delgado, con barba irregular y una expresión que no recordaba haber visto nunca en un espejo.
Llevaba la misma pulsera blanca que continuaba en mi muñeca.
Debajo figuraban mi nombre completo, fecha de nacimiento, diagnóstico provisional, medicación inicial y motivo de ingreso.
«Desorganización del pensamiento, insomnio grave, episodios disociativos, ideación delirante centrada en reconstrucción teatral de suceso traumático».
Había más palabras, pero la frase absorbió el resto.
Ideación delirante.
La expresión convertía la producción en síntoma antes de que pudiera explicar qué había ocurrido.
Pasé varias páginas. Informes de entrevistas, registros nocturnos, incidencias, cambios de medicación.
En algunos márgenes se repetía una anotación: «Reformula funciones clínicas como estructura de montaje».
La doctora era productora. Mauro, regidor.
Los talleres se convertían en ensayos. La estancia, residencia artística.
No había inventado a las personas ni los espacios. Había modificado sus funciones para construir un relato donde mi presencia tuviera sentido.
Cerré la carpeta. Podía tratarse de la interpretación del equipo, una hipótesis impuesta sobre una experiencia más compleja. El hecho de que estuviera escrita no la volvía objetiva. Necesitaba encontrar el material de la reconstrucción.
En la mesa había un listado de movimientos recientes. Mi código aparecía junto a otros seis. Los reconocí por las fechas y las sesiones registradas. Nora, Teresa, Esteban, Samuel, Darío y Julia. Sus carpetas podían estar en el mismo armario móvil.
Introduje el código de Nora en el pequeño teclado lateral. Un indicador se encendió sobre una de las secciones. Desplacé el archivador y encontré la carpeta.
No debía abrirla. La promesa de no utilizar información privada había aparecido varias veces en nuestras conversaciones, y Nora había dejado claro que su historia no me pertenecía.
Sin embargo, el documento no contenía solo su tratamiento.
Contenía la razón por la que había sido colocada frente a mí, los criterios que utilizaron para elegirla y las sesiones anteriores que ambos recordábamos de manera distinta.
Abrí por la sección marcada como «Programa de reconstrucción escénica».
El título no era mío. Figuraba impreso con el logotipo de Santa Elvira y una descripción clínica: uso controlado de dramatización, exposición narrativa y psicodrama para facilitar el acceso a recuerdos traumáticos.
Debajo aparecía una lista de objetivos para cada participante.
Teresa trabajaría la necesidad de aprobación y el miedo al juicio.
Esteban, el aislamiento y la dificultad para pedir ayuda.
Samuel, la oposición a figuras de autoridad.
Darío, la desconexión y la atención sostenida.
Julia, la dependencia y la regulación de ansiedad. Nora tenía varias líneas subrayadas:
«Exposición a mirada externa sin pérdida de agencia».
«Reconocimiento y comunicación de límites».
«Riesgo elevado de vinculación ambivalente con Víctor A. por dinámica previa de idealización, desafío y búsqueda de validación».
Dinámica previa.
La selección no había precedido a nuestro encuentro. Nora ya había trabajado conmigo antes de la supuesta primera sesión. El equipo conocía el patrón y, aun así, la devolvió a la sala, convencido de que la supervisión podría controlar algo que llevaba meses repitiéndose.
Pasé la página. Encontré registros de siete sesiones anteriores con Nora.
En la primera, yo había pedido que se sentara frente al escenario y leyera frases de Nadia.
En la segunda, la llamé por su nombre correctamente durante veinte minutos y después empecé a corregir su postura hasta acercarla a una fotografía.
En la tercera, organicé un ejercicio respiratorio que Mauro interrumpió.
En la cuarta, Nora entregó la hoja de los dos golpes.
En la quinta, yo esperé cinco segundos después de la señal.
En la sexta, ella abandonó el programa. Regresó semanas después porque, según el informe, «deseaba concluir la experiencia sin sentirse expulsada por su propia reacción».
La séptima terminó cuando la llamé Nadia y le pedí que recordara una habitación que nunca había visto.
La secuencia reciente no era una repetición casual. Había sido una nueva versión de algo que todos conocían salvo yo.
En otra sección aparecían transcripciones de frases pronunciadas por Nora.
Reconocí algunas: «No vuelva a decirme lo que siento antes de que pueda sentirlo».
«No soy ella». «Siempre consigue que marcharme parezca una forma de volver».
Debajo, una observación de la doctora señalaba que Nora había empezado a utilizar el lenguaje de Nadia porque los fragmentos se habían repetido en el programa y porque yo reforzaba cualquier coincidencia.
Las frases no habían aparecido espontáneamente. Habían sido introducidas, corregidas y devueltas hasta que ya no resultaba posible distinguir cuáles pertenecían a Nadia, cuáles a Nora y cuáles a mi recuerdo.
Sentí una mezcla de alivio y traición. La primera frase de la sala, aquella que me hizo creer que había encontrado a mi actriz, estaba escrita en el material previo.
Nora la conocía. El equipo sabía que podía pronunciarla.
No era una señal surgida de un lugar misterioso ni la prueba de que algo de Nadia persistía en ella.
Habían construido la coincidencia y después observado cómo yo la interpretaba.
Aun así, Nora no había sido informada de todo.
En varios registros constaba que desconocía el carácter privado de ciertas frases y que había pedido dejar de utilizarlas.
La doctora autorizó continuar con versiones modificadas porque mi reacción permitía acceder a recuerdos que de otro modo se interrumpían.
La habían utilizado.
El reconocimiento no me absolvía. Yo había hecho algo semejante, quizá peor: detectar la vulnerabilidad, ofrecerle un lugar especial y convertir cada límite en material. Sin embargo, ellos lo habían hecho en nombre del tratamiento y con informes que distribuían la responsabilidad entre un equipo.
Guardé las páginas dentro de la carpeta y busqué el expediente de Teresa.
No leí su historia completa. Fui directamente al apartado del programa.
También ella había participado en sesiones anteriores.
Lo mismo Esteban, Samuel y Darío. Julia era la única incorporada recientemente, aunque había asistido a talleres donde se hablaba de mi reconstrucción antes de conocerme.
Ninguno había sido seleccionado como actor.
Sus dificultades, sus diagnósticos y los objetivos terapéuticos eran el verdadero reparto.
Cada persona ocupaba una función porque el equipo había previsto cómo reaccionaría frente a mí.