La última función Capítulo 10 #2
56%

Capítulo 10 #2

—La que llevaba mi nombre. Los textos, las notas de Nora, los fragmentos de Nadia.

—Está archivada.

—¿Dónde?

—No vas a acceder a ella.

—Entonces admites que existe un archivo.

—Claro que existe.

—¿Con expedientes del grupo?

La palabra produjo una reacción mínima. Mauro dejó el vaso sobre la bandeja antes de responder.

—Todos los pacientes tienen uno.

—No he dicho pacientes.

—No hace falta que sigamos fingiendo que no sabes dónde estás.

—Sé dónde estoy. No sé qué han hecho con el material.

—Se ha guardado.

—¿En la sala?

—No.

—¿En tu despacho?

—No tengo despacho.

—Todos tienen un lugar donde convierten una conversación en un informe.

Mauro recogió la bandeja.

—La medicación empezará a hacer efecto pronto.

—Eso no responde.

—No pretendo responder.

Salió y cerró. La puerta no quedó bloqueada, pero dos trabajadores permanecieron en el corredor durante toda la noche.

No intenté salir. La medicación hizo que la habitación perdiera bordes y, antes de dormir, pensé en un teatro después del último ensayo, cuando los actores se marchan con los textos y el director descubre que el espacio no conserva nada de lo ocurrido salvo marcas de cinta y una silla mal colocada.

A la mañana siguiente, la doctora llegó después del desayuno. No traía carpetas ni grabadora. Vestía ropa de calle y llevaba el cabello suelto, como si la entrevista formal hubiera terminado también con la necesidad de representar su función ante mí. Se sentó junto a la ventana.

—Mauro dice que preguntas por el grupo —comenzó.

—Mauro informa de todo.

—Es su trabajo.

—Eso ya no significa nada. Cada vez que utilizáis la frase, su trabajo cambia.

—No ha cambiado. Tú lo has interpretado de formas distintas.

—Quiero saber qué ocurrirá con ellos.

—Continuarán con sus tratamientos. Algunos seguirán en Santa Elvira, otros pasarán a dispositivos externos cuando corresponda.

—¿Quién se marcha?

—No puedo hablarte de eso.

—Nora.

La doctora sostuvo mi mirada.

—Nora seguirá aquí por ahora.

—¿Por qué no aparece?

—Porque se han modificado sus horarios y espacios para evitar encuentros.

—Eso se parece a un castigo.

—Es una medida de protección.

—Para ella o para su versión de lo ocurrido.

La mujer no respondió a la provocación.

—La reconstrucción continuará sin participantes —dijo—. Trabajaremos con registros, objetos y grabaciones. El grupo cumplió su función.

—Una forma elegante de decir que ya no los necesitáis.

—No existían para servirte.

—Los introdujeron en una sala conmigo, utilizaron sus historias, sus cuerpos y sus reacciones para provocar recuerdos. No finja que protegían una autonomía que el programa había convertido en material desde el principio.

—La diferencia es que nosotros establecíamos límites.

—Y yo los cruzaba.

—Sí.

La rapidez de la respuesta eliminó la discusión que había preparado.

—¿Qué ocurrirá con la sala? —pregunté.

—No volverás a utilizarla por ahora.

—¿Y si me niego a continuar de otra manera?

—No puedo obligarte a participar.

—¿Puedo marcharme?

—No hoy.

—Entonces sí podéis obligarme.

—Podemos mantener el ingreso mientras exista riesgo para ti o para otros.

—No he hecho daño a Nora.

—Bloqueaste una puerta con una silla, organizaste una sesión clandestina y no respondiste a la señal que habíais establecido.

—Durante tres segundos.

—No vuelvas a usar la cifra como una reducción.

—Las cifras no reducen. Miden.

—Solo cuando aceptas qué están midiendo.

La doctora se levantó.

—Hoy tendrás una sesión de orientación con Mauro. Después podrás bajar a la biblioteca acompañado.

—Quiero mis notas.

—Se revisarán contigo cuando estés preparado.

—¿Preparado para qué?

—Para leerlas sin utilizarlas como instrucciones.

La frase recordó la anotación de la carpeta: dos golpes, esperar.

Si yo había escrito aquello antes de una sesión con Nora, las notas podían contener una secuencia de intentos anteriores, versiones de la reconstrucción y nombres que habían cambiado de función cada vez que mi memoria se reorganizaba.

—¿Dónde están guardadas? —pregunté.

—En archivo clínico.

—¿En qué planta?

—No vas a ir.

—No he dicho que fuera.

—Lo has decidido antes de preguntar.

La acusación era injusta porque describía exactamente lo que acababa de ocurrir.

No pensaba aceptar que el material permaneciera inaccesible mientras ellos lo utilizaban para explicar cada comportamiento.

Necesitaba leerlo sin la selección de la doctora, comprobar qué había escrito yo, qué habían dicho los participantes y cuántas veces había comenzado aquella supuesta primera sesión.

—¿Los expedientes del grupo están allí? —pregunté.

—Sus historiales no te conciernen.

—No he pedido historiales. Quiero saber qué información se utilizó para seleccionarlos.

—No hubo un casting.

—Hubo una selección.

—Sí.

—¿Basada en qué?

—En quién podía beneficiarse del programa y quién podía participar sin un riesgo excesivo.

—Nora no cumplía la segunda condición.

—La evaluamos mal.

La admisión sorprendió por su claridad.

—¿Por qué?

—Porque subestimamos la rapidez con la que detectarías su necesidad de aprobación y la utilizarías para convertirla en el centro.

—No la elegí por eso.

—La elegiste porque se resistía y, al mismo tiempo, quería que la vieras.

—Eso es más que una necesidad de aprobación.

—Para ti siempre es más, porque necesitas que la vulnerabilidad parezca talento antes de utilizarla.

La doctora se dirigió hacia la puerta.

—¿Dónde está el archivo? —pregunté.

No se volvió.

—No importa.

Después de que se marchara, Mauro apareció con una carpeta de ejercicios de orientación.

La sesión consistía en reconocer espacios del edificio, identificar sus funciones reales y corregir las denominaciones que yo había utilizado.

El supuesto camerino era una sala de descanso.

La cabina técnica servía para observar y registrar actividades.

La productora era psiquiatra. El regidor, enfermero.

El reparto, pacientes. Mauro pronunciaba cada palabra y esperaba que yo la repitiera.

—Esto es infantil —dije.

—Funciona mejor cuando no discutes cada término.

—Funciona mejor para quien necesita una única descripción.

—No hay una producción teatral.

—Hay una reconstrucción representada ante una cámara.

—Eso no la convierte en teatro.

—Ya hemos discutido esto.

—Muchas veces.

—Entonces ¿por qué seguimos?

—Porque cada vez consigues utilizar la coincidencia entre ambas cosas para negar la diferencia.

La hoja siguiente mostraba un plano parcial de Santa Elvira.

Aparecían la planta de habitaciones, el comedor, la sala común, los despachos y una zona administrativa en el ala norte.

El archivo clínico no estaba señalado, aunque una puerta sombreada junto a los despachos indicaba «acceso restringido».

—¿Qué hay aquí? —pregunté.

Mauro siguió la dirección de mi dedo.

—Administración.

—¿El archivo?

—No.

Mintió sin habilidad. Su mirada se desplazó antes de responder y una mano cubrió parcialmente el plano.

—¿Dónde guardáis las carpetas? —insistí.

—No importa.

—La doctora utiliza el mismo argumento.

—Porque no vas a acceder.

—Eso no elimina que exista.

Mauro retiró el plano y pasó a la siguiente hoja.

—Vamos a reconocer a las personas.

Había fotografías pequeñas de trabajadores del centro con nombres y funciones.

La doctora aparecía identificada como psiquiatra responsable.

Mauro, enfermero especialista en salud mental.

La mujer que llevaba la medicación figuraba como auxiliar.

Reconocí a varios trabajadores de los corredores. No había pacientes.

—¿Dónde está el grupo? —pregunté.

—No necesitas fotografías para reconocerlos.

—Quiero ver qué función les asignáis.

—Paciente.

—Eso no es una función.

—Aquí sí.

—¿Y en la reconstrucción?

Mauro cerró la carpeta.

—La sesión termina.

—Porque he preguntado algo que no está en la hoja.

—Porque has dejado de trabajar con lo que hay delante.

—Lo que hay delante siempre es una selección.

Se levantó y guardó el plano bajo el brazo. Durante un instante pensé que se había dado cuenta de que acababa de mostrarme el acceso administrativo. Sin embargo, la medicación y la vigilancia convertían cualquier intento de llegar hasta allí en algo fácilmente detectable.

No necesitaba hacerlo durante el día.

Pasé la tarde en la biblioteca acompañado por un trabajador joven que leía junto a la puerta.

Me permitieron elegir cualquier libro, pero no acceder a los ordenadores.

Desde la ventana se veía el ala norte, una construcción más baja unida al edificio principal por un pasillo acristalado.

Dos personas cruzaron con carpetas; una utilizó una tarjeta para abrir la puerta del extremo.

El archivo podía estar allí o en una sala interior próxima al despacho de la doctora.

No pensaba robar información clínica. Quería recuperar mis notas, los textos de Nadia y los documentos utilizados para construir la falsa primera sesión. La distinción era importante, aunque sabía que nadie en Santa Elvira la aceptaría después de encontrarme dentro.

La oportunidad apareció durante la cena.

Una alarma sonó en la planta inferior y varios trabajadores salieron del comedor.

No parecía una emergencia grave; nadie corrió, pero la atención se desplazó hacia un corredor donde alguien gritaba y golpeaba una puerta.

Mauro dejó la bandeja de medicación y pidió a la auxiliar que permaneciera con nosotros.

Ella se acercó a un hombre que había empezado a inquietarse por el ruido.

Durante menos de un minuto, nadie me observó.

Salí por la puerta lateral.