Capítulo 10
El reparto invisible
Reconocer un hecho no significa comprenderlo.
A veces ocurre lo contrario: una certeza ocupa el lugar donde antes convivían varias posibilidades y obliga a construir alrededor de ella una defensa más compleja.
Mientras pude pensar que no había oído los golpes, que los confundí con un movimiento accidental o que la cámara había transformado una vacilación en una señal inequívoca, la muerte de Nadia pertenecía todavía al territorio de la percepción.
Después de recordar su mano contra la pared transparente y el modo en que levanté la cabeza tras el primer impacto, ya no podía discutir lo que había visto.
Quedaba, sin embargo, todo lo demás: por qué esperé, qué creí que estaba ocurriendo y quién había convertido una prueba aislada en el último acto de una historia que otros llevaban diecisiete meses escribiendo por mí.
No recuerdo con precisión cuánto tiempo permanecimos en la habitación después de mi respuesta.
La doctora formuló preguntas sencillas, Mauro recogió el cuaderno antes de que el café terminara de extenderse sobre las páginas y alguien colocó un comprimido bajo mi lengua cuando empecé a insistir en que necesitaba volver a la sala del tanque.
No me sujetaron, aunque varias manos permanecieron cerca, preparadas para hacerlo si la memoria se convertía otra vez en una puerta que yo intentara atravesar físicamente.
Conservé algunas frases, el sonido del vaso sobre la mesa y la impresión de que la doctora había dicho que aquello era suficiente para ese día. Después, el tiempo se volvió blando.
Al despertar, la habitación estaba en penumbra.
Habían bajado la persiana y retirado la silla que yo mantenía junto a la pared.
El cuaderno tampoco estaba. Sobre la mesa quedaban la bandeja del almuerzo, una jarra de agua y una hoja donde alguien había escrito la fecha, la hora y la frase que yo debía repetir si no sabía cuánto tiempo había pasado: «Estoy en Santa Elvira.
Hoy es jueves. He recordado que vi la señal de Nadia».
La escritura pertenecía a Mauro. Lo supe por la forma en que cerraba las aes y por una ligera inclinación hacia la izquierda que intentaba corregir cuando redactaba informes.
Leí la frase varias veces. No había un signo de interrogación, ninguna reserva ni una indicación de que el recuerdo pudiera ser revisado después.
Yo vi la señal. El hecho ya había sido incorporado al presente antes de que pudiera decidir qué hacer con él.
La puerta se abrió poco después. Entró una trabajadora a la que había visto en el comedor, una mujer de unos cincuenta años que llevaba siempre el cabello recogido y una tarjeta con su nombre demasiado pequeño para leerlo desde lejos.
Comprobó la jarra, levantó la persiana unos centímetros y me preguntó si sabía dónde estaba.
—En mi habitación.
—¿Dónde?
—Santa Elvira.
—¿Qué día es hoy?
Miré la hoja.
—Jueves.
—¿Lo sabías o lo has leído?
—La diferencia no modifica la fecha.
La mujer anotó algo en una tabla.
—¿Quieres desayunar?
La luz que entraba por la persiana no parecía la de primera hora. Miré el reloj de pared. Marcaba las cinco y veinte, aunque no sabía si de la mañana o de la tarde.
—¿Cuánto he dormido?
—Casi ocho horas.
—Entonces no es jueves por la mañana.
—Son las cinco de la tarde.
Había perdido el resto del día y parte del anterior, o quizá la entrevista había ocurrido aquella misma mañana. La medicación convertía la cronología en un material que dependía de otros.
—Quiero hablar con la doctora.
—Vendrá más tarde.
—¿Y Mauro?
—Está trabajando.
—¿Dónde?
La mujer volvió a mirar la tabla.
—En la planta.
—Eso no responde.
—Está ocupado.
—¿Qué ha ocurrido con el grupo?
No pareció comprender de inmediato.
—¿Qué grupo?
—Teresa, Esteban, Samuel, Darío, Julia y Nora.
Los nombres produjeron un cambio en su expresión. No sorpresa, exactamente, sino la cautela de quien descubre que una conversación está entrando en un terreno para el que ha recibido instrucciones.
—No puedo darte información sobre otros pacientes.
—No he pedido información clínica. He preguntado si las sesiones continuarán.
—Eso tendrás que hablarlo con la doctora.
—¿Han utilizado la sala hoy?
La mujer cerró la tabla.
—No lo sé.
Mentía. Las personas que trabajan en una planta conocen el horario de cada actividad, incluso cuando no participan. Su desconocimiento era una forma de no decir que la sala había seguido funcionando sin mí.
—¿Nora está aquí? —pregunté.
—No puedo—
—No te he preguntado por su tratamiento. Solo si se ha marchado.
—Habla con la doctora.
La frase cerraba cualquier pregunta del mismo modo que las puertas de Santa Elvira se cerraban sin llave: no impedía físicamente avanzar, pero convertía cada intento en una conducta que podía registrarse.
La mujer dejó la bandeja, me pidió que llamara si necesitaba algo y salió.
Desde la puerta vi a un trabajador sentado al fondo del corredor.
No tenía prohibido abandonar la habitación de forma expresa, aunque la vigilancia sugería que cualquier movimiento sería acompañado.
Me duché, me puse la camisa que Mauro había traído para la entrevista y esperé.
Nadie apareció durante casi una hora. La demora podía formar parte de una indicación clínica, una forma de comprobar si toleraba la incertidumbre sin recorrer la planta, pero también podía deberse a que el centro continuaba con su actividad y yo había dejado de ocupar el lugar principal dentro de ella.
A las seis y cuarto salí.
El trabajador del corredor se levantó.
—¿Adónde vas?
—A la sala común.
—Puedo acompañarte.
—No te lo he pedido.
—Tengo que hacerlo.
—Entonces no es acompañar.
Caminó a mi lado sin responder. La sala común estaba casi vacía.
Dos mujeres jugaban a las cartas junto a una ventana y un hombre dormía frente al televisor.
No había rastro de Teresa, Esteban ni de ninguno de los demás.
Pregunté por la actividad de la tarde. Una de las mujeres dijo que algunas personas habían bajado a un taller, pero no sabía cuál.
El trabajador permaneció junto a la puerta, escuchando.
—¿Dónde están los talleres? —pregunté.
—Hoy no tienes autorizado bajar —respondió él.
—Entonces sabes que hay una actividad.
—Sé que no puedes ir.
—¿Por qué?
—Son indicaciones.
—¿De la doctora?
—Sí.
—¿Y la sala?
No contestó.
Regresé al corredor. La planta parecía más silenciosa que otros días.
Las puertas de varias habitaciones estaban abiertas y dentro había camas sin ocupar.
Nora no se encontraba en la suya, aunque yo nunca había sabido con certeza cuál era.
Teresa tampoco apareció durante la cena.
Mauro trajo los comprimidos a las ocho y evitó responder cuando le pregunté por el grupo.
—La doctora te verá mañana —dijo.
—No pienso esperar hasta mañana para saber si han continuado la reconstrucción sin mí.
—No ha continuado.
—¿Y el grupo?
—Cada uno sigue con su tratamiento.
—¿Dónde?
—En las actividades que les correspondan.
—¿Han vuelto a la sala?
Mauro colocó las pastillas sobre la mesa.
—No importa.
—A ti no.
—Tampoco a ti.
La respuesta modificaba por completo las semanas anteriores. Habían reunido a seis personas para participar en una reconstrucción centrada en mi memoria y ahora afirmaba que su continuidad no me concernía.
—Eran mi reparto —dije.
Mauro no mostró irritación. Pareció más cansado que otras veces.
—Nunca lo fueron.
—Me pediste que dirigiera las sesiones.
—Te acompañé mientras utilizabas una estructura que aceptabas.
—Había ejercicios, textos y una sala preparada.
—Sí.
—Eso es un ensayo.
—Para ti.
—¿Y para ellos?
—Una actividad terapéutica.
La frase no era nueva, pero aquella noche sonó menos como una corrección que como una declaración definitiva.
—¿Sabían que participaban en mi reconstrucción?
—Sí.
—¿Sabían que utilizarían textos de Nadia?
—Algunos.
—¿Y que yo los dirigiría?
Mauro dudó.
—Sabían que trabajarías con el grupo.
—No es lo mismo.
—No.
—Entonces les ocultaron parte de la verdad.
—Se les explicó lo necesario.
—La expresión favorita de cualquiera que quiere conservar la autoridad.
Mauro señaló los comprimidos. No pensaba continuar mientras yo no los tomara. Los tragué sin dejar de mirarlo.
—¿Dónde está Nora?
—No puedo decírtelo.
—Eso significa que no está en su habitación.
—Significa que ha pedido privacidad.
—¿Se ha marchado de Santa Elvira?
—No.
La respuesta llegó antes de que pudiera protegerla con el protocolo. Nora seguía allí. Si no aparecía, la estaban manteniendo en otra zona o habían modificado sus horarios para impedir que coincidiera conmigo.
—Quiero hablar con ella.
—No.
—No he dicho a solas.
—Ha pedido no verte.
—Después de la sala.
—Sí.
—¿La doctora estaba presente cuando lo pidió?
Mauro entrecerró los ojos.
—¿Qué intentas insinuar?
—Nada. Pregunto si expresó la decisión sin que otra persona la ayudara a interpretarla.
—La expresó con claridad.
—Quiero oírla.
—No.
La negativa no procedía solo de una norma. Mauro estaba protegiendo algo que consideraba frágil, quizá a Nora, quizá el progreso que la doctora creía haber conseguido separándola de mí.
—¿Qué ocurrirá con la obra? —pregunté.
—No hay una obra.
—Con la reconstrucción.
—Continuará de otra manera.
—Sin el grupo.
—Sí.
La respuesta me dejó una sensación más cercana al despojo que al fracaso.
Habían permitido que construyera un espacio, eligiera una actriz y comenzara a encontrar una forma para aquello que no recordaba.
En cuanto la reconstrucción produjo una verdad que ellos consideraban suficiente, retiraron a las personas y cerraron la sala.
No era terapia. Era una producción que había obtenido su material y ya no necesitaba al director.
—¿Quién decide la nueva forma? —pregunté.
—La doctora.
—Una productora al final.
Mauro recogió el vaso.
—Duerme.
—Quiero mis notas.
—No.
—El cuaderno es mío.
—Forma parte del registro.
—Lo escribí yo.
—Precisamente.
—¿Y la carpeta de la sala?
Mauro se detuvo.
—¿Qué carpeta?