La última función Capítulo 9 #4
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Capítulo 9 #4

Inhaló una última vez y sumergió la cabeza.

Activé el cronómetro.

El agua alteró su rostro de inmediato. El cabello se desprendió parcialmente del recogido y flotó alrededor de la nuca.

Las luces laterales dibujaban reflejos sobre la pared transparente, aunque la cámara mantenía un encuadre limpio.

Nadia tenía los ojos cerrados. Sus manos permanecían abiertas sobre el fondo, los brazos ligeramente flexionados para estabilizar el cuerpo.

Los primeros diez segundos transcurrieron sin cambios visibles.

Yo observaba la pantalla del cronómetro y el rostro, alternando entre ambos.

Había prometido no hablar, pero recuerdo mover los labios, quizá repitiendo mentalmente la secuencia.

Habitación, ventana, cama, puerta. No sé si esas eran las palabras exactas del ejercicio o si las he añadido después.

A los doce segundos, Nadia abrió los ojos.

No miró la cámara. Me miró a mí a través del agua y de la pared transparente. El contacto no contenía miedo todavía. Era una comprobación: seguía allí, veía el cronómetro y recordaba el acuerdo.

A los diecisiete segundos, una burbuja escapó de su nariz. El cuerpo se ajustó. La mano derecha se cerró y volvió a abrirse.

A los veinte, la imagen mental debía de haber empezado a deteriorarse.

Ese era el punto que buscábamos: cuando el organismo considera el aire más importante que cualquier ficción, incluso una habitación cargada de memoria empieza a perder paredes, colores y objetos.

Nadia frunció el ceño. Podía estar siguiendo la secuencia o soportando la primera incomodidad.

No hablé.

A los veinticuatro segundos, levantó ligeramente la cabeza, aunque permaneció sumergida. La posición acortaba la distancia hasta la superficie. No era una señal pactada. Había advertido que podía mover una mano o cambiar de postura sin que yo interviniera.

A los veintisiete, su mano izquierda se elevó.

Recordaba la transcripción de la doctora: en el segundo veintisiete, Nadia levantó una mano.

Desde el presente, el gesto parecía una petición previa, una forma de anunciar que algo empezaba a ir mal.

Aquella noche lo interpreté según el acuerdo: no significaba nada.

Ella misma había establecido que solo los golpes terminarían la prueba.

La mano descendió.

El cronómetro alcanzó los treinta segundos.

Nadia soltó más aire. El movimiento de su abdomen se volvió visible.

Una pierna cambió de posición y la rodilla chocó contra el fondo con un sonido que la cámara pudo registrar, aunque yo apenas lo oí.

El cuerpo empezaba a abandonar la quietud del ejercicio.

Aquello no significaba todavía peligro. Cualquier persona sumergida experimenta impulsos involuntarios cuando aumenta el dióxido de carbono.

El entrenamiento consiste precisamente en no confundir la urgencia con la ausencia real de oxígeno.

Treinta y uno.

Nadia giró el rostro hacia el lateral.

Treinta y dos.

La mano derecha buscó la pared transparente. Los dedos se extendieron, resbalaron una vez y encontraron el borde interior. Durante una fracción de segundo pensé que iba a impulsarse hacia arriba. En lugar de hacerlo, cerró los nudillos y golpeó.

El primer impacto fue claro. No fuerte, pero distinto de los movimientos anteriores. Levanté la cabeza.

Nadia golpeó una segunda vez.

El sonido llegó a través del agua, el acrílico y el aire de la sala. No se parecía al de una rodilla contra el fondo ni al roce accidental de una mano. Eran dos golpes separados por el intervalo exacto que habíamos acordado.

La memoria intentó avanzar. Apareció el cronómetro, mi cuerpo inclinándose y la mirada de Nadia detrás de la pared. Después todo se cubrió de una blancura intensa, no una ausencia de imagen, sino el reflejo de los paneles sobre el agua. Cerré el cuaderno y descubrí que estaba de pie.

No recordaba haberme levantado.

La silla había caído detrás de mí. El café se había derramado sobre la mesa y parte del líquido alcanzaba las páginas, aunque la tinta todavía no se había extendido. En el corredor, la trabajadora llamaba a Mauro. Yo podía oírla, pero su voz parecía atravesar una pared de agua.

Miré mis manos. Estaban secas. Aun así, sentía en los dedos el frío del borde del tanque y el peso de un cuerpo que todavía no había sacado.

Mauro llegó con la doctora. Entraron sin esperar permiso. Él retiró la taza y levantó la silla mientras ella se acercaba despacio, evitando bloquear la puerta.

—Víctor —dijo—. Mírame.

—No he terminado.

—¿Qué estabas escribiendo?

Señalé el cuaderno. La doctora no lo tocó.

—Cuéntamelo sin leer.

—La casa. El tanque. Marina no estaba.

—Bien. Continúa.

—Le mentí.

Mauro dejó de limpiar el café.

—¿A quién?

—A Marina. Le dije que había una fuga para que no viniera.

La doctora asintió, pero no mostró la satisfacción que habría esperado al escuchar una admisión nueva.

—¿Nadia lo sabía?

—Lo descubrió al llegar.

—¿Y después?

La pregunta abrió otra vez la sala. Vi a Nadia frente a la cámara, obligándome a repetir el acuerdo. Dos golpes y te saco. Aunque crea que puedes continuar.

—Estableció una señal —dije.

—¿Cuál?

—Dos golpes.

—¿Qué significaban?

—Que la sacaba del agua.

—¿Sin hacer qué?

—Sin preguntar, sin esperar y sin decidir si podía aguantar.

La doctora se acercó un paso.

—¿Nadia utilizó la señal?

El sonido regresó. Primer golpe. Mi cabeza levantándose. Segundo golpe. Mi mirada siguiendo la mano.

No había confusión. No estaba de espaldas, no consultaba una nota ni me había distraído con la cámara.

La promesa seguía presente porque Nadia me había obligado a pronunciarla pocos minutos antes.

La reconocí en cuanto el primer impacto alteró el ritmo de la sala y la comprendí por completo cuando llegó el segundo.

Durante meses había dicho que quizá no los oyera, que el sonido podía confundirse con un movimiento accidental o que solo comprendí su significado después. Ninguna de esas versiones sobrevivía a la imagen que acababa de regresar.

La doctora repitió la pregunta.

—¿Viste la señal?

Me apoyé en la mesa. El agua del recuerdo seguía entre nosotros, pero esta vez no había ocultado la mano.

Yo vi la señal.