La última función Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

Había perdido la medida. El cuaderno contenía cuatro páginas, aunque recordaba haber escrito apenas unas líneas. El café estaba frío y la mano derecha me dolía por la presión del bolígrafo.

—Necesito terminar una escena.

—No hay ninguna escena.

La frase parecía aprendida de la doctora, pero la mujer la pronunció con una indiferencia que revelaba no conocer el contexto.

—Siempre la hay —respondí.

—Tome la medicación.

No pensaba discutir con alguien cuya única función era informar si obedecía. Tragué los comprimidos, comí parte de la tostada y esperé a que se marchara. Después volví al cuaderno.

Nadia continuaba junto al tanque.

Había ido al baño a cambiarse. Cuando regresó, llevaba una camiseta negra y pantalones cortos. El cabello seguía recogido, pero se había quitado los pendientes y el reloj. Dejó ambos objetos dentro del bolso y colocó el teléfono sobre la mesa.

—Marina tiene la dirección —dijo.

—Siempre la ha tenido.

—Le he enviado un mensaje.

Recordaba mi irritación. No porque la presencia futura de Marina impidiera la prueba, sino porque Nadia había establecido una garantía fuera de mí.

Si algo no salía bien, alguien sabría dónde estábamos.

Desde la perspectiva actual, la precaución parecía elemental.

Aquella noche la interpreté como desconfianza.

—¿Esperamos a que llegue? —pregunté.

Otra oferta falsa. Sabía que Marina tardaría al menos una hora y que Nadia no quería prolongar la discusión.

—No va a venir —respondió—. Está fuera de la ciudad.

—Entonces el mensaje solo sirve para dramatizar.

—Sirve para que alguien sepa dónde estoy.

—Yo sé dónde estás.

Nadia me miró durante varios segundos. La frase había revelado algo que yo no percibí entonces: no le preocupaba desaparecer físicamente, sino quedar encerrada dentro de mi versión de lo que ocurriera.

—Eso no me tranquiliza —dijo.

Podía haber detenido la prueba en aquel momento.

Ella había expresado desconfianza, la ayudante no estaba y la actividad oficial se había aplazado.

Cualquier protocolo razonable habría exigido esperar.

Sin embargo, yo no estaba buscando una situación razonable.

Necesitaba comprobar si Nadia todavía podía entregar algo fuera de la vigilancia de Marina y de la producción, si nuestra relación conservaba la intimidad que había hecho posibles los trabajos anteriores o si ya se había convertido en una actriz que necesitaba abogados dentro de la sala.

—No tienes que hacerlo —dije.

La frase parecía liberarla, pero estaba construida para lo contrario. Nadia conocía mi tono. Sabía que «no tienes que hacerlo» significaba que yo ya había empezado a imaginar otra persona ocupando su lugar.

—Deja de hablarme como si marcharme fuera una elección neutral —respondió.

—Lo es.

—Si me voy, pierdo el papel.

—Si no puedes hacer el trabajo, tendremos que hablar del papel.

—No es lo mismo.

—Depende de por qué te vayas.

La discusión había alcanzado el mecanismo central de nuestro vínculo.

Yo no imponía una conducta; interpretaba la negativa.

Si se marchaba por miedo, el miedo demostraba que aún no comprendía el personaje.

Si se quedaba para no perder el papel, la decisión confirmaba su entrega.

No había una salida que no pudiera incorporarse al método.

Nadia caminó hasta el tanque y apoyó una mano sobre el borde. El agua estaba templada. Había comprobado la temperatura varias veces porque el frío podía provocar una reacción respiratoria involuntaria y alterar el ejercicio. Ella introdujo los dedos, después los retiró.

—Cuarenta segundos —dijo.

—Como máximo.

—No. Cuarenta y se termina, aunque yo no dé la señal.

—Si todo está bien, podemos evaluar—

—Cuarenta.

La firmeza de su voz me obligó a aceptar. Cogí el cronómetro y lo dejé sobre la mesa, dentro de su campo visual.

—Cuarenta —repetí.

—Y dos golpes.

La señal apareció antes de que encendiéramos la cámara. Nadia no confiaba en poder hablar bajo el agua ni en que un movimiento ambiguo fuese suficiente. Necesitaba una acción que no admitiera discusión.

—Dos golpes en el lateral —dije.

—Y me sacas.

—Sí.

—No me preguntas si quiero seguir. No esperas a que vuelva a hacerlo. No decides que estoy cerca de algo.

Cada frase anticipaba una defensa que yo habría podido utilizar. Nadia no inventaba temores abstractos. Conocía mi manera de observar, la tendencia a considerar que el momento posterior a una petición de detenerse podía revelar precisamente aquello que el ejercicio buscaba.

—Si das dos golpes, te saco —dije.

—Aunque creas que puedo seguir.

—Aunque crea que puedes seguir.

—A cámara.

La petición me molestó. No porque pensara incumplir el acuerdo, sino porque convertía mi palabra en algo que necesitaba una prueba exterior. Aun así, activé la cámara principal. La luz roja se encendió. Me situé junto a Nadia, frente al objetivo.

Ella miró directamente al lente.

—Dos golpes significa que termina la prueba —dijo—. No que tengo miedo, no que estoy cerca, no que necesito una indicación. Termina.

Después me miró. Esperaba que repitiera el acuerdo sin añadir una interpretación.

—Dos golpes y te saco del agua —respondí—. Aunque piense que puedes continuar.

—Sin esperar.

—Sin esperar.

Nadia mantuvo los ojos sobre mí unos segundos más. No parecía satisfecha. Quizá sabía que una promesa podía registrarse y seguir sin modificar el impulso que la incumpliría.

—Otra cosa —añadió—. Si levanto una mano, no significa nada. Puede ser parte de la secuencia. Solo los golpes.

—De acuerdo.

—Y si no golpeo, cuarenta segundos.

—Sí.

La claridad del acuerdo había sido diseñada para protegerla de mi interpretación. Todo lo que ocurrió después debía medirse contra aquellas palabras, no contra su capacidad pulmonar, la intención artística o el límite físico que yo creyera observar.

Apagué la cámara o pensé hacerlo. El recuerdo mostraba mi mano sobre el mando, pero la luz continuaba encendida. Quizá solo había comprobado el encuadre. La grabación no se interrumpió.

Nadia subió la pequeña escalera. Al apoyar un pie en el agua, respiró con fuerza y miró la temperatura en el termómetro adherido al lateral.

—Está bien —dijo.

No era una pregunta. Se sentó en el borde con las piernas sumergidas y permaneció así durante un minuto, regulando la respiración.

Yo ajusté la cámara, comprobé el cronómetro y le recordé la secuencia mental que debía recorrer.

Habíamos trabajado sobre un personaje que intentaba conservar una imagen mientras el cuerpo la expulsaba.

Nadia debía pensar en una habitación de infancia, sostenerla durante la inmersión y observar el instante en que la necesidad de aire destruía los detalles.

Después, al salir, describiría qué había desaparecido primero.

No se trataba de comprobar cuánto aguantaba, sino de estudiar cómo el cuerpo reordena la memoria bajo presión.

La idea seguía pareciéndome poderosa.

Ese reconocimiento fue lo que más me perturbó mientras escribía.

Podía comprender la belleza conceptual del ejercicio incluso sabiendo cómo terminó.

La tragedia no había destruido la lógica que lo sostenía.

La volvía peligrosa, quizá imperdonable, pero no absurda.

Parte de mí todavía veía la escena que habríamos obtenido si Nadia hubiese salido a los cuarenta segundos, respirado y descrito cómo la habitación imaginada se deshacía bajo el agua.

Esa parte no celebraba su muerte. Solo se negaba a fingir que todo el trabajo anterior había carecido de sentido.

Nadia me pidió que repitiera las indicaciones.

—Entras, tomas aire y te sumerges cuando estés preparada —dije—. Yo activo el cronómetro cuando la cabeza queda bajo la superficie. No busques resistir. Mantén la habitación mientras puedas y deja que se deshaga cuando el cuerpo empiece a reclamarte.

—No quiero que me hables mientras estoy dentro.

—No podrás oírme con claridad.

—Te oigo igual.

Habíamos realizado pruebas menores en recipientes distintos. Yo hablaba durante los ejercicios, no para dirigir acciones concretas, sino porque la voz ofrecía al actor una referencia exterior. Nadia había empezado a considerar que mi voz se introducía incluso cuando intentaba escuchar el cuerpo.

—No hablaré —acepté.

—Ni golpearás tú el tanque.

—No pensaba hacerlo.

—La última vez lo hiciste para que aguantara.

La imagen apareció: mi mano marcando un ritmo sobre una bañera durante un ensayo anterior. Nadia había interpretado los golpes como una indicación para continuar, aunque yo pretendía comprobar si podía oír desde dentro. Otra ambigüedad que ella intentaba eliminar.

—No tocaré el tanque —dije.

Nadia cerró los ojos y respiró varias veces. No eran inspiraciones profundas, sino un ritmo controlado que había aprendido con un preparador físico. La producción conocía esas pruebas anteriores. El ejercicio no surgía de la nada, aunque la sesión de aquella noche no estuviera autorizada.

—Si me levanto antes —dijo—, no me impidas salir.

—No voy a tocarte.

—No físicamente.

Comprendí la acusación, pero decidí no responder. Cualquier frase podía convertirse en otra discusión y, si la prueba se aplazaba, la fractura entre nosotros quizá ya no tendría arreglo.

—Cuando quieras —dije.

Nadia abrió los ojos. Miró la cámara, el cronómetro y después a mí.

Había miedo en su rostro, aunque no el pánico desorganizado de Nora.

Era un miedo consciente, acompañado por la decisión de realizar el ejercicio pese a todo.

Durante años yo había considerado que esa combinación era el origen de cualquier interpretación verdadera.

El valor no consiste en no sentir miedo, sino en elegir una acción que lo atraviese.

Ahora comprendía que también podía ser el resultado de una presión bien administrada.

Nadia tomó aire. Bajó del borde y se arrodilló dentro del tanque. El agua le llegaba al pecho. Apoyó las manos sobre el fondo, ajustó la posición de las piernas y me indicó con una mirada que estaba preparada.

—Cuando quieras —repetí.