La última función Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

La palabra médica me llevó a Santa Elvira.

Durante un instante, la sala de la prueba se superpuso al almacén del corredor: las toallas, el olor a desinfectante, la puerta fría.

Tuve que cerrar los ojos y volver a la imagen inicial.

No era Santa Elvira. La propiedad estaba lejos, en una zona de carreteras estrechas y casas separadas por terrenos sin cultivar.

Había llovido durante el trayecto, aunque al llegar el cielo empezaba a despejarse.

Aparqué junto a una verja y utilicé un código enviado por el propietario. Entré solo.

Escribí: llegué primero.

La frase produjo una resistencia inmediata.

Mi memoria intentó colocar al hombre de ropa oscura junto al tanque, pero ahora podía observar con mayor atención.

No era un técnico. Era mi reflejo sobre la pared transparente, alargado por la luz lateral.

Cada vez que me movía alrededor de la estructura, la silueta parecía adelantarse o permanecer detrás.

La cámara de seguridad habría registrado a un solo hombre preparando la sala y, sin embargo, desde mis ojos había siempre alguien al otro lado.

Llegué a las siete y cuarenta y nueve, según la doctora.

No recordaba mirar el reloj al entrar, pero sí un mensaje enviado desde el vestíbulo.

Abrí el teléfono, escribí a Marina y le dije que la prueba se aplazaba porque el tanque perdía agua.

La mentira aparecía ahora con una claridad simple, sin la voz del productor ni una decisión compartida que pudiera distribuirla.

Yo había apartado a la ayudante de dirección.

¿Por qué?

Escribí la pregunta y la taché. Mauro había pedido imágenes y hechos, no explicaciones.

Aun así, la respuesta empezó a formarse.

Marina interrumpía. No porque fuese incompetente, sino porque conocía las normas de la producción y se negaba a aceptar cualquier variación que no estuviera aprobada.

Había detenido dos ensayos anteriores cuando Nadia manifestó que no podía continuar y después redactó informes que llegaron a los abogados.

Yo la consideraba una presencia contaminante: cada vez que entraba en la sala, Nadia dejaba de escucharme y empezaba a preguntarse qué debía aceptar para que el ejercicio fuese considerado seguro.

La prudencia de Marina transformaba cualquier duda en un argumento para detenerse.

También había otra razón. Nadia confiaba en ella.

La frase no necesitaba ser escrita para permanecer.

Durante las últimas semanas, las dos habían hablado a mis espaldas, o eso había pensado.

Marina conocía el deseo de Nadia de abandonar el montaje y quizá la habría ayudado a marcharse aquella noche.

Sin ella, la conversación tendría que ocurrir entre nosotros, sin una tercera persona capaz de ofrecer una salida antes de que yo terminara de explicar lo que podíamos conseguir.

Volví a escribir: mentí a Marina.

La mano tembló ligeramente. No era culpa, al menos no todavía, sino el esfuerzo de mantener una frase sin añadir que Nadia podía haber llamado a quien quisiera, que la propiedad no estaba cerrada y que nadie le quitó el teléfono.

Todas esas cosas eran ciertas y, sin embargo, aparecían con demasiada rapidez, como actores que entran antes de su señal porque temen que la escena continúe sin ellos.

Preparé el tanque. Comprobé el agua, la temperatura y la cámara.

Coloqué dos toallas sobre una mesa, un albornoz, una botella y el cronómetro.

El aparato no era el teléfono, como había imaginado durante algunas entrevistas, sino un cronómetro digital negro con botones rojos en un lateral.

Lo había utilizado en otros ejercicios porque podía activarse sin apartar la vista del actor.

La pantalla mostraba centésimas, aunque yo solía ignorarlas.

El tiempo teatral no se mide igual que el deportivo; una pausa puede durar medio segundo y parecer insoportable, mientras que un minuto de verdad desaparece antes de que uno comprenda qué ha visto.

El tanque estaba lleno hasta una marca blanca.

La profundidad permitía a Nadia sumergirse sentada o arrodillada sin que el cuerpo flotara por completo.

Habíamos colocado unas pesas pequeñas alrededor de la base para mantener estable la estructura.

No llevaba ningún dispositivo en la cintura.

Esa imagen pertenecía a otro montaje. Nadia entraría con ropa ligera, una camiseta y pantalones cortos oscuros, porque el tejido mojado debía ofrecer una resistencia mínima al salir.

La memoria avanzó hasta el sonido de un coche.

No la vi llegar desde la sala. Escuché la verja, después la puerta principal y sus pasos por el corredor.

Nadia no llamó mi nombre. Entró con un bolso grande colgado del hombro y el cabello recogido, todavía húmedo por la lluvia.

Llevaba un abrigo claro que dejó sobre una silla antes de mirar el tanque.

—¿Dónde está Marina? —preguntó.

Su voz apareció con una nitidez que me obligó a dejar el bolígrafo.

No era la voz fantasmal que había escuchado algunas noches en Santa Elvira, construida por frases sueltas y recuerdos de ensayos.

Era Nadia cansada, molesta y perfectamente viva, pronunciando una pregunta cuya respuesta yo ya había preparado.

—No viene —dije.

—¿Por qué?

—Ha surgido un problema con producción.

Nadia miró la cámara, las luces y el agua. Después se volvió hacia mí.

—Me ha escrito diciendo que la prueba se ha aplazado.

No esperaba que hubiese contactado con ella. Había supuesto que Marina aceptaría mi mensaje y no tendría tiempo de avisarla antes de que llegara.

—La prueba oficial —respondí—. Esto será una aproximación.

—¿Una aproximación con el tanque lleno, la cámara preparada y nadie más en la casa?

No había gritado. Nadia casi nunca levantaba la voz al principio de una discusión; utilizaba una calma minuciosa que obligaba al otro a escuchar las contradicciones sin poder refugiarse en su temperamento.

—No necesitamos a nadie más para comprobar la secuencia.

—Habíamos acordado que Marina estaría.

—Marina no actúa.

—Precisamente.

Recuerdo que sonreí. No porque la frase fuera divertida, sino porque había empezado a utilizar la presencia de la ayudante como una protección y yo interpretaba cualquier protección nueva como una señal de que el trabajo se acercaba a algo importante.

—Si quieres que la llamemos, la llamamos —dije.

Era una oferta falsa. Sabía que Nadia no quería parecer incapaz de realizar la prueba sin testigos y que convertiría la llamada en una admisión que yo podría utilizar después. No le prohibía nada. Le ofrecía una elección organizada alrededor de su orgullo.

—No quiero que la llamemos —respondió—. Quiero que no le mientas.

—No le he mentido. La prueba aprobada se ha aplazado.

—¿Y esto qué es?

—Trabajo nuestro.

—No existe trabajo nuestro cuando tienes que ocultárselo a todos los demás.

La frase abría una discusión más antigua.

Durante años habíamos construido escenas en habitaciones privadas, después de que los técnicos se marcharan y antes de que la producción supiera qué forma estaba adquiriendo el montaje.

Aquella intimidad había sido una fuente de libertad.

Ahora Nadia la describía como ocultamiento.

—Antes no te preocupaba —dije.

—Antes no hacías que cada límite pareciera una traición.

—Antes confiabas.

—Antes tú parabas.

No supe entonces a qué se refería exactamente.

Había habido ejercicios donde ella pidió detenerse y yo lo hice; otros donde continuamos después de una pausa; también discusiones en las que Nadia había agradecido que no aceptara su primera resistencia.

Esa historia compartida me permitía encontrar un precedente para cualquier conducta.

—Si has venido a explicar por qué no vas a hacerlo, no necesitamos el tanque —respondí.

La frase estaba construida para que marcharse pareciera una escena preparada antes de llegar. Nadia dejó el bolso sobre la mesa y se quitó la bufanda. Sus movimientos eran lentos, no porque dudara todavía, sino porque intentaba controlar la rabia.

—He venido porque dijiste que, si no probábamos hoy, buscarías a otra actriz.

El recuerdo se detuvo. Esa amenaza no había aparecido durante la entrevista formal.

Yo había dicho que el papel tendría que replantearse si Nadia no podía ofrecer lo que exigía, pero la frase era más directa: buscaré a otra actriz.

Podía haberla pronunciado en un mensaje, durante una llamada o en una discusión previa.

No conseguía escucharla en mi propia voz, aunque recordaba la respuesta de Nadia: «Entonces búscala».

Quizá eso había ocurrido el día anterior. Quizá el ejercicio acuático era el último intento de demostrar que todavía podía ocupar un lugar que yo había empezado a retirar.

Escribí: amenacé con sustituirla.

El bolígrafo quedó inmóvil sobre el punto final.

La frase era factual y, al mismo tiempo, necesitaba una explicación que la volviera menos simple.

Un director debe considerar sustituciones.

Una producción no puede depender indefinidamente de la duda de una actriz.

Nadia conocía el contrato, los plazos y el dinero comprometido.

Sin embargo, nada de eso modificaba el hecho de que yo había utilizado la posibilidad de perder el papel para que acudiera.

Alguien llamó a mi puerta. No dos veces, sino una secuencia breve de nudillos. Cerré el cuaderno. La trabajadora del corredor entró con una bandeja de desayuno y comprobó que las pastillas continuaban sobre la mesa.

—Mauro ha dicho que debe tomarlas —explicó.

—Mauro dice muchas cosas que prefiere no decir él mismo.

La mujer no respondió. Dejó la bandeja y señaló el cuaderno.

—También ha dicho que pare de escribir.

—¿Cuánto tiempo ha pasado?

Miró el reloj de la pared.

—Casi una hora.