La última función Capítulo 9
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Capítulo 9

La noche del agua

Los recuerdos no regresan cuando se los llama.

Se acercan cuando uno ha dejado de vigilarlos, ocupan primero una sensación secundaria y esperan a que el cuerpo la reconozca antes de ofrecer una imagen.

Por eso resulta inútil sentarse frente a una hoja y ordenar a la memoria que hable.

La memoria no obedece; negocia. Puede entregar el olor de una habitación y conservar durante meses el rostro de quien estaba dentro, permitir que una frase aparezca con una claridad perfecta mientras elimina la voz que la pronunció o devolver la forma exacta de una mano sin explicar todavía qué estaba pidiendo.

Los médicos llaman fragmentación a esa conducta, como si el recuerdo fuese un objeto roto que pudiera reconstruirse colocando cada pieza en el lugar correcto.

Yo siempre había pensado que se parecía más a una actriz que conoce el texto completo y decide qué parte está dispuesta a representar delante de uno.

Después de los dos golpes en la puerta y del corredor vacío, no volví a dormir.

Permanecí sentado junto a la mesa, observando la hoja donde había escrito las cifras de Nadia y las anotaciones de la sesión clandestina.

Cinco segundos, tres segundos, nueve segundos.

Había intentado ordenar la progresión como si la reducción demostrara un aprendizaje, aunque cada cifra contenía el mismo gesto: alguien establecía una señal y yo permanecía quieto el tiempo suficiente para preguntarme qué ocurriría después.

Podía discutir la duración, la naturaleza del ejercicio o la intención de quien golpeaba, pero la pregunta permanecía.

No aparecía después de la demora, como una explicación elaborada para defenderla. La pregunta era la demora.

A las seis y media, Mauro abrió la puerta. Llevaba la ropa de la noche anterior y un vaso de café en lugar del estuche blanco. No se sorprendió al verme despierto ni preguntó por qué la silla estaba colocada frente a la entrada. Miró la hoja sobre la mesa, después el corredor, y cerró con suavidad.

—Has salido —dijo.

—No.

—La puerta estaba abierta cuando hice la ronda.

—La abrí.

—¿Por qué?

—Alguien golpeó.

Mauro dejó el café sobre la mesilla. Su expresión no cambió, aunque la forma en que apoyó el vaso reveló que conocía el sonido o, al menos, la posibilidad de que yo lo hubiera oído.

—No había nadie —añadí.

—Lo sé.

—¿Cómo?

—Porque la planta estuvo controlada toda la noche.

—Entonces viste quién golpeó.

—Nadie golpeó tu puerta.

La certeza con que lo dijo habría resultado convincente si no se hubiese apresurado a negar algo que todavía no le había pedido que verificara.

Me levanté y abrí. El corredor estaba vacío; la luz de la mañana empezaba a sustituir la iluminación nocturna, y las puertas de las otras habitaciones permanecían cerradas.

—¿Hay cámaras? —pregunté.

—En los accesos.

—No en este tramo.

—No.

—Entonces no puedes saberlo.

Mauro tomó aire. Había llegado dispuesto a comprobar mi estado y acababa otra vez dentro de una discusión sobre la naturaleza de una prueba.

—La trabajadora estuvo sentada al fondo del pasillo desde las doce hasta las seis —explicó—. Nadie se acercó a tu puerta.

—Podía haberse dormido.

—No se durmió.

—Podía apartar la mirada.

—Víctor.

—Una vigilancia humana no elimina una posibilidad solo porque no la haya observado.

—Tampoco la crea porque tú la hayas oído.

Las dos afirmaciones podían coexistir, aunque Mauro necesitaba que una anulara la otra. Entró de nuevo y recogió la hoja. No intenté impedírselo. La leyó en silencio, deteniéndose en la palabra esperar, que yo había rodeado varias veces durante la noche.

—¿Qué estabas haciendo? —preguntó.

—Intentando comprender por qué no abrí de inmediato.

—No había nadie.

—Eso lo sé ahora.

—Lo sabías cuando abriste y viste el corredor vacío.

—Pero no antes.

—¿Y durante esos segundos qué pensaste?

La pregunta era idéntica a la de la doctora después de los golpes de Nora. Mauro no necesitaba recordar la conversación; ambos habían aprendido a dirigirme hacia el mismo punto.

—Que podía ser una prueba —respondí—. Que quizá alguien quería comprobar cuánto tardaba. Que podía tratarse de Nora, aunque no tenía acceso a la planta, o de ti, porque sabías lo ocurrido en la sala. También pensé que el sonido podía proceder de otra puerta.

—Todo eso en unos segundos.

—El pensamiento no utiliza la misma unidad de tiempo que el reloj.

—La decisión sí.

Mauro volvió a dejar la hoja sobre la mesa. Después sacó el estuche del bolsillo y colocó los comprimidos junto al café.

—Hoy no habrá entrevista.

—¿Por qué?

—La doctora quiere que descanses.

—Estoy descansando desde que suspendió la sala.

—No. Estás reconstruyendo solo, sin poder distinguir qué partes recuerdas y cuáles completas.

—Eso no mejora cuando ella introduce preguntas.

—Por eso hoy no las habrá.

Tomé uno de los comprimidos y lo sostuve entre los dedos. Era el azul, el que producía una somnolencia más profunda y dejaba las horas siguientes cubiertas por una capa difícil de atravesar.

—No voy a tomar esto ahora.

Mauro miró la pastilla.

—Está pautada.

—También estaba pautado que durmiera, y no lo he hecho.

—Precisamente.

—Si duermo, no recordaré lo que ha empezado a aparecer.

—¿Qué ha aparecido?

La imagen no era todavía una escena, solo una acumulación de elementos: la toalla azul, una pared de azulejos, el tanque, la cámara y la mano de Nadia. También había un sonido anterior a los golpes, quizá mi propia voz explicando algo.

—La sala —dije.

Mauro no pidió que precisara. Debía de conocer la respuesta.

—No trabajes sobre eso solo.

—No pienso hacerlo solo. Ella estará allí.

—Nadia no está aquí.

—No he dicho eso.

—Lo has pensado.

La facilidad con que interpretaba mi respuesta empezaba a parecerse demasiado a aquello que todos me reprochaban. Dejé el comprimido sobre la mesa.

—Trae la grabación.

—No.

—Entonces la transcripción.

—No.

—Los mensajes de Nadia.

—No depende de mí.

—Nada depende de ti hasta que quieres impedirlo.

Mauro recogió el estuche, pero dejó las pastillas. Sabía que podía negarme en aquel momento y que la doctora decidiría después si convertía la medicación en una condición para salir de la habitación.

—Escribe lo que recuerdes —dijo—, pero no intentes completar los huecos.

—Es una instrucción imposible.

—Describe solo imágenes, sonidos o frases concretas.

—Eso es lo que hago siempre.

—No. Siempre explicas lo que significan antes de terminar de verlas.

La observación se parecía a la frase de Nora. No vuelva a decirme lo que siento antes de que pueda sentirlo. Quizá todos habían aprendido a utilizar el mismo procedimiento porque yo ofrecía siempre la misma resistencia.

—Necesito papel —dije.

Mauro señaló el cajón.

—Hay un cuaderno.

—Ese tiene las hojas numeradas.

—Precisamente.

—Quiero escribir, no entregar una declaración.

—No puedes arrancar páginas.

—Eso no convierte el cuaderno en una ayuda.

—Lo convierte en algo que mañana seguirá teniendo el mismo orden.

Abrió el cajón y dejó un cuaderno gris sobre la mesa. Cada página llevaba un número impreso en la esquina inferior y una línea para anotar la fecha. En la portada aparecían mi nombre, el de la doctora y la palabra reconstrucción.

—No escribas durante más de media hora seguida —añadió—. Después come algo y duerme.

—¿También controlarás eso?

—Sí.

—Por lo menos ya no finges que soy libre de decidirlo.

Mauro se detuvo en la puerta.

—Ser libre no significa que todas tus decisiones dejen de afectarte.

—Tampoco que otro deba sustituirlas.

—Cuando puedas abrir después de dos golpes sin preguntarte qué significan, quizá podamos discutirlo.

Se marchó. No cerró con llave, aunque una trabajadora ocupó una silla al fondo del corredor pocos minutos después. Podía verla desde la puerta. Llevaba una revista, una botella de agua y la paciencia de quien había sido advertido de que no debía reaccionar a mis intentos de conversación.

Me senté frente al cuaderno y escribí la fecha.

La mano se mantuvo inmóvil durante varios minutos.

No quería empezar por la noche de Nadia, porque cualquier reconstrucción deliberada obligaría a elegir una primera imagen y convertirla después en causa de las siguientes.

Escribí, en cambio, el olor a cloro. Debajo anoté la toalla azul, la cámara, los azulejos y el borde metálico.

Al añadir la palabra borde, recordé que no era de acero pulido, como había imaginado durante las entrevistas, sino de aluminio mate, cubierto en algunos puntos por una goma negra para evitar que Nadia se golpeara al entrar o salir.

El detalle produjo otro: yo mismo había pegado una sección que empezaba a desprenderse.

Había utilizado cinta aislante, no porque el tanque estuviera mal construido, sino porque el agua había ablandado el adhesivo original.

Escribí cinta negra.

La sala apareció después.

No llegó completa. Primero vi la luz. Habían instalado dos paneles rectangulares, uno a cada lado del tanque, cubiertos por difusores para evitar reflejos sobre la pared transparente.

La cámara principal estaba montada frente al lateral, lo bastante baja para registrar el rostro de Nadia durante la inmersión.

Había otra cámara en una esquina alta. No recordaba haberla visto aquella noche, aunque la doctora aseguraba que se trataba del sistema de seguridad.

El suelo era de baldosas grises y las paredes conservaban azulejos blancos hasta media altura, restos de una antigua instalación médica o deportiva que la propiedad había mantenido por su valor para los rodajes.