Capítulo 8 #5
—¿También vas a decir que fueron menos de nueve?
La comparación ya había aparecido en mi pensamiento y me avergonzó que él pudiera verla.
—No.
—Lo has pensado.
—Sí.
Mauro se apoyó contra la puerta.
—Entraste en esta sala sabiendo exactamente qué significaban los dos golpes. Llevas días leyendo la nota de Nora. Has hablado de la señal, de Nadia y de lo que hiciste. Aun así, cuando la oíste, esperaste.
—No era la misma situación.
—Nunca lo es para ti. Siempre hay una diferencia suficiente para empezar a interpretar.
—Nora había diseñado el ejercicio para observar mi respuesta.
—Y respondiste.
—Tres segundos no son una decisión completa.
—Claro que lo son. No tenías que pensar. Habíais acordado parar.
Caminé hasta el centro de la sala. Los golpes de Nora parecían haber quedado adheridos al suelo. Podía ver el lugar exacto donde sus nudillos tocaron la madera.
—Quería saber si después de dar la señal se calmaba —dije.
—¿Por qué?
—Porque entonces habría demostrado que confiaba en que yo la obedecería.
Mauro me miró con incredulidad.
—¿Y cómo iba a confiar si te quedaste quieto?
—La espera fue demasiado breve.
—Para ti.
La frase regresaba siempre. Para quien observa, tres segundos son una unidad mínima. Para quien ha entregado el control mediante una señal, contienen la posibilidad de que el acuerdo no signifique nada.
—¿Qué viste? —preguntó Mauro.
—A Nora.
—No te he preguntado a quién. ¿Qué estabas buscando en su cara?
No lo sabía con certeza. Quizá esperaba que el miedo se transformara al comprender que había dado la señal.
Quizá quería ver si repetía el gesto, como si la segunda serie pudiera confirmar la primera.
O quizá la curiosidad había aparecido antes que cualquier pensamiento, la misma atracción por el instante en que una persona deja de interpretar y el cuerpo decide por ella.
—No lo sé.
—Sí.
—No conviertas una falta de respuesta en una confesión.
—No necesito una confesión. Acabo de verlo.
Mauro caminó hacia la mesa y recogió mi carpeta.
Había permanecido allí desde las sesiones anteriores, aunque no recordaba haberla dejado.
La abrió y sacó una hoja con anotaciones mías.
En el margen aparecía una frase subrayada: «La verdad empieza cuando el actor pide detenerse y todavía no sabe si lo desea».
—¿Cuándo escribí eso? —pregunté.
—Hace meses.
—Puede referirse a una escena.
—Todo se refiere a una escena hasta que alguien termina en el suelo.
Le arrebaté la hoja. La letra era mía. No había fecha, pero el papel llevaba el sello de Santa Elvira. Debajo de la frase aparecían varias observaciones sobre Nora: vigila la salida, contiene el aire, necesita que otro confirme el límite. En la última línea había escrito: «Dos golpes. Esperar».
La palabra me produjo una sensación física.
—Esto está manipulado.
—No.
—Yo no habría anotado eso después de Nadia.
—Lo hiciste.
—¿En qué contexto?
—Preparabas la sesión que Nora te describió. La de hace tres meses.
—Puede significar esperar antes de comenzar.
—Está junto a los dos golpes.
—Eso no demuestra el orden.
Mauro no discutió. Me dejó conservar la hoja, quizá porque sabía que cualquier intento de retirarla reforzaría mi sospecha.
—La doctora suspenderá todo acceso a la sala —dijo—. También las actividades libres y las visitas de Nora a esta planta.
—Ella tomó la tarjeta.
—Y tú aceptaste acompañarla, bloquear la puerta y continuar después de que empezaran a pedirte que abrieras.
—Nora quería terminar.
—Hasta que golpeó.
—Entonces Mauro entró.
—Entonces tú esperaste.
La repetición eliminaba todo lo anterior. La tarjeta, la decisión de Nora, la puerta y el ejercicio clandestino podían discutirse. Los tres segundos no.
—¿Qué va a ocurrir? —pregunté.
—La doctora decidirá si puedes seguir con la reconstrucción.
—¿Y si no?
—Trabajaremos de otra manera.
—Sin la sala.
—Sí.
—Entonces nunca llegarán a la verdad que buscan.
Mauro abrió la puerta.
—Quizá la verdad sea que no necesitas una sala para repetirlo.
Me acompañó a la habitación. No habló durante el trayecto.
El edificio estaba despierto pese a la hora: trabajadores cruzaban los pasillos, una puerta se abría en la planta inferior y alguien hablaba por teléfono cerca del despacho.
El incidente había movilizado a más personas que la crisis respiratoria, no porque Nora hubiese corrido un riesgo mayor, sino porque habíamos quebrado una norma física que ellos podían documentar con facilidad.
La doctora llegó una hora después. Entró sin llamar, seguida por Mauro. Yo estaba sentado junto a la mesa, con la hoja delante.
—Nora está bien —dijo—. Ha tomado medicación y permanecerá acompañada durante la noche.
—No necesitaba medicación cuando salió.
—No vas a evaluar eso.
—¿Ha dicho algo?
—Ha pedido que no reciba información sobre ella.
—Antes de entrar en la sala sabía que podía cambiar de opinión después.
—Por eso tú debías mantener el límite que ella no podía sostener sola.
—Eso no fue lo acordado.
—No había ningún acuerdo autorizado.
La doctora tomó la hoja y leyó la anotación.
—¿La reconoces?
—Es mi letra.
—¿Recuerdas haberla escrito?
—No.
—La escribiste antes de la sesión anterior con Nora. La que terminó cuando Mauro intervino después de que ella diera los dos golpes.
—¿Esperé?
—Sí.
—¿Cuánto?
—Cinco segundos.
Las cifras empezaban a formar una progresión: cinco, tres, nueve. La reducción podía parecer una mejora si se ignoraba que la conducta seguía siendo la misma.
—Hoy fueron tres —dije.
La doctora cerró los ojos durante un instante.
—No estamos entrenando tu tiempo de respuesta.
—No he dicho eso.
—Lo has pensado desde que ocurrió.
—Una diferencia temporal existe aunque no me proteja.
—¿Qué habría demostrado un segundo? ¿Que has aprendido a poner a una persona en menos peligro?
—Que la repetición puede corregirse.
—La corrección era detenerte inmediatamente.
Mauro permanecía junto a la puerta. La doctora se sentó frente a mí.
—¿Por qué aceptaste la sesión?
—Nora quería terminar algo.
—Ella quería demostrar que podía estar contigo sin convertirse en Nadia.
—Lo sé.
—¿Y tú qué querías demostrar?
—Que podía respetar sus límites.
—Fallaste.
La palabra fue pronunciada sin énfasis. No necesitaba adornos.
—Sí —dije.
Ambos me miraron. La admisión no produjo alivio, quizá porque esperaban una defensa posterior.
—¿Por qué? —preguntó la doctora.
—No lo sé.
—Inténtalo.
Miré la hoja. «Dos golpes. Esperar». La anotación no podía pertenecer a una indicación de seguridad; estaba escrita como una pauta de observación.
Alguna versión anterior de mí había decidido que, después de la señal, existía un instante valioso.
No recordaba haberlo escrito, pero comprendía la lógica.
—Porque después de los golpes cambia algo —dije.
La doctora no se movió.
—¿Qué?
—La persona deja de estar dentro del ejercicio y empieza a esperar que otro cumpla el acuerdo. Durante ese intervalo ya no interpreta. No controla cómo se la ve. Toda la atención se dirige hacia quien debe responder.
—¿Y eso te interesa?
—Sí.
La sinceridad volvió la habitación más fría.
—¿Más que detenerte? —preguntó Mauro.
—No debería.
—No te he preguntado qué debería.
La respuesta estaba en la repetición. Durante tres segundos, sí. Mi interés había pesado más que la obligación de obedecer.
—Por un instante —dije.
La doctora apoyó las manos sobre la mesa.
—Eso es lo que ocurrió con Nadia.
—No lo sé.
—Acabas de describirlo.
—He descrito lo de Nora.
—La misma señal, la misma mirada, la misma espera.
—No había agua. Nora estaba consciente y podía levantarse.
—Las circunstancias cambian. Tu decisión no.
El razonamiento era demasiado limpio. Aun así, no conseguí rechazarlo por completo.
—Nadia era una actriz dentro de una prueba —dije.
—Nora también lo era para ti esta noche.
—Ella negó ser actriz.
—Y tú convertiste esa negativa en la razón por la que resultaba perfecta.
La doctora se levantó.
—No volverás a entrar en la sala sin autorización. No tendrás acceso a actividades grupales ni contacto con Nora. Las entrevistas continuarán, pero Mauro estará presente en todo momento y las puertas de esta planta permanecerán bloqueadas por la noche.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Hasta que podamos garantizar que no volverás a organizar una situación como esta.
—Entonces será indefinido.
—Depende de ti.
—No. Depende de su interpretación de lo que hago.
—Esta noche no ha hecho falta interpretar demasiado.
Mauro salió primero. La doctora permaneció en la puerta.
—Nora te dio exactamente lo que llevabas pidiendo —dijo—. Una señal clara, un contexto acordado y la oportunidad de demostrar que podías obedecer sin decidir por ella.
—Lo sé.
—Y esperaste.
—Tres segundos.
La cifra volvió a escapar antes de que pudiera detenerla.
La doctora negó con la cabeza.
—Nueve segundos también debieron de parecerte pocos.
Cerró la puerta.
Permanecí sentado hasta que el edificio recuperó el silencio. La hoja seguía sobre la mesa porque la doctora había decidido no retirarla. Leí varias veces la anotación. Dos golpes. Esperar. La palabra estaba subrayada con una línea doble.
No recordaba haberla escrito, pero reconocía la mano que la había guiado.
Cerca del amanecer, golpearon mi puerta. Dos veces.
No me levanté de inmediato. El sonido podía proceder de Mauro, de una trabajadora o de Nora, aunque ella no tenía acceso a la planta. También podía ser una tubería, un recuerdo o una prueba.
Esperé.
Cuando abrí, el corredor estaba vacío.