Capítulo 8 #4
Nora había percibido la oportunidad de recuperar la supervisión sin abrir la puerta. Había personas al otro lado, preparadas para intervenir, pero no podían entrar mientras la silla permaneciera colocada.
—La alarma sonará —dije.
—Entonces sabrán que estamos aquí.
—Ya lo saben.
La voz del corredor pidió que nos apartáramos. Otra persona habló por teléfono o por radio. Mauro llegaría pronto.
—Continúa —dijo Nora.
Regresó al centro de la sala y se sentó. El gesto era una provocación dirigida tanto a mí como a quienes estaban fuera. Quería terminar porque detenerse ahora permitiría que todos atribuyeran el resultado a su incapacidad para estar conmigo, no a la interrupción.
—No cierres los ojos —dije.
—No me dé indicaciones.
Los cerró.
El séptimo minuto comenzó. Los golpes de la puerta se volvieron más fuertes y regulares.
Nora intentaba ignorarlos, pero sus hombros se elevaron.
El aire entraba de forma visible. No era todavía una crisis; el cuerpo respondía al ruido, a la posibilidad de ser descubierta y a la decisión de permanecer.
—Puedes detenerlo —dije.
—Usted también.
—No es mi ejercicio.
—Por una vez.
Comprendí que aquella era la verdadera prueba.
Nora no quería únicamente comprobar si obedecería dos golpes.
Quería obligarme a decidir detener una escena antes de que ella me lo pidiera, renunciar voluntariamente al resultado y demostrar que podía verla como alguien a quien proteger sin esperar una señal inequívoca.
Me acerqué al reloj.
—No lo toque —dijo sin abrir los ojos.
—Ya es suficiente.
—Para usted.
—La situación ha cambiado.
—Siempre cambia cuando está a punto de tener que demostrar algo.
Los golpes del corredor cesaron durante unos segundos. Escuché la voz de Mauro. Preguntó si Nora estaba dentro. La trabajadora respondió que sí, o que creía haberla oído. Después él pronunció mi nombre.
—Abre la puerta —ordenó.
Nora mantuvo los ojos cerrados.
—Dos minutos —murmuró.
—Esto no formaba parte del acuerdo.
—La puerta cerrada sí.
—No con personas intentando entrar.
—No había prometido que nadie lo intentaría.
La frase podría haber sido mía. Nora había aprendido a utilizar la literalidad de las normas para impedir que una circunstancia evidente modificara el ejercicio.
—Voy a abrir —dije.
Ella abrió los ojos.
—Entonces no puede soportar no dirigir el final.
No había una respuesta que no entrara en su trampa. Si abría, confirmaba que necesitaba decidir cuándo terminaba; si continuaba, permitía que la situación avanzara porque ella había convertido detenerla en una derrota.
Mauro golpeó la puerta.
Dos veces.
El sonido fue más fuerte que el de Nora sobre el reloj. No era la señal acordada con él, pero la repetición resultaba imposible de ignorar.
—Abre —dijo.
Nora me miró.
—¿Va a responder?
—No es tu señal.
—Son dos golpes.
—Mauro no está dentro del ejercicio.
—Eso dijo la otra vez sobre Samuel.
El recuerdo me alcanzó con una precisión incómoda. Samuel había golpeado para comprobar cuánto tardaba, y yo había esperado porque necesitaba entender la intención. Ahora sabía perfectamente qué pretendía Mauro: terminar.
Me acerqué a la silla.
Nora extendió una mano.
—No.
—Él ha dado la señal.
—La señal es mía.
—Dijimos que podía utilizarla cualquiera.
—En la actividad de la doctora. Aquí no.
Otra excepción. Otro contexto. Comprendí entonces que Nora no estaba buscando una norma universal, sino una situación donde yo obedeciera su voluntad y solo la suya. Los golpes de Mauro no contaban porque ella no quería detenerse.
—Un minuto —dijo, mirando el reloj.
La puerta se estremeció. Mauro debía de haber introducido una llave o una herramienta, pero la silla impedía que el picaporte bajara por completo.
Nora cerró los ojos otra vez.
El aire empezó a fallarle.
No de forma brusca. Primero apareció una inspiración más corta, después otra que se detuvo a mitad. Sus manos se cerraron sobre las rodillas. El ruido de la puerta, mi presencia y la memoria de la crisis habían empezado a formar la misma estructura.
—Mírame —dije.
—No.
—Nora.
—No hable.
—Estás entrando otra vez.
—Lo sé.
—Entonces detén el reloj.
—No.
—No tienes que terminar.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque si no, todos tendrán razón.
La frase era casi idéntica a la de la sesión respiratoria. Nora permanecía no porque quisiera continuar, sino porque marcharse se había convertido en una confesión de debilidad. Yo había ayudado a construir esa lógica, aunque ahora intentara retirarla.
—Ya has demostrado que podías entrar —dije—. No necesitas demostrar que puedes quedarte.
—Eso lo decide ahora porque tiene miedo.
—Sí.
La admisión abrió sus ojos.
—¿De qué?
—De repetirlo.
Nora me observó. La respiración continuaba quebrándose, pero la atención se desplazó hacia mis palabras.
—¿A Nadia?
No respondí.
La puerta volvió a moverse. Mauro estaba forzando el mecanismo.
Quedaban cuarenta segundos.
—Detén el reloj —dije.
—No.
—Nora.
—No me convierta en ella.
—Precisamente por eso.
—Entonces míreme a mí.
Lo hice. Intenté eliminar la postura, la sala, la señal y cualquier gesto que pudiera superponerla con Nadia.
Nora tenía los ojos más oscuros, una cicatriz junto al pulgar y una manera distinta de sostener la mandíbula cuando luchaba por no mostrar miedo.
Estaba allí, consciente, pidiéndome que no interpretara su cuerpo mediante otra persona.
Quedaban treinta segundos.
Nora levantó la mano.
Durante un instante pensé que detendría el reloj. En cambio, apoyó los nudillos contra el suelo.
Golpeó dos veces.
El primer golpe fue débil; el segundo sonó con claridad.
La señal.
La vi. La reconocí antes de que terminara el segundo sonido. Nora mantuvo la mano sobre el suelo y me miró, esperando.
Podía detener el reloj, retirar la silla y abrir la puerta. No había ninguna duda sobre lo que debía hacer.
Sin embargo, no me moví.
No fue parálisis. Tampoco confusión. Observé su rostro para comprobar qué ocurría después de la señal.
Quería saber si el miedo disminuiría al haber recuperado el control, si repetiría los golpes o si comprendería que el final dependía realmente de mí.
El pensamiento no se formuló con palabras, pero existió dentro de la espera.
Uno.
Nora frunció el ceño.
Dos.
Su mano volvió a levantarse.
Tres.
No llegó a golpear otra vez. La puerta se abrió con violencia, la silla cayó de lado y Mauro entró acompañado por dos trabajadores. Me apartaron antes de que pudiera acercarme al reloj. Uno de ellos lo apagó. La alarma todavía no había sonado.
Mauro se arrodilló junto a Nora. Ella respiraba deprisa, pero no había perdido el control. Apartó su mano cuando intentó colocarle el medidor.
—Estoy bien —dijo.
—Vamos a salir.
—He dicho que estoy bien.
—La puerta estaba bloqueada.
—Yo lo pedí.
Mauro levantó la vista hacia mí. Su expresión no contenía sorpresa. Había visto la escena desde el punto exacto donde siempre terminaba: una persona estableciendo un límite y yo observando durante unos segundos antes de obedecerlo.
—¿Cuánto? —preguntó.
No supe si se dirigía a Nora, a mí o al trabajador que había apagado el reloj.
—Tres segundos —dijo Nora.
Los había contado.
La cifra parecía pequeña. Menos de la mitad de nueve. Suficiente para demostrar que la había escuchado y que, aun así, no reaccioné de inmediato.
—No sabía si la señal seguía formando parte del ejercicio —dije.
Mauro se puso de pie.
—Acababas de acordarla.
—Ella quería comprobar mi reacción.
—Y la comprobó.
—Podía estar esperando que no me moviera para observar qué hacía.
—¿Te oyes?
Nora permanecía sentada. No lloraba ni temblaba, pero había aparecido en su rostro una decepción más profunda que durante la crisis.
—¿Por qué esperó? —preguntó.
—Quería saber si habías recuperado el control después de dar la señal.
—Los golpes eran el control.
—Podías haberlos utilizado para ponerme a prueba.
—Ese era el ejercicio.
La simplicidad de la respuesta eliminó mi defensa. Sí, quería ponerme a prueba. Precisamente por eso debía haber obedecido. No importaba que la señal formara parte de la escena; su función era demostrar si yo podía detenerme incluso cuando sospechaba que estaba siendo observado.
—Tres segundos —repitió Nora—. Me miró durante tres segundos.
—No quería hacerte daño.
—No parecía preocupado.
—Lo estaba.
—No.
Se levantó sin aceptar ayuda. Mauro se situó entre nosotros, aunque ella lo apartó con un gesto.
—¿Qué parecía? —pregunté.
La pregunta no era prudente, pero necesitaba saber cómo había visto mi rostro durante la espera.
Nora sostuvo mi mirada.
—Parecía curioso.
La palabra abrió un espacio que ninguna explicación podía cerrar. Curioso. No paralizado, confundido ni asustado. Interesado en aquello que ocurriría después.
La doctora apareció en la puerta. Llevaba la chaqueta sobre la ropa de dormir y el cabello recogido de manera apresurada. Alguien debía de haberla llamado cuando descubrieron la tarjeta desaparecida. Miró la silla caída, el reloj sobre el suelo y a Nora en el centro.
—¿Estás herida? —preguntó.
—No.
—¿Necesitas salir?
—Sí.
La doctora le ofreció acompañarla. Nora asintió. Antes de marcharse, recogió la tarjeta del suelo y la entregó a una de las trabajadoras.
—La cogí yo —dijo—. Víctor no me obligó a venir.
La afirmación parecía destinada a impedir que toda la responsabilidad recayera sobre mí. Incluso después de la espera, Nora necesitaba conservar la parte de la decisión que le pertenecía.
—¿Quién bloqueó la puerta? —preguntó la doctora.
—Yo lo pedí.
—¿Y quién colocó la silla?
Nora me miró.
—Él.
Ambas cosas eran ciertas. La idea había sido suya y la acción, mía.
—Vamos —dijo la doctora.
Nora cruzó la puerta. Al llegar al corredor, se volvió una última vez.
—No me miró como si no supiera qué hacer —dijo—. Me miró como si quisiera descubrir cuánto tardaría en volver a golpear.
Se marchó con la doctora.
Mauro pidió a los trabajadores que salieran. Uno de ellos recogió la silla y comprobó el mecanismo de la puerta. El otro guardó el reloj dentro de una bolsa. Cuando quedamos solos, Mauro cerró sin bloquear.
—Tres segundos —dijo.
—Lo sé.