Capítulo 8 #3
—Quizá su negativa la empuje a hacerlo sin supervisión —dije.
—No puede acceder a la sala.
Mauro tocó las llaves de su cintura por reflejo.
—Entonces no hay riesgo.
La reunión terminó. Me acompañaron a la planta y retiraron el acceso a la biblioteca, al patio y a cualquier zona donde pudiera encontrar a Nora sin vigilancia. La medida pretendía impedir que habláramos, pero produjo el efecto contrario: convirtió el contacto en algo que exigía planificación.
No fui yo quien consiguió la llave.
Tres noches después, Nora apareció en mi puerta poco antes de las once. Llevaba ropa oscura y sostenía una tarjeta magnética.
—¿De dónde la has sacado? —pregunté.
—No importa.
—Sí importa si alguien puede acusarte de robarla.
—La devolveré.
—¿Es de Mauro?
—No.
La tarjeta llevaba una franja azul y el nombre de una trabajadora.
Nora debió de recogerla durante una actividad o pedirla prestada sin explicar para qué.
La idea de que hubiese preparado el encuentro a espaldas de la doctora demostraba una decisión más firme que cualquier consentimiento firmado bajo supervisión, aunque también podía ser una forma de impulsividad nacida de aquello que intentaba corregir.
—No deberíamos hacerlo —dije.
Nora sonrió con cansancio.
—Ahora resulta que usted respeta las normas.
—Respeto tu capacidad para arrepentirte mañana.
—No voy a arrepentirme.
—Eso no puedes saberlo.
—Usted tampoco puede decidirlo por mí.
La frase cerró todas las salidas. Negarme habría significado repetir aquello que llevaba días reprochando a la doctora: interpretar el deseo de Nora como un estado transitorio que otra persona debía corregir.
—¿Qué ejercicio? —pregunté.
—El de la habitación.
—¿Cuál?
—Entrar, permanecer y salir.
—Eso no es un ejercicio.
—Entonces no tendrá que dirigir nada.
La propuesta era demasiado sencilla. Nora no quería una escena, sino ocupar el mismo espacio conmigo sin que yo consiguiera transformarla en otra persona. Precisamente por eso, cualquier indicación podía convertir la prueba en algo distinto.
—Cinco minutos —dije.
—Diez.
—Sin Mauro no habrá nadie que controle el tiempo.
Nora mostró un reloj digital pequeño.
—Lo haré yo.
—La puerta permanecerá abierta.
—Si está abierta, cualquiera puede entrar.
—Era tu condición.
—Cuando Mauro iba a estar presente.
Comprendí adónde se dirigía.
—No vamos a cerrarla.
—Entonces no lo hacemos.
—Nora.
—Quiero decidir cuándo se abre.
La frase no hablaba solo de la puerta. Había alguien en su pasado que se había quedado cuando ella pidió que se marchara, alguien que había interpretado su deseo de estar sola como una señal de que necesitaba compañía. Cerrar por voluntad propia podía ser su manera de recuperar aquel gesto.
—La llave se queda contigo —dije.
—No hay llave interior. Solo la tarjeta.
—Entonces la puerta no puede bloquearse desde dentro.
—Puede colocarse una silla.
La norma más repetida de Santa Elvira: no bloquear accesos.
La infracción no era accidental. Nora necesitaba que nadie pudiera entrar sin que ella lo permitiera; yo necesitaba un espacio donde la intervención de Mauro no reorganizara el ejercicio antes de que terminara.
Nuestras razones eran distintas y conducían al mismo gesto.
—Una silla puede retirarse desde fuera —dije.
—Pero hará ruido.
Acepté.
Caminamos por los corredores sin hablar.
Nora conocía los horarios y sabía qué cámaras no cubrían ciertos ángulos, aprendizaje que no procedía de mí.
Descendimos por una escalera secundaria y atravesamos la zona de talleres.
La tarjeta abrió la primera puerta, aunque tuvimos que esperar a que una trabajadora pasara al otro lado antes de cruzar hacia la sala.
El edificio nocturno resultaba más grande, despojado de voces y actividades que permitieran distinguir cada función.
Las luces de emergencia teñían los pasillos de verde.
La puerta principal de la sala se abrió con la tarjeta. Dentro, las sillas estaban apiladas y el escenario permanecía a oscuras. Nora entró primero. Yo encendí solo la luz lateral, suficiente para reconocer el espacio sin eliminar las sombras.
—Todas las luces —dijo.
—Habías pedido oscuridad.
—No. Usted lo pensó.
Tenía razón. Había confundido mi ejercicio imaginado con el que ella proponía.
Encendí los fluorescentes. La sala perdió cualquier misterio y volvió a parecer un espacio polivalente, con marcas de cinta, una mesa plegada y biombos junto a la pared. Nora dejó el reloj sobre el suelo, cerca del escenario.
—La puerta —dijo.
Coloqué una silla bajo el picaporte. No quedaba completamente bloqueada, pero cualquier intento de abrir la desplazaría con ruido.
—Tú tienes la tarjeta —recordé.
—Sí.
—Puedes marcharte cuando quieras.
—No me lo repita.
—Era una condición.
—La conozco.
Nora programó diez minutos. La alarma no empezó todavía.
—¿Qué hacemos? —pregunté.
—Nada.
—Diez minutos de nada no existen.
—Entonces intente no llenarlos.
Se situó en el centro de la sala. No sobre el escenario, sino en el suelo donde habíamos realizado el ejercicio respiratorio. Yo permanecí cerca de la puerta.
—¿Dónde quieres que esté?
—Ahí.
—¿Debo mirarte?
Nora dudó.
—Sí.
—¿Hablar?
—No.
—¿Y si necesitas detenerte?
Levantó la mano y golpeó dos veces el reloj con los nudillos. El sonido fue pequeño, pero claro.
—Eso —dijo.
—¿También puedes hablar?
—Sí.
—Entonces ¿por qué los golpes?
—Porque quiero ver si esta vez responde.
No había fingimiento en su objetivo. Todo el ejercicio estaba construido alrededor de mi reacción, no de su capacidad para permanecer. Ella quería reproducir la señal dentro de una situación segura y comprobar si yo podía obedecerla sin interpretarla.
—Eso no requiere diez minutos —dije.
—Requiere que no sepa cuándo ocurrirá.
La lógica era impecable. Nora activó el reloj.
Durante el primer minuto no sucedió nada.
Ella permanecía de pie, con los brazos junto al cuerpo, mirándome.
Yo sostenía su mirada sin intentar leer el movimiento de los hombros, la tensión de la boca o la forma en que distribuía el peso.
La observación sin interpretación era imposible, pero podía reservar las conclusiones.
El zumbido de las luces llenaba la sala. Desde el corredor llegaba el sonido distante de una puerta y el rodar de un carro. La silla apoyada contra el picaporte permanecía inmóvil.
Nora respiraba con normalidad. Había elegido una situación tan despojada que el cuerpo se convertía en el único acontecimiento posible.
Al segundo minuto, empezó a cambiar el peso de una pierna a otra.
No era miedo, necesariamente. La inmovilidad prolongada produce incomodidad incluso cuando no existe ninguna amenaza.
Yo no hablé.
En el tercer minuto, Nora apartó los ojos.
Miró la salida, después el escenario y finalmente la luz roja apagada de la cabina.
No había cámaras activas, al menos ninguna visible.
La ausencia de testigos empezaba a transformar el ejercicio.
Había querido demostrar que podía estar conmigo sin convertirse en Nadia, pero para hacerlo había reproducido la situación esencial de la prueba: una sala cerrada, una cámara posible, un acuerdo y nadie más cerca.
—¿Quieres continuar? —pregunté.
Nora volvió a mirarme.
—Ha hablado.
—No estaba prohibido.
—Le pedí que no llenara el tiempo.
—Te he hecho una pregunta.
—Eso es llenarlo.
Asentí y recuperé el silencio.
Al cuarto minuto, Nora se sentó en el suelo.
No había establecido que debiera permanecer de pie.
Cruzó las piernas y apoyó las manos sobre las rodillas.
La postura se parecía a la que había adoptado antes de la crisis respiratoria, aunque ahora no había ninguna indicación dirigida al aire.
Aun así, su respiración empezó a hacerse más profunda.
Quizá la memoria corporal asociaba la sala, mi mirada y la inmovilidad con el ejercicio anterior.
No intervine.
El quinto minuto transcurrió con una lentitud física.
Cada segundo del reloj producía un clic casi inaudible.
Nora cerró los ojos. El gesto podía ser una forma de recuperar control o de intensificar la prueba.
Había dicho que quería estar conmigo sin que yo decidiera qué significaba, pero al cerrar los ojos renunciaba a vigilarme y convertía la confianza en una acción visible.
La miré.
No a Nora, durante un instante, sino a Nadia sentada junto al tanque, con los ojos cerrados mientras yo ajustaba la cámara. La superposición fue breve. El cabello, la postura y la ropa no coincidían. Solo la decisión de permanecer mientras sabía que alguien observaba.
—Nora —dije.
Abrió los ojos.
—¿Qué?
—Nada.
—Entonces no diga mi nombre.
El tono era firme. Seguía presente.
Al sexto minuto, alguien intentó abrir la puerta.
La silla se desplazó unos centímetros y raspó el suelo. Nora se levantó de inmediato. Yo llevé un dedo a los labios. Del otro lado, el picaporte volvió a moverse.
—¿Quién está ahí? —preguntó una voz.
Era una trabajadora, no Mauro. Nora miró la tarjeta y después a mí. Podíamos retirar la silla, explicar la situación y aceptar las consecuencias, o esperar hasta que la mujer supusiera que la sala estaba cerrada por error.
El picaporte se movió una tercera vez.
—Está ocupada —dije.
Nora abrió los ojos con sorpresa.
—¿Víctor?
La trabajadora reconoció mi voz. Golpeó la puerta con la palma.
—Abre inmediatamente.
Nora miró el reloj. Quedaban casi cuatro minutos.
—Tenemos que salir —murmuró.
—Puedes abrir.
—Usted está junto a la puerta.
La silla bloqueaba el acceso desde mi lado. Para retirarla, debía hacerlo yo. La estructura del ejercicio había cambiado: Nora conservaba la tarjeta, pero yo controlaba físicamente la salida.
—¿Quieres que abra? —pregunté.
—Sí.
Me incliné hacia la silla. Antes de tocarla, Nora miró el reloj y volvió a hablar.
—Espera.
Me detuve.
—¿Qué quieres?
—Terminar.
La trabajadora seguía golpeando. Alguien más se acercó en el corredor.
—No podemos continuar ahora —dije.
—Quedan tres minutos.
—Ya no estamos solos.
—Eso lo hace más fácil para usted.