Capítulo 8 #2
Permanecimos en silencio. La escena de la película cambió y una música demasiado enfática llenó la sala. Nora se inclinó hacia delante, apoyando los codos sobre las rodillas.
—No estoy bien —dijo finalmente—. Pero no es por el ejercicio, al menos no solo. Antes podía pensar que lo que me pasaba era una cosa mía, algo que aparecía y desaparecía sin que nadie lo viera. Ahora sé que usted puede provocarlo.
—Cualquiera puede provocar algo en otra persona.
—Usted sabe cómo.
—Eso no significa que vaya a hacerlo.
Nora me miró.
—Sí significa que podría.
No había una respuesta capaz de negar la posibilidad sin mentir. Yo había aprendido a leer ciertas defensas y sabía cómo desplazar la atención hasta que empezaran a fallar. La habilidad no desaparecía porque prometiera utilizarla con cuidado.
—¿Qué necesitarías para sentir que conservas el control? —pregunté.
—No entrar en una sala con usted.
—Eso es evitar la situación, no conservar el control dentro de ella.
Nora soltó una risa breve.
—Ya está otra vez.
—¿Qué?
—Convirtiendo mi respuesta en una versión inferior de la que quiere.
La acusación era exacta. Bajé la vista hacia mis manos.
—Tienes razón.
—Deje de decirlo como si fuera una técnica.
—No sé cómo hacerlo.
—Puede callarse.
Obedecí. La película continuó sin nosotros. Al cabo de unos minutos, Nora habló de nuevo.
—¿Qué haría distinto?
La pregunta podía referirse al ejercicio anterior, a las sesiones olvidadas o a Nadia. No pedí que precisara.
—No permitiría que Mauro y la doctora intervinieran al mismo tiempo.
Nora se volvió hacia mí, indignada.
—Eso es lo que cambiaría.
—Fue lo primero que pensé.
—Por eso no quiero trabajar con usted.
—No he terminado.
—No hace falta.
Se levantó. Podía dejarla marcharse o intentar corregir una respuesta que había sido honesta, aunque incompleta. Elegí lo segundo.
—Esperaría a que establecieras una señal antes de comenzar —dije.
Nora permaneció de pie, sin volver a sentarse.
—Ya había una.
—No en ese ejercicio. Los dos golpes pertenecían a sesiones anteriores y tú los habías descartado.
—Dije que no podía escuchar otra cosa.
—Lo sé.
—Y siguió.
—Sí.
La admisión la hizo mirarme.
—¿Por qué?
La pregunta había aparecido en todas las entrevistas, aplicada a Nadia, a Nora y a cualquier persona que hubiese pedido detener un ejercicio. No podía responder con la complejidad del método sin volver a protegerme dentro de él.
—Porque seguías mirándome —dije.
—Eso no significa que quisiera continuar.
—Ahora lo sé.
—Ya lo sabía entonces.
—No con la misma certeza.
Nora negó con la cabeza.
—Ese es el problema. Nunca hay suficiente certeza para usted hasta que ocurre algo que ya no puede corregir.
Se marchó de la sala común. No la seguí.
La frase permaneció conmigo durante la noche, no como una acusación, sino como una descripción del punto exacto donde nuestros lenguajes dejaban de coincidir.
Para Nora, el límite debía obedecerse cuando aparecía.
Para mí, todo límite existía dentro de una situación y exigía ser comprendido.
Nadia había intentado eliminar esa diferencia mediante los dos golpes.
A la mañana siguiente encontré una nota dentro del libro que había dejado en la sala común. No sabía quién la había colocado allí. La letra era de Nora.
«No quiero que la última vez que estuve en una sala con usted terminara conmigo sin poder respirar».
Debajo había añadido:
«Eso no significa que quiera volver».
La contradicción no era mía. Nora deseaba modificar el recuerdo sin aceptar que ese deseo se convirtiera en una invitación.
Podía comprenderlo y respetarlo, o podía ofrecerle una estructura donde fuera ella quien eligiera cada paso.
La diferencia dependía de no presionarla. Por primera vez, decidí no responder.
Pasaron dos días. La nota permaneció dentro del libro y yo no mencioné su existencia.
La doctora observó una mejoría en mi capacidad para tolerar la incertidumbre; Mauro empezó a dejarme solo algunos minutos en el patio.
Ninguno comprendía que el silencio no era una renuncia, sino una forma de permitir que la decisión de Nora adquiriera peso propio.
Fue ella quien se acercó.
Yo estaba en la biblioteca, una habitación pequeña con estanterías bajas y mesas fijadas al suelo, leyendo un texto que ya había olvidado cuando su sombra cayó sobre la página. Nora llevaba la carpeta contra el pecho.
—No ha contestado —dijo.
—Pediste que no interpretara la nota como una invitación.
—Podía haber dicho que la había leído.
—Eso habría iniciado una conversación.
—Y ahora la ha iniciado mi silencio.
—No. La has iniciado tú.
Nora apretó la carpeta. Había esperado esa respuesta y, aun así, parecía irritada por escucharla.
—Quiero hacer una cosa —dijo—. Una vez.
Cerré el libro.
—¿Qué?
—Entrar en la sala, terminar un ejercicio y salir sin que nadie tenga que sacarme.
—Eso puede hacerse con la doctora.
—Con ella no ocurrió.
—Precisamente por eso sería más seguro.
—No quiero demostrar que puedo estar en una habitación. Quiero demostrar que puedo estar con usted sin terminar convertida en Nadia.
El nombre produjo una alteración en la biblioteca. Dos personas levantaron la vista desde otra mesa, aunque no parecían haber oído la frase completa.
—Nunca has sido Nadia —respondí.
—No es lo que dice cuando deja de mirarme.
—¿Qué digo?
—Su nombre.
No recordaba haberlo hecho durante las sesiones recientes, salvo lo que Nora y Mauro habían descrito de encuentros anteriores. Podía ocurrir en momentos de desconexión, cuando una postura o una frase abrían un recuerdo antes de que yo distinguiera el presente.
—Podría volver a pasar —dije.
Nora pareció sorprendida por la advertencia.
—Entonces lo detendremos.
—¿Cómo?
Abrió la carpeta y me mostró una hoja. Había escrito varias condiciones: puerta abierta, Mauro presente, luz encendida, duración máxima de diez minutos, ninguna indicación respiratoria. Eran las normas de Santa Elvira reducidas a una escena individual.
—Esto no es trabajar conmigo —dije—. Es trabajar mientras todos impiden que ocurra algo.
—Eso es lo que necesito.
—Entonces no necesitas demostrar nada sobre mí. Solo sobre la protección que te ofrecen.
Nora cerró la carpeta.
—Sabía que no lo aceptaría.
—Puedo aceptarlo.
—Acaba de decir que no sirve.
—He dicho que no demuestra lo que crees.
—Siempre encuentra una forma de restarle valor.
Se volvió. Antes de que se alejara, comprendí que la había llevado otra vez hacia una decisión más extrema al presentar sus condiciones como insuficientes.
Podía dejarla marcharse y confirmar la idea de que solo me interesaba si aceptaba mis reglas, o corregir la presión antes de que ella necesitara demostrarme lo contrario.
—Lo haremos así —dije.
Nora se detuvo.
—¿Con Mauro?
—Sí.
—¿Y la doctora?
—Si quiere observar.
—No va a cambiar nada.
—No.
—¿Lo promete?
—Sí.
La palabra salió con dificultad. Las promesas dentro de una escena siempre me habían parecido peligrosas porque intentan fijar una conducta antes de que exista la situación que podría modificarla. Sin embargo, Nora necesitaba precisamente eso: una regla exterior a mi interpretación.
—Se lo diré a la doctora —dijo.
La reunión se celebró esa misma tarde. La mujer escuchó la propuesta, leyó las condiciones y se negó.
No porque el ejercicio pareciera arriesgado, sino porque consideraba que la motivación de Nora seguía ligada a mi mirada y que permitirlo reforzaría la idea de que necesitaba regresar conmigo para corregir lo ocurrido.
—Es lo que quiere —dije.
—También quería continuar durante la crisis para que no pensaras que tenía miedo.
—Ahora ha redactado condiciones.
—Condiciones diseñadas alrededor de lo que tú puedes hacerle.
Nora estaba sentada a mi derecha. Mauro permanecía junto a la puerta.
—Eso significa que sabe protegerse —intervino ella.
—Significa que todavía está organizando la experiencia en función de él —respondió la doctora—. Podemos trabajar lo que ocurrió sin repetirlo.
—No quiero hablar más.
—Eso no significa que debamos actuar.
Nora apretó las manos sobre la carpeta. La conversación empezaba a producir en ella la misma sensación de pérdida de control que las sesiones conmigo: otras personas decidían qué significaba su deseo antes de que pudiera ejecutarlo.
—La sala estará abierta, Mauro estará presente y el ejercicio durará diez minutos —dije—. No veo el riesgo.
—El riesgo eres tú.
—Eso ya lo hemos establecido. Precisamente por eso las condiciones lo limitan.
La doctora me miró.
—¿Aceptarías que Mauro interrumpiera en cualquier momento?
—Sí.
—¿Aunque Nora no lo pidiera?
—Si existe un riesgo objetivo.
—¿Quién decide que lo hay?
—Mauro.
—¿Y si consideras que se equivoca?
—Lo discutiremos después.
—¿Detendrás el ejercicio primero?
—Sí.
La promesa volvió a salir. Nora me observó con atención, quizá buscando la vacilación que yo mismo percibía.
—¿Y si doy dos golpes? —preguntó.
—Nos detendremos.
—Inmediatamente.
—Sí.
La doctora cerró la carpeta.
—No lo autorizo.
Nora se levantó.
—Entonces no era mi decisión.
—Tu decisión importa, pero no es el único elemento.
—Eso es lo que él dice.
La comparación afectó a la mujer. Durante un instante, la doctora pareció verse colocada dentro de mi misma lógica: ambas afirmábamos comprender un riesgo que Nora todavía no evaluaba correctamente.
—La diferencia —respondió— es que yo no obtengo nada de que continúes.
—Obtiene que haga el tratamiento como usted quiere.
—No quiero que obedezcas. Quiero que puedas elegir sin necesitar demostrarle nada.
—Ya he elegido.
—Has elegido dentro de una relación que te está haciendo daño.
—Entonces déjeme terminarla.
Nora salió. Mauro hizo ademán de seguirla, pero la doctora negó con la cabeza.
—Necesita espacio.
—Eso también lo decides tú —dije.
La mujer me miró con una dureza inmediata.
—No utilices esto.
—No lo estoy utilizando.
—Estás observando una grieta y pensando cómo entrar.
La acusación habría sido más eficaz si no describiera exactamente lo que ella estaba haciendo conmigo durante cada entrevista.