La última función Capítulo 8
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Capítulo 8

El ensayo cerrado

La prohibición produce dos clases de obediencia.

La primera pertenece a quienes aceptan que otra persona comprende mejor el peligro y, por tanto, le entregan la responsabilidad de establecer hasta dónde pueden llegar.

La segunda es más compleja: consiste en respetar el límite únicamente mientras uno averigua por qué fue colocado allí.

Desde fuera, ambas conductas parecen idénticas.

La persona espera, asiente, toma la medicación, abandona la sala cuando se lo ordenan y evita acercarse a quien ha pedido distancia.

Sin embargo, la obediencia verdadera termina en el cumplimiento; la otra continúa trabajando en silencio hasta encontrar el punto donde la norma revela su debilidad.

Durante cuatro días hice todo lo que esperaban de mí.

Acudí a las entrevistas, tomé los comprimidos sin obligar a Mauro a vigilarme y no pregunté por Nora más de una vez cada mañana.

La doctora había sustituido las sesiones grupales por conversaciones individuales en las que me pedía ordenar hechos sencillos: a qué hora me levantaba, qué había comido, con quién había hablado y qué parte de la entrevista anterior recordaba sin consultar notas.

Pretendía demostrar que la continuidad se construía mediante acciones pequeñas, como si una vida pudiera recuperarse enumerando desayunos y puertas atravesadas.

Yo respondía. A veces incluso admitía una duda sin convertirla en una discusión sobre la memoria.

Ella anotaba aquellos avances con la satisfacción cautelosa de quien observa a un animal acercarse a una mano extendida.

La sala permanecía cerrada, aunque no vacía.

La utilizaban para otras actividades cuando creían que yo estaba en la planta superior.

Una tarde escuché música detrás de la puerta y, al mirar por el cristal de la cabina, vi a Teresa, Esteban y varias personas desconocidas moviéndose alrededor de unas telas.

No había escenario, dirección ni ejercicios de riesgo.

Solo cuerpos que agitaban los brazos siguiendo indicaciones sencillas de una mujer con ropa deportiva.

Mauro apareció antes de que pudiera entrar y me explicó que el espacio pertenecía al centro, no a mi reconstrucción.

—Lo sé —respondí.

La ausencia de discusión lo desconcertó.

Había empezado a desconfiar más de mi docilidad que de mis enfrentamientos, como si cualquier aceptación ocultara un cálculo.

No se equivocaba, aunque interpretaba mal su objetivo.

Yo no buscaba recuperar la sala por capricho ni demostrar que las normas carecían de autoridad.

Necesitaba saber qué parte de lo ocurrido con Nora pertenecía al ejercicio y cuál a la intervención de quienes lo habían detenido.

La crisis respiratoria había sido demasiado confusa: Mauro habló mientras yo hablaba, la doctora bloqueó la mirada y el grupo abandonó el espacio antes de que Nora pudiera comprender qué había atravesado.

Todos habían decidido después que mi interés resultaba peligroso, pero nadie había permitido comprobar si ella podía permanecer dentro de una experiencia intensa sin que la atención de los demás la convirtiera en una emergencia.

No pensaba repetir el ejercicio de respiración.

Incluso yo comprendía que hacerlo habría demostrado únicamente mi incapacidad para distinguir una investigación de una provocación.

El nuevo trabajo sería más sencillo. Oscuridad, inmovilidad y una voz.

Nada que modificara el cuerpo de manera directa, aunque la ausencia de estímulos obligaría a Nora a escuchar todo aquello que normalmente mantenía fuera mediante vigilancia.

No habría agua, retenciones ni contacto.

Tampoco un grupo ante el que necesitara demostrar que podía soportarlo.

La idea había aparecido antes de que decidiera invitarla.

Nora volvió al comedor el quinto día. Se sentó junto a Esteban y mantuvo la espalda orientada hacia mí, aunque utilizó el reflejo de la ventana para observar dónde estaba.

Había dejado de llevar ropa demasiado grande y vestía una camiseta blanca bajo una chaqueta oscura.

El cambio podía ser casual o formar parte de su trabajo con la doctora: ocupar el cuerpo sin esconder sus límites dentro de varias capas.

No me acerqué. Terminé el café, tomé la medicación y salí acompañado por Mauro.

Cuando llegamos al pasillo, él miró atrás.

—Lo has hecho bien —dijo.

—¿Qué cosa?

—No acercarte.

—Tal vez no tuviera nada que decirle.

—Siempre tienes algo que decirle.

—Eso no significa que deba hacerlo.

Mauro me observó, intentando decidir si la respuesta contenía una ironía.

—Nora ha pedido volver a algunas actividades —explicó—. No a las sesiones contigo.

—No hay sesiones conmigo.

—Precisamente.

—¿Y qué actividades?

—No te corresponde saberlo.

—Entonces no me ofrezcas información incompleta y esperes que no pregunte.

Continuamos caminando. Mauro llevaba una carpeta bajo el brazo y el manojo de llaves sujeto a la cintura, aunque hacía días que ya no parecía un regidor ni siquiera desde mi perspectiva.

La palabra enfermero había reorganizado sus gestos: las comprobaciones, los horarios, la forma de acercarse cuando alguien respiraba demasiado deprisa.

Sin embargo, seguía controlando entradas, tiempos y espacios, de modo que la función anterior no había desaparecido por completo. Solo había cambiado el motivo.

—¿Puede entrar en la sala? —pregunté.

—En algunas actividades, sí.

—Entonces la prohibición no es el espacio.

—Eres tú.

La claridad de la respuesta habría resultado cruel en otra persona. Mauro la pronunció sin intención de herir, como quien señala un riesgo físico que conviene reconocer antes de atravesar un pasillo.

—¿Eso lo ha dicho ella?

—Sí.

—¿Con esas palabras?

—Ha dicho que no quiere trabajar contigo.

—No es lo mismo que no querer compartir una sala.

—Víctor.

—Solo estoy precisando.

—Precisar es lo que haces justo antes de encontrar una excepción.

No respondí. Había aprendido que, en Santa Elvira, el silencio voluntario producía más inquietud que cualquier defensa.

Aquella tarde, durante la entrevista, la doctora me preguntó qué había sentido al ver a Nora.

Respondí que alivio, porque su presencia demostraba que la crisis no había destruido su capacidad para regresar a los espacios comunes.

Ella quiso saber si también había sentido deseo de recuperar el vínculo. La palabra era excesiva.

—No había un vínculo —dije—. Eso lo estableció usted cuando afirmó que necesitaba un cierre.

—Fuiste tú quien pidió despedirse.

—Porque me prohibían hablar con ella.

—La prohibición no crea intimidad.

—A veces la exagera.

La doctora apoyó el bolígrafo.

—¿Qué harías si Nora quisiera volver a trabajar contigo?

—Dependería de las condiciones.

—¿Qué condiciones?

—Las suyas.

—No las tuyas.

—Eso he dicho.

—No. Has dicho que dependería de las condiciones, dejando abierto quién las establecería y cómo las interpretarías después.

Sonreí. Había aprendido bien mi método, aunque lo utilizaba con la rigidez de quien todavía necesita mostrar la herramienta.

—No la presionaría —respondí.

—¿Qué significa presionar para ti?

—Hacerle creer que una negativa tendrá consecuencias que no está en condiciones de aceptar.

—¿Como perder un papel?

La conversación regresaba siempre a Nadia. Podíamos empezar hablando del desayuno, de Nora o del clima, y la doctora encontraba una ruta hacia el tanque.

—Nora no tiene ningún papel que perder.

—Le ofreciste uno desde el primer día.

—Le ofrecí un lugar en la sala.

—Y le hiciste sentir que solo ella podía ocuparlo.

La afirmación no era completamente falsa. La diferencia estaba en que Nora había demostrado una capacidad que los demás no poseían, una resistencia inteligente que convertía el trabajo en algo imprevisible. Negarlo habría sido otra forma de reducirla.

—¿Por qué me pregunta qué haría si ya ha decidido que no debe ocurrir? —dije.

—Porque quiero saber si puedes imaginar una relación con ella donde no seas quien determina el significado de todo.

—Puedo imaginarla.

—¿Cómo sería?

—Menos interesante.

La doctora no sonrió.

—Eso es lo más honesto que has dicho hoy.

La entrevista terminó poco después. Mauro me acompañó a la planta y me dejó entrar en la sala común, donde varias personas miraban una película en un televisor sujeto a la pared.

Nora estaba sentada cerca de la ventana, sin prestar atención a la pantalla.

Cuando Mauro se alejó, ella levantó la vista.

No había nadie entre nosotros, aunque las demás personas convertían el espacio en un lugar suficientemente público.

Me senté a dos sillones de distancia.

—No voy a acercarme más —dije.

—Ya se ha acercado.

—Podía haber elegido otro sitio.

—También usted.

La película mostraba a dos personas discutiendo bajo la lluvia. El volumen era demasiado bajo para comprender las palabras, pero los subtítulos permitían seguir la escena. Nora miró la pantalla unos segundos.

—¿Por qué está aquí? —preguntó.

—Mauro me ha permitido utilizar la sala común.

—Sabe a qué me refiero.

—Quería comprobar si estabas bien.

—Ya me ha visto en el desayuno.

—Verte comer no respondía.

—¿Y esto sí?

—Todavía no.

Nora suspiró. No parecía asustada, solo cansada de una conversación que reconocía antes de que comenzara.

—Estoy bien.

—No es verdad.

—Ha preguntado y le he respondido.

—Una respuesta no se vuelve cierta porque yo haya prometido obedecerla.

—Entonces no estaba preguntando.

—Estaba ofreciéndote la oportunidad de decirlo.

Nora apartó la vista hacia la película. La mujer de la pantalla había dejado de discutir y caminaba sola por una estación.

—La doctora dice que usted confunde escuchar con esperar la respuesta que confirma lo que ya piensa —dijo.

—La doctora habla demasiado de mí contigo.

—No habla más de lo necesario.

—Esa frase siempre significa que alguien ha compartido más de lo que quiere admitir.

—No importa. Tiene razón.

—A veces.

—Ahora.