La última función Capítulo 7 #5
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Capítulo 7 #5

—Trabajábamos con intensidad. Discutíamos, como siempre. Ella empezaba a desconfiar de algunas decisiones y yo consideraba que estaba permitiendo que el miedo contaminara el personaje.

—¿Teníais una relación sentimental?

—No.

—¿La habíais tenido?

—No de la forma que intenta sugerir.

—¿Qué forma hubo?

La pregunta podía abrir un terreno que la prensa había explotado durante meses.

Nadia y yo habíamos compartido hoteles, viajes, noches de ensayo y una intimidad que no se ajustaba a las categorías fáciles.

Hubo besos, quizá más, aunque reducir la relación a eso habría eliminado la dependencia artística, mucho más profunda y peligrosa.

—Nos deseábamos en algunos momentos —dije—. En otros nos detestábamos. Ninguna de las dos cosas explica el trabajo.

—¿Ella dependía de tu aprobación?

—Todos los actores dependen de la mirada del director mientras trabajan.

—No te he preguntado por todos.

—Sí.

—¿Y tú dependías de ella?

La pregunta produjo una incomodidad mayor.

—Nadia era importante para el montaje.

—¿Para ti?

—También.

—¿Temías que se marchara?

—Temía que destruyera algo antes de comprender lo que habíamos conseguido.

—¿Qué?

—Una forma de confianza.

La doctora miró las notas.

—Nadia escribió que ya no confiaba en ti.

—Podía no confiar en algunas decisiones.

—Escribió: «Víctor ya no distingue entre lo que me pide el personaje y lo que necesita demostrar él».

La frase no parecía una acusación improvisada. Contenía la precisión de Nadia cuando había dejado de intentar agradarme.

—No todo lo que alguien escribe durante una crisis representa su pensamiento definitivo —dije.

—¿Ves lo que acabas de hacer?

—He introducido contexto.

—Has convertido una frase clara en un estado transitorio para poder decidir después qué parte era auténtica.

—Una persona puede escribir desde el enfado.

—También puede decir que quiere detenerse desde el miedo.

No respondí. La doctora había unido los mensajes con los dos golpes. En ambos casos, yo reclamaba el derecho a interpretar una petición explícita mediante una verdad más profunda que la persona todavía no comprendía.

—¿Nadia estaba enfadada aquella noche? —preguntó.

—Sí.

—¿Contigo?

—Con la situación.

—¿Qué diferencia había?

—La situación incluía meses de presión, la producción amenazando con cancelar y su propio miedo a no estar a la altura.

—También te incluía a ti.

—Claro.

—¿Se lo dijiste?

—¿Qué?

—Que temía no estar a la altura.

—Probablemente.

—¿Era cierto?

—Nadia era ambiciosa.

—¿Usaste esa ambición para que entrara en el agua?

—Utilicé lo que sabía de ella para ayudarla a superar una resistencia.

La frase quedó suspendida. Ni la doctora ni Mauro necesitaban señalar su similitud con lo ocurrido con Nora.

—¿Y si la resistencia intentaba protegerla? —preguntó la doctora.

—No toda protección es útil.

—¿Quién lo decide?

—La persona, con ayuda de quien puede observar desde fuera.

—Tú.

—En aquel contexto, sí.

La doctora cerró la carpeta.

—Eso es lo que necesitaba escuchar hoy.

—No he confesado nada.

—No te he pedido que lo hicieras.

—Entonces ¿qué ha obtenido?

—Que reconoces haber utilizado aquello que Nadia necesitaba de ti para conducirla hasta un ejercicio que quería abandonar, que aceptaste una señal inequívoca y que, cuando la utilizó, decidiste observar antes de intervenir.

—No he dicho que decidiera observar.

—Has dicho que no estabas paralizado, que miraste el cronómetro y que quizá querías comprobar si podía continuar.

—He considerado posibilidades.

—Llevamos diecisiete meses considerando las mismas.

La cifra volvió a sorprenderme. Diecisiete meses desde la muerte.

Quince o dieciséis dentro de Santa Elvira, si había ingresado siete semanas después.

Todo el tiempo que yo había interpretado como preparación, entrevistas y una espera antes de regresar al teatro podía haber ocurrido entre aquellas paredes.

—¿Cuántas veces hemos mantenido esta conversación? —pregunté.

—Siete entrevistas completas. Muchas sesiones parciales.

—¿Y siempre digo lo mismo?

—No.

—Entonces ninguna versión puede considerarse definitiva.

—Los hechos no cambian. Cambia el lugar donde te colocas respecto a ellos.

—Eso también es parte de los hechos.

La doctora apagó la grabadora.

—Hemos terminado.

—Quiero una última respuesta.

—¿Cuál?

—Cuando Nadia murió, ¿había alguien más en la propiedad?

La mujer no consultó las carpetas.

—No.

—¿Nadie en otra habitación, el jardín o la entrada?

—Nadie.

—¿La ambulancia encontró la puerta abierta?

—Sí.

—¿Quién la abrió?

—Tú.

—Entonces pude haber dejado salir a alguien.

—Las cámaras exteriores no muestran ninguna salida.

—Podía existir un acceso sin cámara.

—No.

—¿Está completamente segura?

—Sí.

La certeza era insoportable porque eliminaba cualquier posibilidad de responsabilidad compartida.

No había técnico que pudiera haber intervenido, productor que hubiese tolerado el riesgo ni ayudante de dirección que tardara en comprender.

La prueba, la señal, la espera y la reacción posterior pertenecían únicamente a Nadia y a mí.

—¿Por qué seguía grabando la cámara? —pregunté.

—Porque no pensaste en detenerla.

—Después.

—La grabación termina cuando llegan los sanitarios.

—¿Quién la entregó?

—Tú.

Recordé una tarjeta de memoria dentro de una bolsa transparente, un policía o abogado preguntando si había más copias y mi insistencia en que la imagen demostraría que había sido un accidente. Yo mismo había conservado la prueba que ahora destruía cada versión alternativa.

—Entonces siempre supieron que estábamos solos.

—Sí.

—¿Y aun así me permitieron hablar durante meses de un equipo?

—No te lo permitimos. Te mostramos los accesos, las grabaciones y los mensajes. Cada vez encontraste una función distinta para alguien que no aparecía.

—Porque recuerdo voces.

—Las tuyas y las de Nadia.

—Había más.

—No.

La doctora recogió las carpetas. La entrevista había terminado y, sin embargo, sentí que la sala continuaba exigiendo una última resistencia.

—Nadia no murió sobre un escenario —dijo.

No era una pregunta. Había pronunciado la frase para cerrar la estructura que yo llevaba meses utilizando.

—Había una cámara —respondí—, un dispositivo construido para una escena, un texto, un director y una actriz.

—Era una sala privada.

—Eso no cambia nada.

—Cambia que no había público, equipo ni función. Solo una mujer intentando cumplir las exigencias de un hombre cuya aprobación necesitaba.

—Nadia no hacía nada únicamente por aprobación.

—No he dicho únicamente.

—Entonces no la reduzca.

—Estoy intentando que dejes de reducirla tú a actriz en el momento en que necesitaba que la vieras como persona.

La doctora se levantó. Mauro abrió la puerta.

Permanecí sentado unos segundos más, mirando el reloj digital.

Marcaba las doce y veintiséis. Habíamos pasado casi una hora y media reconstruyendo una escena que, según la grabación, duró cuarenta y un segundos.

Todo aquel lenguaje, las hipótesis, los recuerdos y las defensas habían crecido alrededor de un intervalo más breve que el tiempo necesario para cruzar el edificio.

Me levanté. Al llegar a la puerta, la doctora repitió:

—Nadia no murió sobre un escenario.

La miré. No había crueldad en su expresión, sino la esperanza cansada de que aquella vez dejara la frase sin corregirla.

No pude.

—Cualquier lugar donde alguien es observado se convierte en uno.