La última función Capítulo 7 #4
41%

Capítulo 7 #4

—Todo lo que ocurre en un ensayo puede ser útil.

Mauro cerró los ojos.

La doctora permaneció inmóvil.

—¿Incluso una petición de auxilio? —preguntó.

—No sabía que fuera auxilio.

—Sabías que era la señal.

—No es exactamente lo mismo.

—Para Nadia sí.

—No puedo entrar en su cabeza.

—No hacía falta. Había acordado una acción exterior para que no tuvieras que interpretar su interior.

La lógica no dejaba espacio. Nadia había creado la señal precisamente porque desconfiaba de mi capacidad para aceptar un límite sin convertirlo en otra cosa.

Yo había prometido obedecerlo aunque creyera que podía continuar.

Después, al aparecer los golpes, volví a hacer aquello que el acuerdo intentaba impedir.

—Nueve segundos —dije.

La doctora no confirmó de inmediato.

—Sí.

—¿Qué hice durante ellos?

—Lo que acabas de recordar.

—No he dicho que recuerde nada.

—Tu respiración ha cambiado cuando pregunté qué esperabas ver.

—Eso no es una confesión.

—No estamos buscando una.

—Entonces deje de hablar como si hubiese obtenido una.

La tensión empezó a subir desde el pecho hacia la garganta. No era una crisis, aunque el cuerpo comenzaba a alejarse de la mesa, como si la habitación se hubiese vuelto demasiado pequeña para contener la escena.

—En el segundo treinta y siete —continuó la doctora—, Nadia volvió a mover la mano.

—¿Golpeó?

—No.

—Entonces quizá ya no quería detenerse.

Mauro levantó la cabeza.

—¿De verdad escuchas lo que acabas de decir?

—Estoy intentando reconstruir.

—Acabas de convertir la incapacidad de repetir la señal en una retirada del consentimiento.

—No sabemos por qué movió la mano.

—Sabemos que llevaba cinco segundos pidiendo salir.

—Había dado dos golpes una vez.

—Una vez era el acuerdo.

La voz de Mauro contenía una rabia que la doctora no intentó frenar. Él conocía la grabación, pero su reacción parecía proceder de algo más personal: meses de escucharme introducir excepciones dentro de una señal inequívoca.

—En el segundo cuarenta —dijo la doctora—, te levantaste.

La escena regresó. Mis piernas moviéndose, las manos buscando el borde del tanque.

—Entonces reaccioné antes del límite.

—El límite acordado era la señal.

—Me refiero a los cuarenta segundos.

—Sigues utilizando la cifra que te protege.

—¿Cuándo la saqué?

—En el cuarenta y uno.

—Un segundo después del máximo.

—Nueve después de que te pidiera detenerte.

Ambas afirmaciones podían ser ciertas. Mi mente elegía una u otra según necesitara describir el acontecimiento como una demora mínima o como una espera deliberada.

—¿Estaba inconsciente? —pregunté.

—Sí.

—¿Respiraba?

—No.

El aire del despacho cambió de densidad. Miré la puerta. Permanecía cerrada, aunque no había oído que Mauro girara ninguna llave.

—¿Cuánto tardó la ambulancia?

—Once minutos.

—Intenté reanimarla.

—Sí.

—Pedí ayuda.

—Sí.

—No quería que muriera.

—No.

La doctora aceptó cada frase. No pretendía convertir la noche en un asesinato planificado ni mi reacción posterior en una ficción. Esa falta de exageración volvía más difícil utilizar la defensa contra una acusación que ella no estaba formulando.

—Entonces fue un accidente —dije.

—¿Qué parte?

—La muerte.

—Nadia no entró en el agua para morir.

—Yo tampoco quería que muriera.

—Eso no responde.

—Un accidente es un resultado que nadie pretendía.

—También puede contener decisiones.

La doctora apagó la grabadora. El gesto parecía anunciar el final, pero ella no recogió las carpetas.

—Necesito un descanso —dije.

—De acuerdo.

La obediencia inmediata me desconcertó. Esperaba una pregunta, una evaluación o la exigencia de utilizar los golpes. Me levanté y caminé hasta la puerta. Mauro no se movió para impedirlo.

—¿Puedo salir? —pregunté.

—Sí —respondió la doctora—. Mauro irá contigo.

—No necesito compañía.

—No es negociable.

—Todo lo es cuando empieza a producir resultados.

La frase pertenecía a una conversación anterior. Al pronunciarla, tuve la impresión de haber repetido un diálogo ensayado demasiadas veces. La doctora me observó con cansancio.

—Ese es el problema, Víctor. Incluso ahora sigues llamando resultado a lo que acabamos de hacer.

Salimos al corredor. Mauro caminó a mi lado sin hablar.

Atravesamos dos puertas, una zona común y el pasillo que conducía al patio.

El acceso exterior estaba abierto y una trabajadora nos permitió pasar.

Hacía frío. No un frío intenso, sino el suficiente para que el cuerpo recordara que llevaba horas dentro de un edificio con temperatura constante.

Me senté en un banco bajo los árboles. Mauro permaneció de pie a varios metros, procurando ofrecerme una intimidad que no incluía estar solo.

En el patio había otras personas, aunque ninguna se acercó.

Miré las ramas, las ventanas de la planta superior y una cámara situada bajo el alero.

Santa Elvira observaba incluso los espacios abiertos.

—¿Has visto la grabación completa? —pregunté.

Mauro asintió.

—¿Cuántas veces?

—Muchas.

—¿Por qué?

—Porque forma parte del trabajo.

—Tu trabajo.

—Sí.

—¿Y qué ves?

Mauro se sentó en el extremo opuesto del banco.

—A una mujer que confía en una señal y a un hombre que cree que todavía puede decidir si debe obedecerla.

—Eso es una interpretación.

—También veo dos golpes, nueve segundos y el momento en que la sacas.

—La cámara no muestra lo que pensé.

—Por eso te lo preguntamos.

—No lo sé.

—A veces sí.

Miré hacia las ventanas. En una de ellas había una figura inmóvil. Durante un instante pensé que era Nora, aunque la distancia impedía reconocer el rostro.

—¿Qué he dicho otras veces?

Mauro apoyó los codos sobre las rodillas.

—Que querías comprobar si los golpes eran conscientes. Que Nadia había tenido miedo en otros ejercicios y después te había agradecido que no los detuvieras. Que pensaste que podía llegar hasta cuarenta segundos. Que no querías destruir el momento justo cuando aparecía algo verdadero.

—¿Cuál dije primero?

—No lo sé.

—Sí lo sabes.

—Al principio dijiste que te quedaste paralizado.

—¿Y después?

—Cuando vimos la grabación y observaste que te movías, dijiste que la parálisis podía ser mental.

—Es posible.

—Después recordaste que miraste el cronómetro.

—¿Eso lo invalida?

—No. Lo que lo invalida es que cada versión aparece cuando la anterior deja de protegerte.

La figura de la ventana se movió. No era Nora, sino un hombre mayor que levantó una mano hacia alguien del patio.

—¿Tú crees que la maté? —pregunté.

Mauro tardó en responder.

—Creo que Nadia murió porque esperaste.

—No es lo mismo.

—Para ella no hubo diferencia.

La frase pertenecía a la doctora o quizá a todos. En Santa Elvira las palabras circulaban hasta perder su propietario.

—¿Por qué aceptaste participar en esto? —pregunté.

—Porque cuando llegaste no dormías, no comías y hablabas con Nadia como si estuviera en la habitación.

—Eso no responde por qué sigues.

Mauro miró sus manos.

—Porque algunas veces recuerdas algo y parece que estás a punto de dejar de esconderte. Después te asustas, reorganizas la escena y volvemos al principio. Supongo que sigo porque quiero saber si alguna vez conseguirás llegar sin convertir también la verdad en una obra.

—La verdad necesita una forma.

—No siempre la que te deja en el centro.

Permanecimos en silencio. El aire olía a tierra húmeda, no a cloro.

Pensé en Nadia bajo el agua y en la forma en que la había sacado.

La grabación debía de mostrar mis intentos de reanimación, las llamadas y la ambulancia.

Si quería un resultado artístico, lo había abandonado en el instante en que comprendí el daño.

La pregunta era por qué aquel instante había tardado nueve segundos en llegar.

—La doctora ha dicho que Nadia quería marcharse —dije.

—Sí.

—Pero se quedó.

—Sí.

—Eso importa.

—Claro que importa.

La concesión me sorprendió.

—Entonces aceptó.

—Aceptó después de que le dijeras que marcharse podía costarle el papel.

—No la obligué.

—Nadie está diciendo que lo hicieras físicamente.

—¿Y qué dicen?

Mauro levantó la vista.

—Que sabías qué necesitaba de ti y lo utilizaste para que permaneciera.

La frase podía aplicarse a Nora. También a todos los actores que habían trabajado conmigo.

Un director siempre utiliza el deseo de ser visto, la ambición, el miedo a decepcionar y la necesidad de pertenecer.

La diferencia entre dirección y manipulación nunca había estado en la herramienta, sino en el resultado. O eso había creído.

—¿Nadia quería dejar el montaje? —pregunté.

—Llevaba semanas pensándolo.

—¿Quién lo dice?

—Ella.

—¿En los mensajes?

—Sí.

—¿A quién?

Mauro dudó.

—A Marina.

La ayudante que yo había apartado de la prueba. Si Nadia quería abandonar, la noche del agua podía haber sido mi último intento de demostrar que el método aún funcionaba, de devolverla al lugar donde nuestra relación había producido algo extraordinario.

—Quiero leerlos.

—Lo harás.

—¿Cuándo?

—No lo decido yo.

—Siempre hay alguien por encima de la persona que tengo delante.

—Eso te molesta porque estás acostumbrado a ser quien está arriba.

La puerta del patio se abrió. La doctora apareció y se quedó junto al marco, sin llamarnos. Mauro se levantó.

—¿Quieres continuar? —preguntó ella.

—¿Qué ocurre si digo que no?

—Volveremos otro día.

—¿Y la sala?

—Seguirá suspendida.

—Entonces sí hay una consecuencia.

—No un castigo.

—La diferencia depende de quien lo impone.

La doctora aceptó la observación con un gesto.

—Podemos terminar la entrevista sin trabajar sobre la grabación. Quiero hacerte unas preguntas sobre las semanas anteriores.

Volvimos al despacho. La grabadora seguía apagada. La doctora preguntó si quería que la encendiera y respondí que sí; una conversación sin registro les permitiría atribuirme después cualquier frase. Ella pulsó el botón y esperó a que la luz roja quedara fija.

—¿Cómo era tu relación con Nadia durante el último mes? —preguntó.

—Compleja.

—Descríbela sin utilizar esa palabra.