Capítulo 7 #3
La afirmación transformaba la ausencia de Marina en una decisión mía. Podía tratarse de un mensaje sacado de contexto. Quizá la prueba oficial se hubiese pospuesto y Nadia decidiera realizar una aproximación previa conmigo.
—¿Nadia sabía que Marina no iría?
—Lo descubrió al llegar.
—¿Y se quedó?
—Sí.
La doctora no añadió ninguna explicación. Esperó a que yo construyera la pregunta siguiente.
—Entonces aceptó trabajar a solas.
—Aceptó realizar una prueba después de discutir contigo durante veintitrés minutos.
—¿La grabación tiene sonido?
—Las dos.
—¿Qué discutimos?
—Nadia quería marcharse. Tú insististe en que el ejercicio era seguro, que la ausencia de equipo permitiría trabajar sin interferencias y que la cámara constituía un testigo suficiente.
La frase tenía mi estructura. Un testigo suficiente.
Siempre había considerado que la presencia de técnicos alteraba la entrega de un actor, sobre todo en ejercicios donde la vergüenza formaba parte del obstáculo.
La cámara permitía observar después sin introducir miradas adicionales durante el proceso.
—Ella se quedó —dije.
—Sí.
—Nadie la obligó.
Mauro levantó la vista. La doctora no reaccionó de inmediato.
—No —respondió—. Nadia podía marcharse.
La concesión parecía importante, pero contenía algo detrás.
—Entonces aceptó las condiciones.
—Aceptó con una condición propia.
—Los dos golpes.
—Sí.
El reloj marcaba las once y treinta y nueve.
Habíamos avanzado treinta y dos minutos desde el comienzo de la entrevista.
La cifra coincidía con el momento en que, según mis cálculos, Nadia había utilizado la señal.
No podía tratarse de una coincidencia significativa, pero mi atención quedó fijada en los números rojos.
—¿Quién propuso el ejercicio? —preguntó la doctora.
—Formaba parte del montaje.
—¿Quién decidió hacerlo esa noche?
—Los dos.
—Los mensajes muestran que tú insististe.
—Insistir no elimina el consentimiento.
—No he dicho que lo eliminara.
—Entonces ¿qué intenta establecer?
—Que cada vez que contamos la historia, distribuyes la decisión entre más personas. Primero el equipo, después la producción y, finalmente, Nadia. Quiero saber qué parte fue tuya.
—La dirección era mía.
—¿Qué significa eso?
—Que diseñé el ejercicio, preparé el espacio y establecí las indicaciones.
—¿También decidiste continuar después de que Nadia mostrara dudas?
—Ella decidió entrar.
—No te he preguntado eso.
La doctora había empezado a utilizar mis propios procedimientos: separar la acción de la defensa, impedir que una respuesta se refugiara dentro de otra. Resultaba estimulante y desagradable reconocer la técnica.
—Decidí ofrecerle la posibilidad de continuar —dije.
—¿Cómo?
—Explicándole que el miedo previo no demostraba que el ejercicio fuese peligroso.
—¿Le dijiste que abandonar confirmaría que llevaba semanas protegiéndose?
La frase podía haber salido de cualquiera de mis sesiones con Nora.
—Quizá.
—¿Le dijiste que no volverías a ofrecerle el papel si se marchaba?
—No.
—Está grabado.
—Una frase puede significar muchas cosas según el tono.
—¿Qué significaba?
—Que el personaje exigía una entrega que ella ya no estaba segura de poder ofrecer.
—¿Y quién decidía si esa entrega era necesaria?
—Yo era el director.
La respuesta se instaló en la sala. Mauro apretó las manos. La doctora permaneció inmóvil, como si hubiera alcanzado una formulación que llevaba meses esperando.
—¿Crees que Nadia podía negarse y conservar el papel? —preguntó.
—Podía negarse al ejercicio.
—No he preguntado eso.
—El montaje no podía construirse alrededor de los límites cambiantes de una sola actriz.
—¿Entonces perdería el papel?
—Probablemente habría tenido que replantearse.
—Por ti.
—Por la obra.
—La obra no toma decisiones.
—Las exige.
—Tú las interpretas.
El duelo verbal empezaba a parecerse demasiado a una sesión que yo mismo habría dirigido. La doctora no necesitaba elevar la voz; bastaba con devolver cada abstracción a la persona que la utilizaba.
—Nadia conocía el método —dije—. Había trabajado conmigo durante años.
—Por eso pidió una señal que no pudieras interpretar.
—Acepté.
—¿Ante la cámara?
—Sí.
—¿Recuerdas qué dijiste?
La imagen regresó. Nadia estaba sentada en el borde del tanque, con los pies dentro del agua y una toalla azul sobre los hombros. La cámara grababa. Ella miraba directamente al objetivo, no a mí.
—Dijo que dos golpes significaban terminar —respondí.
—¿Y tú?
—Lo repetí.
—¿Con qué palabras?
No las recordaba, pero la estructura aparecía cerca. Dos golpes y saco. Sin preguntas. Sin otra oportunidad. La última parte podía pertenecer a otra conversación.
—Dije que me detendría.
—Dijiste: «Dos golpes y te saco. Aunque crea que puedes seguir».
El añadido era fundamental. Aunque crea que puedes seguir. Nadia había previsto no solo una emergencia, sino mi interpretación.
—Entonces lo entendí —dije.
—Sí.
—¿Por qué necesitaría meses de terapia para comprender una regla que formulé con claridad?
—Porque la comprendiste antes del ejercicio y la cambiaste cuando empezó a interferir con lo que querías obtener.
—Eso es una conclusión.
—Es lo que muestra la grabación.
—Una cámara muestra movimientos, no decisiones.
—Por eso estamos hablando.
La doctora abrió otra carpeta y extrajo una transcripción. No la acercó, pero reconocí las líneas numeradas y las marcas temporales.
—¿Qué ocurrió después de que Nadia entrara en el agua? —preguntó.
—Comenzó el ejercicio.
—Descríbelo.
—Debía permanecer sumergida mientras reproducía mentalmente una secuencia.
No se trataba solo de contener la respiración.
Habíamos trabajado sobre la idea de que el cuerpo intentaría salir antes de que el personaje estuviera preparado para hacerlo.
Nadia debía reconocer ese impulso sin obedecerlo de inmediato.
—¿Cuánto debía durar?
—No había una duración cerrada.
—Había un límite máximo.
—La capacidad de cada persona es distinta.
—Habíais acordado cuarenta segundos.
La cifra resultaba razonable. Si empecé a sacarla en el segundo cuarenta y uno, el límite se había excedido apenas un segundo, aunque la señal había ocurrido nueve antes.
—Cuarenta segundos no es una duración peligrosa para una persona entrenada.
—Nadia no estaba realizando una prueba deportiva.
—Había practicado.
—También había sufrido un episodio de pánico durante el ensayo anterior.
—No lo recuerdo.
—Por eso pidió la señal.
La doctora acercó la transcripción unos centímetros.
—Nadia entró en el agua. Tú activaste el cronómetro. A los veintisiete segundos, levantó una mano. ¿Qué significaba?
—Nada acordado.
—¿La miraste?
—Supongo.
—Te inclinaste.
La imagen apareció. Los dedos de Nadia se movían junto a la superficie, no como una señal clara, sino buscando el borde. Yo me acerqué para observar. Podía haber intervenido entonces, pero los dos golpes todavía no se habían producido.
—No era la señal —dije.
—No.
La doctora aceptó la precisión sin convertirla en acusación.
—En el segundo treinta y dos, Nadia golpeó dos veces el lateral del tanque.
El reloj digital de la pared cambió de once cuarenta y cuatro a once cuarenta y cinco. Un minuto completo desapareció mientras yo intentaba imaginar la distancia entre el primer golpe y el segundo.
—¿Los oí? —pregunté.
—Sí.
—¿Cómo lo sabe?
—Levantaste la cabeza después del primero y miraste directamente su mano después del segundo.
—Podía no haber entendido.
—Habías repetido la señal ante la cámara.
—Comprender una regla y reconocerla dentro de una situación intensa no es lo mismo.
—¿Qué creíste que significaban?
La pregunta era el centro de toda la entrevista.
Podía responder que pensé que Nadia estaba actuando, que el sonido había sido accidental, que necesitaba confirmar si la señal era consciente o que me paralicé.
Todas aquellas versiones habían aparecido antes, según Mauro. Ninguna se mantenía junto a las demás.
—No lo sé —dije.
—¿Qué hiciste?
—Esperé.
La palabra salió sin resistencia. Mauro respiró despacio, pero no levantó la cabeza.
—¿Por qué? —preguntó la doctora.
—No lo sé.
—¿Te quedaste paralizado?
El recuerdo no contenía parálisis. Me veía inclinado hacia el tanque, atento, con una mano sobre el borde. Había movimiento en mis ojos, quizá también en mis labios. No era la inmovilidad de alguien incapaz de actuar, sino la concentración de quien espera un resultado.
—Puede ser.
—La grabación muestra que miraste el cronómetro.
—Eso no significa que pudiera moverme con normalidad.
—Después acercaste el rostro al tanque.
—Para comprobar cómo estaba.
—¿Por qué no la sacaste?
—Quizá pensé que aún tenía aire.
—Había dado la señal.
—Podía haberla dado antes de llegar a un límite real.
La frase se produjo con una naturalidad que me hizo comprender que ya la había pronunciado muchas veces.
—¿Qué es un límite real? —preguntó la doctora.
—El punto en que continuar causa daño.
—Para Nadia, el límite era la señal.
—Eso era un acuerdo de seguridad, no necesariamente su capacidad.
—Precisamente. No necesitaba demostrarte que estaba a punto de sufrir daño.
—No he dicho que lo necesitara.
—Acabas de distinguir la señal de un límite real.
La doctora se inclinó hacia delante.
—¿Qué estabas esperando ver?
No respondí. La pregunta abrió una imagen completa por primera vez.
Nadia bajo el agua, los ojos abiertos y el cuerpo todavía controlado.
Después de los golpes, una contracción atravesó su abdomen.
Su mano buscó el borde. Yo observé el instante en que la interpretación desaparecía y aparecía algo involuntario.
No sabía si quería comprobar que había llegado a una emoción auténtica o si todavía esperaba que recuperara el control y continuara unos segundos más.
—Víctor.
—No lo sé.
—Mírame.
Levanté la vista.
—¿Esperabas que volviera a golpear?
—Quizá.
—La señal eran dos golpes, no dos series.
—Lo sé.
—¿Esperabas que intentara salir?
—No lo sé.
—¿Esperabas que el miedo se transformara en algo útil para la escena?
La formulación era tan exacta que sentí la tentación de rechazarla solo para no concedérsela.