La última función Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

—No era una obra cerrada. Trabajábamos sobre un texto que había cambiado varias veces y sobre una serie de imágenes relacionadas con la inmersión, la obediencia y el deseo de desaparecer sin dejar de ser observado.

El personaje de Nadia entraba en un espacio doméstico que poco a poco se convertía en un lugar de castigo.

Había una bañera, aunque en las primeras versiones solo se mencionaba y después decidimos incorporarla físicamente.

—¿Quién lo decidió?

—Los dos.

—¿Nadia quería utilizar agua real?

—Al principio sí.

—¿Después?

—Empezó a dudar cuando comprendió que la escena no consistiría en fingir la inmersión.

La doctora no anotaba. La grabadora recogía cada palabra y ella permanecía inmóvil, procurando no ofrecerme pistas sobre qué partes coincidían con los registros.

—¿Por qué necesitabais ensayar fuera del teatro?

—La producción no autorizaba llenar el escenario hasta comprobar el dispositivo. Había problemas de peso, seguros y responsabilidad. Conseguimos una propiedad donde podía montarse la estructura sin interferencias.

—¿Quién la consiguió?

—El productor ejecutivo.

—¿Nombre?

La pregunta me sorprendió. Veía un hombre alto, de cabello canoso, revisando unos planos y hablando por teléfono, pero no conseguía encontrar su nombre. Podía ser un productor, un técnico o el propietario del lugar.

—No lo recuerdo.

—¿Estuvo allí esa noche?

—Sí.

Mauro bajó la vista hacia la mesa. La doctora mantuvo el rostro inmóvil.

—¿Qué hacía?

—Comprobaba el equipo.

—¿Qué equipo?

—La estructura, la cámara, la iluminación.

—¿Era técnico?

—Acabo de decir que era productor.

—Has dicho que comprobaba el equipo.

—Un productor puede supervisar.

—¿Cómo se llamaba?

La insistencia pretendía transformar una dificultad nominal en la inexistencia de la persona. Busqué en la memoria. Apareció un apellido parecido a Ruiz, Ríos o Rivas, demasiado común para confiar en él.

—Rivas.

—¿Nombre?

—No lo sé.

—¿Lo habías mencionado antes?

—Probablemente.

—No figura en ninguna de tus declaraciones.

—Entonces quizá utilizaba otro apellido.

—¿Estaba cuando llegó Nadia?

—Sí.

—¿Habló con ella?

—Debió de hacerlo.

—¿Lo recuerdas?

—Recuerdo que había gente.

—¿Cuánta?

La habitación de azulejos apareció con mayor claridad. Una estructura rectangular ocupaba el centro. Había cables protegidos por fundas negras, un trípode y una mesa con toallas. Las puertas se abrían y cerraban. Podía oír voces, aunque ninguna formaba palabras completas.

—Cuatro o cinco personas.

—¿Quiénes?

—Un técnico de cámara, alguien de producción, el propietario de la casa, Nadia y yo.

—Hace un momento hablabas de un productor ejecutivo que comprobaba el equipo.

—Podía ser la persona de producción.

—¿Y el propietario?

—No tenía por qué permanecer todo el tiempo.

—¿Lo viste?

—Recuerdo a alguien entrando.

—¿Hombre o mujer?

—Hombre.

—¿Edad?

—No lo sé.

—¿Ropa?

—Oscura.

—¿Te habló?

—No recuerdo cada conversación de una noche ocurrida hace años.

—No han pasado años.

La corrección llegó con una firmeza que me obligó a detenerme.

—¿Cuánto?

—Diecisiete meses.

La cifra no coincidía con la extensión emocional del recuerdo.

Nadia parecía pertenecer a una época más lejana, quizá porque todo lo ocurrido después había sido denso y repetitivo.

Diecisiete meses. Menos de dos años. El tiempo suficiente para que una carrera se derrumbara, una investigación terminara y varias instituciones decidieran cómo debía contarse la historia.

—Parece más —dije.

—¿Qué ocurrió durante esos diecisiete meses?

—Ya lo sabe.

—Quiero saber qué recuerdas.

—Entrevistas, abogados, periodistas, hoteles, tratamientos para dormir. Después Santa Elvira.

—¿Cuánto tiempo después?

—Unos meses.

La doctora miró a Mauro.

—Ingresaste aquí siete semanas después de la muerte de Nadia.

La afirmación resultaba imposible. Recordaba haber vivido en mi casa, pasar una temporada fuera de la ciudad y trabajar en una propuesta que terminó cancelándose. Siete semanas no podían contener todo aquello.

—Eso no es cierto.

—Lo es.

—Estuve en un hotel durante meses.

—Estuviste once días.

—Había cambiado de estación.

—El tiempo no cambió de estación mientras estabas allí.

—Recuerdo lluvia y después calor.

—La habitación tenía climatización y apenas salías.

La doctora había prometido no corregir cada diferencia, pero la cronología empezaba a imponerse antes de que llegáramos a la noche de Nadia.

—No hemos venido a hablar de mi ingreso —dije.

—Tienes razón. Volvamos a la propiedad. ¿Dónde estaba?

—A las afueras.

—¿De qué ciudad?

—No lo recuerdo.

—¿Era una casa, un estudio o una instalación deportiva?

—Una casa grande, reformada para rodajes.

—¿Había piscina?

—No una convencional.

—¿Qué había?

—Una sala de hidroterapia antigua. O un depósito. Habían construido una estructura.

La imagen se volvió más precisa. No se trataba de una bañera doméstica.

Era un tanque rectangular, elevado, con una pared transparente para que la cámara pudiera registrar el cuerpo de Nadia bajo el agua.

El borde metálico llegaba aproximadamente a su cintura cuando estaba de pie fuera.

Una escalera permitía entrar. Las luces se reflejaban sobre la superficie y producían destellos que dificultaban mirar desde ciertos ángulos.

—¿Quién construyó el tanque? —preguntó la doctora.

—El equipo técnico.

—¿Qué equipo?

—El de la producción.

—¿Cuántas personas hicieron falta para llenarlo?

—No lo sé. Cuando llegamos ya estaba preparado.

—¿Llegasteis juntos?

—No.

—¿Quién llegó primero?

—Yo.

—¿Había alguien allí?

—Sí.

—¿Quién?

Otra vez el hombre de ropa oscura, la silueta que caminaba junto al tanque y comprobaba un cable.

Cuanto más intentaba verle el rostro, más se parecía a Mauro.

No al Mauro de Santa Elvira, sino a una versión más delgada, con el cabello corto y una camiseta negra.

La sustitución era imposible; él había afirmado no conocer a Nadia y la doctora había mencionado «otro Mauro» al hablar de un técnico anterior.

Quizá mi memoria utilizaba el rostro disponible para completar una figura incompleta.

—Rivas —dije.

—No existe ningún Rivas relacionado con la producción.

—Eso no significa que no estuviera.

—¿Quién abrió la propiedad?

—Él.

—La puerta se abría con un código.

—Alguien tuvo que darme el código.

—Te lo envió el propietario por mensaje.

—Entonces el propietario existía.

—Existía, pero no estaba allí.

La doctora había empezado a corregir cada detalle. Su promesa inicial se deshacía a medida que mi versión introducía personas.

—¿Por qué necesita que estuviera solo? —pregunté.

—No necesito nada. Los registros de acceso muestran quién entró.

—Un código no registra a cada persona.

—Había cámaras exteriores.

—Podían existir entradas secundarias.

—No las había.

—Eso dice el plano.

—Eso muestra la grabación.

La mujer abrió una carpeta, aunque no extrajo ningún documento. Solo necesitaba recordarme que las pruebas estaban allí.

—Nadia llegó a las ocho y diecisiete —continuó—. Tú habías entrado a las siete y cuarenta y nueve. No hay más accesos hasta que llega la ambulancia.

—Las cámaras podían tener ángulos muertos.

—¿Por qué necesitas que hubiera alguien más?

—Porque lo recuerdo.

—No recuerdas su nombre, su rostro, su voz ni una acción que pueda situarlo allí.

—Recuerdo movimiento.

—Una cámara automática, una bomba de agua, las luces y dos personas pueden producir bastante movimiento.

La reducción del espacio resultaba deliberada. La doctora retiraba figuras una por una hasta dejarnos a Nadia y a mí en la sala. El productor, el técnico, el propietario. Todos se convertían en sombras creadas por maquinaria o recuerdos de otros ensayos.

—Había alguien detrás de la cámara —dije.

—La cámara estaba fija.

—Alguien debía controlarla.

—La activaste con un mando.

—No recuerdo ningún mando.

—Aparece en la grabación.

El recuerdo respondió antes que yo. Vi mi mano levantando un dispositivo pequeño, una luz roja encendiéndose sobre el trípode y a Nadia preguntando si ya estaba grabando. No había una persona detrás de la cámara. La imagen había permanecido incompleta porque yo necesitaba colocar a alguien allí.

—Podía haber un técnico fuera del encuadre —insistí.

—No.

—¿Cómo puede saberlo si la cámara apuntaba al tanque?

—Porque hay otra grabación.

La revelación modificó el equilibrio de la entrevista.

—¿Otra cámara?

—La de seguridad de la sala.

—Nunca me la mostraron.

—La has visto varias veces.

—No lo recuerdo.

—Lo sé.

La doctora había utilizado la frase tantas veces que empezaba a sonar menos compasiva que victoriosa.

—¿Qué muestra? —pregunté.

—A Nadia y a ti. Nadie más.

—¿Durante toda la noche?

—Desde que ella entra hasta que llegan los servicios de emergencia.

Mauro permanecía inmóvil. Ya no parecía el enfermero encargado de observar una entrevista, sino un testigo que conocía la grabación y esperaba que yo dejara de intentar introducir personas dentro de ella.

—Entonces el equipo se había marchado antes —dije.

—No hubo equipo.

—Alguien construyó el tanque.

—Días antes.

—Alguien lo llenó.

—Tú.

La bomba. Recordé una manguera gruesa, un interruptor y el tiempo que había tardado el agua en alcanzar la marca. Había llegado antes para prepararlo. La figura oscura no era un hombre; podía ser mi reflejo sobre la pared transparente del tanque.

—Nadia no habría aceptado trabajar sin supervisión —dije.

—Eso es cierto.

La respuesta me sorprendió.

—Entonces había alguien.

—Había pedido que asistiera una ayudante de dirección.

—¿Nombre?

—Marina Soler.

El nombre abrió una imagen. Una mujer pequeña, con gafas, revisando horarios y discutiendo conmigo porque los ensayos privados no figuraban en el calendario. Sí. Marina existía.

—Estuvo allí.

—No.

—La recuerdo.

—La avisaste esa mañana de que la prueba se aplazaba.

—¿Por qué haría eso?

—Dijiste que el tanque tenía una fuga.

—Quizá la tenía.

—No.

—Entonces la reprogramamos.

—No. Le mentiste para que no acudiera.