La última función Capítulo 7
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Capítulo 7

La productora

Durante los dos días siguientes no hubo sesiones.

La sala permaneció cerrada y el grupo dejó de reunirse a la hora habitual.

Teresa me saludó una mañana en el comedor, aunque evitó acercarse; Esteban levantó la mano desde el patio y Samuel desapareció de las zonas comunes, quizá porque lo habían trasladado a otra planta o porque había comprendido que su provocación con los dos golpes había revelado algo que ya no podía convertir en una broma.

Darío continuaba recorriendo los corredores con los auriculares alrededor del cuello, ajeno a la suspensión o fingiendo estarlo.

De Nora no vi nada. Su ausencia era tan completa que empecé a sospechar que la habían cambiado de habitación para impedir cualquier encuentro accidental, aunque Mauro insistió en que seguía en Santa Elvira y que había pedido expresamente no coincidir conmigo.

La hoja que había dejado frente a mi puerta permanecía sobre la mesa.

La leía cada mañana antes de tomar la medicación y cada noche, cuando los ruidos del edificio empezaban a confundirse con recuerdos que todavía no conseguía ordenar.

La frase no contenía ambigüedad alguna. Dos golpes significaba parar.

No preguntar, no esperar, no decidir si podía aguantar.

Parar. La fecha demostraba que Nora la había escrito tres meses antes, durante una sesión cuya existencia yo no recordaba, y su firma se parecía a la que había visto en algunos documentos del grupo.

Podía tratarse de una copia preparada por la doctora para reforzar una asociación, aunque Nora había acudido personalmente a entregármela y su decepción cuando tardé en abrir no parecía una reacción ensayada.

Había esperado menos de nueve segundos. Esa certeza se convirtió en una defensa involuntaria.

Cada vez que recordaba su mano dejando la hoja en el suelo, calculaba la demora entre los golpes y el movimiento del picaporte, como si reducir la cifra pudiera demostrar que había aprendido algo.

Tres segundos, quizá cuatro. Nunca nueve.

Sin embargo, el problema no residía en la duración, sino en aquello que había hecho durante ella: interpretar.

Había considerado si el sonido procedía de Nora, si pedía entrar, si la señal mantenía su significado fuera de una sesión y si abrir la puerta podía contradecir su petición de no verme.

Todas las preguntas eran razonables. Juntas formaban el mecanismo que ella intentaba impedir.

El tercer día, Mauro entró en mi habitación antes del desayuno. No traía los comprimidos ni el vaso de agua, sino una camisa planchada y un pantalón oscuro doblado sobre el brazo.

—La doctora quiere verte a las once —dijo.

—Me ve todos los días.

—Hoy será una entrevista formal.

—Todas las entrevistas se vuelven formales cuando necesitan que una mentira parezca un documento.

Mauro dejó la ropa sobre la cama. La camisa era mía, aunque no recordaba haberla llevado a Santa Elvira.

Tenía las iniciales bordadas en el interior del cuello y un botón reemplazado con hilo de un color ligeramente más oscuro.

Al tocarla, apareció una imagen breve de mi casa, una mujer guardando prendas dentro de una maleta y la voz de alguien que me pedía que no llevara nada que pudiera utilizar para hacerme daño.

La escena se deshizo antes de identificar a la mujer.

—¿Por qué debo cambiarme? —pregunté.

—No debes. Pensé que preferirías no acudir en pijama.

Miré el pantalón que llevaba. No era un pijama, sino la ropa con la que había dormido después de quedarme leyendo hasta tarde, pero la observación consiguió que me sintiera vestido de forma inapropiada.

—¿Habrá alguien más?

—La doctora, tú y yo.

—Entonces no es formal. Es la misma conversación con una camisa distinta.

Mauro no sonrió. Se acercó a la ventana, comprobó el cierre y después miró la hoja de Nora sobre la mesa.

—¿La has leído suficiente?

—No sabía que las frases tuvieran una cantidad máxima de lecturas.

—La estás utilizando para castigarte o para demostrar que no necesitas hacerlo. Todavía no sé cuál de las dos cosas.

—No es asunto tuyo.

—Casi todo termina siéndolo cuando dejas de dormir.

La noche anterior había recorrido el corredor dos veces.

En la primera creí escuchar agua detrás del almacén; en la segunda, una voz que pronunciaba mi nombre desde el hueco de la escalera.

No encontré a nadie y volví a la habitación antes de que Mauro apareciera.

Si sabía que había salido, la planta debía de contar con cámaras o sensores que yo aún no había localizado.

—¿Nora se ha marchado? —pregunté.

—No.

—¿La han trasladado?

—No puedo hablar de ella.

—La respuesta anterior también era hablar de ella.

—Preguntaste si seguía aquí y te he dicho que sí.

—¿Volverá al grupo?

Mauro recogió el vaso de la noche, que continuaba sobre la mesilla.

—No habrá grupo mientras la doctora no decida cómo continuar contigo.

—Entonces los demás tampoco pueden trabajar por algo que ocurrió entre Nora y yo.

—Lo que ocurrió no fue entre Nora y tú. Ocurrió delante de todos.

—Su visita a mi habitación no.

—Eso no fue una sesión.

—Todo lo que sucede aquí termina en una carpeta. La diferencia empieza a parecer decorativa.

Mauro se dirigió hacia la puerta.

—Vístete. Traeré la medicación después del desayuno.

—¿Qué van a preguntarme?

—Lo mismo que otras veces.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que puedo darte.

Antes de salir, miró la camisa sobre la cama.

—No necesitas demostrar nada hoy.

—Si no necesitara demostrar nada, no habría una grabadora.

—La grabadora no está para juzgarte.

—Ningún observador admite que observa para juzgar.

Mauro cerró la puerta. Me vestí con la ropa que había traído y, mientras abrochaba la camisa, intenté recordar cuándo la había utilizado por última vez.

Apareció un teatro pequeño, periodistas junto a la entrada y una mujer con un paraguas rojo que me preguntaba si me arrepentía.

Quizá la llevaba el día de mi declaración.

También podía ser la camisa de una cena, una rueda de prensa o uno de los homenajes a Nadia a los que decidí no asistir.

Las prendas conservan menos memoria de la que les atribuimos; somos nosotros quienes necesitamos que los objetos certifiquen una continuidad cuando el tiempo empieza a fallar.

A las once, Mauro me condujo a un despacho distinto.

Estaba en la planta baja, al final de un corredor que no había recorrido antes, detrás de una puerta que requería dos llaves y una tarjeta magnética.

La habitación era más amplia que la utilizada en nuestras entrevistas y carecía de ventanas.

Habían colocado tres sillas alrededor de una mesa ovalada, una cámara en una esquina y un reloj digital sobre la pared.

No había pañuelos, fotografías ni bloques de madera.

La doctora esperaba de pie, con varias carpetas abiertas y un termo de café.

—Víctor —dijo—. Siéntate donde prefieras.

El tuteo permanecía desde la sesión anterior. No se trataba de cercanía, sino de la aceptación de que nuestra relación había perdido la máscara administrativa.

Elegí la silla desde la que podía ver la puerta y el reloj. Mauro se sentó a mi derecha. La doctora ocupó el lugar opuesto y activó una grabadora colocada junto a las carpetas.

—Hoy quiero que hablemos de la noche en que murió Nadia —dijo.

—Llevamos hablando de ella desde que llegué.

—No de principio a fin.

—Porque cada vez que aparece una parte concreta, ustedes terminan la sesión.

—La terminamos cuando empiezas a perder continuidad.

—Esa expresión sirve para no admitir que una versión los incomoda.

La doctora apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—No vamos a mostrarte imágenes ni transcripciones. Tampoco voy a corregir cada diferencia en el momento. Quiero que cuentes lo que recuerdas, desde que decidiste realizar el ejercicio hasta que pediste ayuda.

—¿Y después comparará mi versión con la que ya ha decidido que es cierta?

—La compararemos con los registros.

—¿Qué registros?

—La grabación, las llamadas, el informe forense, tu declaración inicial y los mensajes de Nadia.

La enumeración estaba diseñada para convertir mi memoria en la fuente menos fiable antes de que empezara a hablar. Cada elemento poseía una apariencia objetiva, aunque ninguno podía explicar por sí mismo la intención de quienes aparecían dentro de él.

—¿Tengo derecho a verlos?

—Gradualmente.

—Después de ofrecer una versión que puedan utilizar para demostrar que miento.

—No estamos investigando un delito.

—Entonces ¿por qué hablan como si recogieran una declaración?

—Porque necesitamos distinguir lo que recuerdas de lo que has construido.

—Toda memoria se construye.

—No toda construcción cambia quién estaba presente.

La frase anticipaba el punto hacia el que quería conducirme. Había afirmado en entrevistas anteriores que existía un equipo, técnicos o al menos otra persona cerca. La doctora no pensaba discutir el método ni la señal; quería fijar el número de testigos.

—¿Cuánto durará esto? —pregunté.

—Lo que puedas sostener.

—Una respuesta clínica que significa que terminará cuando a usted le convenga.

—Puedes utilizar los dos golpes.

Miré la superficie de la mesa. Era de madera clara, suficientemente dura para producir un sonido nítido. No habían colocado bloques, pero podía golpear con los nudillos como Samuel y Nora.

—No los necesito.

—Eso lo decidirás durante la entrevista.

—Si decido detenerme verbalmente, ¿será suficiente?

—Sí.

—¿Y no interpretará que intento evitar una parte?

—Puedo interpretarlo y, aun así, detenerme.

La respuesta reconocía por fin la diferencia que yo llevaba días intentando explicar. Una señal podía obedecerse sin renunciar después a comprenderla. Nadia lo había escrito: el motivo se explica más tarde.

—Empieza por la obra —dijo la doctora—. ¿Qué estabais preparando?

Miré el reloj. Marcaba las once y siete. Los números rojos resultaban demasiado visibles, como si esperaran entrar en la historia.