Capítulo 6 #6
—Tú sabes todo lo que ocurre en la planta.
—No.
—Sabes cuándo salgo, qué tomo, quién entra en mi habitación y cuánto tiempo permanece.
—Eso no significa que escuche todas las conversaciones.
—¿Nueve segundos es correcto?
Mauro apoyó una mano sobre el picaporte. Su rostro no mostraba enfado, sino una tristeza que no le había visto antes.
—Sí.
La confirmación, pronunciada sin el control de la doctora, resultó más dolorosa.
—¿Por qué esperé?
—Eso es lo que llevamos meses intentando que digas.
—¿Qué dije otras veces?
—Que pensabas que Nadia podía continuar. Que la señal era ambigua. Que necesitabas comprobar si se trataba de miedo o de una decisión. También dijiste que te quedaste paralizado.
—Son explicaciones distintas.
—Sí.
—¿Cuál era cierta?
Mauro me miró.
—La que todavía no has querido contar.
Cerró la puerta. No la bloqueó, pero escuché sus pasos detenerse al otro lado durante varios minutos.
Dormí casi toda la tarde. Al despertar, la luz había cambiado y el sabor metálico seguía en la boca.
Sobre la mesa había una bandeja con comida y una nota escrita por Mauro: «Nora ha pedido que no intentes contactar con ella».
La frase no dejaba demasiado espacio a la interpretación, aunque la palabra intentes sugería que esperaban de mí precisamente lo contrario.
No salí de la habitación. Leí varias veces la anotación de Nadia que recordaba de la carpeta y traté de reproducirla en una hoja: dos golpes, sin interpretación, se detiene.
La caligrafía que dibujé no se parecía a la suya.
Añadí nueve segundos y, debajo, segundo cuarenta y uno.
Las cifras formaban una ecuación simple.
Si empecé a sacarla en el segundo cuarenta y uno y había esperado nueve segundos, Nadia golpeó en el treinta y dos.
Treinta y dos segundos bajo el agua. No parecía una duración extrema.
Muchas personas podían contener la respiración más tiempo.
El pensamiento apareció con tanta rapidez que comprendí por qué la doctora se negaba a darme cifras.
Ya estaba utilizándolas para reducir la gravedad.
Treinta y dos segundos podían parecer poco desde fuera y ser insoportables para alguien que había decidido detenerse antes.
Cerca de las nueve, escuché voces en el corredor.
Nora hablaba con una trabajadora. No distinguía las palabras, pero reconocí su tono.
Me levanté y me acerqué a la puerta, sin abrirla.
Podía respetar su petición sin dejar de escuchar.
La conversación se aproximó. La trabajadora dijo que necesitaba recoger algo de la sala común; Nora respondió que podía esperar.
Después hubo silencio.
Pensé que se habían alejado, hasta que sonaron dos golpes suaves en mi puerta.
No utilicé el picaporte de inmediato. Permanecí frente a la madera, intentando decidir si la señal estaba dirigida a mí, si Nora había golpeado o si el sonido procedía de otra habitación.
La espera duró apenas unos segundos, aunque fui consciente de cada uno.
Podía abrir y descubrir que nadie estaba allí.
Podía llamar a Mauro. Podía interpretar que Nora necesitaba hablar o que alguien quería comprobar si respondería.
Cuando abrí, Nora estaba al otro lado.
No parecía enfadada. Tampoco asustada. Sostenía una bolsa con ropa y miraba mi mano sobre el picaporte.
—Ha tardado —dijo.
—No sabía si eras tú.
—Me ha visto pasar.
—No sabía si querías entrar.
—He golpeado.
—Eso no siempre significa lo mismo.
Nora cerró los ojos. Durante un instante, la decepción de su rostro se pareció demasiado a la de la doctora.
—Ese es exactamente el problema.
—Has pedido que no intente contactar contigo.
—No he venido a hablar.
Levantó una hoja doblada que llevaba en la mano y la dejó en el suelo, sin cruzar el umbral.
—¿Qué es?
—Una copia de la señal que escribí en la primera sesión. Para que no pueda decir después que no sabía.
La frase repetía la exigencia de Nadia ante la cámara. Me agaché para recoger la hoja. Nora había escrito:
«Dos golpes significa parar. No preguntar, no esperar, no decidir si puedo aguantar. Parar».
Debajo aparecían su firma y una fecha de tres meses atrás.
—¿Por qué me das esto ahora? —pregunté.
—Porque no voy a volver.
—Eso ya me lo han dicho.
—Quería que lo oyera de mí.
—¿Al grupo?
—A sus sesiones.
—No son mías.
Nora me miró con cansancio.
—Todo termina siendo suyo.
Se volvió para marcharse. La trabajadora la esperaba al fondo del pasillo.
—Nora.
Ella se detuvo, aunque no regresó.
—No quería hacerte daño.
—Ya lo sé.
—Entonces ¿por qué te vas?
—Porque saberlo no me protege.
Continuó caminando. La trabajadora abrió una puerta y ambas desaparecieron detrás de ella. Me quedé en el umbral, sosteniendo la hoja. Dos golpes significa parar. La regla no podía ser más clara. Aun así, cuando había llamado a mi puerta, yo había esperado para decidir qué significaba.
Cerré y apoyé la espalda contra la madera. No sabía cuántos segundos habían pasado. Tres, quizá cuatro. Menos de nueve, sin duda.
La diferencia no me tranquilizó.